Por: Tannia García
Los libros son intrincados espejos. Cuando conectamos con uno, podemos afirmar que algo de nosotros vimos en él, y, por tanto, a través de este artefacto conectamos también con su autor. Cuando leí el primer capítulo de Réquiem por Norma Jean, lo primero que recordé fue un cuadro de Marilyn Monroe que siempre estuvo en el cuarto de mis papás. Era grande. La foto mostraba la famosa escena de esta actriz con el vestido blanco levantado por el aire. Yo no sé mucho de ella, de Marilyn, y lo que sé lo supe a través de mi padre: una mujer bella, sensible y carismática. Demasiado de las tres, según él mismo, que tuvo un final muy triste porque no pudo sobrevivir a lo duro del mundo en el que se encontraba. Era sexy sin ser vulgar, muy femenina y melancólica. Esta memoria fue algo que me hizo comprender lo verosímil de este réquiem. Creo que mi papá amaba a Marilyn, así como le creí a esta voz narradora que es pragmática, fría y distante, como los números que le obsesionan, hasta que habla de la rubia. Me atrevería a afirmar, cinestésicamente, que pude pasar de azules a naranjas en estos cambios sutiles pero evidentes en la voz del personaje.
Y así como mi memoria resonó con este personaje y su situación, yo, más conscientemente, pude también observar a Victorino, uno prístino y que no necesita valerse de grandilocuencia para llegar a imágenes muy memorables con una carga visual y referencial que incluso nos hace pensar en que dialoga con lo cinematográfico. Uno de los aspectos más fascinantes de esta novela es cómo logra entrelazar lo íntimo con lo histórico. La voz en primera persona del narrador no solo nos lleva al centro de los eventos, sino que también nos permite experimentar su mundo interior: sus dudas, sus miedos, su obsesión con la rubia y su relación con la figura casi mítica de Kennedy. Esta perspectiva íntima humaniza los hechos históricos sin despojarlos de su trascendencia global. En lugar de presentar a los personajes como figuras distantes y monumentales, los muestra como seres humanos complejos, contradictorios y profundamente vulnerables.
En este réquiem, el hilo conductor es la voz de un personaje cuya fijación por los detalles podría interpretarse como un trastorno obsesivo-compulsivo (TOC), y que no es solo un rasgo psicológico, sino una herramienta narrativa que permite al lector sumergirse en una reconstrucción minuciosa y casi obsesiva de los hechos. Cada palabra, cada gesto, cada mirada que él recuerda parecen formar parte de un rompecabezas más grande, uno que no solo busca resolver el misterio, sino también exorcizar los demonios personales del narrador.
Por eso, en el corazón de esta novela late una paradoja: el amor (o la obsesión) del narrador por Marilyn Monroe se convierte en su única compañía. Este amor es, al mismo tiempo, un refugio y una condena. Es lo que lo impulsa a recordar y narrar, pero también lo que lo ata irremediablemente a un pasado que no puede cambiar. La figura de Marilyn, con su belleza trágica y su aura de misterio, se convierte en un símbolo tanto de lo inalcanzable como de lo perdido. La relación entre el narrador y Marilyn no es simplemente romántica; es algo que atraviesa las fronteras del tiempo y la lógica. En este sentido, la novela explora temas universales como el deseo, la culpa y la redención. Entre todas las lecturas que puede tener una obra, una de las que yo propondría desde mis propios referentes, es que el narrador no solo está obsesionado con Marilyn como persona; está obsesionado con lo que ella representa: un sueño americano roto, la promesa incumplida, la verdad que nunca salió a la luz.
Esta novela es mucho más que una recreación ficcionalizada del contexto histórico que rodeó la muerte de Kennedy y Monroe; es una exploración profunda de la memoria, la obsesión y el peso de los secretos. A través de una voz narrativa reflexiva y melancólica, el lector es invitado a adentrarse en un discurso donde lo íntimo y lo histórico se entrelazan de manera inseparable. La riqueza emocional y cultural, aportada por un discurso narrativo venezolano alimentado por el combustible de una cultura totalmente distinta, añade una dimensión fascinante a este libro, demostrando que incluso los eventos más globales pueden ser reinterpretados a través del prisma de lo personal.
