literatura venezolana

de hoy y de siempre

La Torre Pájaros es un libro uróboro

Por Juan Rivas

Los habitantes de una torre padecen por un virus que los hace vomitar pájaros. Este guiño cortazariano se hace patente desde el epígrafe con el que inicia la novela. El peculiar fenómeno de vomitar conejos, en “Carta a una señorita en París” de Julio Cortázar, ha recibido numerosas interpretaciones filosóficas y hasta políticas. Yo en algún lado leí que el autor, una noche, tenía agruras, y de ahí se le ocurrió la idea. Todas las interpretaciones caben en una obra sabiéndola leer.

En La torre pájaros, de Luis Manuel Pimentel, podemos ver una visión alegórica de la pandemia actual que vivimos, y de la que no hemos acabado de salir. Y cómo esta misma situación puso de relieve los eternos problemas, del capitalismo, de la alienación social y de la violencia de Estado. “Comadre, es posible que este virus se haya metamorfoseado en un nuevo sistema de vida”, dice una de las vecinas a otra, mientras ambas están cubiertas de pájaros que las picotean. Esto sucede en el primer capítulo que se llama, adecuadamente, “La transformación”.

Esta transformación se da de manera sistémica, altera el orden estructural de la vida de todos los habitantes de la torre y de la torre misma. La novela es muy breve: sesenta y tantas páginas que traspasan los límites del cuento largo por su gama de personajes y escenas. O sea que es una obra condensada que habla de un microcosmos. Y a veces parece que la novela misma se comporta como un microorganismo porque se retroalimenta, ya que el inicio y el final están conectados por el epígrafe de Cortázar. Es un libro uróboro, una historia que se muerde la cola. Así como la torre se nutre a sí misma; los pájaros siembran semillas en las macetas, llenan a la torre de vida. Se hace un ecosistema perfecto: el agua se condensa y se precipita. Todo es felicidad, hasta que deja de serlo. Al mundo exterior no le agrada la idea, peligrosa a sus intereses si se la considera:

Implica la reunión del hombre con la naturaleza; el hombre descubriendo (o re descubriendo) que la vida no es pagar servicios ni andar en carro ni salir a trabajar todas las mañanas, o que por lo menos la vida no es nada más eso. El regreso al tiempo originario, a la visión cósmica del universo y la naturaleza, se hace patente en mujeres que caminan ataviadas de aves; en los hombros, en el cabello, como divinidades paganas de la fertilidad. La torre misma se vuelve para el mundo que la rodea un tótem llamativo y misterioso. Un organismo autónomo de la ciudad que los rodea. El mundo de asfalto y humo no soporta ver que está creciéndole un lunar de vida y vegetación. Esta torre de flora y fauna se aleja tanto de su contraparte gris y exterior que adentro Cristo de ella, “el señor Cristo”, es un vecino más que vive con sus hijos José, Cristo Jr. y Mariel. Esto lo señalo sin afán de caer en controversias teologales…

Por último, volvamos con los pájaros. Vomitar pájaros puede ser realismo mágico, alegoría del virus, no lo puedo asegurar. Pero este desfile incesante de aves da la ocasión perfecta para tapizar la obra de colores. El narrador llega a describirnos lo que ve mediante comparaciones tipo, y cito: “arte psicodélico de los años 70”; y adjetivos como “policromía”. Con las ilustraciones a lápiz de Ramón Pimentel, con su tipografía sobria, con todas las páginas en blanco y negro, es una obra llena de color. Hay color en la fauna y en la flora. Nombres y nombres de pájaros, de flores, de frutos. Esta variedad en el vocabulario también inunda los sentidos: el olor de la tierra mojada dentro de la torre, de la lluvia, del whiskito que se toman los vecinos alrededor de una fogata que huele y sabe a que todo se va a complicar.

Entre las ilustraciones y algunas escenas de venganza sangrienta, y por ello mismo muy satisfactoria, la novela se vale del horror imaginario, del terror monstruoso y fantástico, para combatir el terror y los terrores verdaderos del Estado y la policía pisoteando al pueblo.

Al aparecer los pájaros en las vidas de los personajes, nos dice la contraportada del libro, sus vidas ya no fueron las mismas. Las de nosotros, tampoco; y eso, como demuestra esta genial novela, no tiene por qué ser algo forzosamente malo.

* Ilustraciones de Ramón Pimentel

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