LA MUERTE DE ABIGAÍL LOZANO
El general Antonio López de Santa-Anna relata en sus Memorias, publicadas por Genaro García y Carlos Pereyra en su colección de «Documentos Inéditos o muy raros para la historia de México» (México, 1905) la muerte de Abigaíl Lozano —Santa-Anna la de el nombre de Miguel-, ocurrida en Nueva York el 8 de julio de 1866. En San Thomas, Lozano entró en tratos con Santa-Anna, a quien sirvió de secretario. Lozano escribió a Santa-Anna el manifiesto a los mexicanos, firmado el 8 de julio de 1865, un año, día por día, antes de su muerte, manifiesto destinado a dar explicación de su conducta política, y a enmendar otro a favor del Imperio de Maximiliano. A juzgar por estas Memorias que abarcan los años de 1810 a 1874. Santa-Anna era hombre bastante crédulo. Cierto día se presentó de improviso en San-Thomas el Secretario de Estado William Seeward, y celebró una entrevista con el ex-Presidente mexicano. Hablaron cerca de media hora, sin que Santa-Anna pudiese saber a ciencia cierta el objeto de aquella visita. «Palabras cortas en voz baja -dice el autor de las Memorias- como el que quiere hablar y se detiene». Seeward quería saber el objeto de la visita de Santa-Anna a Veracruz, ocupada por los franceses. Se manifestó de acuerdo con la necesidad de expulsarlos de México, y ofreció su apoyo a Santa-Anna. Iba éste a devolverle la visita cuando supo que el vapor de guerra donde se halla Seeward había partido. Esta visita y la fama de que Santa-Anna disponía de una colosal fortuna, sirvieron al granadino Darío Mazuera para maquinar una intriga que dio infinitos pesares a Santa-Anna, y costó la vida de Lozano.
Mazuera era hombre de veinte y seis años, «de elegante figura, y de ella una locuacidad extraordinaria que le facilitaban introducirse en la alta sociedad», dice el autor de las Memorias. Desterrado de su país por el Presidente Mosquera se refugió en el Perú de donde se dirigió a Santa-Anna para solicitar datos y apuntes que le permitieran escribir su biografía. A pesar de la sorpresa que le causó esta carta, Santa-Anna contestó a Mazuera y le envió los datos pedidos. Sobrevino entonces una revolución en el Perú, y Mazuera fue a San Thomas. Insistía en escribir la historia de Santa-Anna. Mazuera se dispuso luego a partir para Nueva York, le ofreció sus servicios en aquella ciudad y le manifestó que no necesitaba suministro alguno. Para comprobarlo le mostró una cartera repleta de billetes de banco. Por su medio, Santa-Anna escribió una carta al Presidente de Estados Unidos. Una vez en Washington, Mazuera escribió a Santa-Anna para decirle que se había presentado «como agente y amigo suyo», y se hacía lenguas del buen recibimiento de Seeward. Este se ausentó por algunos días, y a su regreso, Mazuera escribió de nuevo Seeward se mostraba muy satisfecho de su entrevista con Santa-Anna, «y muy su adicto». Agregaba que poseía la confianza del Secretario de Estado, a quien había ofrecido una comida. Mazuera no descansaba. Entró en tratos con generales mexicanos desterrados en Nueva York. Santa-Anna lo creía todo.
Mazuera regresó a San Thomas en compañía de cierto Abraham Báez y de otros personajes, para invitar a Santa-Anna a trasladarse a Nueva York. Le ofrecieron entre otras cosas, que a su llegada los cañones del fuerte saludarían «al ilustre mexicano». Mazuera había adquirido por cuenta de Santa-Anna un hermoso vapor, el «Georgia», en doscientos cincuenta mil pesos, con plazo de dos meses. Santa-Anna no quería aprobar esta compra, pero Mazuera le entregó una carta del general venezolano Julio A. Báez, también sorprendido por Mazuera en su buena fe. Báez le daba a Santa-Anna seguridades de éxito, y lo invitaba a ir a Nueva York donde conseguiría recursos. Mientras tanto, Abigaíl Lozano traducía del inglés cierto papel o «memorandum reservado», remitido a Santa-Anna según Mazuera, por el propio Seeward. Decía este «memorándum» que en la Cámara de Representantes se aprobaría un crédito de cincuenta millones para México, de los cuales treinta millones se destinarían a la expedición del general Santa-Anna, cuya presencia en Washington era necesaria. Santa-Anna no pudo ocultar su contento. Ni él, ni Lozano se detuvieron a considerar si el documento era auténtico. Mazuera aprovechó tan buena disposición para hacerle reconocer a Santa-Anna los pagarés de la compra del vapor que pasaron a poder de Abrahán Báez. Este manifestó que debía satisfacer inmediatamente la cantidad de cuarenta mil pesos al capitán del buque. Se buscaron los cuarenta mil pesos bajo crédito de Santa-Anna.
El 6 de mayo de 1866, Lozano salió para Nueva York en compañía de Santa-Anna, Mazuera, Abraham Báez, Vidal y Rivas, Vicente Julve y Manuel Mesa, éste último servía de escribiente. Abandonaba así su tranquilo refugio en San Thomas, quizás seducido por las perspectivas de que Santa-Anna recobraría a México, o tendría papel preponderante en los acontecimientos mexicanos. Los fuertes de Nueva York no hicieron los prometidos saludos. Mazuera y Vidal Rivas pasaron a Washington a participar al Secretario de Estado la llegada de Santa-Anna. Ya Vidas y Rivas advertía que se trataba de «una trama infame». Por los mismos días recibió Santa-Anna la visita del rico comerciante Jaime I. Trounvooll, quien le ofreció informarse en Washington. A su regreso Trounvooll refirió la sorpresa de Seeward al enterarse del asunto. No conocía a Mazuera, y se negaba a recibir los cumplimientos del general Santa-Anna. Para entonces Seeward se hallaba en conferencias con Montholon, enviado de Napoleón III.
Las tribulaciones de Santa- Anna y la lucha que hubo de sostener para librarse de Mazuera y de Abraham Báez son muy largas para referirlas aquí. Tuvo que desembolsar enormes sumas de dinero. Se vio obligado a empeñar sus valores y alhajas. Hasta sus cubiertos quedaron en poder de los acreedores. Acudió a la vía judicial, pero la abandonó porque resultaba más costosa que el pago de todas las obligaciones adquiridas en su nombre por Mazuera. Este se vio libre al exhibir los papeles donde SantaAnna lo autorizaba a proceder como su agente confidencial. Pero quedaba el «memorándum», y Lozano, único testigo, podía perderlo. Cierto día, mientras almorzaba con Mazuera y Julve, sintió terribles dolores en el vientre que lo obligaron a regresar a su hospedaje. Se creyó envenenado y rogó al Coronel Almada le suministrara en pequeñas dosis un contraveneno que siempre llevaba consigo. Al día siguiente Santa-Anna lo halló muy agitado. Había pasado muy mala noche. «Mi querido general, me muero… me envenenaron en el almuerzo… Temían que hablara y me quitaron de en medio… Cuídese usted… ¡Ah, mi familia! Mi desgraciada familia queda en San Thomas sin amparo. La recomiendo a su generosidad». Fueron sus últimas palabras. La noticia de la muerte de Lozano la publicó «El Federalista» en su edición del 2 de agosto. El «Herald» de Nueva York la dio «en muy contadas y subalternas líneas». José Antonio Calcaño dedicó un poema a su memoria. En cuanto a Mazuera pasó después a México, y comprometido en una revuelta, fue fusilado en Yucatán, en febrero de 1869.
***
LA SOMBRA DEL CIPRÉS
«… to me it is a prison».
(Hamlet. Act. II. Sc. II).
-Yo nací en una cárcel y he permanecido en ella durante treinta años.
Con estas palabras hamletianas me recibió Ramos Sucre cuando le vi por primera vez, en Caracas, el pasado año. Era en setiembre. En setiembre los campos de Venezuela tienen una belleza singular. Hay no sé qué de vago y transparente. Los días huyen a través de los bosques cubiertos de guirnaldas y racimos. Los coros de grillos y cigarras encienden bajo los árboles tenues lámparas de evocación y el olor de mil resinas se mezcla al del mango y la verbena. Entran deseos de labrar la tierra, de dormir en uno de esos caserones de aldea y allí vivir en silencio, para siempre.
Era en su oficina del Ministerio de Relaciones Exteriores, un salón espacioso de grandes cortinones y libros cubiertos de polvo. Ramos Sucre estaba taciturno, expresión habitual en él, pero su rostro resultaba más pálido y afligido en el magnífico claroscuro. Tenía entreabierto uno de sus últimos libros: «Cielo de Esmalte», que con «Las Formas del Fuego», aseguró haberme enviado y los cuales nunca llegaron a mis manos. Comenzó a leerme una página: «Victoria». De sus labios las palabras brotaban febriles en una última desesperada tentativa de maceración perfecta, y a mí me parecía ver junto a él esa victoria de ojos de esmeralda y corona de olivos milenaria. Pero tras aquellas palabras iniciales, insistentes, que eran una interpretación y un anuncio, se dibujó en seguida, con la fuerza de un conjuro, la figura del cuervo. Porque Ramos Sucre en su peregrinación terrena, viaje involuntario, según otra expresión suya, recorrió el mismo camino que va desde las rocas vertiginosas de Elsinor hasta la aparición interrogadora en a midnight dreary. Inmutabilidad de Esfinge. Palabras silenciosas.
Se imagina uno al que ha cultivado con tanta ternura la desesperación, al que ama el plumaje negro y las sentencias prometedoras de la noche, cuando sueña con la luz o el amor. Leyéndolo se oye su voz. Era su prosa densa, estremecida por un soplo de sabiduría y de misterio. Los pensamientos tienen la marmórea movilidad de las olas. En realidad él creó un estilo. Sus relatos tienen casi siempre la forma autobiográfica, quizás porque ésta le ponía en mejor aptitud para extraer el sentido impenetrable de instantes eternos. Emociones e imágenes remotas. Difícil sería penetrar en su espíritu afanado siempre en tales interpretaciones, en las cuales se tornaba de continuo a formas excelsas. Lo cierto es que gozó sus éxtasis en aquellos sitios donde la historia exprimió las horas más augustas o voluptuosas. De ahí su amor apasionado por la flor del acanto. Las glicinas o madreselvas, guirnaldas heroicas que cubren ruinas y leyendas.
Desde los escombros de esta torre (*) protegida por su árbol gemelo -no se podría decir quién nació primero- frente al mar en creciente y sobre el mar el lucero de la tarde, yo recuerdo «La Torre de Timón», aquel libro donde Ramos Sucre, llevado de su genio, reunió sus sabias divagaciones. No eran tan perfectas como las que vinieron después. Grabó allí medallones de héroes que tienen rudos semblantes de nibelungos. De sus páginas, tan severas a veces que requieren un esfuerzo para advertir la gracia de sus contornos, vuelan tímidas palomas sensuales. Siempre había pensado que esa torre era más bien morada de asceta que vivienda de misántropo y así me place evocar desde este lugar donde hay sombra de conquistadores y de corsarios al noble poeta. Porque Ramos Sucre fue sólo un poeta que cultivaba su dolor con alegría. El dio todo lo que sabía y amaba, todo lo que pensó y fue capaz de sentir con impulsiva sinceridad. Por esto relegó la ironía al más apartado rincón de su castillo interior. Si acaso, la visitaba mientras recorría sus moradas, en la alta noche, cuando en la vigilia habían surgido ya los pensamientos e imágenes de su contemplación. O quizás era una amada imposible. A su puerta él permanecía en pié como aquél príncipe rebelde apoyado en el ensueño.
Guardemos el recuerdo de Ramos Sucre. En su regreso ha pasado por la sombra de ciprés que 1930 proyecta en forma de obelisco inmenso sobre el mar nuestro. Los últimos símbolos, joyas y talismanes de sepultura, han quedado prisioneros con sus despojos y sobre el ataúd obreros invisibles han grabado un escarabajo cuyo vuelo hacia el sol era en otro tiempo, en los reinos de la muerte, símbolo del amor perfecto.
