Mariela Cordero
La mano en la sombra.
Hay una mano en la sombra
desprovista de clemencia
expulsada del imperio de las caricias
desconoce el oficio
de construir cercanías o plegarias.
Esta mano
irrumpe
con aleteo de matanza,
sus movimientos ensucian
las olas
del cuerpo asaltado.
Desgarra con exactitud
la piel sumisa,
bautiza la herida
y traza una línea
con su dedo de acero.
Sólo
quiere entregarte
la cicatriz.
Los rasgos presentidos.
Todos los rostros se van extraviando
en el viaje,
la memoria hambrienta
aspira retenerlos
pero los rastros y los signos
se diluyen en la marea del desconcierto.
Entre la multitud florece
inmediato
como un golpe
un cariz único
desconocido
que se impone
y te desquicia
hasta ser traspasado
por la dicha fulminante
de terminar la búsqueda.
El rostro amado
reúne
todos los rasgos presentidos.
Los inescrutables ojos.
Los inescrutables ojos
que se ocultan
dentro de galopantes ciudades de acero,
están detrás
de otros miles de ojos sonámbulos.
Son narcóticos indomables
que mutilan el desamparo
apaciguan los alaridos
y derraman caricias.
Cuando afloran
te toman por asalto.
Sabes
que morirás
invocándolos.
Dos incendios.
La radiación de simultáneos incendios,
se divisa en dos noches
que de tanto respirar idéntico
danzan juntas
ebrias,
se enmarañan volviéndose una.
Dos cuerpos se desprenden
de esa noche en llamas,
surgen
como antorchas urgentes
que lamen lo oscuro.
Se precipitan
una
sobre
otra,
redoblan su calor
hasta parecerse al rayo,
embellecidas
arden hasta que el sol
las engulle.
Isla.
Lejos,
forjada de olvidos
asediada
por aguas hambrientas
solitaria
arena caliente.
Una isla
que calcina se parece a tu
boca.
