literatura venezolana

de hoy y de siempre

Poemas de Leoncio Martínez

Nov 11, 2024

Noctivagancia

Diluyóse en la noche taciturna
el alma vagabunda
de la última canción. En la desierta
calle, que fue bullicio y tráfico, resuenan
mis pasos persiguiéndose en el eco.
Los faroles eléctricos
parecen parpadear. En una ráfaga
de viento frío que del cerro baja
los dormidos recuerdos se sacuden.
Sueño. Ensueño. Ambiciones y las fútiles
conquistas del amor y de la gloria.
La luna en mengua es una hoz que corta
espigas en el cielo florecido
de estrellas. Los latidos
de algo enorme palpitan en secreto,
-el alma abrumadora del silencio-
y el reloj de la torre
abre su ojo insomne
que en esta paz nocturna y dolorosa
sufre la pesadilla de las horas.

***

Barataria

La unciosa paz del patio solariego
dejé por la conquista y la aventura;
el viejo caserón donde perdura,
como la herrumbre en el metal, mi apego.

Muertas cenizas encumbraron fuego
a nuevo soplo; por visión futura
troqué en azar, temores y amargura
aquel dulzor del familiar sosiego.

Hoy en poblada soledad y suspiro.
Añoro el huerto y el solar, y miro
con facha de Quijote, triste, enjuta,

con adarga y lanzón por equipaje,
que no sé si tendrá retorno el viaje
porque el vaivén del mar borró la ruta.

***

El tren

Bruñen las cimas de montes bermejos
rayos oblicuos que el sol les asesta;
áridas cumbres simulan al lejos
piara monstruosa durmiendo la siesta.

Émbolos fuertes en rudos manejos
ganan a golpes la ríspida cuesta
entre nogales y cardos añejos:
brava natura, tostada y enhiesta.

Tales amagos de rabia agresora
nunca detienen la locomotora,
símil y ejemplo de vidas y sinos:

sobre los yermos, a incultos ambientes,
yérguense las voluntades potentes
hechas a rectos y nobles destinos.

***

El colegio (fragmento)

Penetro una vez más bajo la arcada
colonial; me descubro, me santiguo;
surge racha de brisa perfumada.
¡Oh, soplo de recuerdo que me oreas!
¡Soplo de juventud, divino seas!

Siento nacer a tus evocaciones
alas en los talones,
alas en las ideas
y en los labios un vuelo de canciones.

La canción infantil de los recreos
-risas, incongruencias, devaneos-
dístico de oro, consonante en plata;
eran nuestros el río, el sol, el viento
y, en la copa del mango corpulento,
el concertino de la paraulata.

Era toda la viña a nuestro antojo
un estadio sin vallas ni confines
para vértigo absurdo de patines,
de base-ball y gárgaros malojos.

Mirar, en abstracción, por un boquete
el cielo azul en lámina ilusoria,
aprendiendo lecciones de memoria
en pautado y gangoso sonsonete.

Y después, el albor de rebeldía,
la inflamada canción de adolescencia;
Balmes, con una cara de inocencia,
y cierto bozo de filosofía.

Girondinísimo, Amor, musa traviesa
que anhelos antagónicos barrunta:
madrigal a la novia ya presunta
y al ideal presunto, Marsellesa.

Y hoy, al cantar en loa de esta casa
no he de plañir ficticios desengaños,
pues la ceniza leve de mis años
perenne guarda en su calor la brasa.

Al germen de mí mismo me repliego;
me encuentro vigoroso, renovado
y – árbol que siente en su raíz el riego-
a la casa me apego
y asciende en mí la savia del pasado.

¡En esta casa estoy sembrado!

***

La musa del joropo

Soy alma de mi tierra;
sufro y canto con los míos;
tengo amantes murmuríos
y tengo gritos de guerra.
Toda mi pasión se encierra
en serle a mi pueblo fiel,
pues vivo y lloro con él
y en mi cantar se destaca
la risa de la maraca
y del arpa el cascabel.

En nuestros valles fecundos
terminada la faena,
cuando la lumbre serena
baña en ensueños los mundos,
por los barrancos profundos
corre un divino temblor
con los ecos de dolor
en que un alma se desgarra:
es la voz de mi guitarra
que va gimiendo con amor.

Y cuando rompe la quilla
la inmensidad de las aguas
y se alejan las piraguas
por un mar de doble orilla,
la luna en el cielo brilla,
las ondas se hacen más bellas,
yo desato mis querellas
y tanta ternura pongo
que a escuchar la voz del bongo
se aproximan las estrellas.

Yo canto y sufro de amor,
de ternura, de esperanza,
tengo el temple de una lanza
y el trino de un ruiseñor;
ostento timbres de honor
que enaltecieron mi predio;
pues es glorioso intermedio
después de segar mis lauros
fui el cantar de los centauros
de Las Quesaderas del Medio.

Yo soy de todas distintas:
mi mano temblando amarra
el cuello de mi guitarra
tres cintas en una cinta.
La una en oro se pinta,
la otra, azul, reverbera
y es de sangre la tercera
pues le tiñó mi heroísmo,
tres cintas que son lo mismo,
¡las tres forman mi bandera!

Sobre el autor

*Ilustración: detalle de un cartel dibujado por Leoncio Martínez

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