literatura venezolana

de hoy y de siempre

Poemas de Rafael Pineda

Jun 7, 2026

El bajo Orinoco

Navegante: frente a los saurios
de Tucupita, jóvenes amigas indagaban
el porvenir, parque recargado
de vaho de pichones, pasajera ceguedad

y fantasía de agentes viajeros,
rosario expulsado en la orilla, al azar
de la luna creciente, por las fortuitas ranas;
rey provinciano maleado en Caracas,
prisionero, con su agónico plumaje, de la silla
del montepío. El porvenir ya se enmascara
entre los viejos conocidos, y la cabeza
por la música sibilina de un concurso pierde.
Las jóvenes amigas danzaban, cogidas
de la mano, a una señal de Blanca,
madre que disipaba nubes la mía,
de sombrero invulnerable a los tangos
de Gardel cuando demoraba la misa
en que sólo ponía media onza de carácter.
El resto, las alas de su sombrero,
escurrían fulgor y moda evanescente al paso
del Orinoco, prendidas a las históricas verdades
de mi madre. Las jóvenes amigas
pernoctaban en los barcos, la respiración
profunda en los cacaotales, en la pasta
enervante de los cambures, en la disputa
traída y llevada por las aspirantes a misses
de Caracas, enjundia y naturaleza de frágiles amores.
La fiesta refulgente de primos, juglares
y ermitaños, juego artífice
de Tucupita, trascendía al cesto
peregrinante de los niños. Ramones,
el dignatario evadido de Ciudad Bolívar,
correo de finas y sangrientas maneras,
oferente que atiza el onomástico de su esposa
y el cerco de perplejidad de las jóvenes amigas,
sus nietas, Ramones, vanidosillo y cauto,
rompía los fuegos con un brindis
de méritos relampagueantes y un feriado
gracejo digno de las circunstancias.
Ramones atesora regalos proféticos, miradas,
elogios a las jóvenes amigas y, adormilado
por el círculo de una mosca, a su corazón satisfecho
se rinde. En improvisada academia, efectos
de sonido versallesco, la ráfaga equivalente a los cisnes
y la comedia de náyades, aturden a las misses
de Tucupita, ya coronadas, según augurios del orador,
por la maniobra mitológica de Caracas;
prestas al llanto, a punto de rodar, acontecidas,
por el abismo de los aplausos y los fotógrafos.
Las jóvenes amigas estudiaban el porvenir,
matemáticas, enseres espirituales, pasos
de señorío, los reos sepultos en el Orinoco,
la dirección que lleva el viento de la conjura.
Imantaban, retenían, a los barcos saturaban
de flores de deseo en el anochecer de Tucupita,
destinadas, si caprichosa no fuera su estrella,
al mercado cabalístico de Maracaibo,
a los bailes que amanecen afinados en Carúpano,
al puño de tierra filosófica de Mérida. Pero, sordas
al imperio realista de Blanca, mi madre,
huyen las jóvenes amigas de Tucupita,
en trajes y máscaras de reinas, ellas,
ilusa monarquía de provincia, y a los sones
de un aquelarre, en el bosque satírico
de Caracas, ya perecen las jóvenes amigas
en la fuerza muerta del horóscopo, mientras los jueces
a número reducen el miedo escénico de Venus.

***

Trova silenciosa

Todo canto se hiela en la garganta
si protección de la belleza invoco.
El himno cede, reina la elegía;
la copla se desprende como lágrima,
la profecía, en fin, sangra por dentro,
por obscuro quejido amordazada.

Todo canto me sabe a reconquista
de antiguos hontanares de miseria,
a flores venenosas en la boca,
a corderillo en la garra del lobo.
El cantar es la puerta que vigilan
las bestezuelas sueltas del olvido.

Ahora sí, la huella es de fantasmas,
de lentos, pero rudos vencimientos;
de muchachas hambrientas a caballo,
de caballeros de paja rellenos.
Detrás del paraván ríen las hidras
mientras yo escribo versos melancólicos.

Las aguas cubren el rostro del canto,
escapan por los ojos en torrente.
Este frio me viene de la muerte,
con sus alas marmóreas me rodea.
Mi soledad se vuelve pensamiento
inútil, como día en el pasado.

¿Cuándo besé tus labios victoriosos
O es, apenas, deseo insatisfecho?
¿Es posible anhelar tanta hermosura,
tanta inmortalidad dentro del mundo?
Enlazaré mi cuello con las rocas
para hundirme en los mares, en silencio.

***

Los héroes

Fuimos héroes, ayer, en carne viva,
con la victoria en el puño cerrado
como quien lleva su hijo al sacrificio.

Las estatuas, en el adiós, cantaban,
deshojando las rosas en su frente
para quedar desnudas, con el llanto.

Ceñimos nuestros cuerpos con los himnos.
El alma, en sus adentros, invocaba
la protección de sus fuerzas rugientes.

Las palabras que volvieron el rostro,
los buitres por halcones perseguidos,
todos, en un escudo, combatían.

Los ríos esperaban nuestras órdenes.
Piedras aleccionadas como alas
y sombras inmortales ayudaron.

El viento socavó nuestras miradas,
nuestros huesos transidos de violencia,
nuestras banderas, pálidas de sueño.

Caímos, desangrados, en el bosque,
azuzando los potros centelleantes
para avisar el triunfo a las doncellas.

Amortajados juntos, con ramajes,
nos lanzaron al mar, como un recuerdo.
Los niños preguntaban: ¿Son los héroes?

***

Decir la más joven era como decir la más triste,
dama que se quedó para vestir santos,
malabar seco en el corpiño,
boca por el ruego transida,
valle de lágrimas,
abanico desplumado sobre la cónsola,
busto de mármol perplejo,
virginidad prendida con alfileres,
arco del pie derruido.

Decir la más joven era pensar en una cinta,
en el príncipe azul que se perdió en las nubes,
en la yedra sobre el muro,
en la humillación de un viejo encaje,
en un. camafeo de mirada ausente,
en un gemido que no osa escaparse,
en un reino pendiente de un hilo.

Su pecho nostálgico tenía un jardín por dentro.
Su cuerpo era presa del torbellino y
cuando la ventisca
obscurecía el aliento de la. cornucopia.
Mientras la tarde olisqueaba sus cabellos
se fatigó de copiar versos,
con pulso lánguido,
en la ventana.
Pisoteó las canciones,
como mancillada,
y se ajustó el corset de ballena.

Detrás de su mano
miró empobrecer el vino en la copa.
Deseaba remitir un nomeolvides,
pero guardó la carta en el seno,
en el más perfecto olvido.
El bandolín rugía,
en la pared colgado como testa de animal fabuloso.

“No muerdas pomagás,
caimito ni guanábana,
nada suave ni brillante”, le dijo su hermana.
el moho, desde entonces, cubrió sus dientes.
Desató el collar en un rapto de tristeza.
Perdió, además, el sentido de la muerte,
envenenada por el miedo.

La otra se asomaba al río
para. hacerse los bucles pesados, lucientes, marmóreos,
de sus caderas voló,
cierto día,
una avispa asfixiada.
Quería, a fuerza de estremecimiento,
arrancarle confidencias al globo de cristal.
No acepta cuellos altos
en sus amenazantes carcajadas.

Un caballo relinchó, por Diciembre, en su alcoba.
Ella gemía en los almohadones,
a pierna suelta.
El sueño se acercaba con frecuencia,
soplo perturbador,
melodía relampagueante,
ilusión en carne viva.
“Tendré un marido de roca pura”, decía, semidormida.

Mano por flecha atravesada,
jazmín tronchado para ornar la estrofa,
el ramaje de oro que ciñe a los espejos,
larguísimo velo de sumisión consagratoria,
los paños con unicornios bordados,
la esquela donde se participaba la nueva sequía,
los tapices de fingida primavera,

todo cayó en sus garras,
hasta su cuerpo enflaquecido y yerto,
salvado, en parte, en el retrato de familia.

Las granjerías por ella misma preparadas
en la bandeja palidecían
junto a la indiferencia de los labios.

Escondía las joyas en los arcones,
pasto de animalillos incautos.
La atmósfera había sido tallada en cristal de roca,
por esclavos sudorosos,
para ahuyentar los pájaros.
Los fantasmas evitaban su paso.
Sus cabezas, sin embargo, estuvieron juntas,
cuando un ángel revoloteó,
varias veces,
sobre el patio,
como si sintiera cansancio del viento.

Las hermanas cayeron de rodillas,
pensando si era necesario
recordar alguna de las antiguas canciones.

*Ilustración de Marius Sznajderman, publicada en el número 73 de la revista Nacional de Cultura, para acompañar los versos del poeta.

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