literatura venezolana

de hoy y de siempre

Borburata (fragmentos)

Ramón Díaz Sánchez

I El regreso a Herrera

Tengo buena memoria. Cuando me pongo a enhebrar recuerdos lo hago con precisión de cronista, no importan los años que hay pasado. Esto que voy a contar aquí comienza con nuestro viaje al valle de Borburata a mediados de 1953.

Viejo era ya nuestro Cádillac, vestigio solemne de una pulverizada opulenta, cuando salimos aquel día de Caracas con los corazones repletos de musarañas sentimentales, pero se mantenía aún lustroso gracias a las pomadas con que lo maquillaba Seló en los tiempos en que nos servía de chofer. Cuando su enorme carrocería de vaca sagrada llenó el estrecho camino bordeado de ceibas y de apamates, papá dijo emocionado:

– Caray, esto no ha cambiado. Está como la última vez que lo vi.

– ¿Y cuánto tiempo hace que lo viste por última vez? – le pregunté yo desde el asiento delantero que ocupaba con mi hermano Gonzalo.      

– Unos quince años. Tú todavía no habías cumplido los ocho.

Los demás guardaban silencio.  Carlos  Luis, nuestro pariente de Valencia, que nos había preparado la casa para el arribo, iba junto a papá y a la tía Javiera en el asiento trasero, y miraba con displicencia el desfile de la floresta. La tía Javiera – perfil de plata pulida, cabellera en copete de plata azulada– acariciaba a Armiño, su perro de plata que arrollado a sus pies dormitaba como un paje de los tiempos feudales. Pero el más silencioso de todos era Gonzalo cuyos gruesos guantes obscuros disimulaban la crispatura de sus manos sobre el volante. Yo me sentía opaca y con sueño pero para no dejarme vencer por el pesimismo dije sin convicción:

– Parece mentira…

– ¿Parece mentira qué? – indagó papá que luchaba con sentimientos análogos a los míos.

– Que no hayas vuelto a la hacienda en quince años.

–¿Y para qué iba a volver? ¿Qué sé yo de estas cosas?

– Tienes razón…

La casa apareció por sorpresa en su escondite de la floresta. Era un viejo y descascarado navío anclado en un golfo amarillo, con un amplio corredor de arcadas romanas y  un abierto  balcón  de madera  pintado de azul debajo de la techumbre de tejas ennegrecidas. Frente a la arcada, en el terraplén, había una alta cruz pintada de verde y encajada en una peana de vetusta mampostería. Y a su lado un rústico escaño, también de mampostería, en el que estaba sentado un zambo viejo, vestido de lienzo azul. Había muchas plantas en torno a la casa: clavellinas, una acacia cuajada de flores rojas, un lechoso repleto de frutos verdes.

– Bueno – anunció Carlos Luis aliviado– ya estamos aquí.

– Al fin – resucitó en un bostezo la tía Javiera. Uno tras otro bajamos del automóvil. El viejo zambo se había puesto de pie y gritaba con voz herrumbrosa hacia la casa:

– Trina, ¡hu! Acércate que ya están aquí.

Era un fruto negro y marchito, una e        sol, pero sus ojos turbios rodaban taimados alrededor de nosotros. Cojeaba un poco al andar. Carlos Luis nos lo presentó:

– Es Matías, el guardián.

– Buenas tardes, Matías – lo saludó papá con indiferencia.

Nos miró y pareció inventariamos. Añadió hablando a papa:

– Usted, don Fernando, debe acordarse de mí.

– Cómo no.

– Y usted, señora.

Hablaba ahora a la tía Javiera, pero ésta se irguió con un gesto que le era muy peculiar y le alargó la cadena del perro:

– Tome, hágase cargo de Armiño. Procure que le den de comer. Después le daré instrucciones.

En aquel momento apareció Trina enjugando sus manos en un mandil. Era hija del viejo zambo, una mujer aindiada con el pelo muy negro desmayado en 1a espalda. Inclinó la cabeza como si fuera a embestirnos y nos saludó con dos cortos graznidos:

– ¿Cómo están? ¿Ya llegaron?

– ¿Está ahí Miguelón? – la agredió su padre – ¿Y por qué no sale? ¿Se imagina que se lo van a comer?

– Es que lo mandé a comprar velas.

Los ojitos grises de la tía Javiera los desnudaban. Papá estaba cansado, aniquilado por el esfuerzo del viaje. Yo que me había puesto a mirar la casa entré en ella y subí al balcón. Carlos Luis me siguió. Después entraron papá, la tía y Gonzalo seguidos de Matías y de Trina. Al viejo la cadena del perro parecía quemarle la mano. Era un animal dócil, resplandeciente, solemne como un arca o como un Cádillac de plata 1abrada.  Y  esto  debía causar  desazón  a  Matías  que quizá  lo comparaba con los canes realengos de Borburata. Después he sabido que desde aquel sintió una  grana antipatía por Armiño y soñó con envenenarlo como había hecho con otros perros.

Mientras Carlos Luis y yo recorríamos el balcón, papá y la tía se metieron en la gran sala de “arriba” y Gonzalo desapareció no sé dónde. Carlos Luis se mostraba muy asiduo conmigo y hacía esfuerzos por parecer interesante. La verdad es que había realizado proezas para hacernos menos ingrato nuestro ostracismo. Para esto tuvo que descuidar sus negocios y venir a la hacienda en dos o tres oportunidades. Además se había comportado con desprendimiento y delicadeza. Respetuoso de nuestras costumbres, que no conocía, se abstuvo de disponer la colocación de los muebles – los enviamos desde Caracas en  un camión– pero en cambio hizo colgar los retratos de la familia estimando que su presencia en el enjalbegado salón tendría para nosotros el amable significado de una bienvenida.

Quince años son más que suficientes para que una casa se sature de la personalidad de sus habitantes, y esto era lo que había ocurrido a la que entonces íbamos a habitar.  Todo allí trascendía a Matías, a Trina y a Miguelón. El piso de viejas tablas ondulaba y crujía cual si cada una de nuestras pisadas le produjera una herida. Las paredes de antigua mampostería mostraban sus viejas lepras a través del reciente velo de cal. Lo mismo el encañado de la techumbre del que todavía colgaban festones de telarañas. Abajo, en el patio, y en el piso del corredor, grandes áreas habían sido despojadas de sus ladrillos y exhibían unas llagas negruzcas y purulentas cubiertas de un menudo musgo de cobre oxidado. Carlos Luis sentía necesidad de excusarse cual si aquellos estragos fuesen obra suya:

– Si ustedes hubieran estado aquí hace una semana… imagínate que la araña de la sala era un nidal de gallinas… Los cuartos estaban llenos de las cosas más raras: racimos de cambures, montones de yuca y de ñame, haces de leña…

Sin embargo, no todo era como para colgarse de un árbol. Las habitaciones lucían muy grandes y altas y los pocos muebles se dispersaban en ellas flotando en una mullida penumbra. Así concebían su vida, su intimidad,  las gentes de antaño: penumbrosa y holgada. Edificaban pensando en la prole, en los huéspedes, hasta en los fugitivos que podían llegar por la noche a buscar protección. Esos cuartos inmensos que circundaban toda la planta alta alrededor del salón, recibían el aire y el sol de los campos por unas grandes ventanas de reja abiertas en los robustos muros de calicanto. En ellos había Carlos Luis distribuido las camas de hierro con sus colchones y sus cobijas y había puesto además esteras de paja en el piso y floreros con flores en las mesitas de noche. Y esto fue lo que me indujo a estrechar su mano y a decirle en voz baja:

– Gracias, primo: Dios te lo pague.

***

En el vasto y blanqueado salón – para cien señoras rezando el Rosario o para cincuenta parejas bailando pavana– volvimos a encontrar a papá y a la tía Javiera. Los muebles, escasos, estaban amontonados en un rincón y los retratos que eran doce en total – todos al óleo, con marcos obscuros– colgaban como islas del aire en el horizonte descolorido de las paredes. Era lo que quedaba de aquellas generaciones de Herreras, Blancos e Infantes que sembraron el cacao, la sarrapia y la nuez moscada en el valle de Borburata. Fluyendo de las fuentes de la noche que se acercaba, unas sombras sutiles invadían el recinto insensiblemente. En la puerta de acceso, Matías, Trina y Miguelón habían venido a formar un extraño grupo entre curioso y huraño. Miguelon era un muchacho pálido y jorobado, hijo de Trina, que abarcaba en la finca una indefinible variedad de funciones. Ahora, de regreso del pueblo a donde había ido a comprar velas, sostenía la cadena de Armiño que le entregara su abuelo.                                                                                       

– Los viejos – oí que decía papá con suave ironía mirando uno de los retratos–, los viejos vuelven a su antigua querencia.

Y la tía comentando:

– Nunca se imagjnaron que volverían en estas condiciones. ¿No te parece?

–  No sé qué decirte. Tú, por lo visto, crees que si ellos no hubieran muerto no habrían cambiado las circunstancias.

– Ellos eran los que creaban las circunstancias.

Yo hice detener a Carlos Luis para oír lo que iba  a decir papá pero éste no hizo más comentarios. Se encogió levemente de hombros y marchó hacia un switch eléctrico que se destacaba en una de las paredes. Lo hizo girar pero la luz no acudió a su llamada

–¡Caray! – estaba positivamente alarmado–. ¿No hay corriente en la casa?

En efecto, no había corriente y Matías se lo dijo con sencillez, casi con alegría. Pero aquello era más de lo que papá y la tía podían aguantar.

– ¿Con qué vamos a alumbramos entonces?

– Aquí usamos candiles y velas.

«Lo mismo  que usaban  los viejos», tuve la tentación de decirles, pero preferí callar y seguir oyendo.

– ¡Candiles y velas! – exclamó la tía–. ¿Está usted  bromeando?

– No, señora: ésa es la verdad.

– Pero en el pueblo hay corriente eléctrica, y seguramente en las fincas vecinas.

– Sí, señora, pero a mí no me han dado nunca para ponerla.

La máscara de Matías, en la que vigilaban las pupilas de ofidio, tenía algo de reticente y desafiador que irritó a la tía.

– No me llame señora.

–¿Y cómo le digo, entonces?

– Señorita: soy una señorita.

– Bueno, como usted guste. 

Carlos Luis estaba alarmado.

– Matías no tiene la culpa, tía – explicó–. Yo mismo pedí la corriente pero aquí, por lo visto, no tienen prisa para estas cosas.

También yo acudí en defensa del viejo:

– No es para tanto. Una noche se pasa de cualquier modo.

– ¿Y quién me asegura que será una noche.

Entonces me decidí a mencionar a los viejos. Señalé los retratos con un gesto insondable:

– Todos ellos se alumbraron con velas.

– ¿Y a mí qué me importa? Ellos vivieron conforme a su tiempo; yo quiero vivir en el mío.

– ¿De  veras?

Sentí necesidad de reír. Era una virgen fuerte, la Juana de Arco de la familia, y me complacía polemizar con la tía. En el fondo un temor me acechaba constantemente: el de la derrota. Yo no quería ser derrotada. Cuando mi risa estalló en el salón todas las miradas estaban prendidas a mí. Pero a papá lo afligían las polémicas.

–¡Valentina, por Dios!

Entonces me volví a los sirvientes:

– Bueno, vamos a trabajar que nos coge la noche. Tú, Trina, ¿qué nos vas a dar de cenar? Ahora nos vas a mostrar para qué sirven esos cerros de ñame que Carlos Luis hizo sacar de los cuartos. Y tú, Miguelón, ¿qué haces con ese perro? Llévalo abajo y hazlo caminar por el patio… que se acostumbre como vamos a acostumbramos todos… Y usted  Matías…

– Mándeme, niña.

– No, con usted no me meto. Usted sabe lo que tiene que hacer.

Otra vez en el corredor del balcón, Carlos Luis intentó reprochar mi conducta pero yo le contuve con una sonrisa:

– No hagas caso. Si no fuera por estos encuentros ya yo hubiera envenenado a la tía. Ella necesita pelear con alguien y yo, por mi parte, también. Ahora fíjate bien en la casa…

– La conozco mejor que tú… He venido por lo menos diez veces…

– Pero, ¿la has estudiado bien?

– No sé lo que quieres decir …

– Aquí debieron ser felices esos viejos barbudos y esas señoras con armadores, ¿no te parece? Ellas en el balcón, bordando o leyendo y hasta tocando algún instrumento, y ellos abajo, en la hacienda, confundidos con sus esclavos, recogiendo y preparando el cacao para mandarlo al puerto en sus largos arreos de mulas. Allí lo esperaban los barcos que lo llevaban luego a La Guaira, a México y hasta a España, cuando lo permitían los holandeses.

– ¡Los holandeses!

– Sí, los holandeses. ¿No lo sabías? Y así dices que conoces la casa. Los holandeses eran los verdaderos dueños de esta comarca cuando  se construyó este edificio, y esos viejos barbudos tan serios y religiosos, y tan adictos al Rey de España, preferían negociar con ellos antes que con los católicos pelucones. Sus barcos navegaban por estas costas y se metían  en  todas  sus ensenadas. Traían  los  mejores paños, los vinos más finos y los quesos y dulces más ricos. Ahora que estoy aquí me lo explico mejor. Así se formaron aquellas fortunas y se compraron aquellos títulos de marqués y de conde olorosos a cacao y a tabaco.

–¡Pero eres una erudita!

Estaba exaltada. Olvidadas lecturas de los días del bachillerato fluían en mi memoria frente al campo crepuscular y a la cerrada muralla de árboles que se iba poniendo negra.

–¿Tú no has leído estas cosas? – pregunté a Carlos Luis con los ojos ardientes.

Pero él no tenía noticias de ellas.

– Tú sabes que yo no llegué sino al sexto grado. En seguida me empleé en el comercio. En cambio tú estuviste hasta en la Universidad…

– Sí, es verdad. Y además he tenido una gran maestra: la tía Javiera.

–¡La tía Javiera!

– Sin proponérselo, por supuesto. Tú apenas conoces a la tía Javiera. Es exactamente el modelo que yo no quiero imitar en la vida. Pero no hablemos ahora de ella. Mira el paisaje. Está anocheciendo. Imagínate cómo debieron ser, en estos lugares, las noches de aquellos tiempos. ¿Te lo imaginas?

Pero Carlos Luis guardaba silencio mirando el paisaje sin comprenderlo, anegado en una gelatinosa perplejidad.

–¿Te lo imaginas? – insistí con vehemencia.

– No – confesó confundido–,  te lo confieso: no tengo idea de cómo pudo ser esto ni siquiera veinte años atrás. Yo no soy más que un vendedor de radio electrolas y de lavadoras eléctricas. 

Mi risa revoloteó entonces como un murciélago y mi mano oprimió su brazo. Me sentía mefistofélica :

– Tienes  razón, pero no hay por qué  avergonzarse.  Dentro de doscientos años habrá  alguna muchacha que se acuerde de los vendedores de lavadoras eléctricas y será una universitaria. Únicamente que no se los imaginará en un sitio como éste. Es imposible que se imagine un sitio como este.

–¿Por  qué?

– No me interrumpas. Dentro de doscientos años ya las muchachas habrán ido a la luna. A mí me encantan los automóviles, la televisión y las lavadoras eléctricas, pero  ¿qué  quieres?  La  vida  tiene sus ironías y a mí, muchacha  terrícola  de un  momento de transición, me ha obligado a volver al pasado… Carlos Luis, primo mío, hay que forzar la imaginación para que el pasado no nos derrote. Por eso me ves aquí imaginando una velada de hace dos siglos, entre estos montes y oyendo el canto de las pavitas. Pero, mira: ya Miguelón está encendiendo las velas:

Era verdad. En el obscuro s.alón brillaba la luz temblorosa y la silueta del jorobado se desplazaba en una bruma amarilla. Todavía estaban allí papá y la tía Javiera y yo tuve curiosidad de oír lo que se decían. Pero aplacé mi deseo acuciada por otros impulsos. Allí, a mi lado, el asombro de Carlos Luis me ofrecía una maravillosa plasticidad de cera recién extraída. ¿Por qué me temblaba la voz al hablar? ¿Por qué me temblaba la mano al oprimir el brazo de Carlos Luis?

– Haz la prueba. Fíjate en el camino. No tardarán en aparecer unos negros con unos faroles y detrás de ellos un grupo de caballeros en sus caballos. ¿Los reconoces? Unos son españoles, otros son holandeses. Subirán al balcón, se sentarán a la mesa del comedor y desatarán las bolsas llenas de monedas de oro… Después pasarán al salón a hablar con las damas. Mira, aquélla es mi tatarabuela. ¿Me creerás si te digo que no sé su nombre? Bueno, eso es para que me sigas llamando erudita.

En  aquel momento,  en un  silencioso estallido, una ducha de luz brotó de la tierra, a lo lejos, y se pulverizó en una llovizna blanca sobre la cresta de la arboleda. Eran las luces del pueblo. Se las mostré a Carlos Luis:  

– Mira, la luz eléctrica. Ahora– le dije en seguida, tománole  del brazo–, vamos a oír lo que hablan papá y la tía Javiera.

***

Cuatro velas blancas de a real lloraban su luz de capilla en el insondable salón. Las sombras eran cortinas que colgaban del envigado y los abuelos bailaban su inmóvil pavana dentro de los islotes de sus cañuelas. Papá y la tía Javiera que ya los habían contemplado por más de una hora, seguían allí en su revista barriendo a escobazos menudos el polvo de sus recuerdos. Nosotros no penetramos en el salón sino que permanecimos fuera de él, en la puerta oyéndoles evocar. A mí me parecía mejor este distante espionaje, lleno de lagunas y de pereza, que la captación de un diálogo continuado con todos sus lugares comunes y sus inevitables impertinencias. Por lo demás, ya conocía todo lo que era necesario saber acerca de los personajes de los retratos. Aquel rígido caballero de gola y jubón, con su barba afilada y sus ojos sin vida, era el antepasado por antonomasia, un contemporáneo de Carlos II de cuyos hechos se conservaba una vaga memoria y cuya pintura pudo lo mismo ser heredada de su auténtico original que, comprada en el Rastro por algunos de los Herreras o de los Blancos que hicieron el consabido viaje a Madrid. A su lado, plagado de lamparones, estaba el retrato de una señora con el afrancesado atuendo de fines del siglo XVIII y en cuyo rostro la herencia del tiempo había dibujado una mueca perturbadora. Era doña Felipa de Monasterio, casada con un Infante. Hijo suyo fue el tatarabuelo de papá y de la tía Javiera. Este tatarabuelo era el que aparecía en el cuadro siguiente con un inconfundible aire de godo de los días de la Gran Colombia. ¿Qué había hecho por el nuevo país surgido del crisol de la Independencia? Se había venido a vivir a la hacienda como lo hicieron después sus hijos y los hijos de éstos. Papá y su hermana los contemplaron por enésima vez y cruzaron algunas palabras. Conocieron tiempos mejores a pesar de las conmociones políticas y de las inquietudes de los esclavos. Aunque el café, fruto republicano, había desplazado al cacao del episcopado económico del país, todavía el rico theobroma encontraba buenos mercados en el comercio internacional. Allí estaban también aquellos señores con sus levitas románticas y con sus rostros llenos de pelos. Grandes debieron ser sus apuros cuando a José Gregorio Monagas se le ocurrió la pesada broma de libertar a los siervos. Papá se detuvo frente a su padre y llamó la atención de su hermana:

– ¿Te acuerdas de él?

– No me voy a acordar…

– ¿Y de ella? – añadió señalando a su madre.

– Desde luego.

Su padre se llamaba Martín, Don Martín Herrera y Blanco, y su madre Melchora, Doña Melchora Infante y Monasterio. Recios como horcones de vera, la vida de ambos fue un constante viajar por los intransitables caminos de aquellos tiempos: de Caracas a Valencia, de Valencia a Puerto Cabello, de Puerto Cabello al valle de Borburata. Y gracias a la tenacidad de aquel hombre de patillas rizadas; la finca de Herrera, igual que la de Goaiguaza y que las casas de Valencia y del Puerto, pasaron sin un gravamen al poder de sus hijos.

– Tú debiste seguir su ejemplo – reprocho la tía a papá con su voz regañona–, pero te quedaste en Caracas y te pusiste a estudiar derecho. ¿Qué ganaste con eso?

– No  tenía  vocación,  pero  él se empeñó. Y tú sabes que cuando él se empeñaba…

– No tenías vocación… Pero, ¿es que la has tenido para algo en la vida? Tu única vocación fueron las carreras y el Club Venezuela. Por eso te ves ahora en aprietos.

–¿Y tú?…

– No, yo no he malgastado lo mío, a Dios gracias.

– Malgastaste tu juventud.

–¿Por qué? ¿Porque no me casé? No me iba a entregar a esos botarates que me rondaban porque era rica.

– Fuiste muy exigente, muy goda… y te quedaste para tus perros.                   ·

La tía se mostró ofendida: 

–¡Fernando! ¿Quieres que me largue ahora mismo y los deje aquí muriéndose de hambre?

Yo miré a Carlos Luis y éste me dijo con la mirada: «No te preocupes. Lo dice para asustarlo. Y si se va, aquí me tienes a mí». Pero papá que no vio la sonrisa de Carlos Luis se humilló como de costumbre:

– Bueno – calmó a la tía–, no hablemos de eso, pero te ruego que no me ofendas.

– Eres tú quien ofende.. ¿Qué tienen que ver los perros en esto? Los he querido porque son buenos, decentes, mejores que muchas personas.

– Está bien, está bien. Mira: ésta eras tú cuando tenías veinte años. 

Habían llegado frente a sus propios retratos y se contemplaban en ellos como en dos espejos de encantamiento. El de papá tenía cierto aire de actor que recordaba a Femando Díaz de Mendoza. El de la tía era una reticente Madona cruzada de institutriz con unos rubios cabellos lisos recogidos hacia la nuca. Ella se miró en su espejo retrospectivo e hizo una mueca:

– No quedé bien en esa pintura. No me gustó ese pintor asqueroso que  llegó a casa recomendado de España.

–¿Y por qué le posaste?

Porque papá se empeñó.

– Ah, de modo que él se empeñó. ¿Y por qué no te opusiste?

Yo dije a Carlos Luis en voz baja:

–¡Qué tontería!

Y la tía, en vez de replicar a papá, le mostró el retrato de mi madre:

– Ahí tienes a tu mujer.

Cristina, mi madre. Apenas la conocí, pues murió cuando yo contaba tres años. En el retrato aparecía con una ingrávida gracia prerrafaelita, casi diluida entre gasas y resplandores. A papá – se lo oí decir varias veces– le recordaba a la Beatriz de Cristóbal Rojas. La pintura había sido hecha en París y a él le parecía una obra maestra de colorido y psicología. Era la mujer que había amado, la que le había hecho feliz y que murió en plena juventud cuando daba a luz a Gonzalo. ¿Habría sido menos desdichado, menos indiferente y menos cobarde si su mujer hubiese envejecido a su lado?Era hija de un conocido político de los días del crespismo – el general y doctor Inocente Mendoza–  y su carácter, según oí contar a mi padre, ofrecía una extraña variedad de matices: dulce, tierna y apasionada solía al mismo tiempo mostrarse terca y empecinada como una mula. A los dos personajes que se reunían en mi abuelo Mendoza – el general y el doctor– los metió Juan Vicente Gómez en un calabozo y de allí no los dejó salir sino para el cementerio. Gonzalo nació a raíz de la muerte del dictador y mi madre murió cuatro días después. «¿Cómo está la política?» – cuentan que preguntó a mi padre–. «¿Quién va. quedarse con el coroto?». Y cuando él le dijo que iba a quedarse el ministro de guerra ella oprimióle la mano y se despidió con estas palabras:

– Es lo natural. Si veo a papá allá arriba le diré que en Venezuela no cambian las cosas…

***

Durante un buen rato más Carlos Luis y yo nos quedamos en el balcón y saboreamos la noche que estaba dulzona y embriagadora como un coctel de estrellas. Todo era sombras abajo, con chirridos de grillos y gorjeos misteriosos en la floresta, pero a distancia el reflejo del pueblo seguía espolvoreando los relieves del monte, y más allá, donde las miradas no podían alcanzar, se presentía el mar lle­ no de estelas fosforescentes.

– Me voy a dormir – dije a Carlos Luis en voz baja– porque mañana quiero madrugar para recorrer la hacienda.

–¿Quién te acompañará?

– Los que quieran. Voy a llevar a Matías de baquiano.

–¿Quieres que vaya contigo?

– Si es tu gusto.

Le tendí la mano y él la retuvo en las suyas:

– Gracias, prima: qué bella eres.

– Gracias, primo: no sé qué habría sido de nosotros sin tu generosa ayuda.

– No hablemos de eso. Pero dime una cosa antes de que te vayas: ¿te sientes con fuerzas para este lío en que te has metido?

–¿Cuál lío?

– Esta empresa que has proyectado. Ya sé que eres tú la que lleva los pantalones en esta casa, pero dime: ¿te sientes con fuerzas?

– Voy a intentarlo…                                                        .

–¿Con qué vas a comenzar? ¿Necesitas dinero?

– Tenemos la tierra.

Paladeó sus escrúpulos en silencio y por fin me soltó la pregunta que le estaba hostigando la lengua:

– Prima, ¿por qué no te casas?

Pero yo le rompí la emoción suavemente:

Por favor, no hablemos de eso.

***

Ya en la habitación que se me había destinado me incliné sobre el lecho y mullida almohada nerviosamente. Mis labios temblaban un poco: «No voy a llorar… No voy a llorar. Esto no se resuelve con lágrimas”.

Sobre la mesita de noche, al lado del florero con flores, puse el retrato de mi madre que siempre llevaba conmigo. No era la vez primera que dialogaba con él.

-Bueno, Cristina – le dije–, ya estamos aquí. ¿Y ahora qué?

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