Perdidos en Frog
I
Frog es una pequeña aldea ubicada al sur de la sierra 23. El contraste entre sus suelos ardientes y sus ventiscas heladas es quizá uno de los factores modeladores de las enigmáticas costumbres de sus habitantes. Por ejemplo, en Frog es común que las chimeneas estén construidas, no a ras del suelo, sino a un metro de altura.
El pueblo de Frog o villa Frog (o incluso cantón del Frog) fue fundado por un grupo de exploradores del Cáucaso quienes, en algún momento del siglo XVIII, arribaron a las costas de la Capitanía General de Venezuela, provenientes de Curazao, con el objetivo de llegar vía terrestre hasta Cuzco. Por alguna razón desconocida: falta de suministros, de ánimo o quizá a causa de una revelación mística, se asentaron en este territorio sin nombre pero abundante en fuentes de agua y en cuevas de piedra brillante.
De ese supuesto pasado fundacional no queda mucho, salvo algunos apellidos cuya grafía concluye en –ick, –tmn o –skchy, y una palidez grisácea en la mirada. Asimismo, la altura de sus habitantes es notoria en comparación con el promedio de la población de Venezuela; igual lo es la blancura exagerada de su piel, casi rosada, como fríos embutidos sangrantes.
A lo largo del siglo XIX la villa de Frog perteneció, en décadas distintas, al estado Falcón, luego al llamado Gran Estado Centro– Norte de Occidente, al estado Falcón–Zulia, al Gran Estado de Lara y por dos meses a Portuguesa. A inicios del siglo XX formó parte del estado Loma Brava, entidad federal nunca reconocida legalmente y que fue desintegrada (o más precisamente exterminada a sangre y fuego) debido a sus pretensiones independentistas. De hecho, Frog y otras poblaciones aledañas no figuraron ni en los mapas, ni en los registros civiles de esos convulsivos años como una forma de punición de los gobiernos por reprender esa breve e infructuosa aventura que fue Loma Brava.
Durante todo el siglo XX, Frog perteneció alternativamente a los estados Falcón y Yaracuy, y en la actualidad se encuentra en la zona en reclamación que disputan ambos estados. Pero lo que realmente vale destacar de este escueto recuento es que los habitantes de Frog nunca han manifestado ningún tipo de interés por estos vaivenes jurídicos.
Hoy en día Frog es un territorio áspero y, como ya se dijo, de suelo caliente y vientos helados, lo cual influye en que sus pobladores anden arrebujados con gruesas mantas de la cintura para arriba pero con los pies descalzos y las pantorrillas desnudas. Su población la conforman unos 2.300 aldeanos; aunque se estima que apenas se ha contabilizado el sesenta por ciento de la misma, pues se cree que muchos froguenses aún viven en cuevas de difícil acceso.
Su población es mayoritariamente anciana y condenada a la desaparición si se prolonga la hermética endogamia en la que llevan sumidos toda su historia. No se conoce que tengan tradiciones culinarias, festivas o religiosas. Hablan el español de un modo característico, muy básico, y su forma más usual de comunicación es una especie de risa gutural que emplean para girar instrucciones o admirar la luna. También se dice que hablan con fluidez, pero sólo puertas adentro, un idioma que no es de raíz latina.
Su arquitectura es sencilla, con casas de bahareque y techos de teja o paja tejida. En el pueblo hay una pequeña iglesia levantada por misioneros, en la cual no se oficia misa desde el año 1884 y que ahora funge como depósito.
La gente de Frog vive del agua, que no utilizan como fuente de energía o para irrigar los escasos cultivos que tienen, sino sólo para beberla o asearse, lo cual hacen en abundancia. Cazan guacharacas y conejos. Lo único que cultivan son cebollas, tomates y algunos tubérculos; también crían cerdos, lo cual rebate la endeble tesis de que en Frog son judíos. Sus actividades comerciales se limitan al intercambio de productos entre ellos mismos, operación que realizan bajo reglas algo ambiguas; por ejemplo, el valor de cambio de un cerdo o un conejo es mayor o menor dependiendo de la nitidez de la sombra que proyecte sobre “el lienzo de intercambio” (una sábana parda que debe llevar consigo cualquier persona que quiera
intercambiar un bien por otro).
Eventualmente, los froguenses realizan menudas compras en los poblados más cercanos: algunos víveres, caramelos, gasolina para los cinco vehículos que hay en el pueblo y algunos otros insumos de la industria moderna. En Frog hay luz eléctrica pero la mayoría de sus habitantes usa radios con baterías, incluso televisores que funcionan con pilas. No hay líneas telefónicas, sin embargo, la conexión satelital es muy buena, mejor incluso que en muchas ciudades importantes del país, según han dicho conocedores de la materia. Aún se conserva en pie, desteñido y oxidado, un teléfono público que nunca funcionó.
En lo referente al turismo, Frog no tiene ningún atractivo natural, histórico o cultural; es un caserío sin forma, un azar de casas, aceras y caminos de tierra que se enredan y mueren de manera imperceptible en algún punto.
En la década de 1980 Frog se puso de moda por un par de años. Fue exactamente en 1982 cuando unos ingenieros petroleros descubrieron, en las adyacencias de la aldea, un parque de armas de guerrilleros enterrado en una mina. Además de fusiles, metralletas y uniformes propios de las últimas décadas del siglo XX, lo curioso fue que se encontraron cientos de ballestas decimonónicas y al menos dos docenas de lanzas de acero pulido. Se rumora que también se hallaron algunos lingotes de oro, pero eso nunca pudo ser comprobado, o al menos quienes los encontraron nunca lo reportaron formalmente. Lo que sí es seguro es que ni una gota de petróleo o un centímetro cúbico de gas natural había en toda esa extensión.
A partir de ese curioso hallazgo armamentista se escribieron una docena de artículos sobre Frog en los ámbitos de la antropología, la sociolingüística e incluso de la parapsicología; eventualmente ello trajo un pequeño contingente de entusiastas turistas nueva era que al poco tiempo emigraron, incapaces de establecer un diálogo fructífero ni con los habitantes, ni con el clima, ni con la naturaleza de Frog. No es un lugar para vivir, en absoluto, decían.
Debido a ese brevísimo entusiasmo inicial se empezó a construir un pequeño museo en Frog, el cual no prosperó y quedó inconcluso. Dicha estructura sirve de depósito de leña para los habitantes y de refugio de perros descarriados. En Frog, valga acotar, se estima que hay un perro por cada diez habitantes, sin embargo, se cree que ninguna familia los tiene como mascotas; simplemente vagan y devoran lo que encuentran. Son como enormes ratas que limpian las calles y que se reproducen con mesura. Se trata de perros mudos, no se sabe si por alguna predisposición genética o por algún tipo de intervención quirúrgica realizada por los habitantes de Frog a estos animales.
En fin, Frog pasó de moda. La última referencia pública a este sitio fue cuando un grupo musical pop de tercera categoría dedicó una canción y un videoclip a Frog y esa palabra se volvió un eco radial durante cuatro semanas; después todo el mundo la olvidó.
Salvo las noticias ya referidas, es poco el material bibliográfico y hemerográfico que se consigue sobre Frog. En Internet hay algunas notas donde se menciona a Frog de pasada, sobre todo en alusión al armamento que se halló y a los lingotes de oro de cuyo paradero nadie supo. Los periódicos regionales no le dan cobertura. No hay noticias de ese lugar. Aparentemente nada ocurre allí, o lo que ocurre no se barniza con el cariz de la trascendencia. Se dice, por ejemplo, que si alguien roba algo (cosa que rara vez ocurre) aparece quemado como por un rayo y con las manos amputadas, sin juicios, sin quejas, sin algarabía. Claro está que esta última afirmación se basa en simples rumores de visitantes esporádicos y no en el registro de algún investigador minucioso.
Al menos desde la mirada del forastero, en Frog no hay novedades, y la ausencia de estaciones o de variaciones climáticas significativas hace que el tiempo sea eterno, lento, flojo, como un espeso plato de avena. La gente allí se muere de vieja, de hastío. Tienen un cementerio vertical, es decir, una fosa de medio kilómetro de profundidad en la que van arrojando los cadáveres a la profundidad de la Tierra.
II
Frog aparece en algunos mapas viales recientes, pero su grafía suele variar entre Frog, Frogg y hasta Frock. Es difícil llegar a Frog sin ayuda de un baquiano o sin haber ido anteriormente y tener buen sentido de la orientación. Se dice que la mejor forma de llegar a Frog es por error. Y así fue como llegaron Andrés y Ana. Su destino era la península de Paraguaná, pero entrando a Lara erraron la ruta y tras atravesar estrechos y oscuros vericuetos, evadiendo vacas y cabras en el camino, llegaron a Frog.
Sin importar la fase lunar, las noches en Frog siempre tienen un halo plateado. Algunos atribuyen este efecto al río Arawac que desemboca en una serie de arroyuelos silenciosos y colmados de piedras color plata que emiten un resplandor casi eterno. Durante algunos años se corrió el mito de que en Frog había minas infinitas de plata, pero esas piedras no eran más que simples rocas metamórficas y sedimentarias que juntas (sólo juntas) producían un argentado efecto bajo las aguas mansas de los fríos arroyos. De manera que una noche en Frog no es tenebrosa por lo oscura; sin embargo, es temible por lo iluminada, así que quien de noche se pierde en sus caminos tarda en darse cuenta que se ha extraviado hasta que se empieza a topar con senderos que son interrumpidos de manera abrupta por empalizadas coronadas con púas o por el muro de una casa grande, de apariencia abandonada, con un letrero que dice Museo, pero que en realidad es una casa llena de perros mudos y sin nombre.
Era su viaje de luna de miel y no habían podido estar juntos desde que firmaron el contrato nupcial en la jefatura la tarde anterior. Un viaje que prometía ser breve se había convertido en un divagar de más de seis horas. Ana sólo quería llegar a su destino final sin dar más rodeos y, a estas alturas del viaje, lo mismo le daba llegar al turístico pueblo de Adícora que a un desconocido caserío de costumbres inciertas.
En vista de que Frog no tenía plaza Bolívar, jefatura, ni otro centro neurálgico tuvieron dificultad para ubicarse, o al menos para sentir que estaban realmente en algún sitio. Dado que necesitaban de alguien que los orientara para salir del laberinto, decidieron estacionarse junto a una hilera de casas cuyo interior parecía iluminado por velones de luz trémula.
En una de las viviendas escucharon un vago rumor como de niño llorando, pero se apagó apenas se bajaron del automóvil. En esa estrecha calle había un puente y bajo éste un riachuelo que apenas sonaba, pero su agua, plateada de piedras, parecía fluir con espumosa rapidez.
Ana tenía frío y Andrés se moría de ganas de orinar. Antes de avanzar por la calzada rumbo a alguna puerta, él se detuvo tras un muro derruido, dispuesto a vaciar su vejiga. Justo cuando se comenzó a bajar el cierre del pantalón, una botella de vidrio zumbó junto a su oreja y se estrelló e hizo pedazos contra un tronco. Entre apenado y aterrado, se aguantó las ganas y se devolvió junto a Ana que estaba acostada sobre el capó del vehículo con ambas manos dentro de los bolsillos de la chaqueta y un cigarrillo en su labio, apagado.
Las puertas más cercanas no les inspiraron confianza, sobre todo por el diseño antropomorfo de sus aldabas. Así que caminaron varias puertas más antes de tocar en una puerta que carecía de cualquier tipo de adorno. Mientras esperaban a que alguien les abriera, un trío de perros se les acercó a olisquear sus pies. Si bien no mostraron los dientes, se movían en amenazadores semicírculos como el depredador que se sabe muy superior a su presa. Ana dijo que tenía miedo y frío y Andrés sonrió antes de abrigarla con un abrazo, pero temblaba de las ganas de orinar así que no fue un abrazo lleno de la seguridad y la calidez que ella esperaba de su recién esposado.
Un joven flaco y largo les abrió la puerta sin decir palabra. Luego de mirar hacia afuera, como para asegurarse de que estaban sólo ellos y nadie más en la calle, dibujó una mueca intraducible en palabras. Ana tembló un poco más en los brazos de Andrés y él sintió que una gota de orina caliente comenzaba a abrirse paso, pero logró retenerla. Una persona de sexo indeterminado y mucho mayor que el joven, salió de una habitación y fue quien atendió a la pareja.
Tanto para romper el silencio como por la salud de su vejiga Andrés preguntó si le podían prestar un sanitario y la persona dijo que no, y tras una pausa (casi ensayada) aclaró en tono áspero que estaba dañado. Cuando Andrés preguntó cuál era la forma de retornar a la carretera principal, la persona les indicó que debían seguir derecho y doblar a la izquierda en la tercera calle. Luego cerró la puerta; se escuchó que ajustaron los cerrojos por dentro.
Andrés y Ana volvieron al vehículo, rodaron un trecho y en una calle libre de viviendas cercanas Andrés se dedicó a orinar durante tres deliciosos minutos sobre las aguas del riachuelo. El chorro amarillo produjo una espuma verde que, algo compactada cual barcaza deforme, fue arrastrada con paciencia por la corriente fluvial.
Al regresar al interior del auto, Andrés notó que Ana seguía temblando de frío pese a que la calefacción estaba al máximo. Discutieron sobre la posibilidad de que se agotara la gasolina y sobre la posibilidad de que ella tuviera fiebre. Él sacó del asiento de atrás una botella cuadrada y le ofreció un trago de ron que ella despreció. Cuando reanudaron la marcha, se percataron de que un nutrido grupo de desnutridos perros los seguían a paso lento.
En la tercera calle el único desvío posible era hacia la derecha, pues no había cruce hacia la izquierda. Repitieron en voz alta lo que había dicho el viejo de la casa y optaron por seguir en línea recta hasta encontrar un cruce a la izquierda.
Avanzaron a toda marcha por la calle poblada del rumor de manantiales que corrían a velocidades distintas. Ana pidió un encendedor para prender su cigarrillo, Andrés buscó en vano en el bolsillo de su camisa, así que le indicó a su recién desposada que buscara en la guantera; ella revolvió con desespero e irritación mapas, un par de revistas, los papeles del carro y una linterna. Este periplo no tenía nada que ver con lo que ella habría esperado de su luna de miel. El desespero de ella contagió a su vez a Andrés, quien pensó en ese instante que una luna de miel era precisamente eso que estaban viviendo: el inicio del desastre irreversible en que terminan muchos matrimonios; así que no se mortificó con que el error estuvo en la elección de la pareja o en la escogencia del destino turístico, sino en el hecho de no haber calibrado el alcance inexorable del destino.
En esas cavilaciones estaba cuando se inclinó por un segundo hacia la guantera a rescatar el yesquero y de pronto un golpe contundente y seco resonó en el parachoques. Antes de erguir la cabeza frente al volante ya había frenado. El panorama seguía tan vacío como antes. Ana tembló, esta vez a causa de un frío mucho más interno como causado por electricidad, pensaba ella. Andrés se cercioró por el retrovisor de que no había nadie detrás de ellos, miró a los lados y al frente. Dijo que quizá fue un perro; se bajó del automóvil y le dijo a Ana que estuviera quieta. Le encendió el cigarrillo y conservó el yesquero con él. Al momento, ninguno se dio cuenta de que lo prendió al revés, sólo ella, más tarde, cuando la segunda o tercera bocanada le supo a plástico.
Andrés caminó hacia delante del vehículo, miró hacia el río que ahora lucía profundo, manso y refulgía en los lugares donde se acumulaban las piedras. Sus aguas parecían tan quietas que pensó que quizá podría estar congelado, y trató de imaginar cómo sería la apariencia de un río congelado en los países de muy al norte o muy al sur; soñó brevemente con una cresta de agua dulce, como una ola, congelada en el justo momento antes de caer y disolverse en espuma. Avanzó un poco más, hacia unos matorrales a la orilla del río. Vio un bulto negro y se horrorizó al pensar que se trataba de uno de los perros que los habían estado siguiendo. Temió que la manada los persiguiera para cobrar venganza. Pensó que los mamíferos son vengativos por naturaleza. Cuando se acercó más al pequeño cuerpo se dio cuenta de que no era un perro sino un niño de unos cinco años, envuelto en una especie de batola oscura, de una palidez verdusca en el rostro y con los ojos abiertos.
Andrés miró a su alrededor, luego miró hacia el auto. Ana se acariciaba el cabello y miraba hacia la distancia, hacia lo lejos, que es lo mismo que decir hacia adentro. Andrés sabía que desde donde estaba, ella no podía ver lo que había oculto entre la maleza. Andrés tocó el cuerpo. No tenía rastros de sangre, pero sí una evidente contusión tricolor en la sien. Estuvo allí un rato, de cuclillas, le tocó el pecho y el cuello para ver si detectaba alguna pulsación. No había nada que hacer, y sin embargo lo atacó el pensamiento de que ahora, desde ese instante decisivo de su vida tendría mucho, demasiado que hacer. Con los pies, porque ya no quería tocarlo más, hizo rodar el cuerpo por la pendiente. Se detuvo un rato mientras lo veía hundirse en el río que lo tragó con lentitud, y esa lentitud, pensó él, era garantía de que se hundiría bien al fondo, para siempre.
Escrutó el suelo para ver si había quedado algún rastro de la vestimenta del niño u otro objeto de éste. De regreso al auto, caminó con la cabeza gacha examinando el terreno. Aminoró el paso cuando estuvo frente al capó para mirar de reojo si había algún rastro visible de sangre, tela u otra evidencia en el parachoques del vehículo, pero todo lucía impecable.
Ana abrió los ojos justo cuando él encendió el motor. No estaba dormida sino con los párpados bajos. Andrés se limitó a decir que era un perro viejo y que mejor se iban pronto antes de que llegaran los otros. Ana se limitó a asentir con la cabeza.
Avanzaron con lentitud y con las luces del auto apagadas, en vez de torcer a la izquierda en el siguiente cruce, siguieron recto un buen trecho. Ana fingía dormir o al menos eso le parecía a Andrés.
No hablaron hasta que, después de media hora, lograron hallar una salida hacia una carretera en la que se avizoraban algunos vehículos. Se sintieron felices, pero por separado: aunque la razón de la alegría
era la misma, no la compartían.
Aunque faltaba poco para el amanecer, decidieron dormir unas horas en cualquier hotel antes de seguir su rumbo.
Al bajarse del auto, Andrés comenzó a temblar como si hubiese caído en una piscina de hielo. Le pareció una eternidad el camino hacia la recepción. Ana se durmió apenas su cuerpo tocó el colchón, pero él anduvo toda la noche haciendo zapping en los canales del cable. Cuando recién había logrado conciliar el sueño, se despertó de golpe y buscó entre su ropa el encendedor. Imaginó de pronto la pieza de plástico en un laboratorio de criminalística, empapado de sus huellas dactilares y de su ADN. Buscó y rebuscó en todos sus bolsillos sin hallarlo, y cuando había tomado la resolución de ir hasta el vehículo para ver si estaba allí, Ana murmuró medio dormida que si quería fumar buscara el yesquero en su cartera. Andrés buscó y en efecto allí estaba. Sin embargo no fumó, sino que se limitó a prenderlo una y otra vez hasta que le dolió la yema del pulgar.
Ya al amanecer retomaron su plan original de ir a la posada que habían reservado cerca del mar. Las dos primeras noches Andrés no pudo tener una erección decente, pero a la tercera se reivindicó. Además de tomar sol, tomaron un curso de pesca en el que Andrés no dejaba de preguntar a los instructores el porqué los peces muertos no se hunden en el agua sino que flotan.
El regreso a su hogar fue raudo y lleno de un silencio interrumpido cada treinta minutos cuando Ana le preguntaba si él la amaba y él respondía, con los ojos fijos en la autopista, que sí.
III
Cuatro años después, mientras almorzaban en un restaurante italiano en compañía de otros amigos, Ana le preguntó a Andrés si recordaba su luna de miel. Incómodo y algo cortado, Andrés se limitó a decir que la luna de miel con ella era todos los días, sin que para ello tuvieran que viajar a ningún lado.
De súbito y en secreto, Ana le preguntó si era una hembra o un varón. Andrés palideció, pero trató de mantener la compostura.
—Siempre he estado con esa duda, pero nunca me atreví a preguntarte —añadió Ana.
Andrés respondió que no recordaba. Bebió hasta el fondo su copa de vino, y luego agregó que la verdad era que no sabía.
Un compañero los interrumpió festivamente y les dijo:
—Ya va siendo hora de que encarguen un pequeño, ¿no? —y rió.
—Sí, ya es hora –repitió Andrés sin énfasis.
Y luego la conversación derivó hacia otros temas, los precios del petróleo, los dólares falsos que andaban circulando por ahí o la clasificación de los equipos de fútbol de esa temporada.
Entretanto Ana pensaba (suponemos) que también les haría falta un perrito de mascota.
***
Victoria mínimas*
Kim nunca había recibido un sobre, mucho menos una carta. Su experiencia con el correo físico se limitaba a rasgar, arrugar y arrojar en cualquier lugar los esporádicos estados de cuenta bancarios y la impersonal publicidad no deseada. Hasta ahí todo bien, casi nadie en el siglo XXI (salvo los embajadores y los amantes nostálgicos) recibía cartas.
Kim, además, tenía varias semanas sin intercambiar palabras con nadie, ni por teléfono, ni por chat (salvo con el gordo Mota), ni por e-mail, ni cara a cara. También tenía varios días sin cepillarse los dientes y sin afeitarse el rostro, pero eso no importaba porque Kim era casi lampiño. Y como siempre tenía las fosas nasales tapadas, ni su propio olor, ni el de la habitación, repleta de latas de Pepsi, de envoltorios de nachos y de envases de sopa para microondas, lo estorbaba en lo más mínimo.
A pesar de su carácter a veces huraño y de su torpeza para el trato con desconocidos Kim era lo que en la universidad llaman un buen prospecto: notas sobresalientes, ensayos impecables, tesis de grado excepcional. Sin embargo, un día después de haber recibido el título con letras góticas que lo acreditaban como licenciado en Literatura no tenía la menor idea de qué hacer con su vida.
El dinero que le había enviado su papá le alcanzaba para seguir alquilando el anexo donde vivía unos tres meses más. Kim decidió invertir ese tiempo extra en tres proyectos que tenía pendiente desde hacía rato: distanciarse de sus pocos amigos, jugar toda la saga de Resident Evil en su Play Station 2, y releer todo lo que había leído de Dostoievski, combinación que a él, en cierto modo que no era capaz de explicar, le parecía asonante pero justa.
La carta que recibió, digamos su primera carta, había sido introducida por debajo de la puerta del anexo. Al tomarla entre sus manos le pareció que estaba impresa en un papel demasiado blanco, áspero pero inmaculado, se le ocurrió que era un papel hecho de leche. Estaba escrita en inglés y tenía un membrete de la Universidad de Texas, la de El Paso. El texto anunciaba la concesión de una beca total para un diplomado de traducción literaria al que lo había postulado su Facultad meses atrás. Era una carta que no esperaba, así que no supo como tomarla. La dobló sin releerla, la guardó en la página 380 del amarillento volumen de Los hermanos Karamazov, y continuó combatiendo a la Corporación Umbrella.
Hacia las ocho de la mañana del día siguiente, cuando era su hora de acostarse, releyó de nuevo la carta. Luego de varias semanas de trámites engorrosos hizo una maleta de libros y otra de ropa. Tuvo que vender el PS2 (no se atrevió a resetearle la memoria llena de insignes hazañas e innobles victorias) y la vieja moto para ayudarse con la compra del pasaje. El dinero sobrante lo cambió en el luminoso mercado negro por unos cuantos dólares, que apenas le servirían para nimios gastos durante el inicio de su nueva etapa de sobrevivencia. A su papá sólo le dijo en lacónicas palabras que había conseguido un trabajo en el Norte, información que resultó suficiente para éste, pues no preguntó si su hijo se refería a un bar llamado El Norte, al norte de la ciudad, al norte del país, al norte del continente o al norte de las expectativas prefiguradas por su tradición familiar.
Salvo esa llamada telefónica, Kim se embarcó sin decir nada a nadie en la universidad, ni mucho menos en la residencia donde estaba su anexo, el cual abandonó la madrugada de su vuelo debiendo dos meses de alquiler. Sólo avisó en persona al gordo Mota y, mediante un mensaje de texto, a Susana, una antigua novia que probablemente ya no lo tenía registrado en sus contactos.
Uno de los más vivos y gratos recuerdos de su pasado reciente en su país natal fue cuando se estaba quitando la correa al pasar por el detector de metales del aeropuerto. El resto lo fue borrando poco a poco, archivo tras archivo, mientras el avión se alejaba de las costas de Maiquetía.
Años atrás había estado en Houston y en Los Ángeles, quizá por ello no sintió que empezaba una nueva aventura en un lugar lejano. De hecho le pareció que su propio país le era más extraño que este estado ex mexicano cuyo singular trazado cartográfico, similar a ciertas repúblicas forzosamente artificiales de África, siempre le había llamado la atención.
Solamente se presentó en la universidad las seis primeras semanas. El campus, las aulas y la residencia, lejos de estimularlo y hacer resucitar a quien fue un notable estudiante, más bien lo distanciaron de su pasado lleno de logros académicos. A pesar del bullicioso olor a espíritu joven, le costó retomar el ritmo de las lecturas guiadas y de la rendición de cuentas mediante ensayos de quince cuartillas a doble espacio.
Su mayor descubrimiento en esta etapa no fue el entrar en contacto con otros latinoamericanos que traducían copiosamente las obras de sus coterráneos a la lengua de Steinbeck; para él, lo novedoso fue encontrarse con un club de lectura que leía a Robert Howard, escritor texano, creador de Conan El Bárbaro, al que Kim sólo conocía en su versión cinematográfica.
Sin embargo, pronto lo aburrió el club, porque sus miembros se mostraban reacios a hablar de las versiones fílmicas. Si siguió asistiendo a las reuniones fue porque se había enamorado a segunda vista de una mejicana llamada Amanda, quince años mayor que Kim, y que ni siquiera se habría dado cuenta de su presencia salvo por sus impertinentes comentarios y por una estridente franela con la cara de Arnold Schwarzenegger que Kim empezó a llevar a las reuniones del club.
A su residencia estudiantil le llegó otra carta con el membrete de la universidad. En esta misiva le interrogaban con incisiva cortesía sobre sus repetidas ausencias, le recordaban algunos artículos del reglamento de asistencias y le manifestaron que estaban en la disposición de etc. Sin analizar su situación, Kim sólo pensó que el papel de las cartas de la universidad, blanco como el de la primera vez, tenía una textura similar a la de los billetes de dólar.
Aunque lo inquietó, esa hoja impresa no lo hizo retornar a las aulas. Toda su concentración estaba puesta en la mejicana que lo ignoraba. La tarde de la carta, Amanda no asistió a la reunión del club. Kim creyó escuchar que ella y su grupo solían frecuentar un bar llamado Toole, cercano a la avenida Coffin, nombre que a Kim le pareció terrorífico desde la primera vez que lo vio escrito en los rótulos de tránsito.
Con el sol muriendo en púrpura Kim recorrió varias cuadras sin encontrar ningún bar llamado Toole, ni Tool, ni nada que le sonara similar. Apelando a su séptimo sentido se aventuró a un pub ubicado en el sótano de un pequeño edificio de oficinas. El local no tenía nombre, lo cual para Kim era un indicio de que había dado con el lugar correcto.
Mientras bajaba las escaleras, el rumor del bar le hizo entender a través de su octavo sentido que ese no era el sitio que buscaba, que allí no hallaría a Amanda, a ninguna otra estudiante, ni a ninguna mujer moderadamente bella. Sin embargo siguió la inercia del movimiento rumbo a la puerta. Por acto reflejo se palpó los bolsillos y constató que tenía 20 dólares en el bolsillo derecho y 50 bolívares en el izquierdo.
Empujó la puerta de vidrio con la punta del zapato Adidas ( /// ). Aunque la goma lateral de la suela estaba inmunda, la punta de gamuza parecía inmaculada, o al menos esa fue la impresión que le dio en ese momento. La puerta volvió a cerrarse tras de sí y buscó sin éxito un asiento en blanco en alguna mesa.
Aunque el local no daba la idea de estar repleto, tampoco había ningún asiento libre. Calculó inútilmente, como le gustaba hacer a veces, que el bar tenía capacidad para unas siete mesas adicionales con cuatro o cinco sillas cada una, lo que permitiría incrementar el aforo en hasta treinta y cinco consumidores. Ese mal uso de los espacios en blanco daba la impresión de que el bar estaba vacío al tiempo que no había ningún asiento disponible.
En la barra había un gordo de pantalón de gabardina cuyas nalgas chorreaban sobre el borde del taburete. Cuando el gordo se levantó y salió del bar, Kim aprovechó el turno y se apoderó del banco aún tibio.
“Hey, You, tres más”, ordenó una voz sedienta y ebria desde el extremo más oscuro de la barra. Y entonces You (que así se pronunciaba mas seguramente no se escribía el nombre del cantinero) deslizó tres Budweiser, una tras otra, sobre la barra grasienta; las botellas parecían competir entre ellas, pero sin chocar y sin variar el orden en que habían sido lanzadas. Después que llegaron a su meta, You se secó las manos con un trapo de pelos grises, lo hizo de un modo que parecía que en vez de limpiarse las manos con el trapo, limpiaba el trapo con sus manos.
En la barra Kim era flanqueado a la derecha por un enfluxado de barba, y a la izquierda por una flaca de ojeras violeta. El enfluxado levantó con pesadez su vaso vacío y You le echó un chorro de ron Havana Club.
El enfluxado de barba se mostró interesado en buscar conversación; así que Kim le contó que estaba trabajando en un proyecto de traducción de jóvenes poetas polacos que escribían desde Nueva York en la lengua de Melville. Kim no sabía si se hacía entender, sobre todo porque el enfluxado de barba parecía que estaba bebiendo desde hacía al menos 72 horas. La flaca que estaba al lado los escuchaba; aunque estaba muy mareada, con los ojos desorbitados y hablaba un inglés tan incorrecto que al letrado Kim le costaba comprender del todo, quiso saber más sobre él y sus poetas polacos newyorkinos. Cuando Kim trató de reanudar la explicación, ella le preguntó si él era polaco. La respuesta de Kim fue una sonrisa risueña que sus interlocutores interpretaron como un sí, o como que Kim estaba drogado al igual que todos los descarrilados muchachos universitarios de hoy en día.
El enfluxado le pidió más ron a You y también “una poca de ron para el amigo polaco”, dijo en imperfecto español y luego explicó que vivió varios años en México pero ya no recuerda qué era lo que hacía allí.
You trajo la botella de mala gana, casi se podría decir que con asco rabioso. Kim le hizo una seña de alto a You con la mano derecha. You comprendió y guardó la botella también de mala gana, como si le hubiesen hecho perder los minutos más valiosos de su vida y ahora no hubiese más remedio que limpiar el trapo con sus manos.
–Una Pepsi –le pidió Kim a You, quien frunció todavía más las arrugas del rostro.
–¿Qué?
–Una Pepsi –repitió Kim más lento.
You, fastidiado, le dijo que no entendía y que mejor pidiera otra cosa, o se tomara el Havana Club o se fuera al carajo. Pero Kim volvió a insistir con lo de la Pepsi.
–Una Pepsicola. Pep–sic–ola.
–A ver, escríbelo aquí polaco –y le extendió una servilleta y un bolígrafo.
Kim comenzó a escribir peps, se detuvo y empezó de nuevo con letra de molde y de mayor tamaño. You tomó la servilleta y le dio varias vueltas como si no entendiera qué tipo de objeto era esa cuadrícula suave y blanquecina, la deshizo en pedazos con una sola mano y la tiró sobre la barra.
–De todos modos no sé leer –dijo You con cierto orgullo.
Kim le preguntó al enfluxado de barba si aquello se trataba de una especie de broma de bienvenida. Su respuesta, secreta y trémula, fue que ni a You ni al hermano de You le agradaban los polacos, ni los mejicanos.
La flaca de ojeras se ladeó hacia el hombro de Kim, le mostró unos dientes amarillentos y torcidos, se le acercó un poco más y le vomitó una baba acaramelada encima de las piernas y los genitales. You miró al polaco con desprecio como si él fuera el culpable de los asuntos gástricos de la flaca de ojeras, y murmuró: “polaco de mierda”. La flaca cayó al piso, escupió un poco más de espesa bilis, se levantó y se arrastró encorvada hacia el baño de mujeres. Con los restos de servilleta que decía pepsicola, en supuesta caligrafía polaca, Kim trató de limpiarse la entrepierna; pidió otra pero You se la negó:
–Al menos que la compres, el tío You no puede andar regalándole servilletas a todos los polacos que se ensucian.
Una voz anónima y desganada conminó a You a que siguiera llenando vasos y parara de hablar.
Kim no comprendía y hasta le parecía que la situación tenía algo de divertida. Cuando decidió buscar a Amanda en un bar desconocido buscaba también, de algún modo, un tipo de aventura, y allí la estaba teniendo.
Justo cuando Kim se proponía levantarse para irse a asear, sintió en su hombro el peso de una mano de dedos macizos. Al voltearse, Kim reconoció al gordo que había salido del bar hacía rato y que en un pasado que le parecía remoto ocupaba el banco en el que a Kim le habían negado un refresco, lo habían vomitado y lo habían llamado polaco de mierda. El gordo le preguntó qué hacía sentado en su puesto.
–Cuando llegué estaba vacío –murmuró Kim en el mejor inglés que le permitían sus cuerdas vocales; y aunque no fue capaz de dominar el temblor de su voz, se esforzó por mantener un semblante digno mientras recordaba uno de los laberintos de Resident Evil III.
El gordo tomó a Kim por el hombro, apretándolo progresivamente. Tenía los nudillos poblados de rubios pelos revueltos. Su aliento olía a maní con vinagre, aunque eso no lo sabía Kim, porque sus fosas nasales eran poco receptivas.
Un viejo le gritó al gordo que Kim era polaco, y de inmediato un cubo de hielo, que dejó una estela de frío al rozar la oreja de Kim, se estrelló con apagada violencia en la barra.
El enfluxado de barba le dijo en voz baja al polaco que mejor se fuera de allí.
–¿Qué demonios hablas tú ahí? –le gritó el gordo.
–Nada, Máquina, nada.
Kim no pudo aguantar la risa al escuchar el apodo del gordo de la barra, y dio el primer paso para irse del local.
–Tú no vas a ningún lado pedazo de mierda. Ahora vas a ver quién es Máquina.
Lo tenía agarrado por el cuello de la camisa, lo manoseó con asco y lo soltó con desdén.
You le dijo a Máquina, guiñando un ojo, que no quería otro muerto en el bar.
También guiñando un ojo, Máquina se quitó la chaqueta de cuero que llevaba puesta y dejó al descubierto una franela blanca con un logo circular, mitad rojo, mitad azul, que en el medio decía pepsi. Kim le señaló la franela a You y You soltó una carcajada amarga que más bien parecía un gruñido a causa de un agudo dolor intestinal.
–Si quisiera golpearte duro lo haría, pero ahora estoy cansado –dijo Máquina, y se sentó sin importarle que hubiesen pequeños rastros de vómito en el banco.
Kim abandonó el bar sin quitarle la mirada a Máquina, quien ahora bebía cerveza espumosa de un jarro enorme y se reía con You.
Llovía y Kim permitió que el agua de lluvia lavara sus pantalones sucios y su cuello sudado. Luego caminó hacia lo que él creía que era el Norte de la ciudad mientras se le mojaban los Adidas en los charcos frescos que reflejaban las bombillas de la avenida.
En un semáforo se topó con la flaca de ojeras que lo había llenado de inmundicia. Parecía estar un poco más sobria; las gotas de lluvia la hacían ver como pixelada. Sin duda se veía mejor así. Le pidió disculpas por la vomitada, le dijo que ella no hacía eso con frecuencia, así que Kim asumió que quizá no era la primera vez que ella vomitaba sobre la entrepierna de un desconocido.
La flaca lo invitó a asearse como es debido, era lo menos que podía hacer por él. Le dijo que podían ir caminando hasta su apartamento; le tenía fobia a los taxis, además eran caros.
Anduvieron más de media hora, escampó, y la visión de los edificios y autos recién lavados reconfortó a Kim. La flaca parecía mareada, pero más por falta de sueño o de vitaminas que por el efecto del alcohol. Ella se mostró interesada en saber donde quedaba Polivia y cómo era Polinesia, polaco.
Sin realizar ninguna aclaratoria, Kim solo dijo que en su país hacía calor todo el año.
Después de eso caminaron sin hablar como dos desconocidos que llevan la misma ruta; y eso es precisamente lo que eran.
Ya Kim estaba cansado cuando la flaca suspiró diciendo que habían llegado. No se veía ningún edificio, casa o tráiler, pero Kim entendió lo que ella quiso decir al ver la parada de transporte público. Mientras esperaban el autobús Kim se acercó a un quiosco de revistas que estaba por cerrar y pidió una Pepsi. Aunque el vendedor le dijo que estaban calientes igual compró una y la bebió de dos tragos. Estrujó la lata y la arrojó lo más lejos que pudo, por encima de un estacionamiento cercado. Kim comenzó a dar eructos fuertes que hacían reír a la flaca. Mientras se devolvían a la parada de autobuses, Kim le mostró el billete de cincuenta bolívares. La flaca dijo que era bonito, que era un verde diferente.
Se bajaron en la última parada y entraron a un edificio descascarado. La flaca se disculpó por el olor a orines que reinaba en la planta baja del edificio. Aunque Kim no podía oler igual agradeció el dato.
Subieron dos pisos de escaleras muy largas, como si en vez de dos hubiesen subido cuatro pisos. Sin embargo los apartamentos más bien tenían el techo bajo.
–¿Champagne? –interrogó entre risas la flaca mientras abría la nevera.
Kim preguntó por el baño y fue a lavarse la cara, las manos y los pantalones. Se restregó sobre la tela del bluejean la barra de jabón hasta formar una espuma azul que luego quitó con agua.
La flaca le toc–toc–toc la puerta y Kim le abrió con lentitud. Estaba desnuda con las dos botellas de cerveza apretando sus pequeñas tetas pálidas y fofas. Tenía un pezón mucho más oscuro que otro. Su panza fláccida, con el ombligo bordeado de algunos gruesos vellos negros no era muy estimulante. En todo caso, Kim pensó que era mejor que nada.
–Lo único malo es que están calientes, pero ya me acostumbré a tomarlas así desde que se dañó la nevera –dijo la flaca agitando las botellas.
Kim empezó a desvestirse, no como quien se dispone al acto sexual sino como quien se quita la ropa para ponerse la piyama; la flaca le hizo una seña para que entrara a una habitación que, en vez de puerta, tenía una cortina de retazos.
Allí, dentro de una cuna forrada con periódicos viejos y portadas de revistas había un bebé desnudo de unos diez o doce meses. Mientras Kim se sacaba las medias empapadas la flaca trató de sintonizar una emisora en la radio.
El miembro de Kim colgaba sin vida, la flaca se lo besó hasta que poco a poco fue cobrando el vigor suficiente para llenarle la boca de 100 cc de un esperma traslúcido lleno de grumos. Después escucharon música y bebieron cerveza caliente durante un rato. La flaca preparó un par de pitillos con conchas de cambur tostadas. Ella le dijo que se acostumbrara a eso si se iba a quedar allí, fue lo que medio entendió Kim.
El bombillo y la radio cesaron de repente.
–Siempre pasa, al menos dos veces a la semana. Por eso fue que se dañó la nevera. Espérame que voy por una vela –la flaca volvió con la luz envuelta en las manos y la colocó en el suelo.
–No alumbra mucho –dijo.
–No importa. Así te ves mejor flaca. –Ella aceptó de buena gana la ironía, lo abrazó y se recostó sobre su pecho.
–Polaco, no te gustaría que…
–No me digas más polaco.
–¿Cómo quieres que te llame polaquito? –le dijo la flaca mientras se mordía las uñas.
–Mi nombre es Kim. Pero siempre he querido llamarme Sam Davis.
–¿Te puedo decir entonces Sammy?
–Sí, Sammy suena bien.
–¿Y a Carlitos lo puedo llamar Carlitos Davis?
–¿Quién es Carlitos? –preguntó el polaco Sam Davis a.k.a. Kim y la flaca le señaló la cuna de periódicos.
–Ah, sí, está bien, como quieras.
–Sammy, ¿quieres que te lo vuelva a chupar? –le dijo la flaca con una sonrisita entre tierna y sexy.
Carlitos Davis despertó y empezó a llorar. Kim se dio la vuelta, y reunió en un bulto la ropa que se había quitado. Palpó en el bolsillo de su pantalón sus billetes y su pasaporte húmedo; cerró los ojos y le respondió ya sin ánimos de más nada al menos por esa noche:
–Más tarde, más tarde.
