Mondadientes
Y la cocinera tiene órdenes de freírme la carne hasta que esté negra. Pero, sabe lo que pasa, es que la masco, la masco, la masco, y la masco y la masco más todavía y no puedo tragar. Simplemente no me pasa. Tres tristes tigres GUILLERMO CABRERA INFANTE
«Allí está, en la penitenciaría, asomando por entre las rejas su cabeza grande y oscilante, el antropófago1”, se lee en el cartel que está en la entrada de la comandancia donde tienen al Comegente, adonde las personas vienen a ver a Salvador Martínez, que así se llama, y le toman fotos y lo ven desde lejos, pero nadie lo ha reclamado, nadie se ha presentado a decir que Salvador es familia de él o amigo o vecino. Es una pena, es como morir y que nadie vaya a la morgue a reconocer tu cuerpo. Este hombre debe sentir una desolación impresionante. Si un día me muero, ojalá a uno no le tocara morirse nunca, pero si un día muero, quiero que me canten rancheras y pasen frente a la casa de Belisa para ver si la condenada me llora o qué. Debe ser bien arrecho uno morirse y ni un vallenato pues, ni una ranchera. Cuando papá murió, por cierto, no se le puso música, llevamos la urna por toda la cuadra. Mientras ayudaba a cargarla recordé cuando fui a la morgue a reconocerlo: estaba en una camilla, arropado, y se le veía el dedo gordo del pie, de donde le guindaba un pedazo de cartulina rosada, mal cortado, y que marcaba un serial de números. Un enfermero le quitó la sábana y apareció el rostro de mi padre, medio pálido, pero no tanto, con la boca abierta y una herida de bala en la frente, con expresión de sorpresa, así como cuando a uno le dicen, por ejemplo, Belisa te está buscando, o cuando le avisan que el Comegente está preso en la comandancia. Dije que sí era él y lo volvieron a cubrir, y uno de los enfermeros me miró con lástima, pero sin mucho afán, tal vez por el hecho de estar acostumbrado a destapar montones de muertos a diario. Me hizo llenar unas planillas, pero yo no estaba triste, pues el viejo no fue muy apegado con nosotros y a uno si la gente no lo quiere tampoco uno los quiere a ellos, ¿entiendes? Yo a quien quiero es a Belisa, pero ella no me para, todo lo contrario, se anda burlando de mí, como esa vez que la desgraciada se puso a gritar en la calle que yo me había dado los besos con el Comegente, y después llegaron las amigas a corear: “Pa’ verte la boquita roja que te besó…”.
Humberto, mi hermano, dice que soy así porque de pequeño me caí de la cama, pero normal, que no les pare. Humberto es el más grande de la casa, y cuando bebe se vuelve como loco y pelea con la gente, y hay que traerlo a la comandancia hasta que se le pase la vaina. Él siempre me defiende cuando los carajitos se meten conmigo y gritan que soy un miedoso y que el Comegente me va a comer… Y a veces provoca caerles a coñazos, entonces mi hermano dice que no les pare. Y no les paro, pero me pongo a inventar vainas para ver si dejan de joderme; por ejemplo, les digo que el policía de la tarde es muy pana y una vez me dejó entrar al pasillo de enfrente de la celda del Comegente, y noté cómo se saboreaba cuando me vio, y me dio miedo al principio, pero no salí corriendo ni nada, pues ni que el Comegente fuese Superman y tal, y fuese a dañar los barrotes de la celda para comerme, normal, me dijo, épale chamo, y le contesté qué más. Cuando le cuento esto a Belisa o a los muchachos, no me creen, nunca se comen la coba. Provoca llevarlos un día a la comandancia y sentarlos en el banquito tejido con mimbre que está cerca de la celda del tipo y decirles ya vengo, espérenme aquí, voy a hablar un rato con mi amigo Salvador, y que escuchen al tipo decirme épale chamo, y yo contestarle cómo andas, porque es más fino decir cómo andas a decir qué más, para que Belisa se dé cuenta de que soy más culto, que yo sí hablo fino, y no como el montón de idiotas que le dicen mi amor, sí estás buena.
Me gustaría saber qué pensará el Comegente cuando se queda viendo desde las rendijas al policía, seguro lo ve con morbo, capaz y se lo quiera comer, y lo imagina así, guisado o en sopa: sopa de policía, o una vaina así, un plato con nombre importante. Este tipo debe tener un estómago de hierro para haberse comido a tantas personas. Qué asco, y pensar que come y caga gente, que entre la mierda ve pedazos de dedos, o trozos de hígados o pulmones o cualquier parte del cuerpo, y cuando eructa, debe ser como eructar el alma de los muertos. ¿Le dará asco? Imagínatelo, escondido entre el monte esperando a que pase alguien y zas, le da con un tubo o un palo y después lo lleva a su casa y empieza a separar las vísceras de la carne. Seguro la deja con mucho adobo en una taza, por una hora, y después la fríe. O no, la prepara a la plancha porque el Comegente tiene que ser un tipo bien centrado con la salud, pero nada de ponernos exquisitos, tampoco es que el tipo hace una ensalada de lechugas con tomate y cebolla, sólo carne, y eso sí, tiraría las vísceras a la basura para no envenenarse el organismo con cualquier porquería.
Un día le dije a Belisa: “Si yo fuese el Comegente habría vendido el pelo de las personas a las que mataba y así me ganaba unos realitos extras”, y Belisa dijo: “Tú sí eres cochino, deja la vaina, mira que esa gente que murió tiene familia, hay que tener respeto”. ¿Dónde vivirá la familia del Comegente? ¿Será que tiene parientes o ya se murieron todos? Porque de pana, nadie ha venido a verlo nunca, aparte de los periodistas y la gente esa que viene a tomarle fotos. Pero ni la mamá pues, si es que está viva. Belisa dice que seguro se comió a toda su familia y por eso no aparecen, pero yo no creo, por lo menos hubiese salido la noticia. ¿Te imaginas? Verga, debe ser jodido dormirse todos los días con tanta gente en la barriga, y que desde ahí le torturen a uno la mente. Eso dijo él en una entrevista, que lo molestaban los espíritus cuando se iba a dormir, pero qué quiere, con el montón de gente que se comió es arrecho vivir en paz: “Comegente, mi mejor riñón te lo comiste guisado, yo que lo iba a donar”. “Pana, frito no soy tan bueno como en sopa”. “Comegente, cómete a mi mujer que es una desgraciada…”.
A pesar de que es un asesino, a veces me da lástima y quisiera venir todas las tardes a visitarlo, de vez en cuando que me acompañe Belisa, o mejor no, pues le tiene miedo a toda vaina y es capaz de ir y armar un escándalo y qué vergüenza con el Comegente y segurito ya no querría ser mi amigo. Es mejor venir solo, hasta le traigo comida, como a Humberto, que otra vez está preso. Debería comprar carne y decirle a mamá que es para un amigo en el hospital, que el doctor lo mandó a comer mucha carne, pero tiene que estar medio cruda porque es una dieta. Capaz y me cree. ¿Te imaginas? Yo llegando a la comandancia y caminar hasta la celda del Comegente y decirle cómo andas, y que él me conteste, aquí, pasándola. Y sentarme en el banquito ese, cerca de su celda, y preguntarle, ¿qué cuentas, hombre? Y él empiece a echar todas las historias de cómo mató a la gente y se la comió. Ah, pero es arrecho chico, ¿no te daba asco? No. Eso es carne y ya. No, es diferente. Diferente nada, carne es carne. Y sorprenderlo: por cierto, te traje comida, es carne de res, a ver si quieres. Y yo pasándole la taza por entre las rejillas de la celda y, ¿te imaginas que me agarre la mano? Ahí sí es verdad que pego el brinco. O a lo mejor, como somos amigos, pues no me hace nada, sino que normalmente agarra la tacita y le va entrando a la carne, y buen provecho, mañana te traigo más. O capaz y no la acepta, sino que me dice, chamo, me da asco, yo sólo como gente, a mí la carne de res no me pasa porque me da pena con el animal. Coño, ¿y no te da pena con la gente? Pues no, además, la gente sabe rico, deberías probar. ¡Guácala! Esa vaina no, prefiero morir comiendo pasto a probar un pedacito de carne humana…
¿Por qué le tendré tanta lástima al tipo? Belisa dijo que seguro me da pesar porque tampoco nadie me visita, pero ni que yo estuviera preso, chica. No estás preso, pero es como si lo estuvieras, te la pasas metido en la comandancia todo el santo día, ahí, solo, como un loco, vale. Tú no entiendes, Belisa, el Comegente es mi amigo, lo visito y hablamos mucho. Ella nunca me cree, pero ¡para lo que me importa! Normal, ando solo porque andar en grupo sí que me arrecha, adonde va uno tienen que ir todos, imagínate a diario oliéndole los peos a un poco de tipos, no, yo no sirvo para esa vaina, ni perro tengo, pero para qué… Belisa confunde estar solo con la soledad, que son cosas diferentes, y oye, el otro día escuché en la televisión a un hombre que decía: prefiero morir solo a morir en una completa soledad. Suena igual, fíjate, pero si le pones atención no es lo mismo… Y para qué le explico, igual Belisa es tarada y no lo va a entender. Yo sí prefiero irme a la comandancia y sentarme un rato allá y hablar con el policía de la tarde. Lo que me arrecha es ir por la cuadra y que empiecen a decirme vainas, y si siguen así, un día les caigo a coñazo para que sean serios, y más a la Belisa cuando anda con esas carajitas y empiezan a decir y que allá va el novio del Comegente, ay, que se lo va a comer, uy, le tiene miedo… Es que me provoca regresar a darles un tatequieto, pero no lo hago porque Humberto siempre dice que no les pare, que normal. Son esos los momentos para sentirme triste, pero rapidito se me quita la cosa si voy donde el Comegente, y es que yo lo entiendo y hasta lo estimo al pobre, allí, encerrado, soportando a los curiosos que lo van a mirar como si el tipo fuese un fenómeno de circo y, si pudieran, serían capaces de llevarlo a la plaza, amarrarlo y obligarlo a comer vegetales frente al público: “Venga y vea al Comegente, el hombre que comía personas y que ahora come zanahorias como castigo…”. Es cierto que se comió a un gentío, pero ponte a pensar que él también tiene sentimientos, coño, medio raros, pero sentimientos al fin. ¿Ves? Hasta llorará en las noches y uno sin saber nada, o se querrá suicidar o alguna vaina. No es que uno se las dé de santo, pero la pinga, no se va a formar una guachafita con el tipo… Eso es, siempre está con una soledad tan arrecha, ¿tú me entiendes? Creo que le falta una mujer. Un día me puse a pensar qué sucedería si llevara al Comegente a mi casa y se lo presentara a mamá, ella también está sola, y es igual de triste. Primero que nada le diría a Humberto que hiciera el favor de no emborracharse ese día, y al otro que no le dé por comerse a mamá, porque esa tampoco es la idea. ¿Y si se dan los besos? Si lo hacen, me arrecho y le caigo a patadas a los dos, y te juro que saco al tipo de la casa y le busco al policía para que lo encierre de nuevo, porque después quién lo aguanta, merendándose a todo mundo, y a uno mismo, mira que el carajo hasta se me aparece en los sueños. Qué risa. Una noche soñé que el Comegente me estaba comiendo. Yo iba bajando por la cuadra por ahí y tal, y de pronto ¡zas!, me dio con una silla que había afuera de una casa y me llevó al patio. En el sueño, la casa de Belisa era la misma del Comegente. Aunque él estaba cortando mi piel, no me dolía cuando pasaba el cuchillo, más bien me hacía cosquillas, y llegó Belisa y dijo: no lo cortes, espera que le dé un besito, y el Comegente se rió y contestó: bueno, chica, pero apúrate que tengo hambre. Sí, bien loca la vaina, y Belisa se acercó y me dio un beso pero no sentí nada, quizá porque el hombre me había dejado medio muerto con el golpe. Después Belisa agarró otro cuchillo para cortarme las manos mientras él se reía y me mordía la nariz, y aquel sangrero loco, y el carajo abría la boca para soltar tremendas carcajadas y yo le veía entre las muelas pedazos de carne, entonces le pasé un mondadientes, chico, límpiate las muelas, y cuando él lo iba a recibir, ¡zas!, allí fue que me desperté, como a las dos de la mañana. Me quedé un rato en la cama, asustado, pero con unas ganas de que el beso de Belisa fuese verdad, preguntándome, ¿a qué sabrá un beso? Porque a mí nunca me han besado, ni un piquito, ni uno de medialuna por accidente, nada. Estuve bastante tiempo en la cama, saboreándome, intentando dormir para soñar otra vez con Belisa acercando su boca a la mía, pero no soñé. Después sentí vergüenza por lo que pensaba y me eché a reír. Coño, ojalá un día Belisa me diera un beso como el del sueño, pero qué va, la condenada no lo hace ni nada, sino más bien cuando paso cerca de su casa empieza a reírse como una boba y siempre se lleva las manos a la boca, en serio, parece retrasada. Yo quiero casarme con ella, pero la chama ni pendiente, le mando señas, pero se la pasa todo el santo día encompinchada con las carajitas de la cuadra y no le para bolas a más nadie. Eso me hace sentir desgraciado y la arrechera contra mamá crece porque me dejó caer de la cama, como dice Humberto, y por eso yo estoy así, medio chiflado. Si fuese amigo del Comegente el resto me respetaría y dejarían de decir que es mi novio, o que le tengo miedo, ni que yo fuese quién, no joda, aunque viéndolo bien, Belisa tiene razón, ni porque lo niegue pues, sinceramente estoy más solo que el policía de la tarde al que lo dejó la esposa hace dos semanas para fugarse con el policía de la mañana. Estoy peor que el Comegente, quien se comió a ese poco de personas porque no quería morir solo y ahora los lleva en la barriga y le hacen mente, chico. Estoy peor que papá, que tuvo que quedar tan feo después del disparo, con la boca abierta, él que siempre mandaba a callar a todo el mundo. A mí mejor y me hubiese comido el Comegente o me hubiese arrollado un carro por salir a la calle sin mirar a los lados, o que por encaramarme en el techo de la casa me hubiese resbalado y ¡zas!, me hubiera caído y dado contra el asfalto. Que si me muero, seguro que ahí sí se arrepienten y me llevan mariachis o vallenatos y pasan la urna frente a la casa de Belisa para verle la cara de llorona, si es que me llora. Pero capaz ni lo hace, capaz que cuando pasen la urna empiece a reírse, tapándose la boca con las manos y grite: El Comegente te va a comer, le tienes miedo…, y ese poco de pendejadas, y los que vayan en la procesión empiecen a reírse de mí y hasta los mismos músicos se burlen y nadie me tome en serio, y mamá se eche unas carcajadas que provoque salirse de la urna para caerle a puño limpio. Ojalá que con sólo tocarlos ya pudiese destruirlos. Una vez escuché el cuento de un tipo que tenía tanta fuerza que podía mover casas con sólo empujarlas y hacía de todo; seguro era muy popular. El tipo se llamaba Sansón, creo. ¿Por qué era tan fuerte? De eso no me acuerdo, o bueno, me acuerdo de una parte, de que la fuerza de él se concentraba en el cabello. Un día una desgraciada le cortó el pelo y le jodió la vida. Se volvió un hombre normal encerrado en una cárcel… como el Comegente. Y yo que lo tenía como un ídolo, en lo alto, ahí, soñando con el carajo, el más grande carnicero de la historia, ni de mi papá hablé tanto como de él.
Ayer, cuando fui a la comandancia y le pedí al policía que me dejase entrar para ver al fulano, contestó que no. Le rogué que desde lejitos, que yo no me dejaba ver, y repitió que no. Seguí jodiéndole la paciencia, hasta que el carajo dijo bueno, pasa rápido, y fue cuando vi a Salvador sentado en un banquito, encerrado en su celda. Mi primera decepción: darme cuenta de que el tipo no tenía barba como yo creía y, comparado con Sansón, era calvo. No le paré muchas bolas al asunto y pensé: Bueno, esa vaina no es tan importante, no todos los comegentes son así, no el nuestro. Más tarde, el tipo me clavó una mirada de odio que casi me tumba. Pero las ganas de llorar me asaltaron cuando vi que estaba comiendo lentejas, ¡lentejas! Por Dios, ¿qué clase de comegente es este? ¿Por qué no se está comiendo la cabeza de alguien? ¿Por qué no está mirando con morbo al policía? Este tipo no es serio, no es un comegente de verdad. Dije cualquier cosa: épale, chamo. Y no habló. Chamo, ¿qué comes? Y era como si no me escuchara. Me acerqué un pelín más a los barrotes de la celda y el policía ni pendiente, estaba afuera, echándole los perros a una carajita. Insistí: qué cuentas, hombre. Y me dijo, los números. Y la vaina me dio risa, me cagué de la risa y pensé, bueno, los amigos siempre echan chistes. ¿A cuántas personas te comiste? Y no me hablaba. Dime, pues, a cuántas personas te comiste. Y el coñoemadre como si no escuchara, sólo estaba pendiente de zamparse sus lentejas. Me estaba aburriendo, así que grité: ¡Comegente maricón!, pero el maldito no me paró bolas, era como si yo no existiera. ¿Qué es más sabroso, la mujer o el hombre? ¿Epa, y tu familia? ¿Te los comiste? Échame el cuento. Entonces por fin habló: “¿Tú eres güevón o qué? Fuera de aquí, mocoso del coño…”. Y no dijo más nada, y tuve esa sensación de tristeza y arrechera, peor que la que sintió Sansón cuando vio en el piso el montón de pelo como una montañita. Fue como si descubrieras que tu cantante favorito no canta nada, sino que mueve los labios y la voz es de otro. Entonces entendí: se había redimido; ahora era un asesino de lo más vulgar; seguro no se siente solo nunca, lo visitan siempre y tiene un montón de novias… Hay gente que va a la cárcel y allí dentro empieza a creer en Dios, y cuando sale libre va de casa en casa, predicando la palabra de Cristo, contando su historia. Las personas los miran con desconfianza y no les dejan entrar a su hogar, pero se alegran de que estos hombres hayan sido salvados. Ahora es como si ese plato de lentejas fuese el Cristo del Comegente. Sin embargo, no estoy feliz del arrepentimiento de él, más bien me arrecha. El tipo mató a un coñazo de personas porque tenía hambre, porque no quería estar solo nunca, y eso era lo que me atraía de él, no esas semillas que se traga ahora. Es por él que algunas veces me despierto con ganas de comer gente, se me hace agua la boca y todo. Dicen que uno siempre imita a sus héroes. Los carajitos de por acá se disfrazan de Supermán o de las Tortugas Ninjas. Si vendieran un disfraz de Comegente me lo compraría, y con él puesto, me sentaría en la comandancia para que la gente se asustara y para que Belisa me empezara a respetar y dejara de burlarse de mí. Es que da para pensar, así como qué coño, será hasta buena la carne humana. Además, el Salvador está en forma, buen color, rosadito. Se debió comer a mucha gente rosada. Belisa es morena, parece un pan tostadito, y lo que más me gusta de ella son los brazos. Yo siempre decía: cuando me coma a Belisa, empiezo por los brazos. Primero la duermo, para que no le duela, porque si no, empieza a darme golpes, o a llorar, porque todas las mujeres siempre lloran por cualquier cosa. Mamá llora porque se murió papá, Belisa llora porque me la quiero comer. La duermo y agarro un cuchillo y le corto el brazo. La cosa es que no sé si habrá que cocinarlo. Mejor que sí, no sea que me dé una indigestión esa vaina. ¿Cómo se cocina un brazo? Lo corto en pedacitos, como corta mamá la carne de res, lo echo en agua y lo dejo hervir hasta que se ablande. Después me lo como con arroz y jugo de guayaba. Belisa debe saber rico. ¿A qué sabrá? Seguro que a patilla. Los ojos me los hago guisados, que deben ser muy buenos. El resto lo guardo en la nevera. Antes, mi mamá ponía mucho una canción que decía que te voy a comer, niña, te voy a comer… era algo así. Yo quiero aprendérmela para cantársela a Belisa el día que le esté arrancando los brazos. Le digo, Belisa, tienes que quererme, la gente que se quiere se come, se arranca pedazos de piel. Tienes que quererme mucho y darme un montón de besos en la boca, como se los daba el policía a la mujer que se le fue. Y nada de besarle la calva al Comegente, nada de hacerle cosquillitas a él, no te le puedes ni acercar porque te caigo a patadas, en serio. Es más, no quiero verte en la comandancia, mira que ese tipo se las da ahora de vegetariano, pero seguro que si te ve se le hace agua la boca… Hola, traje a Belisa y me la voy a comer. Hola, yo me voy a comer a mi mujer que me dejó. Hola, yo voy a comer lentejas. Y ñan, nos sentamos todos frente a una mesa, y el Comegente se pone a orar, y gracias Señor por la comida y la bebida que vamos a consumir, y yo, antes de comerme a Belisa, la mando a preparar arroz y jugo de guayaba, y después que sí se venga y me dé los brazos para ponerlos a hervir. Cuando uno quiere a alguien, Belisa, no se burla de él, ni le dice que le tiene miedo al Comegente ni que está loco porque se cayó de la cama. Uno lo que hace cuando quiere a otro es que le regala los brazos morenos y cocina mucho arroz para que coman el Comegente y el policía. El corazón de Belisa lo hago puré, y seguro que sabe a guayaba, y me pongo a cantar que me gustan tus ojos y tu boca, que si te acercas te como toda… Cuando uno quiere a alguien, desayuna el corazón de esa persona y no le da a probar a nadie. Cuando uno quiere a otro, se come los brazos hervidos y el corazón en puré. Qué rico que sabes, Belisa, como a patilla, en serio. Es que cuando yo era pequeño me comí una patilla y ese es mi sabor para siempre. Y tus brazos saben a pan dulce, están ricos y el Comegente quiere que le des un poco. Regálale una de mis piernas. Eres una puta, Belisa, deja de regalarte, nada de eso; el carajo, si quiere, que te coma un pedazo de oreja, que las tienes feas y grandes, seguro queda satisfecho. No te muevas, Belisa, a ver… Y me despierto. Coñoelamadre, siempre me despierto en la mejor parte del sueño: cuando le voy a comer el corazón o le voy a dar un beso.
La última vez que vi al Comegente ahí, encerrado, asomando la cabezota por los barrotes y mirándome de vez en cuando con cara de vegetariano-matagente me di cuenta de que cada vez que justifico que se haya comido a un montón de tipos, a su familia, a su esposa, lo hago por justificarme a mí mismo. Me acerqué a la celda y sin que el policía me viese, saqué del bolsillo del pantalón un hueso de gallina delgado y pequeño, y se lo lancé para tratar de engañarlo: toma, Comegente, es verdad, Belisa sabía a patilla. El carajo no recogió el hueso sino que le dio una patadita y me lo regresó. Quien come mujeres se vuelve mujer, y se echó a reír. Avergonzado, recogí el hueso y lo guardé: maldita sea, Comegente, con Belisa es distinto, no es cualquier mujer. Mariquito triste, me dijo. Lo iba a insultar, le iba a decir comelentejas, miedoso, marico triste serás tú, pero apareció el policía y me quedé callado. Me voy, repuse, y como Salvador ya no me paraba bolas, salí de la comandancia con una arrechera tan grande que, si hubiese podido, yo mismo lo hubiese amarrado en la plaza frente a un montón de zanahorias. Pero al ratico se me pasó la rabia, porque además, aquello no era un hueso de mujer, y aunque él no lo supiese, me sentí ridículo al defender el hueso de una gallina. Tal vez se saboreó y se molestó porque no le di a probar un poquito de los brazos de Belisa. Y yo que pensé que hablar con Salvador me iba a poner contento, que comerme a Belisa, aunque fuese en sueños, me iba a dejar más alegre, pero ya ves que no. Más bien, desde entonces tengo como unas ganas de llorar y no sé por qué. Recuerdo a Belisa y quiero llorar, y recuerdo a papá en la morgue y quiero llorar, y recuerdo al Comegente y quiero llorar: pedirle al policía de la tarde que me abra su celda para pasar y decirle ven, chico, ven para darte un abrazo, no te preocupes, seguro tu familia no sabe que estás acá. Y que él me diga gracias, chamo, y yo le conteste de nada, tú sabes que soy tu amigo, mira que yo también a veces me siento triste, tú sabes cómo es todo. Y que él me diga que sabe cómo es todo, y venga el policía de la tarde y se meta en la celda con nosotros y nos cuente que él también se siente solo a veces, que la mujer lo dejó hace dos semanas y por eso está triste y entonces el Comegente explique que él tenía una mujer pero se la comió y yo hable de Belisa como si fuese mi mujer, y el Comegente me pida un pedacito de carne y yo le diga bueno, chico, agarra un pedazo de nariz, y el policía le dé un pedazo de oreja y él se la coma con aquel gusto y nos haga saber que una parte de nosotros está en su barriga, y yo empiece a contar chistes y el Comegente y el policía se rían y que seamos tremendos panas y la gente vaya a la comandancia y nos tomen fotos y lleguen periodistas y nos entrevisten y la vaina, y el Comegente esté feliz, que el policía se encuentre a otra mujer y yo me coma la boca de Belisa como en el sueño, y cambien el cartel de la entrada por uno que diga: Allí están, en la Penitenciaría, asomando por entre las rejas sus cabezas grandes y oscilantes, el Comegente, el policía y el hermano de Humberto.
***
Barricadas
No he hecho otra cosa que ser hasta el límite lo que soy LA VÍCTIMA
De por sí ya la vida es jodida, mi gordo, pero si eres un maricón puteándose en las calles con la mierda de hombres que te toca a diario, la cosa se pone peor. El corazón se parte, todos los días el corazón se te parte, te lo digo yo, mi vida. Los hombres buenos no existen. Sólo hombres malos que lo menean muy bien, se lo meten a uno hasta el fondo y después andan presumiendo de ser machos homofóbicos. Un día estaba descansando en una plaza, ni siquiera buscando clientes, sino sentado, de lo más normal, porque uno será muy puto, mi amor, pero también tiene días para no hacer nada más que sentarse en una plaza y ver a las palomas cagarse. Hay días de estar tranquilito, sin nada metido en el culo. Entonces vino un tipo con unas viandas de comida en las manos, dijo “vente rapidito antes de llevarle esto a los carajitos hasta la escuela”. No sé por qué soy tan puto, mi vida, deberían tatuarme en la frente Soy muy puto, porque entré al carro del tipo, me subí la faldita y sentí esa verga finita como un dedo haciéndome cosquillas en el culo. El carajo acabó rapidito. Luego nos arreglamos en el carro como pudimos y le reventé ese culo con mi verga; era medio divertido porque cada vez que se lo empujaba él tocaba corneta con la cabeza… hasta que acabó. Me pagó mi plata y le dije “chao mi amor, no se vaya a enfriar la comida de los carajitos”. Gritó “mamagüevo”, le contesté “rico”, y el tipo tú sabes, pisó el acelerador y desapareció. Voy a una plaza, a un parque o cualquier vaina, de lo más tranquilo, como una puta en receso, pero no hay manera, papi, siempre llegan los tipos a pedirte el favor de que se la mames. Les encanta. ¿Tú has visto, papi? ¿Dime, a ti te la mama tu mujer? Ja ja ja. Ni siquiera cobro tan caro, pero pagan bien porque yo sí sé hacerlas. Toda una vida en esto.
Tenía como trece años cuando se la mamé a un muchacho; en ese tiempo yo también era un muchachito, ni por aquí me pasaba ponerme tan bello, con estas tetas y este cuerpo. Fue en el liceo, nos escondimos en el baño mientras todos los muchachos estaban en clases. Le mentí al profesor. Dije que iba a cagar y no podía aguantarme, así que me dejó ir. Cuando entré al baño, él estaba esperándome, era de quinto año. Yo era de segundo. Se bajó los pantalones, sacó su verga y la metió en mi boca, así nada más. Cuando terminé, me dio plata. Desde ese momento entendí el don que mi diosito me había dado y los billetes que podía sacar por eso. El chamo siempre me trató bien, sin golpes ni ratadas. La última vez que lo vi ese año, yo estaba en noveno y él a punto de graduarse. Fuimos a la parte trasera del liceo, dijo que había pasado un año muy bueno, pero nadie podía enterarse de nada, que debíamos dejarlo hasta allí. Una mierda. Me jodió. Mi primer despecho. Llegué a casa, y encerrado en el cuarto, puse a todo volumen las canciones que mamá tenía en un cassette viejísimo de boleros. Es muy triste que te rompan el corazón cuando tienes trece años. Después me olvidé del chamo. A veces nos vemos en la calle, pero no nos saludamos nunca. Trabaja en una zapatería, si no me equivoco, por el centro de la ciudad.
¿Pero sabes quiénes son los más sucios, mi amor? Los policías. Cuando he tenido que dormir en la calle y se acerca un policía, de una vez le doy plata para que no me agarre a coñazo. No es fácil. Una noche, unos policías nos vieron a la Katy y a mí, dijeron que nos quitáramos la ropa y nosotros preguntamos por qué, porque nos da la gana, contestaron, y como ya sabíamos por dónde iban, les hicimos caso. También nos obligaron a modelar. Los tipos se cagaban de la risa. Con arrechera, los mandé a comer mucha mierda, entonces uno del grupo me dio unos coñazos mientras otros dos le enterraban a la Katy en el culo una botella de cerveza que no sé de dónde coño salió. La pobre Katy empezó a chillar y como fui a ayudarla, me tiraron al piso y aplastaron los huevos con las botas. Los muy malditos se llevaron los trapitos que teníamos puestos. Le saqué del culo la botella a la Katy y como pudimos nos fuimos desnudos hasta el rancho donde vivía. Por eso digo, son los hombres más sucios. La esposa del policía del que te quería hablar me contrataba para arreglarle el pelo y las uñas en su casa. Tú sabes, uno se rebusca y esas viejas sueltan la plata como si ellas la cagaran. Viven en unos ranchos sin agua, papi, donde ves las ratas pasear por la cocina, las cucarachas, toda esa porquería, pero las putas esas te dan lo que pidas por estirarles el pelo y pintarles las uñas. La primera vez que fui a la casa de la mujer del policía, él abrió la puerta. Me miró así todo raro, el pelo, las tetas, los zapatos. Tú te diste cuenta de lo reina que me pongo, con mis zarcillos bien coloridos y esas tetas afuera, papi, así como buscando cliente. Ese día yo tenía el pelo rubio her-mo-so, y ahí estaba, toda una gata, con los huevos bien escondidos. El carajo abrió y dijo de mala gana que la mujer no estaba, que iba a tardarse una hora más o menos porque estaba en el banco. Pero lo hubieses visto, mi amor, con su vozarrón, diciéndome que si quería entrar a esperarla, que afuera estaba haciendo mucho sol. Uno se da cuenta de las cosas, mi vida, yo me daba cuenta de que no dejaba de verme las tetas, y pues dije, ay, éste se va a resbalar, y entré a la casa. Nos pusimos a hablar. Lo hubieses visto, con el cuerpote de hombre muy macho, un tipo de casi dos metros, bien catire, ¡si te lo imaginaras, papi! Imagínate a un hombre tan bello como él abrazándote, con esos brazos, con ese pecho lleno de pelos, todo un macho. Pues esa verga se le fue pa’arriba cuando le agarré una rodilla y fui subiendo por los muslos. Dije qué calor está haciendo y le abrí el cierre, y saqué eso, señor, esa vaina sin nombre, bien cuidada, grandota como si se fuese a explotar, mi amor, qué cosa tan inmensa; y me la metí en la boca. Tú sabes cómo se siente eso en la boca. Se la mamé, de arriba abajo, primero lento, después rápido. Le miraba los ojos desorbitados, y daba alaridos con su vozarrón, hasta que acabó en mi boca, tan bello, tú sabes cómo se siente uno de poderoso. Se quedó como un minuto quietico en la silla, reponiéndose. Estuve un rato de rodillas, sobándole esa verga que parecía un pescado fuera del agua. Después se levantó, fue al cuarto y regresó con unos billetes, mi amor, tú sabes que uno también lo hace por necesidad, ja ja ja. Me dio la plata y me dejó sola en la sala. Ya luego llegó la mujer y el carajo ni bolas me paró cuando ella y yo nos metimos al cuarto donde ellos dormían, porque era el único con aire acondicionado.
Son unos sucios esos tipos. Fue él quien empezó a buscarme. Todos los sábados nos íbamos para un hotel, o en su mismo carro nos cogíamos, porque llegó un tiempo en que él también me la metía, esa verga grande, templada, a punto de reventar en mi culo, entrando y saliendo. No me daba por jadear sino por reírme, eso eran carcajadas, griticos de alegría más bien, porque te lo digo, nada me pone más feliz que un tipo casado cogiéndome. Ese año fueron unas olimpiadas de cogedera. El tipo le decía a la mujer que tenía que meterse a equis barrio porque había operativos, pero era mentira, pues resulta que preparábamos citas y nos veíamos en esquinas de mala muerte, de noche, cuando todo el mundo estaba demasiado borracho para decirte cualquier cosa, y uno, y dos, y tres, cinco, diez… veinte mamadas en una noche. Hasta allí todo fue bien, pero el peo vino cuando me enamoré. Armé mi película. El policía me trataba malísimo. Yo le dejaba mensajitos de texto en el celular, cosas como “mi vida, te amo, quiero chuparte el pipí”, y se arrechaba, varias veces me golpeó y dijo que dejara de escribirle o me mataba. No le escribí más, pero empecé a acosarlo en el trabajo. Grave error, mi gordo, no se puede hacer eso con un policía. Casi lo pierdo (como si alguna vez hubiese sido mío), amenazó con no verme más nunca, con matarme si no dejaba de acosarlo. Me asusté. De verdad amaba a ese tipo, amaba su verga y él seguro amaba la mía, aunque no lo dijera con palabras, tú me entiendes. Imagina cómo sufría cada vez que iba hasta su casa y la mujer le decía “mi vida”, “mi amor”, “papi” o cuando lo acariciaba delante de mí. Pero con todo lo malo que me hacía, no me cansaba de decirle que lo amaba, y el maldito siempre respondía vainas como “métemelo hasta el fondo, puto” o “así, perra, que me duela”, ¿sabes?, escucharlo de él era lindo. Escucharlo de otros hombres era asqueroso. ¿Puedes creerlo? Podían decir exactamente lo mismo, pero sólo en él era tierno, cuchi, lindo. Estaba en sus manos porque nadie más me lo hacía como él. Tragaba si él me lo pedía, podía acabarme en las tetas si él quería. Hubiese matado por él. Uno se vuelve demasiado estúpido cuando se enamora. Era casi su sirvienta, o mejor dicho, su esclava, pues las sirvientas cobran, y yo no le cobraba, sabes por qué: ¡Porque lo amaba! Mierda, el tipo se estaba chuleando al mejor culo en todo el barrio y ni siquiera dejaba para comprar condones. Si no hubiese sido por esta boquita y todos los penes ambulantes del bulevar no sé cómo habría sobrevivido. Con todo eso, quería vivir con él. Lo imaginaba en mi casa, en mi cuarto, tirado en la cama, sin camisa, viendo televisión. Yo haciendo comida, limpiando la casa, lavándole la ropa. Soñaba con ser la más vulgar ama de casa, la más explotada, me habría encantado lavarle los interiores, porque para mí no hay nada más hermoso que eso. De verdad, te hace sentir dueño de ese hombre, nadie más le toca las bolas, se las lame, se las aprieta suavecito. Me habría encantado lavar los interiores del policía alguna vez. Es que soy muy soñador. Cuando estoy en mi casa, que miro pasar las ratas por la cocina, papi, esas ratas asquerosas que no hay manera de acabar con ellas, pasan por la cocina, por la mesa del comedor, sobre los platos, me pongo a pensar que si el policía viviese conmigo hasta las ratas se verían bien. El rancho sería una mansión y el tremendo olor a mierda de todos los días ya ni molestaría. La Katy dice que soy muy bueno y necesito a alguien bueno, que el mamagüevo ese no me quería. Pero no era fácil para él quererme, mi vida, o sea, ya es difícil ser un maricón con tetas, imagina si se enteran de que eres el tipo que se coge al maricón con tetas. Ojalá, mira, ojalá algunos de esos golpes hubiesen sido porque estaba celoso. Ay, cuántas veces le he rogado a Dios eso. Como soy muy soñador, papi, cuando estoy triste por cualquier cosa, veo las ratas en la cocina que pasan y pasan, las veo y tengo ganas de hablarles, de decirles coño, el policía me amaba, los coñazos me los daba porque estaba celoso de los otros hombres, y las ratas van dejando pedazos de mierda por ahí como gritando qué marico tan pendejo.
Pero un día decidí que estaba cansado de botar leche para él como una vaca recién parida. Me estaba quedando con muy poco, mi rey, mendigando amor así como así. Decidí que tenía que decírselo. Cuando esa noche nos viésemos en el hotelito de siempre, lo pondría a escoger, o su mujer o yo, así de sencillo. Sí, mi vida, pensaba que tenía el derecho de exigirle vainas. Me arreglé ese pelo de lo lindo, llamé a la Katy y le pedí que me acompañara a comprar una bata de seda elegantísima que había visto en una tienda. Gasté veinte mamadas en esa bata, pero valieron la pena, porque la idea era estar bella. Pues bien, regresamos con la bata en una bolsa linda que todavía tengo guardada por ahí, dos maricones bien putos por la calle, te imaginarás las miradas, y nosotros de lo lindo, con las tetas bien puestas, tambaleándole ese culo a los mirones, haciendo oídos sordos a las risitas, pues esos putos que se ríen tanto cuando pasas son quienes te buscan para metértelo, mi amor. Entonces para nosotras, las cochinadas que escuchamos mientras íbamos de regreso con la bata de seda, fueron halagos. Cuando llegamos a casa, la Katy y yo nos pusimos a hablar del amor, de que lo iba a recibir así, con la bata semiabierta, con las tetas asomándose y la verga bien parada, porque por supuesto iba a hacerme unas cuantas pajas antes de que llegara. Así fue, cuando entró dejó sus corotos sobre la peinadora, la pistola y la chaqueta. Le grité ¡te amo!, pero nada, el maldito venía con todo. Me vio la verga así, apuntándole a diosito que todo lo puede, se bajó los pantalones y puso el culo para metérsela. Le comencé a dar lenguas y repetí: “te amo, mi amor, te amo, quiero que dejes a la puta de tu mujer y vengas a vivir conmigo, ya no tienes que volver a meterte al barrio a matar a esos asquerosos, a correr el peligro de que te maten”. El tipo no estaba escuchando nada. Me gritó “¡puto!” cuando le eché un lechazo en la espalda. Se levantó de la cama, agarró sus cosas y salió del cuarto. Qué bolas, ¿no? Al menos a una puta le hubiese dejado plata, pero a mí ni eso, nada. Por él hubiese sido capaz de cortarme una bola si me lo pedía. Lo perseguí gritando que lo amaba. No me había dado cuenta de que iba por los pasillos del hotel con la bata abierta, con las tetas y los huevos al aire. Lo perseguí hasta la entrada. El maldito se regresó y con la pistola me partió la boca. Me dio una coñaza tremenda, patadas en la cara y en la barriga. ¿Tú sabes que los dientes de adelante fue él quien me los voló?, pues sí, de un puñetazo cuando amenacé con contarle a la esposa. Te hubieses divertido con ese espectáculo en el hotel, la gente salió de los cuartos a ver qué pasaba, y yo le gritaba: “¡Se lo voy a contar a tu mujer! ¡Yo te amo!” (Sí, mi vida, estaba tan loco como para amenazar a un policía). Y yo de rodillas, llorando, con la bata abierta, y todos en ese hotel con las bolas duras viéndome la mercancía. Todo eso pasaba en el pasillo frente a la recepción del hotel. El maldito se dio la vuelta y me agarró del pelo, arrastrándome por el piso, dándome patadas en la cara, mi vida, y después me dio una patada tan fuerte en los huevos que me cagué encima, maldita sea, ahí mismo estaba cagado. Sentí la pistola en la frente. Pensé, sí, hasta aquí llegó esta belleza llena de mierda, pero la viejita que atendía la recepción me jaló y me metió detrás del mostrador. De puta quería irme adonde estaba él, entonces la vieja me metió un coñazo, cerró el puño, apuntó bien y me dejó tendido en el suelo. Salió y le dijo al desgraciado ese que se fuera, que no quería problemas. Bueno, más bien se lo rogó. Pobrecita, medio recuerdo que estaba temblando. No sé cómo se fue así nada más. No lo vi irse, pero lo imaginé tambaleándose, con la pistola en la mano gritando te voy a matar puto maricón.
Esa viejita fue mi salvación. Me cuidó y me llevó al hospital. Allá dijo que yo era su sobrino, y que me habían atracado. No le creyeron mucho, pero igual me atendieron. ¿Los dientes? Una millonada. La viejita dijo que no tenía dinero para mis dientes y claro, al principio me puse triste, pues yo antes estaba más flaca y con unos dientes lindos, derechitos. Después me acostumbré. Los hombres dicen que les encanta así, sin dientes. Cuando sienten la encía tocándoles la verga, se vuelven locos. En parte se lo agradezco al desgraciado ese, y ojalá lo tuviese enfrente para hacerle una buena mamada. Al tipo lo volví a ver. Pasaron tres meses y regresé a su casa para arreglarle el pelo a la mujer. Se puso nervioso al verme, pero mi cielo, con esa coñacera en el hotel me olvidé de las amenazas de contarle a la mujer, normal, fui a hacer mi trabajo, aunque en el fondo acepté ir porque tenía la esperanza de verlo. Entonces los escuché discutir en el cuarto. Decía que estaba harto de los maricones en su casa y otro poco de mierda. Ella regresó, qué pesar, toda avergonzada porque yo había escuchado la pelea. Está jodido en el trabajo, no le pares, tú sabes cómo son los hombres. Pues claro que sé cómo son y lo que les gusta, respondí, y nos echamos a reír. Le pinté esas mechas más bellas, rojo rojo. A los meses, cuando ella volvió a llamar porque necesitaba que la peinara para ir al matrimonio de una prima, dije que había tenido un accidente y tenía las manos quemadas, ja ja ja, la pobre se lo creyó, se puso triste. Para esa casa no volví más, tú sabes, me alejé, y no por miedo, sino porque me hacía daño, es más, todavía me duele acordarme del policía. Todavía se me corta la voz, ¿escuchas?
Bueno, eso era lo que te explicaba del amor, papi. En esta situación es difícil enamorarse. Cuando uno se enamora lleva mucho coñazo, pero si se enamora de un policía, mucho más, es como si te lloviera mierda, como si estuvieras rodeado de una barricada, pero de mierda. Y no se puede hacer nada porque el amor no escoge dolientes, ¿verdad? Ay, anota eso también, papi, que me quedó bello: “El amor no escoge dolientes”.
Ambos textos forman parte de la antología de la compilación del PREMIO DE CUENTO Policlínica Metropolitana para Jóvenes Autores, correspondientes a los años 2011-2012 y 2013 – 2014.
- Este entrecomillado pertenece al inicio de un cuento de Pablo Palacio titulado “El antropófago” ↩︎
