literatura venezolana

de hoy y de siempre

Dos suites

Jul 17, 2025

Enrique Planchart Loynaz

a María Luisa
le están dedicados estos poemas
escritos bajo su mirada

1

AMANECER

Inesperada luz! Dentro del mango
Que concentra lo oscuro de la noche,
Se despertó una flauta subitánea.

Fue la saeta que lanzó la aurora
Hacia el profundo corazón del valle,
Y en él, exacta, se clavó vibrando.

Desmayada la sombra, sus cabellos
Todavía enmararían los alcores,
Y huye su sangre turbia por el río

La luz avanza en su caballo blanco,
Espumados de nubes los arneses,
Y mil vítores corren por el cielo.

Tiende un dosel triunfal la trinitaria
Sobre el tapiz de plata de la alberca,
Y levanta en los muertos pajonales,

El sauce vencedor su lanza verde.

SIESTA

Ángel o ave, el solitario instante
Que tú rechazas vuela en torno tuyo,
Y el silencio desciende de sus alas,
Que en suaves sombras pasan por tus ojos.

El sueño de las hierbas, oloroso,
Entre velos de sol, sube y te envuelve
En la glauca penumbra que desgarra
El fulgor breve de las hojas muertas.

La fina voz del niño que tú fuiste,
Por mil líquidos labios repetida,
Huye otra vez en la infantil corriente
Hacia el placer de hablar con los rosales.

Huye la voz, mas su mejor frescura
Domina blandamente tus sentidos,
Y los esparce por el valle claro
Hasta el confín donde la luz fallece.

NOCHE

Nocturna joya de alabastro y ébano
Guardada en el estuche de tu suave
Dormir, tan puramente, que la ansiosa
Mirada del amor más bien te ampara.

Arde la llama fiel cerca del lecho,
Pero tan castos son tus pies desnudos,
Que en vano siembra sobre el torso muelle
Sus misteriosas flores la penumbra.

Oculto el brillo móvil de tus ojos,
Te quedas de ti misma abandonada,
Y a vida más serena te transportas
Con el candor de una sonrisa nueva.

Pasado el corto linde del instinto,
En grave eternidad viertes tu hora;
E inmaterial, adquiere tu hermosura
El sentido profundo de la noche.

ESTRELLA

A veces una estrella me pareces.
Entre el millón de estrellas de los cielos
Una puedo escoger, igual a tantas
Otras, inalcanzable, misteriosa,
Y, sin embargo, mía; y ya por eso
Única y sola entre el millón de estrellas.

2

EL LADRÓN

Aquel hombre de aspecto bondadoso
Y de voz triste que llegó a la puerta,
Miró azorado el corredor tranquilo,
El corredor tan grato en esta hora.
¡Con qué lento ademán alzó la vista!
Y murmuró palabras tan humildes
Que no encontré en mi voz bondad bastante
Para que fuera suave la respuesta.
No vino a mendigar; y no pudimos
Siquiera como amigos saludarle;
Era un extraño, y se marchó al momento.
Después, en el zaguán, su andar cansado
Marcó su duda en desiguales pausas.

Aquel hombre de aspecto bondadoso
Era un ladrón. Cuando salió a la calle,
Rebusqué en mis adentros, y faltaba
Todo mi bienestar; la dicha misma
De nuestra casa se llevó en sus ojos.
¡Y de nada, de nada han de servirles!
¡Pobre ladrón sombrío que se aleja
Con una carga inútil de alegría!

Quizás piense volver; mas será nuestro
Entonces.
No ha de irse como ahora.

Deja, pues, como siempre, nuestra puerta.

EL MENDIGO

Señor, Señor, soy uno de tus pobres,
De esos pobres que has puesto en los caminos
A errar bajo la lluvia o entre el polvo
Candente del verano, y que no saben
Dónde está el pan que el hambre les mitigue,
El agua de su sed, y ni siquiera
La áspera piedra que será su almohada…

Señor, hoy resplandece, como nunca,
Tu gloria en cada cosa. El universo
Se adormece confiado, como el hijo
Que en el seguro pecho de su padre
Reclina su cansancio. La tormenta
Desbarató los negros nubarrones
En un largo y benéfico aguacero,
Y de la tierra toda se levanta
Como un hondo suspiro de descanso,
Y en la serenidad de este crepúsculo,
Parece que la noche, de puntillas
Y lenta, se acercara temerosa
De turbar algo de esta paz inmensa.

Señor, sólo en mi ser queda la angustia
Y sólo en mí persiste el afán diurno.
¿Por qué así me señalas al tormento?
¿Por qué la comunión de paz me niegas
Que a todas tus criaturas les concedes?

Dame un poco de llanto sobre el alma
Para entrar en tu noche bendecida.

EL REBELDE

Esta débil y ciega bestezuela
Que tengo entre mis manos, cuya vida,
Más nueva aún que el día, se conoce
Apenas en su torpe movimiento
Y en su grito sutil de hambre o espanto;
Esta criatura tiene ya el destino
Que trazaste Señor, uno y seguro.
Ni la dura estación, ni el lisonjero
Impulso de la fácil primavera,
Ni el mordedor del celo, la derrota
Torcerán que a su vida le impusiste,
Y de hoy más, obediente a tu mandato,
Seguirá hasta la muerte, siempre tuya.

Yo sé que igual discurrirá mi vida
Guiada por un mandato ineludible,
Y que tu voz suprema no habrá nunca
De responder al grito de alegría
O al sollozo que salga de mi pecho;
Mas sin embargo, en una y otra cosa
Hay tanto de mi ser, que ni sé cómo
Abandonarlas pueda a una orden tuya.

Rota la vena de la luz, derrama
Su pura vida en todo el universo,
Y a las formas magníficas se prenden
Ávidos los sentidos. Una hoguera
Es cada cosa, en ella se consume
Una parte de mí, pero subsiste
Algo distinto e incomunicable.
Y esa esencia, Señor, vive y es mía,
Y nunca será tuya, hasta mi muerte.

LA MAESTRA

Ella vuelve a su casa a la hora
De la frescor primera de los altanos.
Parece que fuera su mirada
Lo que refresca la tarde.

Sonriente, por haber ya concluido
El austero oficio de repetir
La humilde lección a las niñas de primer año;
Antes de entrar, se detiene,
Y contempla un rato el mar;
El mar cálido de La Guaira,
Que inicia su verdor vespertino,
En el fondo de la calle pendiente y angosta.

Allí, junto a su ventana
De torneados balaustres oscuros;
Detrás la calle pina
Con la torre blanca del Carmen
Y el cerro negruzco que impide ver el cielo;
Su figura rubia y esbelta,
Los ojos azules perdidos en el horizonte
Y la cabeza inclinada sobre el hombro,
Parece soñar una aventura.

Orgullosa de su grave oficio,
Ella desdeña sus quimeras.
Sin embargo, este momento de ensueño
Es toda su realidad espiritual;
El le ha dado esa apariencia de llama,
De cosa ágil, leve, ascendente,
Casi trémula;
Por él se le han agrandado los ojos
Y ha aprendido su boca una sonrisa
De irónica bondad consigo misma.

(Las noches de La Guaira son únicas en la tierra.
El árido peñascal se transforma
En algo como un jardín encantado,
De dondequiera brotan
Un efluvio, un sonido, un color misteriosos
Que dominan y embriagan los sentidos;
En la atmósfera tibia,
Conserva cada cosa
Un calor casi humano;
Y hay a ratos instantes en que se calla el mar,
Y su silencio sube, sube hasta el cielo.)

Ella desdeña sus quimeras.
Sin embargo, ya entrada la noche
—No olvidéis: una noche en La Guaira—
En la sala en penumbra, ella sola,
Le arranca su propia canción
A las cuerdas de su guitarra.

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