Por: Juan Ramón Rivas Pulido
En la dinámica que implica la creación literaria suele ocurrir que los conceptos, las normas establecidas por los analistas, puedan parecer simples determinismos. Veamos, por ejemplo: “La narrativa es un reflejo estético de la realidad”. Muy bonito, dicho así, pero si aplicamos este concepto a la obra que comentamos este domingo, nos encontramos con que debería decir mejor “de una realidad”, o “de su realidad”, porque los cuentos de este libro no son fantásticos ni surrealistas sino pertenecientes a la realidad que percibe el autor. Son escenas fragmentarias que avanzan o retroceden, que se conjugan, configurando un eje accional anguloso que requiere del lector una atención plena, no son relatos que puedan leerse distraídamente, y es recomendable terminarlos en un solo intento, o al menos, cerrar cada uno de los períodos. No conocemos la novela de este autor editada por Lector Cómplice, por tanto, no podemos decir que Un monstruo …, publicado por Barralibros Editores, la apuesta de Gustavo Oliveros, venga a ser un experimentalismo, o si es una muestra decantada de su proposición.
El análisis descriptivo de un texto narrativo no pretende discernir lo que el autor quiso expresar, sino aquello que los lectores pudiéramos soberanamente interpretar, riesgo mayor, a medida que la historia sea más críptica, ampliando así el campo semántico, haciendo válida toda conclusión que pueda refrendarse con fragmentos del texto, veamos algunos ejemplos, o tal vez, especulaciones. Si quisiéramos aventurarnos en probables afirmaciones, diríamos que, en la mayoría de estas historias, los finales se parecen más a la vida, según la concebimos los mortales, como veremos en algunos pasajes. En el relato inicial, Algo que no pude sino crecer, se genera una incógnita, establecer qué es ese algo, y después de plantear diversas posibilidades, enumeradas ordenadamente, la realidad golpea con una afirmación categórica: “En tu caso es un tumor”. (…) vuelve, como propusimos, a la realidad real. Esa misma estructura se repite en otros relatos, como en El Paseo, tal vez la historia más laberíntica del conjunto. En este caso la óptica narrativa avanza desde una pizzería, va por diversas edificaciones, pasillos, escaleras que bajan y suben hasta llegar a una instalación hospitalaria donde una acuciosa enfermera exhorta al protagonista a que inicie una intervención quirúrgica de la que él no está seguro de llevar a buen fin, los pacientes y empleados crean un clima de alta tensión dramática, y al final como vemos, la realidad real impone una imagen emotiva y casi doméstica: “Entonces la paciente, mi esposa, abrió los ojos, me miró, sonrió, y me restregó en la cara su confianza. —Pongo mi corazón en tus manos, solo tú puedes hacerlo, dijo”. La misma estrategia se repite en el relato La Caída, para nuestro gusto, uno de los mejor logrados. El tema pudiera interpretarse como los preparativos de un suicidio, privilegio de la especie humana, o una fuga, y el cierre nos ubica entonces en lo que los estructuralistas llamarían la imposición de R1 indicial, de una manera muy firme. Veamos como termina la caída que hemos esperado. “Y entonces le pasó lo que siempre le pasaba. El suelo le extendió sus brazos y lo recibió con amorosa dulzura. Y él cayó parado. Todavía aturdido, se sentó sobre sus cuartos traseros y se lamió las patas”.
Otro aspecto que añade complejidad a estas historias es la frecuencia del mundo onírico, muchas veces el lector deberá elegir si su comprensión de la historia se ubica en lo vivido, lo soñado, o ese estadio intermedio, maleable y generoso conocido como la ensoñación. Reseñamos algunos pasajes. “Así que decidí averiguar quién o qué interrumpía mi sueño (…) Me sumergí en un profundo sueño y soñé que me desliz aba (…) Unos ruidos horribles, como si un monstruo se fuese a sacar os huesos por la nariz, me despertaron. Y ya no pude volver a dormir (…) En el último segundo me pregunté si todo no habría sido más que un sueño y si volvería a soñar cuando todo terminara (…) En este punto el sueño fue sustituido por otro del que no guardo ningún recuerdo”. El juego de imágenes constante en estas narraciones es tal vez originado en la experiencia gráfica del autor, profesional de celebrada trayectoria en el mundo de la fotografía. Como puede apreciarse, este libro, unos quince relatos de diferentes extensiones, requiere la participación desprejuiciada del lector. Quim Ramós es un narrador con un grueso y variado arsenal de referencias, como se desprende de sus comentarios en este mentidero virtual; entre los numerosos autores que menciona con autoridad y delectación aparecen Vila-Matas, Céline, Aira. Laiseca, Dovlatov; él mismo es, además, un personaje ficcionable, imaginativo, viviendo en el mundo real de los padres de familia que andan por el mundo ocupándose de sus propios asuntos y escribiendo buenos libros sin pedirle permiso a nadie. Recomendamos la lectura de este volumen.
