literatura venezolana

de hoy y de siempre

De muerte lenta

Elisar Lerner

1. Tertulias de la historia

Estaba por entrar a las Residencias Amapola, una de esas edificaciones aparcada en los antiguos afeites de una clase media de los años cincuenta. Subidas pinceladas de un amarillo ocre, en medio denotan disimuladas amenazas de próximos derrumbes, traían un rápido recuerdo de accidentada niñez. Tumulto de asus­tados escolares que van al control sanitario en construcciones selladas de alguna descarada turbación ocre en la fachada. En el portal, los botones del tablero que conectan con el intercomunica­dor de los apartamentos, para el ojo aquejado por alguna indispo­sición de la vida han de ser página ilegible o de rúbrica fatigante. En algunos renglones, ayunos de ellos, como orejas arrancadas de cuajo en medio de una riña poco recomendable. Mi ingreso, final­mente, resultaba una operación humillante, desprovista de amis­tad, al borde de la ignominia. Hube de responder ,casi siempre, a alguna conserje de humor infernal que, desde lo íntimo de sí mis­ma, no alimenta los almíbares de una música para el hogar. En su lugar, en plan de conserje, hubiera añorado, incluso, los gritos de Anna Magnani en Roma, mudad abierta.Una retardada mañana de agosto de 1986 o 1987,a las puertas del Amapola, ese otro grito que eran sus ojeras de posguerra no me hubiera, aún, inclinado a percatarme de ningún otro ulterior derrumbe. Debo consultar mis notas a fin de no discrepar en cuanto a la precisión en el año.

Una vez dentro, entré en la sospecha de que una estancia en Residencias Amapola es el último refugio escogido por un hom­bre para morir. Superadas las incomodidades del holgado -pero, poco confiable-, ascensor (en cada visita rechiflaba por los aires como un camarote poco imaginativo: por ningún lado se otea el mar) me dirigía a un apartamento del tercer piso entre pasillos que se enrollaban como una tela mortífera a mis pies. Me detuve en una de las puertas a leer, entre luces desteñidas, un menudo aviso escrito a mano con lápiz perezoso: «Elvira. Peluquería y masajes». Sobre una plaquita metálica amarilla en espesas letras negras, más allá, al lado de otra puerta, para mi sorpresa, leí lo que ya creía antigualla borrada por el tiempo: «Dr. Virgilio Flores. Enfermedades venéreas». Frente a la longevidad de esa placa, metálica ya amarilla, de dudoso profesionalismo, no dejé de pen­sar en los restos de alguna armadura medieval. Robada, quizá, de un museo y luego vendida en alguna tómbola callejera.

¿Quién podría asegurarme si el hombre al que más que solicitar, mendigaba una entrevista era propietario de años en el Amapola u, otra vez, burlando mi curiosidad, fingía ser inquilino de mensualidades irrisorias? Casi nunca escuché desde su apartamento alguna voz franca que dijera: «Entra». El personaje sólo accedió a lo que siempre fue agenda agridulce. Añoranzas descabezadas. Bruscas confesiones que no venían a cuento. Nada angélicas dolencias del humor solitario. Ilógico colofón. El sitio donde más temprano que tarde la presurosa vejez del día reposa en un inmenso tacho de basura, lo que el día expele para que se haga noche, en la vecindad de una puerta entreabierta con desgano, me hallé frente al apartamento del escurridizo doctor Carlos Pedraza. Dar con su paradero (el consentimiento para una pri­mera visita conferida sin mucha prisa de su parte), ha significado, entre otras cosas, resultado del esfuerzo considerable de una correspondencia llevada con perseverancia y astuto denuedo por mi tutor dela Universidad, el Flaco González. En la realización del proyecto académico con el que aspiraba dar término a mis años de no muy empeñoso estudiante en la Escuela de Historia, según su nada desdeñable criterio, podría irme de perlas que el doctor Pedraza me echase una mano. El Flaco González, en visi­tas a su cubículo, con su descaro habitual, suele repetir: «…La his­toria de un país que, no siempre, ha sido gobernado por los mejo­res o más honestos, sólo se la empieza a conocer no con entrevistas a los que, aunque duros de oídos, apenas escuchan algún acorde del Himno Nacional, abrigan nostalgias presidenciales nunca curadas por algún golpe de Estado…».

Los consecuentes rings de Cesáreo López, un no menos oportu­no padrino avistado en esas pistas de aterrizaje forzoso que son nuestros bautizos de libros de temas históricos nacionales y pro­sa catastrófica (también nacional), han contribuido para que el inevitable doctor Pedraza se disponga a ofrecer su hospitalidad brumosa de hombre amante del anonimato. «Un tipejo como yo, al que no se le tiene en mucha estima, pasa por debajo de la mesa. Pero deje de ir a esas obligadas inauguraciones y verá, pobre de usted, que nunca llegará a sentar cabeza de intelectual mediana­mente reconocido», dice el Flaco González mientras me despide y se prepara a atender a otro tesista. La fama me importaba un bledo. Era uno más en el bárbaro flanco de los jóvenes y descono­cidos tesistas en ciernes. En esos predios -estaba visto- el entu­siasmo por un joven equivale a la compra de un terreno donde construir, sin escollos, una casa para toda la vida. «¡Ay, la juventud! ¡La juventud! No hay mayor glamour …», recuerdo que me dijo, en uno de esos crepusculares encuentros de las librerías, una de las damas, a veces tan hermosas que procuran corregir el paso delos años usando nuevos lápices labiales para la boca. Con  la edad, no se aficionan a su propio pasado. Antes, por el contra­rio, adquieren efusivos compromisos con los cultores de la histo­ria patria. Devienen en atractivo mayor cuando concurren a los ágapes de los académicos del pasado. Si tenemos en cuenta, sobre todo, que nuestro pasado ha sido una ruinosa y sangrienta impaciencia. Un humor ligerito, la sabiduría, la tolerancia termi­na dando a los cuerpos de tan seductoras mujeres un desigual racimo de amantes que no arrasa con la virtud de sus bolsillos y, sí, apenas ha rasguñado un poco la costra durísima de su corazón. En los crepusculares encuentros de las librerías se elogia para no estar asolas. Para alejar un desconsuelo que, al final del evento, casi siempre se dibuja en el rostro de los presentes. Las alabanzas itinerantes, dichas en medio de una avalancha de abrazos y saludos afectuosos, son como firmas en un cheque falso. No se ofrece Etiqueta Negra y, mucho menos, caviar como en épocas de mayor esplendor. A última hora, de la bandeja de un distraído mesonero, si uno es persistente, puede arrebatar algún tequeño. Con suerte, dos. Más bien quemaditos que rozagantes. Un tequeño es la Patria. El alma de la Patria. Mientras se le mordisquea se tiene la seguridad de batir la mandíbula cual una bastante alborozada y nativa maraca. Mientras la mandíbula hace su tarea, la murmuración es admirada como un díscolo ramalazo democrático. Los datos que obtuve rebasaban, de manera inimaginable, el bagaje de un tesista. Pude enterarme, sin afanarme demasiado, de que Cesáreo López, introductor de mucha valía ante el doctor Pedra­za, habría sido durante casi toda su vida secretario indiscutido y poderosísimo de varios ministros e, igualmente, de otros dignata­rios más difusa gestión. Circula sobre él la versión dominante de ser hombre afable y, a la vez, muy enigmático. En tardes de bautizo de libros de contenido preferentemente histórico, su bonhomía, la sonriente amabilidad de que hace gala luce desca­bellada o a destiempo. En los que han sido poderosos la sonrisa es una flor preciosa que no arraiga en terreno propicio.

En Cesáreo López, el enigma tenía su origen en el gran poder que habría disfrutado en años anteriores. Hay ciertos personajes a los que, cual una posguerra aciaga, un misterio evidente les sigue marcando. Los coches de vidrios neblinosos, tras los cuales se ocultan, aún en su modestia, recuerdan la privacidad de los primorosos cobertizos ingleses donde ha tenido lugar un drama humano. Lo más doloroso para ellos, fuera del poder, es despojar­se de sus sombreros hongos, de un lujoso cosquilleo de terciopelo que se hunde casi hasta sus cuellos de gruesa alcachofa. Un sua­ve movimiento hacia delante del sombrero lujoso, por parte de alguien de los que ostentan el mando, es murmullo aprobatorio, arpegio, acorde que asciende y es oído por todos. Ansiado por algunos, en un pasillo del aeropuerto, en horas del trajín viajero.

En una posición de enorme dominio público, han sido como cajas fuertes, obligados aguardar secretos, distancias o aproxi­maciones estratégicas. El aura de un misterio era una única frus­tración (o protegerse ulterior) hacia los años en que la silla gira­toria, desde donde despachaba, se movía por todo el salón como un sol amistoso. En presencia de Cesáreo López, la gente se sen­tía reconfortada. Llegaba incluso a ilusionarse, a reír casi com­placida ante una inesperada salida del poderosísimo funciona­rio. Se hizo famoso el trato gentil, incluso ameno del señor Cesáreo. Como entretenedor inusual, calmó, a las mil maravillas, la desesperación importante de cantidad de personas olvidadas de un dinerillo oportuno. Agobiadas por necesidades perento­rias, se convertían en atentos oyentes. Cesáreo, el colaborador constante en los gobiernos democráticos, era un conversador habilidoso. Al igual que un cantante de éxito que, dentro de su amplio repertorio, siempre tiene a mano una nueva canción para animar al público, Cesáreo hacía casi lo mismo sacando a la luz temas inéditos para animar la audiencia. Lector aplicado e inteli­gente, oírle discurrir en torno a las últimas novedades editoriales hacían menos apesadumbrados los días a cualquiera que se le ocurriera venir en demanda de un acomodo en la nómina o una pensión insignificante para aliviar el hambre. Algunos todavía con una sonrisa a flor de labios, pocos minutos después de haber abandonado la sala de audiencias, caían en cuenta de haber sido escamoteados en lo más esencial y perentorio de sus necesidades. Se había estado en palacio para admirar la inteligencia y versatilidad de un intelectual amable y comprensivo.

Nuestros países sufren, en asalto intermitente, el brusco y hasta cruel estilo de sus gobernantes. A la hora álgida de demandar un favor, cierta ilustrada simpatía por parte del gobernante puede confundirse con munificencia hacia el prójimo. Al final de algún afortunado encuentro con los encumbrados de turno, acaso se desprenda alguna pizca generosa departe de ellos. A las citas del poder se asoman los eternos vivos y pedigüeños de siempre. Amén de algu­nos fanfarrones que gustan evocar cualquier cafecito ofrecido por algún caritativo mesonero de palacio, conocido al albur. Des­de del alto poder, era un país necesitado de funcionarios versados y sensibles. Pero, la moderna erudición de Cesáreo López, su inalterable disposición para oír entre un trasiego de papeles oficiales cuyo crujir palaciego le daba placer (le recordaban las voces pul­monares, el enconado y persistente ronquido de fumadoras sil­vestres de las ortigas de su recóndito pueblo de origen, el comien­zo de un mal humor natal) terminó, a la postre, por ser de poco o relativo alivio para todos aquellos que venían a un desesperado encuentro de ayuda y protección. Al decir de muchos, en los años que fuera pieza influyente de los gobiernos, el talento sólo le habría servido para musitar consejos irrealizables y, la más de las veces, irse por las ramas. Nuestro Cesáreo del Gran Poder, sin poner en jaque el tiempo palaciego, como un amante experto (acaso lo habría sido) siempre se las arregló en disponer de unos minutos para atender e inundar con un considerable número de elogios a algunos jóvenes talentos que había conocido en sus años de intelectual casi desconocido. Sus muestras de cariño nunca fueron ejercicios de zalamería indolente. Cesáreo López elogiaba, también, para no estar a solas. Para seguir con el que había sido y esperaba -algo escéptico- volver a ser. Ave que se escabulle en su vuelo. Del plumaje, días después, los que habían concurrido al palacio, todos recordaban un verde de reconfortante té de menta junto aun rojo de moneda antigua bordeado de amarillo. De haberlo visto alguna peluquera, con deseos de engrandecer su negocio, ya hubiera querido copiar ese color de oro para dar un consiguiente toque de belleza inusual a sus clientas rubias. Pero, las peluqueras están muy ocupadas con sus mesillas para la manicura. No miran esa otra mesa, de cambiantes manteles azu­les o grises, llevada de un lado a otro por las patas rodantes que son las alas de bellos y amazónicos pájaros en vuelo, como ese ejemplar palaciego nunca teñido por la sangre de algunos delos que habrían estado en su despacho.

Casi al filo de la medianoche, un veterano reportero de la fuente política pudo observar cómo el señor Cesáreo, dando fin a una de sus agotadoras jornadas, tomaba un par de pequeñas grageas de rosada tonalidad, colocadas como una aguja en un pajar, en el escritorio monumental detrás del cual solía recibir la gente ano­tada para el día. «Servirán para cortarme el dolor de cabeza. Pero son estas piedritas las que hacen el camino hacia el poder», habría confiado Cesáreo López a quien, después de todo, podía considerar como un colega. «¿Qué era el poder? Un estado de oprobio constante, de crónica fatiga y la inquietud subsiguiente de enterarse en torno a asuntos, en apariencia, insignificantes pero muy dolorosos. Volver sobre lo mismo: a la cualidad enigmá­tica y paciente requerida para guardar secretos, confesiones escuchadas en medio de las prisas y mortificaciones de alguna penuria financiera. Mientras se está en el mando, la dosis conve­niente de dóciles grageas permite salir adelante para informarse, antes que los demás, de hechos menudos, finalmente feroces, o dichos por los que esperan hacinados en la habitación contigua», concluía el periodista visitante luego de que contemplara al per­sonaje en su despacho, llevándose a la boca los comprimidos color rosa que le atajaban el dolor de cabeza. Piedrecillas que abrevian el camino para mantenerse en la cúspide desde donde se decide el destino de los hombres.

Lejos del poder, Cesáreo López se dedicó a escribir páginas de mucha paz gramatical. En él no cesaron las señales distanciado­ras de un espejo que no filtra todas las verdades. Silencios calcu­lados como en un negro pizarrón de clases -abismo negro de la historia- en mitad del diálogo más desprevenido. En distintos cafés de algún centro comercial vertiginoso -ese otro palacio del poder- sostenía conversaciones incidentales a objeto de mante­ner los enigmas despiertos. Ahora, que ya no era hombre público, añadía algún gracioso rumor privado. Seres que le son próximos vienen a nutrirle de noticias. El más fiel suele presentarse en mangas de camisa azul. Hombre cincuentón, con calva de mati­ces rosáceos. Su camisa azul parece expresar una ruda convale­cencia. Si hace buen tiempo, entre tres y media y cuatro de la tar­de, para envidia de un ama de casa obsesiva, la calva del amigo de Cesáreo López brilla como un parquet bruñido, encerado por manos expertas. En la superficie posterior de la cabeza, en uno de los bordes del escaso pelo gris que, como unas gradas vacías rodean la calva, sobresale una protuberancia, también rosácea, de circular perfección. Trazada como en la mesa de geometría de un consumado arquitecto. Un callo pesaroso del acto de pensar. O de la soledad de andar entre los calvos del mundo, añorante del cabello que temblaba en la frente como una verja que se abría al paso de los amigos. Don Cesáreo sólo pide pequeñas tazas de negrito o con leche sin azúcar. Hay mandos que acostumbran a paladeos más complejos. Los mesoneros no se muestran impa­cientes. La leyenda del poder (aun en su empobrecida versión retrospectiva) es un éter que adormece sus pasos. Las tardes imprevistas en que don Cesáreo López hace su aparición en algu­no de los cafés, sobreviene la comedia clandestina de un marido adulterino en el suave secreto con que combina unas citas para distraer el tiempo -nunca apaciguado- del que, por buenas o malas razones, ha quedado fuera del alto gobierno.

En el rito adormecedor de pasar la lista ciertos enseñantes uni­versitarios dejan colar alguna información sobre el rico arsenal histórico en los genes de algunos de sus alumnos. El rastro de antigua sangre política en un estudiante de figura enteca, rostro pálido sólo mecanografiado por marcas hechas como por un rotu­lador, quien no se desprende, ni para ir al baño, del desastrado maletín de un tío abuelo que gobernara junto al general Gómez. El bajito que se hace acompañar del fantasma algo ortopédico de un bastón de inválido rico. Sus piernecillas flacas y esmirriadas no tienen la corpórea entereza para llevar adelante, como un camión de mudanzas, de un lado para otro, el rimbombante vio­lonchelo, cubierto por un paltó larguísimo. Le llega casi hasta las rodillas y como funda para instrumentos musicales le protege el torso. En las clases, sentados en primera fila, parecen precoces abonados para la ópera. Quizá, el bajito en su nutrido torso, prote­ge la memoria musical, los deseos de una exquisita cantante obe­sa. Pero, mis tímpanos humillados por la demasiado familiar vol­tereta hacia el pasado sólo oyen que alguien, desde la tarima didáctica, como en medio de una fiesta poco animada, está cas­cando nueces con eficacia.

Al contrario, está demás decir que en la índole de mis apellidos no corre ningún flujo ministerial sanguíneo de este siglo o del otro. ¿Será esa menesterosidad la que, finalmente, me ha anima­do para un proyecto académico que hace un guiño, no demasiado alborozado, al pasado? Oída mi inquietud, el profesor González deja al descubierto los mismos incisivos que sonríen con beneplácito apenas reciben el harapo protector de las tazas del café negrísimo al que es tan aficionado. Mi tutor, el profesor González, es jorobadito. Entre las aulas y lospasillos de la Facultad parece moverse con la rapidez de un profesional de la danza. Era una sorpresa que no impartiera sus clases enfundado en un frac como Fred Astaire. Quizá no haya encontrado la Gingers Rogers que lo acompañe en un bailoteo más tenaz y exitoso. O, quizá, la joroba colgada equívocadamente al inicio de la espalda, sea su Gingers Rogers, la compañera que nunca le abandona una vez cesadas las agilidades del ritmo. En la pista de baile algo averiada de su cuer­po flaco, menudo y tan ágil, su joroba resalta como una maleta cerrada con violencia en la huida tormentosa de un viaje emprendido a toda prisa. Y, atascada en un cuerpo más bien pequeño, voluble y vivaracho, como el de casi todos los gibosos que realizan alguna actividad intelectual con más que mediano éxito u osadía. A su rostro, delgadísimo, una B larga estampada en la cara (para no hablar de una B de burro tratándose de un despabilado tutor como el mío) sólo lo acicala el postre o dulzura de un par de ojos de mirada alerta y casi hermosa. El Flaco Gonzá­lez comenta -una astilla su voz- que, en nuestro país, los que han tenido poder terminan por guardar la memoria al fondo de un armario: «…pesado abrigo invernal en desuso que pesa mucho en el transcurrir de los leves días tropicales por vivir». Una astilla, un alfiler que rasguña en la oreja de los otros.

Unas cortinas de tela gruesa y tonalidades amarillas compradas en el regateo y realizadas, con toda seguridad, en tiempo récord por alguna costurera gallega de la vecindad, mantienen oculta en una salita comedor, débilmente iluminada, la ventana que da a una calle poblada con escaparates de zapatería para niños, minusválidos, enfermeras de corazón hecho a la medida de los minúsculos tacones de sus zapatos, y a alguna tasca olorosa a gruesa imprenta mediterránea de calamares en su tinta. Al tér­mino dela esquina, está situado un quiosco de venta de periódi­cos y de revistas desde donde, por igual, se venden constitucio­nes, leyes de comercio y El País de Madrid. Las pocas veces que abandoné Residencias Amapola hacia las siete u ocho de la noche (esa hora triste, por lo general, lo pesca a uno saliendo de una consulta médica) en el borde de la bocacalle próxima, sor­prendí el anuncio luminoso de un restaurante chino. Es superior la calidad (y, por supuesto, el costo) de los restaurantes asiáticos establecidos en las urbanizaciones elegantes. En la oscuridad de la noche, aún temprana, las invitadoras luces verdes de burdel en el anuncio -guirnaldas de farolillos plisados y rojos- sugerían una comida excepcionalmente cordial.  

Un hombre algo brusco, a la vez amistoso, acaso signado para más olvidadizas agendas, con mano donde para el gusto conven­cional no prosperaba ningún anillo señaló hacia un chéster tapi­zado de cuero negro, a primera vista no muy flamante. De segui­das, tomé asiento. Percibí cierta derrota en la bienvenida. Pero, media hora después, el doctor Carlos Pedraza no tardaría en des­tilar anécdotas en rededor de los tiempos en que, a las doce del día, se juntaba con los amigos frente a una conocida barra del centro. Se iniciaba en los bares una primavera desbordada. Las horas de trago junto a los amigos. Me había recibido con batín de seda color burdeos, algo deslucido en los bordes de las mangas. Hubo la época en que su hechura debió ser muy buena. Lo proba­ble es que no haya gozado de prudente disfrute vacacional en algún closet. «¿Whisky para el joven? En el aparador queda whisky. ¿Sólo agua mineral?» Mientras bebe (apenas ha empeza­do) se atisba en él la familiaridad picante y agradecida del hom­bre que, a través de los años, no obstante el abundante tío vivo con otras mujeres, no ha olvidado la pertinaz compañía de alguna amante que acudía a sus llamados con los pies recubiertos de un calzado rojo e insolente. ¿La aceptación de un tiempo anterior donde reina alguna mujer marcada por las ilegalidades del cora­zón, le impide, acaso, una sinceridad extrema, pulcra?

«¿Para paliar la soledad puede pedirse mejor compañía? ¿La de un joven tesista que sólo toma económicos sorbos de agua mine­ral?». No se trataba sólo de su desaprobación y desencanto ante la botellita de agua mineral que me habría apresurado a elegir. Sino de su desaprobación desencantada cuando, sin éxito alguno, intentaba recordarle la finalidad de mi visita. «¿La presidencia de Gallegos en 1948?¿Meter sus narices en gobierno tan breve? Ami­guito: ¡usted bromea! ¡Es como gastar pólvora en zamuro! ¡Ben­dito Black and White! Me serviré otro trago. ¡Más fiel que las mujeres!». De veinte años -¿serían veintiún, veintitrés años?­ para nada colaborador inmediato, cercano al presidente. Sólo lle­gó a ser inadvertido funcionario de un gobierno casi inexistente en el corazón histórico de la nación. Mi anfitrión (había que lla­marlo de alguna manera) sólo precisaba de un vaso bien provisto de una porción considerable de whisky Black and White para seguir, casi sin interrupciones, por cerca de dos horas a objeto de no decaer en su verbal regateo. «¿González, su tutor de la univer­sidad se ocupa en decir que el pasado es lo único que nos pertene­ce? Hay que huir, huya de los profesores de historia cuando aún se tienen buenas piernas. ¿Las tiene usted? Huya entonces, corra. Les conozco bien. Todos unos personajillos llenos de las ínfulas de sus malos humores.»

No había algo más parecido al mal humor y a la mala salud que las tramas caprichosas de la historia. Los órganos enfermos gruñen, chillan, se quejan al igual que las arbitrariedades e injusticias de la misma. En las palabras, tan húmedas de Black and White, los hechos del pasado además de molestar, enormemente, como órganos enfermos no eran otra cosa que una reunión familiar mal avenida -por demás feroz-formada por parientes turbadores. Seres oscuros, odiosos, de trato irritante. Poquísimos de ellos orientados por el cariño hacia la amable libertad y la comprensión tolerante hacia el prójimo amigo. Dominados sus eventos, más bien por el caos, la sombra, las palabras altisonantes e impacientes, con pocos detalles de belleza y de alegría. El tesista, al momen­to, sólo venía preocupado por la salud precaria del vaso de escocés temblando en las manos del anfitrión como un bebé quebradizo.

«Antes devenir aquí he rastreado en algunos viejos periódicos. A la toma de posesión de Gallegos siguió un gran ágape de intelec­tuales. ¿Le llegó invitación para el mismo?» La fiesta antigua se ilumina con las dificultades de prender fósforos en la oscuridad de la memoria. No tardará en aparecer la pequeña llama azul, alegre como un bombacho árabe. La llama del recuerdo, su inse­gura corona: mínima cúpula, dorada y temblorosa. Se ven esmó­quines de los intelectuales, sus trajes de nocturnidad. Años des­pués, acodado a la ventanilla de un tren en marcha, mi obligado anfitrión -la vista inclinada hacia el andén- emprende un viaje largo y definitivo. Detrás de los vidrios en marcha, se escucha la lluvia: papel secreto de cartas rasgadas, tenuemente, en la noche. Pese al frío, lo gris de la lluvia -un gris de mocasines-, la perfección de los esmóquines sobre el cuerpo de un par de hom­bres que ahora podrían tener su edad, no sufre alteraciones: ope­ran como impermeables. Brindan con champaña desde el andén. Amigos, os reconozco. ¿De dónde, de dónde? Suena ruidos de metralla, polvareda militar de golpe de Estado. Llega una bala a la ventanilla. Timbre sangriento.

«¿Eres tú, Marina, vieja? ¿No te han despedido? ¿No te han saca­do de la nómina del Ministerio? ¿Ninguna Marina? ¿Margarita al teléfono? ¡Qué mala suerte! ¿No es Margarita, la profesora de lite­ratura?» Resulta perturbador el sonido del teléfono. El hombre al que he venido a entrevistarlo maneja como al volante de un carro de segunda mano. Al unísono, sus sienes -anexadas al rostro gra­cias al trabajo de una como avecilla empecinada que, de ellas, en una suerte de torpe remodelación, arranca el sucedáneo de un alpiste final- son recorridas por sudor copioso. Más que incomo­didad, produce en mi incordio, el chéster tapizado de cuero negro al que, desde un principio, continúo arrellanado. No hay palpa­bles diferencias con el sofá confortable de un Ministerio, donde las horas pasan amables («volando», como dice el anuncio de alguna línea aérea) a la expectativa de la buena nueva oficial de un importante nombramiento. A no ser por la cantidad de revis­tas con las que hube de compartir buena parte del chéster. En las portadas, dobles de Lila Morillo, su desbordante hermosura nati­va, posando ligerísimas de ropa vivían una prematura jubilación erótica. ¿La presencia del aún imponente sofá hará soñar al habitante de Residencias Amapola con anteriores tiempos del poder y la gloria? Muy a mi pesar, desde el mismo, atraído por mis investi­gaciones, observaba el lamentable desempeño del doctor Pedra­za al teléfono. Un hombre con historia romántica y pública del año 1948, en exaltada barahúnda que bordea la peligrosa orilla de lastres horas, preferirá erigir su atención en torno a una burócra­ta inconsistente o a menudos episodios vividos, con particular intensidad, en un litoral anestesiado junto a una profesora de medianas virtudes aferrada a las faldas de una madre anciana.

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