Ángel Miguel Queremel
MARTIRIO Y MUERTE DE LA SANTA QUIETUD
Del aire y del tiempo flor cercenada
cernido acero búscate sin descanso.
Todo el espacio es sangre y muerte de voces.
Reos de luna y sombra desaparecen.
Mareas de tres mares alzan tus párpados
y cantos de sirena forjan tus rejas
de soledades blancas, enmohecidas,
en tu redonda celda de altos cerrojos.
Atada a tu silencio —viva columna—
pájaros, soles, brisas, en largo espejo,
calcinada estadística de sueños tuyos
copian, humo que a altivo cielo fue reintegrado.
Vuelan insectos, polvo, dueños del mundo.
Agua y viento marchan con su destino.
La flor de tu cabeza de humo y cabellos
cae en el cesto amargo de tus raíces.
¿Dónde la cruz en vuelo, la golondrina?
¡Ay, libertad sin venas sobre los pulsos!
¡Ay, libertad sin nudos en las palabras!
Santa quietud, imagen en dos partida:
una en mi pena.
***
ALMA EN VILO
Tú y yo somos dos silencios.
Agua vista en un espejo.
Debajo, arriba, de lado,
siempre un tercer callar
que ni tú y yo somos, fuimos.
Tu uno frente a mi uno.
Exacto párpado corta
el cuello de luz culpable.
Sin sangre, libres, en blanco,
bajan y suben los pechos
los puñales del aliento.
Tú y yo somos dos silencios
en soledad repartida.
Signo frío en nieve escrito
sobre un inútil cerrojo
de doble vuelta en el aire.
Sin anécdota, sin mundo,
—a solas en tibio limbo—
debajo, arriba, de lado,
siempre un tercer alguien, algo,
que ni tú y yo somos, fuimos.
***
ISLA
A tu lado, a nuestro lado, el mundo
es apenas estribo, peldaño, referencia.
¡Qué dilatada geografía, tu amor bajo mis ojos!
¡Qué diluido yo —tierra, mar, cielos míos— en ti,
enterrado allí, vivo, en muerte de goce inigualable!
Tempestad de tu aliento:
allí yo curvado en arco-iris.
Mar del éxtasis tuyo:
allí yo, en rumbo, vela, vientos y horizonte.
A tu lado, a nuestro lado, el mundo
es apenas estribo, peldaño, referencia.
Mundo aparte en el mundo.
Tallada eternidad en lo invisible
de un simple grano de su arena.
***
TRAJES
Estas sombras de las que me desvisto,
estos trajes desconocidos y estrechos
que me ultrajan la carne,
¿dónde van? ¿quién los usa?
¿Qué alma los anima, después,
en mi ausencia?
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Antes de cubrirme, ya antes
sé que otros —¿quiénes?— los han llevado.
¿Quiénes? ¿Cuándo?
He encontrado en sus bolsillos,
entre pliegues,
briznas, pistas, vestigios,
de atormentados seres —mis hermanos—
que pudieron quitarse sin martirios
esa fatal envoltura, transida,
ardiente todavía
de una fiebre sin color,
o quizá de eso, de aquel —¿color o su fantasma?—
que nunca vistió el iris.
¿De qué trágica e ignorada guardarropía
caen fatales estas frutas hediondas de madurez?
¿Qué mano soltó al pájaro de la semilla
en la hambrienta tierra humana que nos devora?
Estas sombras de las que me despojo,
estos trajes desconocidos y estrechos,
¿son en sí ellos, del mundo inanimado,
o seres son de carne y hueso sombríos
y yo el traje, apenas, simple y transitorio?
