literatura venezolana

de hoy y de siempre

Ramón Díaz Sánchez

Por: J.A. Escalona-Escalona

Desde la penúltima década del siglo XVIII hasta la primera del XVIII, Puerto Cabello, la ciudad cuna de los esclarecidos Próceres de la América nuestra: Bartolomé Salom ( 1780-1863 ), a quien cupo la gloria, en 1826, de arriar en las peruanas fortalezas de El Callao la última bandera del Imperio Español; y Juan José Flores (1800-1864), Padre de la Patria Ecuatoriana, esa ciudad repito era «el mejor puerto de Tierra Firme», según la describe Depons al visitarla el mismo ario en que ve la luz allí también José Antonio Maitín (1804-1874) , primero entre los grandes poetas románticos de Venezuela. Casi un siglo después de éste, nace en ella, el 14 de agosto de 1903, Ramón Díaz Sánchez, el del buen origen: pues, al bautizarlo, le impusieron como segundo nombre el de Eugenio. Para exponer la verdad de tan auspicioso origen tomo al pie de la letra manuscrita el hilo conductor de sus inéditos y más entrañables testimonios:

Ramón C. Díaz, firmaba su padre, a quien califica de bueno, generoso, valiente y noble mulato. Rosario Sánchez llamábase la madre. Era mujer blanca, rolliza, buena-moza, descendiente de isleños canarios. Fuerte como un roble. Aquél era hijo natural, nacido de los fugaces amores de un blanco caraqueño y de Anita, una negra de Puerto Cabello. Yo conozco esa historia —confiesa— por habérsela oído a mi madre más de una vez: el blanco era un doctor que actuó en posición relevante en la política de la época guzmancista y postguzmancista. En el período de Andueza Palacios fue continuista. Durante la Presidencia de Alcántara (1877-78) hizo periodismo activo y desempeñó por algún tiempo la jefatura de redacción de «La Tribuna Liberal», el periódico que fundó Nicanor Bolet-Peraza para combatir a Guzmán Blanco. Allí hallé una pequeña nota en su elogio, en la que el director de «La Tribuna» manifestaba su complacencia por tener a aquel «joven y brillante escritor» como uno de sus principales colaboradores. Confieso que sentí un estremecimiento de satisfacción al leer esas líneas. Uno no escoge a sus antepasados. Yo, que no puedo vanagloriarme de un linaje noble y famoso, me contento, sin embargo, de pensar que hay en mis venas un poco de la sangre que corrió por las de un hombre de pensamiento. Deliberadamente he de silenciar el nombre de ese abuelo blanco, porque de él no me interesa sino la inteligencia y el espíritu. Mi padre heredó el señorío, la finura de espíritu, la clara inteligencia del suyo. Fue un buen orador intuitivo. Cuéntanme que en la última gira de mi abuelo por tierras de Carabobo, lo buscó y le dijo: «Prepárate que voy a llevarte conmigo a Caracas para ocuparme de tu educación». A los dos días de esto vio mi padre las banderas a media asta en las oficinas públicas. Preguntó a qué debíase aquello y oyó con estupor la noticia de que su padre había muerto de una apoplejía.

Ya que el destino privó a Ramón C. de la oportunidad de que su padre lo educase, trata de que su hijo reciba la mejor educación. Pero esto no pasa de un deseo, a causa de la pobreza que padeció durante toda su vida de obrero tabaquero. Era un buen vitolista reconoce el hijo pero, por grande que fuese su capacidad, nunca hubiese podido ganar más de Bs. 15 por día. Con esto dice debía subvenir a la manutención de una familia de cinco personas: mi abuela, mi madre, él mismo, yo y mi hermana. Hubo épocas en las que conocimos la miseria más completa en nuestra casa: días de no comer, noches sin luz, horas de amargura profunda. En cierta oportunidad tuvo que fabricarme él mismo los zapatos para que fuese a la escuela. Sólo disponía de un traje, hecho lo recuerdo cual si estuviera viéndolo de una tela ordinaria, de color salmón, casi transparente. Mientras mi madre me lo lavaba y aplanchaba, yo permanecía desnudo, encerrado en la única alcoba de la casa. No obstante, logró aprender las primeras letras en una escuelita mixta que regentaba su madrina de bautizo, una solterona beata y bondadosa, que se llamaba Amalia Lugo. Ella, además, lo hizo monaguillo de la iglesia de La Caridad, situada en el popular barrio donde él vino al mundo, conocido como Puente Afuera. El padre de su madrina, Don Evaristo Lugo, poseía una vaquera en los suburbios de Puerto Cabello. A veces, por las tardes, la mamá Rosario o la abuela Pré solían llevarlo a tomar leche recién ordeñada, y el niño se extasiaba viendo ordeñar y al ordeñador cantando dulces coplas…

A los 8 años ingresa a una escuela particular donde no había una clara delimitación de grados. Regentábala su propietario, el maestro Pancho Kepper, hombre de no muy largos conocimientos pero de extraordinaria severidad. Todos los alumnos estaban agrupados en la misma sala estrecha y pobre, sentados en largos escaños de madera, detrás de unos pupitres corridos y negros, en rampas, semejantes a ataúdes. De aquella escuelita humilde pasa poco más tarde a otra no mucho mejor. Regentaba ésta el maestro José Ramón Pelayo, un buen hombre que abandonó la albañilería para convertirse en desasnador de muchachos. Tampoco allí había graduación. Todos se aglomeraban en la sala, frente al preceptor que, encaramado en una tarima de madera, presentaba un aspecto de Buda reflexivo.
A los 13 años lo separa su padre, muy a pesar de ambos, de la escuelita de Pelayo para colocarlo como muchacho de oficina en la Casa Comercial Otto Reddler Sucesores, empresa alemana que traficaba en frutos del país e importaba ferretería. La persona que le proporcionó el empleo —veinte bolívares al mes— le dio la noticia en la pulpería cercana a su casa, llamada «El Arca de Noé», y sobre el mostrador sucio de carbón, de harina, de queso, le pidió que escribiera su nombre. Lo escribí temblando: Ramón E. Díaz. ¡Cómo recuerdo aquel momento! La «E» significa Eugenio. Mi madre solía llamarme a gritos desde la puerta de nuestra casita: » ¡Ramón Eugenio! ¡Ramón Eugenio!» «¿Dónde estás?»

En la navidad de 1914, precisamente, estrena sus pantalones largos. Dos fluxes de dril. Recuerda las dos corbatas que compró para ese acontecimiento: la una color verde perico, restallante, de lacito; la otra, azul, larga. Paseó la ciudad lleno de euforia, envanecido. Bebió ron como un hombre.

Durante ese crítico período de la adolescencia se ve en la necesidad de desempeñar otros oficios: ayudante en un taller mecánico, aprendiz en la fábrica de tabacos «El Presidente», donde trabaja su padre, y pintor de carteles de cine. Un tío paterno, Ernesto, que era pintor de anuncios, lo enseña a manejar las brochas. Sin embargo, sigue siendo un muchacho melancólico y amante de la soledad, que sueña con llegar a ser algún día un Escritor (Así con mayúscula). Contaba apenas diez y siete años —confiesa de nuevo cuando, en el estrecho pasadizo de nuestra casita solariega, me entregué con verdadera pasión a escribir una novela, ¿su titulo? No lo recuerdo. En mis correteos por las calles de la pequeña ciudad, iba recogiendo y acumulando cuanto programa de teatro o volante impreso cayese en mis manos. Aquéllas eran mis cuartillas. Con ellas en las manos volvía a casa muy ufano y me entregaba febrilmente a la escritura. En el pasadizo había instalada una mesita de caoba, y era allí donde escribía, mientras mi madre aplanchaba, en la sala, la ropa blanca de unos comerciantes alemanes y mi hermana cosía pantalones de dril para un sastre de tercera categoría.

A los 19 años puede, por fin, abrirse un primer camino hacia el campo de su auténtica y heroica vocación literaria: se inicia como reportero del periódico «Boletín de Noticias». Luego asciende a Jefe de Redacción de «El Estandarte». Por entonces se atreve a publicar también sus primeros versos. Curiosa muestra de ellos es la composición que intitula Las Violetas, en homenaje al primer aniversario, mayo de 1921, del periódico del mismo nombre, que en Puerto Cabello dirige Trina García Celis. A los 20 años ofrece una pública primicia de su genial condición de narrador con su cuento «Los Impecables» (Puerto Cabello, 1923).

En 1924 —el año en que llega a la mayoría de edad — oye hablar del petróleo del Zulia e intuye como ninguno lo que ha de significar tamaño descubrimiento, calificado por él como de espasmo brutal que sacude las entrañas de Venezuela y constituye, después de la gesta bolivariana, el hecho de mayor trascendencia en nuestra historia. A mediados de ese año se traslada a Maracaibo. Comienza a ganarse la vida en aquella ciudad, que le parece una Babel trepidante. ¡Claro! Venía de Puerto Cabello, tan apacible entonces que, hasta el mar llegaba de puntillas a la playa. Luego se emplea en la Caribbean Petroleum Después se desempeña como agente de una escuela internacional por correspondencia y corrector de pruebas en una imprenta. Pronto, su irrenunciable vocación lo convierte en principal redactor de dos importantes diarios: «La Información» y «Excelsior». Un buen día se asocia con un colega y juntos fundan un semanario con el nombre de «Alfa», que tuvo bastante éxito.

Entre tanto, se relaciona con algunos escritores y poetas residentes en Maracaibo y con ellos funda el Grupo Literario Seremos. Fue entonces —bien lo recuerda —cuando se producen las famosas jornadas estudiantiles en Caracas, que tuvieron inmediata repercusión en el Zulia. Acusados de conspiración, casi todos los del grupo Seremos fueron encarcelados y remitidos al Castillo de San Carlos, donde los mantienen por espacio de dos años. El primer año con grillos setentones. Advierte que los que le correspondieron lo torturaban mucho más, por quedarle ajustados en exceso. Ello se explica: esos crueles instrumentos no los había fabricado la tiranía gomecista para tobillos tan robustos como los de un hombre de su talla y armónica corpulencia. En la celda de aquella prisión aprovecha intensamente el tiempo. Sigue leyendo sus autores predilectos. Comienza a aprender inglés y francés. Escribe algunos cuentos y artículos de prensa. Allí proyecta su primer libro «Cuociente» que no llegó a publicarse. Con anterioridad en 1926, había editado «El Sacrificio del Padre Renato» (cuento).

En 1930, al recobrar la libertad, retorna por escaso tiempo a Puerto Cabello, donde celebra sus primeras nupcias. Vuelve al Zulia y se residencia en Cabimas. Ejerce el cargo de Juez de Instrucción por espacio de cuatro años. Al margen, entonces, de toda actuación política, sigue estudiando y escribiendo. Colabora en el diario «Panorama». Participa en un concurso de cuentos que promueve en Caracas la Revista «Elite» y obtiene una honrosa mención. En Cabimas establece la primera imprenta. Funda también con el muy significativo título de «Taladro» el primer periódico de Cabimas.

En 1933 aparece «Cam», breve ensayo que dedica «a la amada memoria de un noble mulato«. Pero lo más relevante de este período de su permanencia en tierras del Zulia y fruto de su sagaz observación del fenómeno petrolero, es la creación de Mene (1933), novela premiada en 1935 en un concurso del Ateneo de Caracas, y editada al año siguiente. Mene marca, por su especifico tema, una nueva original vertiente en la historia de la literatura narrativa en Venezuela, cual lo evidencian los estudios críticos a que han dado lugar sus varias ediciones y su traducción a diversos idiomas.

Muerto Juan Vicente Gómez, nadie escapa en ningún sentido a los efectos del cambio que comienza a operarse en la Venezuela de 1936. Ese mismo año viene del Zulia a residenciarse en Caracas. Obtiene trabajo en el diario «Ahora» y en la Revista «Elite». Más adelante ha de ser co-Director del diario vespertino «El Tiempo». Ocasionalmente usa el seudónimo de Jacobo Dalevuelta. Pronto dice lo atrae la política. Ocupa elevados cargos públicos y una curul en el Congreso como Diputado por su nativo Estado Carabobo. La burocracia no logra desvirtuar su vocación de escritor. Así lo comprueban, además de sus valiosas colaboraciones en renombrados órganos literarios, como la «Revista Nacional de Cultura», su asidua tarea de columnista fijo en diarios de tanto prestigio como «El Universal» y «El Nacional».

Esto sin mencionar la edición de sus libros, entre los cuales sobresalen algunos tan extraordinarios que han de conceptuarlo como maestro del ensayo, la novela, el cuento y la biografía. Una sucesión de éxitos alcanza: en el ensayo, con «Transición» (1937 ) y «Diez rostros de Venezuela» (1964); en la novela además de «Mene«, con su trilogía «Cumboto» (1954 ), «Casandra» (1957 ) y «Borburata» (1967 ); en el cuento, con «Caminos del amanecer» (1941) y «La virgen no tiene cara» (1951 ) ; y en cuanto autor de biografías, con «Guzmán» (1950) y «El caraqueño» (1967 ). Dos de estas obras—»Cumboto» y «Guzmán«— constituyen su consagración definitiva en el ámbito de la creación literaria. De ambas se han hecho sucesivas ediciones. «Cumboto» ha sido traducida al italiano, al francés y al inglés. El «Guzmán» lo termina en Cumaná, donde había sido confinado después de haber estado en la cárcel Modelo, de Caracas, a la caída del Gobierno del Presidente Isaías Medina Angarita.

Es decisivo el influjo que ejerce en esta labor Isabel Jiménez Arráiz, mujer de letras y, además, hija de escritor. Se conocen en 1939, durante el bautizo de un libro de Antonio Arráiz en el antiguo Ateneo de Caracas, situado de Cují a Romualda. Ella era la madrina. Concluida la ceremonia, se le acerca Andrés Eloy Blanco, de brazo con Ramón Díaz Sánchez, y le dice: «Te presento a mi hermano negro». Seis años después de aquel primer encuentro, se desposan en segundas nupcias. Desde entonces y para siempre ella es su devotísima colaboradora.

Paralelamente a su copiosa producción —en gran parte dispersa todavía y de la que se han registrado unas quinientas fichas—, va conquistando lauros, recibiendo condecoraciones y ocupando posiciones muy honoríficas en el ámbito institucional y cultural. En tres oportunidades ejerce la Presidencia de nuestra Asociación de Escritores. Elegido Individuo de Número de la Academia Venezolana de la Lengua (1956) y de la Academia Nacional de la Historia (1958), durante un lustro es Secretario de esta última, y por espacio de tres años Bibliotecario de la primera. Singulares merecimientos lo conducen a entrambas Academias: artista de la palabra como escritor, posee como historiador la acuciosidad del investigador, aunada a la imaginación del novelista.

Ganador de tres de los que entonces eran los premios mayores de las letras venezolanas: el primero del primer concurso de cuentos promovido por el diario «El Nacional» (1946); el «Arístides Rojas», para novela (1948) creado por Doña Anita Boulton, y el Premio Nacional de Litera-tura (Bienio 1950-1951) otorgado por el Ministerio de Educación.

En el esplendor del mediodía de su existencia, al cumplir cuarenta y tres años, escribe para sí mismo, con rasgos que evocan la claridad y firmeza del diamante: «Si Dios me da vida y salud dejaré una obra que perdurará. En estos momentos me siento más capaz, más fértil que nunca, en plena madurez del intelecto y de la vena creadora«.

Lamentablemente, resulta deficitaria su salud y no le es concedido el don de la longevidad. A causa de ello, algunas de sus obras quedan inconclusas o en proyecto. Entre ellas, dos novelas: «La Piedra Azul» y «La Sirena Emboscada«. Lo mismo que la Biografía de Joaquín Crespo. Tampoco ha de alcanzarle su incógnito tiempo restante para escribir nuevas piezas de teatro, como «La casa«. Estrenada en Venezuela y luego en España, donde se la conoce como «Debajo de estos aleros» (1956) se la representa en Alemania, traducida con el título de «Das haus» (1957). Por similar circunstancia aparece póstuma «Una Historia de Hombres y de Pueblos: El Líbano» (1969).

Valiosísima cosecha de su incansable faena de escritor es la que permanece inédita en los catorce libros manuscritos de su Diario. Allí está guardado, como en una caja fuerte literaria, el íntimo tesoro de sus emociones, de sus impresiones, de sus reflexiones. Es una especie de Salón de los Espejos del Espíritu, donde se reflejan, entre sombras y luces, personajes y paisajes que va observando a través de sus viajes por la vida y por las tierras del mundo. Ilustrador —travieso a veces— de sus propios escritos, no es raro encontrar en las páginas de esos libros, dibujos y bocetos. Pintor en potencia y ambidextro de nacimiento, puede manejar con igual soltura tanto el pincel como la pluma.

Antes de firmar en Puerto Azul, el 5 de julio de 1967, las notas de Presentación de sus «Obras selectas», editadas ese mismo año, declara lo siguiente: «Comienzo ahora una cuarta etapa de mi quehacer de escritor. Si se me pidiese una denominación para ella, la llamaría del exorcismo de los fantasmas o de la lucha contra las máscaras«. Olvidó en aquel momento que veinte años antes —enero de 1947— su corazón había sufrido un primer infarto.

El viernes 8 de noviembre de 1968, al mediodía, y a la entrada de su Quinta «La Milagrosa», Avenida «H» de la Urbanización El Pinar, en El Paraíso, su combatiente corazón, que había resistido con heroísmo tenaz a la muerte, recibe el golpe definitivo. Trunca en forma tan repentina la cuarta etapa de su experiencia vital y de su actividad de escritor, ya no hay más exorcismo de fantasmas ni lucha contra las máscaras. Ahora es perpetuo huésped del eterno Paraíso. La noticia de su fallecimiento conmueve a Venezuela. El luto de las letras es unánime. Sincerísimas las manifestaciones de duelo público. Muy sentidos los homenajes de todas las instituciones nacionales.

Si se me pidiera una opinión acerca de su persona en el orden estrictamente humano, respondería con Augusto Mijares: Hay hombres cuya bondad y elevación de espíritu nos contagian saludablemente. Tal fue Ramón Díaz Sánchez.

Cuento

Tríptico del amanecer

Fuga de paisajes

La virgen no tiene cara

Novela

Cumboto (fragmentos)

Borburata (fragmentos)

Teatro

Victoria contra las nubes

En Biblioteca

Mene/Cumboto

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