¡POR FAVOR, MAMA!
MI MADRE vive cabeza abajo. Y canta.
-Se fortalecen los músculos del cuello-dice.
Sólo usa pantalones.
-No hay que enseñarla antes de tiempo-le explica a mi hermana-pero tampoco después de tiempo.
Corre sobre sus manos, cada una con un trapo, frotando el piso vertiginosamente.
Ha instalado la casa a ras del suelo.
Nos arrastramos para comer a su alrededor.
Aunque sea desde la altura de sus pies, nos domina.
-¡Qué dirán los vecinos! -insinúa mi padre.
-¡No nos acostumbramos, mamá! -gimoteo yo.
Ella nos mira con el desprecio congelado en su rostro invertido.
***
VIDA DE PERROS
SOMOS POBRES. Nunca hemos podido tener un perro. ¡Y nos gustan tanto! Por eso decidimos turnarnos: cada uno haría de perro un día entero.
Al principio nos dio un poco de vergüenza, sobre todo a mis padres. Lo imitaban muy mal. Algún ladrido y mucho olfatear. Yo era el que más gozaba, orinando donde quería.
Pero se convirtió en una fiesta. Esperábamos que nos tocara, nerviosos. La noche antes ya se nos escapaba algún grrrr, algún guau. Mamá no se ocupaba de la casa. Papá no iba al trabajo. Yo me salvaba de la escuela. Y ellos se divertían más que yo, saltándose las reglas, mordiéndose y lamiéndose y rascándose y montándose encima y revolcándose, aunque a los dos no les tocara ser perro. Les decía que era trampa. Me mandaban al cuarto.
La casa está hecha un asco. A papá lo botaron. Yo tengo que ir a clases, todas las mañanas, y luego las tareas. «Otro día haces de perro», me dicen, «otro día», riéndose.
No es justo.
***
HUMOS
-¿A QUÉ estás apuntando?
-A un cigarrillo.
-¿Dónde?
-Allí, en aquella ventana.
-No va a ser fácil.
-¿No va a ser fácil? ¿Con mira telescópica y no va a ser fácil?
-Sin darle al tipo, quiero decir.
-¡Ah, bueno! El cigarrillo mata, ¿no?
-Sí, pero…
-¡Pues!
-¿Viste?
-Vi.
-¿Lo tumbé o no lo tumbé?
-El tipo ya no está ahí, por lo menos.
-Y el cigarrillo tampoco.
***
ENCUENTROS CERCANOS
LA NAVE se posó en el jardín. Bajó un hombrecito verde muy verde, con ocho ojos bizcos, que lloraban. «Mamá», me dijo. Y temblaba. Yo tenía mucho miedo pero lo llevé a mi cama, lo escondí. Me puso aquellos tentáculos por todo el cuerpo. Era rico. Luego, se fue.
Voy a ser mamá, como si el hombrecito lo hubiera sabido. Mis padres están enfadadísimos. Me han castigado, encerra da. Sólo entran médicos, que me desnudan y me tocan y me meten aparatos. Mi mamá siempre les discute, les grita: «¡Pero, si es imposible, doctor, si no es más que una niña!». Yo trato de explicarles lo del hombrecito, pero no me hacen caso y me mandan callar.
-La putica -dicen-, la putica.
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MI HERMANO
MI HERMANO se ha tirado por el balcón. Mi hermano estaba loco. Mi hermano era un pájaro. Mi hermano era mi hermano. Iba por un desierto cuando tropezó con mi padre. Mi padre le llamó cabrón. Mi padre le llamó imbécil. Mi hermano era el la rey. Se paseaba por el desierto meditando en cómo ganar batalla. Mi hermano recibió una bofetada de mi padre. El ejército se desbandó. El pueblo no supo qué hacer. Algunos se suicidaron. Mi hermano pudo calmarlos rápidamente. Mi hermano es el rey. Mi hermano es mi hermano.
Fue entonces que se lanzó al abismo. Mi hermano cayó sobre un pie de mi padre. No logró alcanzar al enemigo. Mi padre le llamó idiota. Mi padre le llamó estúpido. Mi padre le llamó hijode. Castigó a mi hermano en el sofá.
Desde el palacio mi hermano escrutó la llanura. El enemigo realizaba un astuto movimiento. Mi hermano quiso levantarse. El rey sabía que era necesario. Mi hermano corrió. Mi padre se quitó el cinturón. Mi hermano iba a cortarle el paso al enemigo, abajo, en la llanura. Mi padre lo persiguió, maldiciendo, pegándose con los muebles. Mi hermano era el rey y era un pájaro. Mi hermano se acaba de tirar por el balcón.
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ILUSEA
TELEMASCO ME llaman, por mi adicción icónica.
Cuando llegan los pretendientes, de ávidas bocas, me encuentran ya sumido en el flujo de imágenes, mirando las batallas. Así puedo ignorarlos.
Contoneándose invaden, se instalan, me despojan.
Penny, mi madre, les recuerda los plazos. Ellos tienden las manos a las muchas riquezas, agitando facturas. Siempre se llevan algo: la radio, la nevera, el sofá de la sala.
En uno de esos raptos perdí a Iluso, mi padre: cargado en su sillón, noble, dignísimo, fumaba ajeno a todo. Iba cual un navío en mar inhóspito.
No ha muerto, dicen. Mil magias miserables lo retienen en la mueblería Calipso, lo malvenden en el remate El Cíclope, lo arrinconan en Préstamos Circe, lo desguazan en la chivera El Hades.
Yo mando a Penny al cuarto. Que solloce tejiendo o haciendo crucigramas, pero que no se pasee en bata entre los pretendientes, codiciosos de sus divinales nalgas.
Abrazado al televisor espero a Iluso. Nos vengaremos juntos.
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LA CASA DE LA BRUJA
PINTADA DE un beige sucio, con las ventanas de sus dos pisos siempre cerradas, amurallada entre hierbajos y retorcidos árboles, era la casa de la bruja -te había dicho tu prima. Y tú, al pasar camino de la escuela, pequeñísima y sola, corrías tragando lágrimas.
¿Sabes? Yo hubiera corrido también.
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COMO UNA REINA
LA VÍSPERA de dejar yo la ciudad, ella me invitó a cenar.
-Fueron tres años, después de todo-dijo.
«Tu cuerpo es mi casa», recordé haberle repetido, tantas veces, en aquel tiempo. No sé si ella lo pensó también, en esa casa -y en ese cuerpo- que yo había abandonado días antes. Pero no hubo reproches. Y su cuerpo fue de nuevo mi casa.
Al salir, de madrugada, sólo me dijo:
-Cuídate.
Se portó como una reina que, al desterrarlo, hiciera un último regalo a su bufón.
