Carlos César Rodríguez
A mi hijo Carlos
In memoriam
Bajo el azul de Mérida
el bucare levanta
en cada rama
una bandera roja.
Oro solar
de los araguaneyes.
En el estanque
de estrellas y nenúfares
una cierta sonrisa.
Sigue la luz,
la vida,
los papiros de larga cabellera,
la trinitaria en sangre,
el malherido pie del eucalipto,
la alegría del viento entre los sauces
y en la noche más alta, tras las nubes,
la luna, avergonzada.
Todo está en su camino.
Salvo mi corazón, nada ha cambiado
***
Final
Se me mueren los versos.
Gota a gota
las sílabas palpitan
con un lento latido doloroso.
Una serpiente
amarilla de sol
en rayo vivo
me clava su puñal,
me crucifica
las manos en el aire
y se va por el bosque
en fugitivo
camino rumoroso.
Se me mueren las manos.
Ya las últimas nubes
arden en el ocaso
y la ceniza gris se va esparciendo
por la salina blanca,
por el azul del agua
y por montes de piedras y de cardos.
Pasan sombras de pájaros. El viento
se muere entre los árboles.
***
Río Albarregas
A Alejandro
Toda la noche el río
se desveló cantando
al lado de mi casa.
No quedó ni una estrella
sin abrir las pupilas
para verte, Albarregas,
para oír tus canciones
arrullando
el sueño de los árboles.
Como la sangre entre las venas, ciega,
soñabas con mirar sobre los campos
el aire florecido de la aurora.
Alguna vez Homero te dio el secreto
de caminar cantando entre las sombras.
***
El día
A Mauricio
¿Quién cortó este girasol
que está flotando en el aire?
Girasol lleno de polen,
sin cáliz y sin estambres.
Por la tarde se le ven
altos pétalos de sangre.
¡Qué girasol tan inmenso!
Dime, madre,
¿de qué árbol cortarían
este girasol tan grande?
***
Canción
Mujer: voy a poner mi canción en el aire
para que la recojas
y te la pongas, como una cinta,
enlazada al cuello.
¡Mírala! Ha caído en la hierba.
De aquí a un instante
ni tú ni yo podremos verla.
Se la pueden llevar las serpientes jaspeadas.
Entonces, ¿qué haremos?
Mis músculos no pueden forjar canciones
y tú tendrías que irte llorando
por el bosque
bañándote los senos en lágrimas.
Mujer: mueve tus manos,
que aún la canción está cayendo a nuestros pies
y las serpientes vendrán cruzando el río.
***
La historia de mi amigo
A Claudio
Yo no soy sino la historia
de alguien que vivió en mí,
de alguien a quien sólo una vez pude
darle la mano y tratarlo como un amigo.
Yo creo que muy pocos lo conocieron.
Y su muerte sólo yo la supe.
Era un amigo mío que vestía de blanco
y con quien solía sentarme a las puertas del crepúsculo
a charlar de cosas corrientes.
Estaba siempre triste. Y gustaba
contemplar las hormigas. Paseaba en los crepúsculos
conmigo a su lado, tristes.
Un día se enfermó. Nadie
preguntaba por él. Ni mi madre.
Moría lentamente como mueren los días,
hasta que al fin se me cayó en el alma, muerto.
Marché a enterrar su cadáver
en un lugar que no revelaré nunca.
Resolví luego comunicar a todos
el secreto de la existencia de mi fiel amigo.
Desde entonces,
no soy sino la historia de él.
***
Ingenuidad
Lo confieso: yo me encontré estos versos.
Estaba descuidado cuando, de pronto,
sentí en las manos
la frescura de un gajo de uvas.
Bajé la vista
y los vi, pequeñiitos,
y sentí que latían en mis manos
como corazones vivos de pájaros.
Yo no podría decir
de dónde me cayeron en las manos,
pero sí siento
que hay un parral inmenso
que afinca sus raíces en mis huesos.
Lo confieso: yo me encontré estos versos.
