literatura venezolana

de hoy y de siempre

El chingo (escena 1)

Jul 22, 2025

Edilio Peña

A Román Chalbaud

Personajes
ROBERTO ANDRADE. El Chingo Imaginario
RICARDO SALVATIERRA. El Actor de la Compañía Anónima de Alquiler de Sentimientos

Una habitación. Amoblada con objetos de los años 40 y 50. Se destaca una cena iluminada con candelabros. Una cortina blanca enmarca una ventana que mira hacia los edificios de una ciudad. La fotografía, de la actriz cinematográfica Vivien Leigh, cuelga de una pared. Una música nocturna, a pesar de que es de día, se oye desde la radio, subrayando la atmósfera nostálgica del lugar.

Escena 1

Se escucha un timbre. De una habitación contigua, sale Roberto Andrade con un tapaboca-nariz. Ansioso se dirige hacia la puerta donde cuelga un sombrero y la abre. De inmediato, entra Ricardo Salvatierra con una maleta y un paraguas destartalado, se mueve nervioso por toda la habitación hablando sin parar.

RICARDO SALVATIERRA: Como ve, he llegado como un pez… todo empapado. (Sacude el paraguas y las gotas de agua salpican a Roberto Andrade. Este retrocede desconcertado.) Si sigue lloviendo así, también dios caerá con su corte de ángeles. La próxima, compro ese bellísimo paraguas que está en la tienda de abajo. De empuñadora de metal y bastón de madera pulida. Sí señor. Entonces, las veces que salga a la calle cantaré bajo la lluvia tal como lo hizo Gene Kelly… (Coloca el paraguas en un rincón.) Ah, permítame presentarme. (Extiende una mano.) Ricardo Salvatierra, para servirle. (Se acerca a la mesa con la cena.) Umm, esta cena se ve apetitosa… Lástima que el alquiler se estableció a plena luz del día. Pero, bueno, así le saldrá más económica la sesión. La lluvia me abrió el apetito, señor Andrade.

ROBERTO ANDRADE: (Hablando como un chingo.) ¿Quién es usted?

RICARDO SALVATIERRA: (A punto de reírse.) La persona que usted esperaba. Me ha enviado la Compañía Anónima de Alquiler de Sentimientos R S K…

ROBERTO ANDRADE: Pero yo no lo esperaba a usted. Creo… creo que ha existido una equivocación.

RICARDO SALVATIERRA: (Sin entender.) ¿Cómo…? No le entiendo.

ROBERTO ANDRADE: (Insiste, esforzándose en pronunciar bien.) …Creo que ha existido una equivocación.

RICARDO SALVATIERRA: Nada de equivocación, señor Roberto Andrade. (Coloca la maleta en una silla.) Aquí en esta maleta traigo la persona con la cual usted quiere encontrarse en esta noche que vamos a inventar. Con los datos y las señas que usted envió para la escritura del guión. Lo único que le falta a su anhelado personaje es el soplo de vida que le dará mi notable interpretación. (Se asoma por la ventana. Respirando profundamente.) Qué buena vista tiene su apartamento, señor Roberto Andrade. Desde aquí se puede ver la ciudad completa… Con el rugir del tráfico y el río de sus gentes… De noche esto debe ser un lindo espectáculo… iluminado con estrellas solitarias…

ROBERTO ANDRADE: Quiero que se marche…

RICARDO SALVATIERRA: (Sin entender.) ¿Cómo dijo?

ROBERTO ANDRADE: Váyase…

RICARDO SALVATIERRA: Entiendo. Ahora duda. No sabe si vale la pena el encuentro o no. Algunos clientes se arrepienten a última hora. Piden el servicio en tal estado de depresión… drogados… o borrachos… que al llegar uno para actuar, creen que fueron víctimas de un engaño. Y déjeme aclararle. La alucinación es de los clientes. No de la empresa. Nosotros sólo traemos la representación que los clientes quieren vivir. (Se acerca a la cena preparada en la mesa.) Ah… Esto se ve delicioso… (Comienza a picar la comida.) Pero, bueno, manos a la obra, permítame otra habitación o el baño… y estará en un instante, frente a usted, la luna de sus sueños… su querida madre. Por cierto, señor Andrade, ¿qué edad tenía ella? Porque ese detalle no aparece en los datos biográficos que nos hizo llegar…

ROBERTO ANDRADE: Usted no podría ser mi madre.

RICARDO SALVATIERRA: No le entiendo, señor Roberto Andrade. Es decir, no le oigo bien. Sé que debe costarle una barbaridad no poder hablar nor… normalmente. Pero, permítame ayudarlo. Esto que voy a indicarle lo aprendí en los cursos de entrenamiento actoral. Claro, esto yo lo hacía con un lápiz. Usted mejor no lo haga. Trate entonces de pronunciar con lentitud. A ver… abra la boca… y dígame lo que me tiene que decir pronunciando palabra por palabra…

ROBERTO ANDRADE: Usted… no… podría… ser… mi madre…

RICARDO SALVATIERRA: ¿Por qué dice eso, señor Roberto Andrade?

ROBERTO ANDRADE: Porque yo esperaba una mujer. No un hombre.

RICARDO SALVATIERRA: ¡Pero yo soy una actor! No subestime mi profesionalismo. Tengo más de diez años en el oficio. Cualquier actor del medio envidiaría mis dotes interpretativos. Ninguno podría hacer lo que yo hago. Señor Andrade, soy un actor entrenado sólo para interpretar la realidad vivida o por vivir. La que se escurre a diario por este mundo. No la realidad imaginada por un escritor… ¿Comprende? Mi profesión es algo más que ser un actor. Es como… la reencarnación.

ROBERTO ANDRADE: Mi madre no puede ser interpretada por un hombre. Tiene que ser una actriz. Llamaré a la empresa… y les comunicaré su equivocación.

RICARDO SALVATIERRA: Espere, señor Roberto Andrade. No tome ese teléfono todavía. Usted comprenda. Yo soy muy bueno haciendo de mujer. He hecho de mujer muchísimas veces. Mi talento posee un verdadero catálogo femenino. Hay muchos testigos en esta ciudad. Claro, una vez alguien pretendió sobrepasarse en la intimidad… y yo no soy de esos. Usted sabe.

ROBERTO ANDRADE: Oyó lo que dije, señor Ricardo Salvatierra….

RICARDO SALVATIERRA: Señor Roberto Andrade, hoy las cosas no me han salido como las planifiqué. Definitivamente. No sé si la razón es el tiempo, los astros o esta lluvia que arrecia. O la dueña de la pensión donde vivía. Fíjese, la desgraciada me echó del lugar justo cuando la empresa me encargó este trabajo. Ahora, si la empresa me hubiera adelantado el pago, su madre habría entrado por esa puerta como una flor esplendorosa. Pero esa no son las condiciones entre la empresa y los empleados. Ni siquiera conseguí un baño público, un lugar solitario donde cambiarme. Entonces, tuve que venirme así, sin su madre encarnando mi cuerpo, mi alma. Por favor, no hable con la empresa, me despedirían también. Necesito ganar algo de dinero para alquilar un lugar donde ir a vivir. Soy un hombre solo, sin mujer ni familia. Por favor, señor Roberto Andrade. Déjeme realizar el trabajo que pidió… ¡Permítame que sea su madre!

ROBERTO ANDRADE: No podría. Es mejor que se vaya.

RICARDO SALVATIERRA: ¿Le parezco feo?

ROBERTO ANDRADE: ¿Cómo?

RICARDO SALVATIERRA: No sé… su madre era bonita y usted puede pensar que yo no podría alcanzar su belleza.

ROBERTO ANDRADE: Por favor… ¡Váyase ya!

RICARDO SALVATIERRA: Está bien… si usted lo quiere así… me iré… (Vuelve a picar la comida.) Me iré a ver una película.

ROBERTO ANDRADE: ¡Ya basta! Deje de picar la comida. Esta cena la preparé para mi madre; ¡no para usted…!

RICARDO SALVATIERRA: Perdone. Tengo tanta hambre. Justamente me vine sin comer para que ella disfrutara su cena… (Toma la maleta. Se dirige hacia la puerta, de pronto se queda mirando la fotografía de Vivien Leigh.) Hermosa mujer. La admiro tanto como usted. Renombrada y olvidada actriz de cine. 1940… 50… sí… Fue una época inolvidable. Pero hubo un momento en que todo era en blanco y en negro. Las películas, las personas. Antes las personas querían o no. Tenían voz o eran mudas. En cambio, en estos tiempos de diluvio, nunca se sabe hasta que punto lo quieren o lo odian a uno… Yo creo que todo comenzó con el color. El tecnicolor cambió la vida de las gentes. ¿Nunca vio la película «Una Eva y dos Adanes»?… Yo no he dejado de reírme. Recientemente la Metro intentó colorearla. ¿Y sabe lo que ocurrió? Desde la pantalla, Marilyn Monroe se opuso amenazadora: «Si me salpican de esa cosa diré quien ordenó mi asesinato…» ¿Qué le parece? (Pausa. Mirando de nuevo la fotografía.) ¿ La quería mucho?

ROBERTO ANDRADE: La quiero querer, señor Salvatierra… (Nostálgico. Olfatea el aire y se acerca a la ventana.) A veces creo que una de esas bellezas entaconadas que transitan allá abajo por las calles es mi mamá que viene a mi encuentro… (Se inclina emocionado frente a la ventana estirando una mano.) …¡Mamá!

RICARDO SALVATIERRA: ¡Tenga cuidado, puede caerse!

ROBERTO ANDRADE: (Emocionado.) ¡Entró a una caseta telefónica!… Su dedo disca un número… ¡Mi número! (Suena el timbre del teléfono. Mira hacia él y corre a tomarlo.) Aló… mamá, ¿eres tú…? ¡Dime algo…! ¡Quiero oír tu voz!

RICARDO SALVATIERRA: ¡Increíble!

ROBERTO ANDRADE: (Deja el teléfono y vuelve a asomarse a la ventana.) …Pobrecita… está muy emocionada, casi no puede hablar… ¡Mamá!…Viene a mi encuentro… ¡Mamá!…Entró al edificio… sube las escaleras… Ahora entra en el ascensor… se mira en el espejo y se acicala su belleza… ¡Sus tacones se hunden en mi cuerpo y mi sangre ríe acelerando los latidos de mi corazón!…

RICARDO SALVATIERRA: (Cantando como mujer.) Suave brisa de la mañana… suave brisa de la ventana… voy en busca de mi niño adorado… ¡Mi niño dorado!

ROBERTO ANDRADE: (Reaccionando.) ¡No, ésa no era la canción que pudo haber cantado ella!

RICARDO SALVATIERRA: Esta canción se incluyó en el guión a petición suya. (Saca de un bolsillo del saco varias cuartillas. Las revisa.) Déjeme ver… ajá… aquí está. Es la misma canción que ahora canto…

ROBERTO ANDRADE: Entonces, se equivocó el guionista de la empresa.

RICARDO SALVATIERRA: Pero es fácil de corregir. (Protestando en voz baja.) Estos guionista de ahora siempre le quieren chalequear la escena a los personajes de la realidad… Los ponen a hacer cosas que no tienen pie ni cabeza. Creen que escribir para la realidad es lo mismo que escribir para la ficción. (Revisando el guión. Extrae un lápiz disponiéndose a copiar.) A ver, ¿cómo era esa canción que cantaba su madre…?

ROBERTO ANDRADE: (Grave.) Quiere que siga haciendo el ridículo señor Salvatierra. ¡No le basta oírme hablar…! ¡Quiere oírme cantar también!

RICARDO SALVATIERRA: Por favor, no se ofenda. Yo vine ayudarlo. Yo vine a hacer su sueño realidad.

ROBERTO ANDRADE: ¡Váyase…! ¡Ya basta…! ¡Déjeme solo…! No se burle más de mí. (Se le cae el tapaboca-nariz.) Perdón. (Lo recoge y trata de ponérselo de nuevo anudando la trenza detrás de su cabeza. No lo consigue. Descontrolado, intenta justificarse.) Tiene que perdonarme. Estas cosas… que venden ahora… no son de muy buena calidad…

RICARDO SALVATIERRA: (Sorprendido.) ¡Usted no es chingo, señor Andrade! ¡Usted es un hombre normal! Con su nariz completa… sus labios. Y usted nos dijo todo lo contrario. ¿Por qué actúa como un chingo…? ¿O es hereditario su mal?

ROBERTO ANDRADE: Déjeme explicarle… ¡Yo no soy un chingo de verdad!

RICARDO SALVATIERRA: Ya veo… ¿Quiere jugar…? ¿O también es un actor como yo? Nunca antes lo había visto en la empresa. ¿ O es que pertenece al personal clandestino? ¿O a la vil competencia…?

ROBERTO ANDRADE: ¡No, señor Salvatierra!… ¡Permítame aclararle la situación!

RICARDO SALVATIERRA: (Molestándose progresivamente.) ¡Hable…! Hable normalmente.. vamos, quiero oír su verdadera voz. ¿Por qué la simula? ¿O es que quiere burlarse de mí?… Entiendo. Usted es uno esos clientes que estafan a la empresa con problemas que no tienen. ¡Un cliente ocioso…!

ROBERTO ANDRADE: ¡Nunca, nada de eso…! Resulta que yo…

RICARDO SALVATIERRA: ¿Hay alguien riendo detrás de la paredes…? (Golpea con el puño una pared.) ¿…Un ojo viendo por un huequito?… (Con el lápiz punza las paredes.) … Así que esta mañana no sólo me mojó la lluvia, no sólo me despidieron de la pensión, sino que un señor echador de broma… me citó a una representación donde no existe drama… sino pura comedia.

ROBERTO ANDRADE: ¡No!… ¡No!… Si usted me dejara contarle la verdadera razón de mi problema… ¡La desgracia de mi vida !

RICARDO SALVATIERRA: ¡Vaya día el que me ha tocado hoy! (Tomando la maleta.) Bueno, señor Roberto Andrade. Terminó la función. (Extendiendo una mano.) Págueme…

ROBERTO ANDRADE: Pero usted no ha actuado.

RICARDO SALVATIERRA: Es como si lo hubiera hecho. En el contrato está claro. (Saca de otro bolsillo un manojo de papeles. Leyendo.) «De no efectuarse la representación por razones de dos o más datos no facilitados anteriormente por el contratante ante la empresa, dicho contrato quedará rescindido, debiendo el contratante pagar al intérprete los honorarios profesionales establecidos en la cláusula 2.»

ROBERTO ANDRADE: (Desesperado.) ¡Yo no puedo perder esta oportunidad de mi vida…! ¡Quiero encontrarme con mi madre! ¡Hágalo por mí, señor Salvatierra! El psiquiatra me lo recomendó. Soy un hombre atormentado. Varias veces e intentado suicidarme. No logro borrar de mi mente el chingo que creo ser. Entre al baño y cámbiese. O hágalo aquí delante de mí mismo. No me importa. ¡Pero encarne a mi madre! ¡Por favor!… (Sujetándose al saco de Ricardo Salvatierra.) ¡… Mamá!

RICARDO SALVATIERRA: ¿Qué le pasa…? ¡Quíteme las manos de encima…!

ROBERTO ANDRADE: Comprenda… este encuentro con ella puede ser grandioso… ¡Mamá…!

RICARDO SALVATIERRA: ¡Vamos…! ¡Déjeme…! ¡Yo no soy su madre! (Lo empuja y Roberto Andrade cae en el suelo.)

ROBERTO ANDRADE: ¡Ay! (Trata de incorporarse gateando hacia Ricardo Salvatierra mientras éste retrocede atónito.) Usted… ¡Usted, señor Salvatierra, puede ayudarme a resolver mi problema…! ¡Mamá!

RICARDO SALVATIERRA: (Huyendo de Roberto Andrade.) ¿Qué le pasa, se ha vuelto loco…? ¡No me toque!

ROBERTO ANDRADE: ¡Mamá…!(Se aferra a las piernas de Ricardo Salvatierra.) …¡Mamaíta!

RICARDO SALVATIERRA: ¡Suélteme…! ¡No soy ni voy a ser de su madre…! No puedo hacerme cómplice de un engaño. Usted nunca le informó a la compañía que era un chingo imaginario. (Gritando.) ¡Yo vine a actuar frente a un chingo de verdad, no un chingo de mentira! ¡Págueme o seré yo quien llame a la empresa para que lo demande!

ROBERTO ANDRADE: ¡No, eso no! (Se levanta del suelo. Sosegado.) Por favor… no se moleste. Perdone la escena… pero… pero no me pude contener… de pronto sentí un perfume de mujer en el ambiente y creí que usted era mi madre…. que se disponía a ser de mi madre.

RICARDO SALVATIERRA: (Sentencioso.) Págueme…

ROBERTO ANDRADE: Le pagaré inmediatamente. (Saca una chequera. Y elabora un cheque.)

RICARDO SALVATIERRA: (Tomando el cheque. Lo mira.) ¿Un cheque? Acordamos que era en efectivo…

ROBERTO ANDRADE: No tengo dinero en efectivo.

RICARDO SALVATIERRA: Está bien. Déjelo así. Lo cobraré ahora mismo en el banco. (Mirando el cheque.) Espere… no le puso su firma.

ROBERTO ANDRADE: Disculpe… los nervios me distraen… (Hace un cheque de nuevo y lo firma. Se lo extiende a Ricardo Salvatierra.) … ¿Todo bien?

RICARDO SALVATIERRA: (Revisando el cheque.) Todo bien… por ahora. Buenos días, señor Roberto Andrade. (Toma el paraguas y la maleta. Compasivo se queda mirando el aspecto acongojado de Roberto Andrade.) Que disfrute la cena, a pesar de la ausencia de su madre.

ROBERTO ANDRADE: Perdone la molestia, señor Salvatierra.

Ricardo Salvatierra sale cerrando la puerta. Roberto Andrade camina entristecido hacia la ventana. Pasea su mirada por la imagen de la ciudad. Luego cubre la ventana con la cortina. Se acerca a la mesa y se sienta. Se queda viendo la fotografía de Vivien Leigh. De improviso, entre la penumbra, se oye la voz de una mujer.

VOZ DE MUJER: «Cariño, puedes apagar la música de la radio. Por favor.»

ROBERTO ANDRADE: Sí, mamá.

Sobre el autor

Foto: Jairo Carthy y Rafael Yépez en la adaptación de la obra Producida por el Centro Internacional para el Nuevo Teatro.

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