literatura venezolana

de hoy y de siempre

El mugroso

Jul 23, 2025

Horacio Cárdenas Becerra

I

Las calles son largas y flacas de aire. Las piedras me muerden con sus dientes puntiagudos la carne peregrina. Yo camino por las calles porque ellas son mi habitación y mi vida; tengo alma de calle porque siento que un horizonte se prolonga desde mi corazón hasta los caminos de mis venas. Cuando camino mucho, las calles se convierten en caminos y los caminos son paralelas de árboles llenos de noche o día. Los caminos son más viejos que las calles; tienen hijas modernas que son las carreteras, pero a mí me gustan las calles. En ellas me siento hermano del viento y compañero de las noches sin luna, de esas raras noches como ojeras profundas pegadas en el cielo.

Cuando contemplo con tristeza la tierra de los caminos, mis ojos se cierran cansados y plomizos, porque yo sólo he mirado largamente hacia la tierra infinita dilatada siempre bajo la fuga incansable de mis pies. Todo en mi ser es casi tierra; las calles y los caminos son mugrosos como mi vestido hecho de tiras podridas. Pero yo sigo en las calles porque quiero verlo todo; en mi vida siempre ha hervido una curiosidad por saber lo desconocido que en las calles y en los caminos se encuentra tanto. En estos momentos veo todo lo que me rodea, al mundo y a mí mismo. Hace mucho tuve un compañero que fué mi primer amigo, pero después de caminar mucho conmigo, me dejó, porque confesó que se había aburrido de andar sin ruta fija; al poco tiempo supe que estaba loco. Los locos son a veces más cuerdos que los sanos de cuerpo.

Sigo caminando.

Las piedras de los caminos son las únicas que conocen mi vida; por eso guardo una dentro de mi bolsillo harapiento. Algunas piedras son limpias como el muslo de una virgen; otras están cubiertas de lana verde en donde se resbalan las hormigas caminadoras; otras están tristes porque las pisan mucho.

Las piedras se acomodan más en los caminos porque allí están libres, pues sólo las contempla el cielo hecho una boina estrellada. Soy caminante. Soy lo que quise ser.

II

Cae agua de las nubes hinchadas de blancura.

Tengo que detenerme en algún sitio en donde no me encuentre el agua que viene de arriba. Llueve agua y frío. Mis trajes son juego a las puñaladas del frío. Estoy mugroso y solo. Mugrosos tengo el cuerpo y el alma; quisiera ser limpio como el pétalo de una nube viajera. Quisiera ser otro. Estoy cansado de ser el mismo.

Cuando llueve la gente se esconde en sus cuevas que llaman casas. Yo nunca he tenido casa, ni cuevas; la calle ha sido el todo de mi vida sin límites y libre como el aire vagabundo. Tengo alma de calle.

—¿Para dónde vas caminador? —Oigo una voz conocida que se esconde en mis oídos, despertando recuerdos viejos, angustiosos. La voz sale de una casona en donde se ve movimiento. Es una taberna.

—¿Para dónde voy?… el viento lo sabe… ¿De dónde vengo?… la noche responde… —contestó secamente.

—¡Ya no me conoces!… No te acuerdas de aquel que un día cuando estábamos jóvenes…

—… juramos burlarnos de la vida y tú no lo hiciste. ¡Tuviste miedo!

Yo recuerdo ese rostro cobarde que está de pie en la puerta de la taberna, viendo caer el agua y viendo pasar la gente. Ese que está ahí fué una vez amigo mío; fué ese mismo que se volvió loco, pero no del cerebro, sino de aburrimiento. Así por ejemplo, a mí me pueden llamar un loco del movimiento. Los dos estábamos pequeños. Él jugaba al trompo y yo elevaba mi papagayo, porque siempre me ha gustado hurgarle el vientre al cielo. Mi abuela me dijo una vez que la felicidad se la fabricaba uno mismo, y yo me asusté por eso. Desde entonces mi amigo y yo comenzamos a hablar de la felicidad. Sueños infantiles sembraron de tempestad nuestros cerebros. Yo pensé que la felicidad se encontraba en los caminos, en el viaje. Y así fué como partimos los dos una noche rumbo a la distancia desconocida que saliera a nuestro encuentro. Caminamos, caminamos…

Hambre, miedo y soledad fueron nuestros inseparables amigos. Conocimos la montaña, el llano y el río; conocimos muchos hombres, pero a quien más recuerdo es a uno que llamaban el Cuervo. ¡Hombre feo y malo! Tenía una mujer idiota que le aguantaba todo. Era la negra María.

El Cuervo nos encontró en una parte del camino cuando tirábamos piedras a un pomarroso para que nos soltara sus frutos maduros y carnosos. Nos dijo que él nos daba de comer si le ayudábamos en su conuco; teníamos hambre y aceptamos la proposición.

—¡Ah!… ésta es mi mujer qu’es muy güena —nos decía, palmoteando los hombros flacos de la negra.

Pasó un poco de tiempo. La negra hedionda a sudor y a tierra nos daba la comida de mala gana. Y uno de esos días sucedió lo que esperábamos: en la noche regresó hecho borrachera el Cuervo. Nosotros dormíamos sobre unos cueros acolchonados por el suelo duro.

—Y estos desgraciados no se levantan —nos dijo junto con dos puntapiés en las espaldas.

Nos paramos asustados; teníamos todavía los ojos pesados de sueño. Mi amigo quiso calmarlo… y entonces estuvimos a punto de perder el pellejo.

El Cuervo estaba de pie con su cara curtida, su franela hedionda a aguardiente, y se balanceaba mientras nos miraba fijamente. Apareció la negra María, despertada por los gritos salvajes del hombre borracho. Estaba todo oscuro, pero se distinguían los rostros distintos.

—¡Vos no te metás… mujer! Ya te lo he dicho en muchas veces. Con lo de machos no te metás…

El Cuervo se acercó hacia ella. La negra permanecía quieta, como una estatua clavada.

—Vos no te metás, mujer…

Agarró a la negra por el cuello con sus manotas crispadas. Ella intentó defenderse, pero cayeron ambos al suelo duro. Se escuchaba la respiración forzada en la garganta apretada; las palabras querían salir de la garganta, pero morían en una desesperación gutural; la negra tenía la boca bañada en espuma. El Cuervo con loca furia apretaba más y más…

Mi amigo y yo sentimos un empuje inconsciente para poner fin a aquella escena terrible y nos abalanzamos sobre el Cuervo. Queríamos derribarlo, pero tenía una fuerza de toro rabioso. Hicimos entonces una cosa que todavía no sabemos si fué un asesinato; con unas herramientas de labranza asestamos golpe tras golpe sobre la espalda y la cabeza del Cuervo… lo vimos caer de largo al suelo con la cabeza bañada en sangre. Pero ya había soltado el cuello tembloroso de la negra…

Teníamos las manos salpicadas de sudor y de sangre. Así salimos huyendo de aquel rancho sangriento; oímos cantar los gallos en los caminos nocturnos, escuchamos el agudo aullido de algún perro vigilante y el profundo silencio de la noche espesa, oscura, fría… caminamos, caminamos… Eso es lo que yo siempre he hecho sin detenerme, caminar…

III

Pasó el tiempo. Los días se nos hicieron largos y las noches monótonas, en medio de la fría soledad de los caminos interminables. Más mugroso tornóse mi cuerpo, más insensible se volvió mi alma. Acompañando al viento en sus fugas sin rumbo, arribamos a un caserío que parecía un pequeño puerto sobre un turbio río. Las aguas parecía que llevaban la mugre lavada de nuestro ser; eran marrones, fangosas en sus orillas, como si permanecieran tranquilas, pudriendo la tierra.

Allí conocimos a un viejo encorvado que tenía dos cicatrices en la cara; se llamaba Telémaco. Mi amigo lo llamó el Barroso, y yo siempre desconfié del viejo, porque tenía un brillo oscuro en sus ojos saltones.

—¿Telémaco, esta noche hay pesca? —le preguntábamos con ansiedad de afirmación.

—Sí, muchachos. Esta noche hay pesca.

Nos metíamos con el viejo en una canoa pequeña en medio del río sucio y de la noche fría, tenebrosa. El viejo no hablaba casi nunca; se lo pasaba pensando en una hija que tuvo y un día amaneció comida por los pescados en una orilla del río. El viejo la quería mucho y nos decía que nosotros le llenábamos el vacío de su hija, pero no nos dijo nunca cómo se llamó su hija.

En medio del río tirábamos las redes al agua y sacábamos después pescados grandes, pequeños. Nosotros les abríamos el vientre y les sacábamos todo por dentro; las manos se nos ponían olorosas a pescado y a sangre. Pero me fuí aburriendo de aquella vida insípida; no me gustaba la cara tajada del viejo Telémaco. El olor del pescado y del río, me producían asco. Quería seguir caminando por la tierra abierta, sin límites; mi amigo desde entonces no me quiso seguir acompañando más, pues dijo que se había aburrido. Yo lo traté de cobarde y lo dejé con el viejo Telémaco, con el olor a pescado y el río marrón con sus aguas sucias como mi cuerpo, como mi alma. Yo siempre he caminado mucho; por eso soy mugroso. Mi amigo se quedó y no me hizo falta. Fué un miedoso. Pero yo he ambulado mucho en los días y en las noches; ya me siento cansado y solo. Mis pies están poblados de callos y mi vestido está sucio, mugroso, como la tierra de los caminos, como el agua del río en donde se quedó mi amigo, ese mismo amigo que ahora veo en la puerta de la taberna, mientras cae agua del cielo para tal vez lavar mi cuerpo y mi alma mugrosos, mugrosos.

Sobre el autor

Foto: https://depositphotos.com

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