Raquel Santeliz
Dolor
Un grito descontento
sale por mi nariz,
comienzan a formarse
cinco ojos
que latigan.
Barro hacedor
protege el desarme de mi dolor,
Porque
están rompiendo la forma de mis labios
Él, el que desde mi niñez
ha ofrecido frescura
y jugaba
a bañarme
con las hojas de albahaca.
Un grito descontento
guía mis pies descalzos,
me quedé sin su voz
en pleno al verlo;
Juega con los cangrejos
que viven en el olvido,
Registrando tumbas.
Llueve donde se abre la puerta inclinada
Reporto la emergencia,
no poder correr
una línea.
La inercia
otras líneas se pierden perpendicularmente,
manos en alto,
me abrazo
logro irme por una vereda
en distancias prudentes,
un perfume me hace mirar el reloj,
escucho la desolación adolorida.
Despedida
Tras la puerta
dejo escrito lo mucho
que te amo.
En nuestra casa sin techo
posan los platos
que nunca te serviré,
el diván donde te quite las medias
y la respuesta.
Alice mis cabellos por verle
acabe con mi guardarropa
su camino no es mi nombre
el suyo es:
Ocres, verdes tejidos de arañas
No son idiotas mis ojos
solo lloran
la cesta de lo imposible.
Disfraz
Amarras mis vellos púbicos,
grito mis malas palabras
despiden secretamente
a fuerza de tragos
la saliva que me ahoga.
Tantas cuentas
perdí la sensatez.
Sé filtrar el luto
por mi esqueleto
por este mausoleo.
Esta noche
los perros cantan
la vigilia
de mis sesos
destrozados
que vomita
la ausencia
que no evoqué.
Hora del óbito
a tantos golpes de imposibles
el perdón se accidenta,
jamás pensé oír
la herida de un mal
sacudir sin piedad
un acordeón.
Ahí
Queda el patio grande
donde las espumas de jabón
hacen resbalar el amor
sobre ruedas del destino,
ahí mismo
las rosas están plastificadas
en un anónimo bolsillo
ejercicio del agua que tatúa a pleno sol
muchachos que arrancan
la pasión
a golpes de palos como espadas.
Quedan esos niños
de plena libertad,
la bicicleta
se los llevó por las calles
que amarra el sentir
por el pescuezo
esperando el olor completo
Se queda la pelota
que brinca
por los peldaños
de la escalera
que dirige al estanque
de quién espera,
ahí está el juego
el canto y las caricias
suave como lombrices
de mutuos cabellos
Queda el estallido
recogiendo lo abierto
sobre el mundo,
ese mundo de carrusel
cuadrado
pequeño
cómplice
Quedan los locos crédulos
que se preocupan
por salvar
las agujas del reloj

Sobrevivir a la intemperie
Encontré una humanidad
resonante
en un páramo de lucidez,
releo parábolas
que no me llevan a la nada,
apelo
al tráfico de los poetas orgullosos,
ellos saben que el volumen
es un síntoma de los versos
al tamizado riesgo,
una geografía efervescente
que anuncia
la verdad está de peltre,
la permanencia
es un hueco en estos ecos
que encuentran
las prórrogas perpetuas.
Cordones
Amanecí
con una pata atascada
en el tejado,
tengo demasiado sol,
la humedad
me deja ciega
La cura, el salto.
De saltar, yo salto,
pero no tengo claro
en qué punto del tejado
están los tres cordones
de mi existencia
Un pesado collar
cuelga de mi cuello
por mi espalda,
las hormigas
muerden mi lengua,
Si caigo
los tejados inferiores
reventarán mi cabeza.
Un salto
un salto.
Mi ombligo sangra…
Otros tejados he vencido
a otra piel
he encarnado.
¿Cuántas muertes llevo?
¿Cuántas vidas me quedan?
A la altura del azar
La razón
rompe mi boca.
En este tropiezo de muros
está un pez seco,
que se ríe
¡Ay!
Soy humana
carajo…
de cuerpo
traje y nombre.
Escuchen:
el sol me está quemando
en este desgarre,
aferro humedecer
esperando
sin vergüenza.
Taza de café
Yo te quise
en este punto muerto
que refugia el occidente.
Tengo que cobrar a velocidad
lo que queda de mis llagas.
Campanas encintas
reta mi madre,
mientras da vuelta
la taza de café.
Ya mis canciones
no buscan el amargo
del licor,
aunque tengo
todas las razones.
En mis entrañas
dominan demonios
para no comer manzanas.
