literatura venezolana

de hoy y de siempre

Barcelona (fragmento)

Mar 16, 2026

Alexander Vivas Misel

(I) CUERPOS JÓVENES

         ¡PAFF! Me duele.

         Una sola bofetada basta para cegarme de odio hacia mi madre. Frunzo la boca mientras chispazos cortos de un aire caliente salen por mi nariz. Me encorvo. Mamá aprieta sus puños en su vestido floreado, pareciera que lo quiere romper y suelta un estruendoso bramido, ordenándome que la mire. Mis ojos se clavan en la pared grasienta pintada de un beige brillante, ardida por el resplandor del fuego de la cocina a gas, ardida como mi mejilla. Se me corta la respiración y una lágrima, una miserable y malcriada lágrima, me traiciona y sale a pasear hasta llegar a mi boca. No desaprovecho la oportunidad y ordeno a mi lengua que la atrape, que se la coma, que la envíe a mis vísceras para que por fin sea destruida por mi amarga bilis.

         En el televisor aparecen las imágenes mal sintonizadas de un hombre que muestra las suelas de sus zapatos desgastadas de tanto correr, y la espalda ensangrentada de un macho fornido cargando una res, desaguando el rojo vivo. Papá apaga el aparato. ¡PAFF! Otro golpe seco me espabila.


         Oigo murmullos y un fino BIIIP, que se instala en mi oído izquierdo. De pronto mis ojos se cruzan con los ojos encendidos de mamá. Ella esquiva mi mirada. En el fondo me entiende, solo está herida. Me habla dando pasos a mi lado, me habla pero no entiendo, mi mente ensordecida no reacciona y otra vez me cruza la cara. ¡PAFF! Esta vez la mano cae como la piedra amoladora de papá. Pareciera que el aire pesado moviera las cosas de lugar y un silencio tenso nos invadiera, pero mis cuerdas vocales también me traicionan y sale sin permiso un grito, agudo y profundo. Siento mi mejilla hervir por el impacto, trato de levantarme de la silla y no puedo. Desde aquí veo a mi padre y a mi hermana, paralizados, sin decir nada. Los dos sentados alrededor de la mesa de fórmica de color verde pálido y en las sillas del mismo material, muy a la moda en estos años ochenta.

         A mi hermana, tres años más grande que yo, todo esto le importa un bledo: se lima las uñas y mira con el rabillo del ojo la escena. Ella siempre ha sido así, es como el testimonio viviente de la historia de mi familia, nunca dice nada, siempre está callada, se escurre. Mi padre, muy reconciliador al ver que mi mamá está fuera de sí, se interpone a la tercera cachetada, sujetándola por el brazo.

         —¡Déjalo ya tranquilo! ¿Por qué lo expulsaron del liceo? —Pregunta insistente mi papá, mirando fijo a mi vieja.

         —¿Por qué va a ser? ¡Por no estudiar y por mala conducta! ¡Aquí no quiero un vago, te vas de mi casa!—Me grita mi madre, soltándose; la fuerza de papá no fue suficiente para sostenerla y me indica con su dedo la puerta.

         Otra vez la mano me sacude: ¡PAF! ¡PAF! Ya no me duele y no quiero defenderme. Papá la toma por los dos brazos, tratando de hacerla reaccionar. ¡Lo vas a matar, tranquilízate! Su voz ronca de tanto gritar en la calle el pescado fresco que vende de sol a sol, se expande en la cocina. Me emociono y mis ojos se humedecen nuevamente, mi boca tiembla y quiero abrazar a mi padre, pero sostengo mi emoción. Para sorpresa de todos papá se juega un as; una carta que no esperaba. Voy a hablar con el licenciado Belisario, el director del liceo nocturno, para que lo acepte y pueda salvar el año. Mi madre escucha, pero no dice nada, se paraliza; mi hermana detiene el limado de sus uñas. Se raspa las cutículas con los dedos, alza la cabeza y me clava su mirada atónita. Yo miro hacia abajo, al suelo de cemento rojo, lleno de pequeñas gotas.

         Papá me ha salvado nuevamente, él siempre lo hace, siempre tiene la solución para todo, creo que a mamá le irrita o le preocupa la idea, porque un leve y extraño temblor en sus labios comienza a notarse. ¿De noche?, —pregunta—, y papá alza los hombros y las manos sin decir nada y este gesto simple pero poderoso de alguna forma hace que mi madre se tranquilice. ¡Y ya está! Mi respiración se apacigua también, aunque admito que no estoy muy contento y no creo que la solución sea un liceo nocturno con personas mucho más adultas que yo, pero, ¿hay otra salida? Le digo adiós a mis duchas matinales, no tendré más excusa para visitar a mis compañeros con el pretexto de ir a la biblioteca; ya no lavaré ni plancharé todas las tardes mi camisa escolar, porque de noche no se usa uniforme, son personas que van al liceo sudadas y cansadas de sus trabajos, unos perdedores que nunca lograron nada en la vida y se están dando a sí mismos otra oportunidad. Estudian por estudiar, por darle sentido a sus grises vidas. Ahora soy uno de ellos. Soy un perdedor.

         TSH.TSH.TSH. En el enmudecido ambiente mi hermana retoma su limar constante. Luego de una larga pausa, mamá se suelta nuevamente de los brazos de papá y una vez más me golpea en el rostro sin vacilar. ¡PAFF! ¡PAFF! ¡PAFF! Ahora la miro desafiante, ya no tengo dolor, ya no tengo nada que perder, soy un adulto, un vulgar obrero que estudia de noche. Me levanto de la silla sin miedo, mi madre me ordena quedarme allí, no le hago caso. No me podrá controlar más y que ni siquiera se le ocurra levantarme la mano, seré rebelde y nunca más le hablaré.

         Me voy a mi cuarto a tratar de poner en orden mis pensamientos, pero no puedo: el calor es sofocante en el interior de este cuartito. Sin embargo, me arropo de pies a cabeza y dejo que el sudor me ahogue. Me vence el cansancio y me rindo en los brazos de Morfeo: sueño que estoy en un laberinto, desconcertado, perdido, desnudo corro y alguien me persigue, no sé quién es. Este sueño siempre se repite y nunca he visto el rostro de esa persona, en el fondo no sé si quiero verle.

         El olor a café recién hecho impregna toda la casa, me despierta, abro los ojos, es de día y estoy en mi cama empapado de sudor. Me levanto y veo a mi madre en el fondo de la casa rociando los árboles de mango, caña de azúcar, plátano y guayaba. Se tiene que aprovechar el agua que llega solo hoy de ocho a diez de la mañana. En la radio anunciaron la suspensión del servicio hasta nuevo aviso. Mamá me observa con una amable sonrisa en el rostro. Ahí hay café, hijo. Busco un pocillo y lo lleno, adoro el café, se me olvida todo después de una buena taza. Es sábado y hay que esperar el lunes para ir con mi papá a hablar con el licenciado Belisario. Trataré de no hacer mucho ruido ni llamar la atención. Ordeno mi cuarto, mis pocas cosas, trato de aclarar mis ideas, enciendo el ventilador y me reconcilio con la vida. Escucho el andar ligero de mamá, abre la puerta y entra a mi habitación, suspira, acomodándose su cabello teñido de caoba y me dice que se va al mercado, que regresa al mediodía. Mi hermana y mi padre no están, supongo que trabajan.
        
         Salgo al patio de la casa, me pierdo entre los árboles buscando no sé qué. ¡SITHS! ¡SITHS! ¡SITHS! Oigo un silbido casi silencioso que viene del otro extremo del muro. Me asomo a un hoyo que tiene la pared y descubro el rostro de mi vecino Chicho: un hombre de contextura fuerte, de una treintena de edad y de piel oscura quemada por el sol. Me hace señas a través del agujero, cuchicheando muy bajito. Chicho se aleja del hueco y mientras camina hacia atrás veo su cuerpo casi desnudo, si no fuera porque lleva puesto un short-pantalón de poliéster que deja entrever un paquete muy pronunciado en su entrepierna y que Chicho manosea de vez en cuando sin disimulo, haciendo que se me ponga la carne de gallina.

         Chicho se encarama en el gran muro que separa mi barriada con un matorral, seguido de la urbanización privada «Santa Clara»; no muy lejos está la laguna «La Chocolatera», aquí en la periferia de la ciudad de Barcelona. Chicho camina por el borde de esa muralla, encendiendo un cigarrillo y mirándolo todo, mientras yo aprovecho para saltar la pared lateral que divide las viviendas. Entro a la casa de Chicho por la puerta trasera. Mi vecino, después de un buen rato haciéndose el equilibrista, se baja para encontrarse conmigo. Me mira, me sonríe, se aproxima a mí, me toma de la mano y me lleva al fondo de la habitación y ahora soy yo quien camina por la cuerda floja.

         TIC TAC TIC TAC, un reloj kitsch de madera barnizada con detalles florales suena a las once y media de la mañana. Mi madre no tardará en regresar, pero no me preocupa, si llega y no estoy inventaré cualquier cosa, mientras tanto Chicho acaricia mi nuca con su bigote. Me besa bajándome poco a poco el short-pantalón, susurrándome al oído. ¿Te gusta, verdad? ¡Dime que sí! Yo tiemblo pegado a la tapia y de pronto escucho que al otro lado se emite el sonido de una voz femenina, quizás es mi madre que habla con alguien y oigo por un momento mi nombre: ¡Leonardo José! Cierro los ojos y me dejo llevar, pegado a ese mampuesto rústico.

         Chicho roza sin parar mis nalgas con su verga dura, y sus gemidos se hacen aún más fuertes y se entremezclan con los sonidos de esa voz filtrada que repite mi nombre a través del vacío de este muro sin frisar, en esta habitación que tampoco tiene ventanas. Luego de un rato me escabullo, me desato de sus brazos corpulentos, me despego del tabique y corro hacia el porche de la casa. Chicho trata de detenerme, tomándome fuerte por la cintura con sus manos que parecen de asbesto. Con todas mis fuerzas despego sus dedos de mi abdomen, giro la mirada y veo su rostro moreno enrojecido. Le rehuyo temeroso.Abro la puerta y salgo a la calle sudado, acelerado y tembloroso.
        
         Los muchachos de mi barrio están jugando a la «pelota de goma», todos con los torsos desnudos, saltando, corriendo de un lado al otro. Mi amor platónico, Emiliano, se me planta enfrente, mirándome a los ojos con la sonrisa pícara, cómplice. De pronto baja la mirada y les grita a los otros chicos que se apuren con la pelota, gesto que me permite pasar desapercibido entre el grupo. Corro y entro por la puerta del frente de mi casa. Mamá está en el negocio que tenemos, un pequeño quiosco anexo en donde vendemos verduras, frutas y refrescos.

         ¿Dónde estabas?, ¿por dónde andabas?, —me interroga mi madre—. Me clava esa mirada de destornillador filoso, tratando de desenroscar las palabras atascadas en mi garganta, juntando cada uno de los nerviosos tornillos que se desprenden de mí. Respondo con inquieto gargareo: Eh, yo, eh… Mamá me acribilla con sus ojos puntiagudos y siento ese mismo miedo que sentí dos años atrás cuando me tocó la dura tarea de darle la noticia de la muerte de mi hermano, esa escabullida de aire descontrolada de mis pulmones. «¡Dios mío, no puedo respirar! ¿Qué puedo inventar?». Mamá me acorrala y se detiene en esa cacería minuciosa de porqués, «¿por qué estás tan sudado? ¿Por qué tienes el short tan arriba? ¿Por qué esto? ¿Por qué lo otro?» Ella trata de juntar las piezas de este rompecabezas, pero no coinciden. Sabe muy bien que cualquier cosa que diga en este momento será mentira. Me había visto salir de la casa de Chicho, así que no tengo otra salida, le voy a decir la verdad. Estaba en casa de Margot, —le digo con un nervioso tono en la voz—. Estaba ayudando a Chicho a cargar unas cajas. Respiro y exhalo; la miro fijamente a los ojos, retándola. Un suspiro entrecortado sale de su nariz, esquivando mi mirada. Quédate aquí, que estoy ocupada en la cocina, me dice—. Me arremango los pantalones y entro al quiosco.

         Con el pulso aún acelerado, me apoyo en el mostrador de tablas y latón. Desde este chiringuito miro el afuera, como si el ventanal fuese una gran pantalla. Veo en primera fila el paraíso: cuerpos exhaustos de muchachos saltarines, ariscos, corriendo tras una pelota de goma. Desde alguna de las casas vecinas suena la canción «Domino dancing» de «Pet Shop Boys» y la banda sonora invita a los varones a bailar y sentirse alegres. Algunos hacen comentarios y bromas, sé que hablan de mí, pero no les hago caso, quizás se percatan de que soy muy de otra época. Soy más adulto, aunque somos de la misma edad; bueno, ellos están un poco más crecidos que yo, debe ser la falta de deporte.

         Chemín, Goyo, Nené, El negro, Pedro Luis, Lisandro, Cheo, Euclides, Rafucho, Cara e’tabla, Miguelito, Elio, Johny, Dani, Masca chinche, Henri, Cuca cagá, Ramoncito, Bartolo y él, Emiliano, el más guapo de todos, el único que me ha mostrado simpatía, será porque su madre y la mía son como hermanas y los dos nacimos casi al mismo tiempo; él es mayor que yo por una semana.

         Mis amigas, Yajaira, Odalys, Yamilet y Zulay se dan cuenta de que estoy solo en el puesto y se acercan a saludarme, saben que desde el tenderete pueden observar muy bien cómo juegan los chicos; yo las saludo y salto sobre el mostrador y tomo una escoba para limpiar el frente, hago algunos traspiés tratando de bailar con la canción: All day, all day, Watch them all fall down, All day, all day, Domino dancing

         Mis amiguitas solo ríen lanzando suspiros al equipo improvisado de baseball. Algunos de los muchachos les hacen insinuaciones amorosas. Emiliano interrumpe con un gesto de querer jugar la pelota, tomándola y golpeándola contra el suelo, haciéndola que rebote. ¡Bueno, vamos a darle! ¿Quién le da primero? Emiliano mira con esos ojos de tigre a sus amigos que están distraídos con las chicas y después de un rato se cruza con mis ojos que lo desnudan, que lo queman a fuego lento. Quiere disimular, pero no puede. Yajaira se da cuenta, dice algo entre un chasquido de dientes mientras se toca el cabello. No le hago caso. No existe nadie a mi alrededor, solo nuestros ojos que se empeñan en chocar. Luego, Emiliano me habla: Oye Leo, ¿quieres jugar?, —me dice directamente—. Y ese «¿quieres jugar?» me resuena en todo el cuerpo, me hace vibrar. Me está invitando a jugar con él. ¿Quiere que juegue a la pelota? ¡No, hombre! Me invita a jugar la vida con él, la andanza con él, la entrega con él. Entiendo el mensaje, me aventuro y entro al juego.

         —¡Anda a jugar con muñequitas, mami!—me grita Lisandro.

         —¡No vale, ese no juega nada!—dice Miguelito, riéndose.

         —¡A él lo que le gusta es el bate —replica Euclides por allá.

         Y todos se desploman de la risa, pero yo, desafiante, acepto jugar, a pesar de las burlas, de las miradas libidinosas, del chasquido de dientes. Corro hacia la base que me indica Emiliano y de un golpe veo la pelota cual una bala de fuego que viene hacia mí y no dudo en capturarla. Mis manos arden y el alarido unísono de mis amigas retumba en la calle; en medio de esa barahúnda, se escucha un grito aún más fuerte, aún más agudo: ¡¡¡Bartolo!!!, —grita la señora Antonia—. Es fijo que a las doce del mediodía llame a su hijo con su rugido estrepitoso para ordenarle ir a comer y, de paso, le dice el menú del día: ¡¡¡Pollo con espaguetis!!! Bartolo suelta el cartón vacío de leche que tiene entre las manos, que simboliza un guante de béisbol, y corre hacia su casa. El resto del grupo también se escabulle. La calle se queda vacía, salvo Emiliano y yo, paralizados, mirándonos enrojecidos.

         Veo a mi papá con su espalda encorvada, regresando del trabajo, montado en su bicicleta de reparto y como de costumbre tocando la bocina de «La Nave», como él le dice. Corro e inmediatamente salto de nuevo la barra y me instalo como si nada en el tarantín. Papá pasa por el medio de la calle, de ese asfalto rayado con tiza blanca por el juego, y coloca la bici justo al frente de la tienda.

         —¡Bendición, papá!

         —¡Dios me lo bendiga! ¿La Cuaima está ahí?, — refiriéndose a mi madre.

         —Sí, está en el patio lavando.

         —Saca esos plátanos de la canasta, lava la nave, el peso y los cuchillos. ¡Cuida el bisnes y deja la jugadera!

         —Ahí voy —le respondo. 

         Papá le dice a Emiliano: Te espero adentro, y entra a la casa. Yo sigo sin entender aún lo que está pasando; indago con la mirada a Emiliano, pero no me dice nada. Saco las cosas de la canasta, entro al quiosco y cuelgo el racimo de bananas. Tomo el recipiente que está próximo a un balde de agua, lo llevo hasta la bicicleta, me pongo en cuclillas y comienzo a lavarla. Emiliano se acerca y le echo agua en los pies, él me lo agradece, los sacude, yo le sonrío y luego sin decirme nada abre la puerta, pasa a mi casa y habla con mi padre. De lejos veo que mi papá le indica algo, yo no sé de qué pueden estar hablando. Veo también a mi mamá que lo mira y hace un gesto de negación con su cabeza. Nos vemos el lunes a las seis de la tarde en el liceo, —me dice Emiliano—, saliendo de mi casa.

         Mi corazón quiere salir por la boca. ¿A ti también te expulsaron?, —atino a preguntarle—; un flash pasa por mi mente y me acuerdo de cuando Emiliano se escapó del primero de secundaria, por miedo a que su mamá lo castigara por su mal rendimiento. Se escondió en el ferry que va a la Isla de Margarita y se armó un escándalo que terminó en un caso policial. No, nada que ver, —me responde—. Es una cuestión ahí que ya sabrás y el señor Luis me va a ayudar con el licenciado Belisario. Así no vas a estar solo estudiando de noche. Me guiña el ojo. Entusiasmado, le digo que tenemos que estar antes de las seis de la tarde, que mi papá nos esperará allá. Ah, bueno, ¡plomo!, —me replica—. Toma el tarro lleno de agua y se baña entero; inclinado a sus pies, veo cómo ese preciado y escaso líquido se pasea por su cuerpo canela, como si fuera un divino acto bautismal.

         Confieso que a mis diecisiete años es la primera vez que siento esto; es como un rayo fulminante que me cae en la cabeza o, para ser más cursi, es como un flechazo que me hinca el corazón, o en cualquier caso un estremecimiento. Un temblor. Un movimiento sísmico. Mis ojos se clavan en Emiliano y creen adivinar promesas, aventuras, extravíos. Todo esto sucede en cuestión de segundos, cuando algunas chispas de agua rebotan de su cuerpo cayendo en mi cara.

         Lo veo marchar, casi sin aliento observo las huellas de sus pies mojados marcadas en la acera. Comienzo a creer en los milagros. Aquí arranca mi amor por la vida. Ya no hay malevolencia ni aflicción ni nada que se le parezca. «¡Soy otro!», grito dentro de mí. La era del blanco y negro desaparece y todo es a full color. ¡En serio, no bromeo! Todo comienza a colorearse y veo las ruedas de la bicicleta más redondas y las bananas de un color verde prodigioso que me abraza.

         Mi perplejidad es tal que no percibo la llegada de Chicho al quiosco. Una torta de casabe y un refresco de uva, —me ordena—. Tarareo la canción de los «Pet Shop Boys» y le doy su pedido. Me paga con un billete de veinte bolívares, me mira fijamente, mientras le doy el cambio, roza sus dedos con los míos. No me excita, no tengo ojos para nadie más. «¡Que se joda!», salta la pared más tarde, que mi mujer llega a medianoche, me dice tapándose la boca con la mano, como evitando que alguien pudiera leer sus labios.                                    

         ¿Quién los leerá? Si la calle está desierta, como si a la gente le importara mucho o fuera tonta. Todos saben que los hombres casados del barrio, los maridos de esas mujeres que ponen la mesa en este momento, me buscan en secreto. Casi ninguno me habla en público. En general todo el mundo me evita. He crecido con gente cerrada a mi alrededor, que lo disimula todo, prefieren hablar del clima o cambiar de tema cuando me ven cerca. Me siento extranjero entre los míos. Me hacen sentir una persona rara, lo sé, lo admito, los demás no se sienten cómodos conmigo. Es por ser mariquita, es por eso que los machos del barrio, cuando me los cruzo en la calle, ni me miran a los ojos. ¿Pero a solas? ¡Ay! Si las paredes solitarias, los montes, los arbustos, las casas abandonadas, los estacionamientos, la cabina telefónica de la esquina, la laguna, mi casa cuando nadie está o cuando todos duermen; si todos esos lugares solitarios pudieran hablar … «¡ayayay!».

         Me quedo mudo. Chicho pone su habitual cara de culo, alza los hombros y sin decir ni mú, se marcha pellizcando un trozo de casabe. Mi madre me grita que cierre el negocio que vamos a comer, pero me quedo mirando la calle vacía con ese sol que quema justo debajo de nosotros. Tengo una extraña sensación, ¿será ilusión? ¿serán mariposas en el estómago? ¡Qué vuelen dentro de mí, que sean libres!

         No quiero cerrar el quiosco, no quiero dejar de mirar la casa de Emiliano. Probablemente esté almorzando como Bartolo y su familia. Quizás vuelva a verle esta noche cuando baje el sol. ¡Cierra la ventana de una vez!, vocifera Ada—, a quien no había visto llegar y que baja el portal en mi cara, haciendo que desaparezca esa imagen de la calle vacía, sobreexpuesta ante tanta luz. Solo destellos de colores salen de la oscuridad.

         Mi hermana tiene los ojos vacíos, a veces creo que no está en su cuerpo. Se esconde, creo que se limita a solo estar. Añoro esos tiempos en los que solíamos hablar de nuestras cosas. Ahora con rareza cruzamos nuestras miradas. No tiene amigas y a veces la escucho chismorreando con mamá sobre otras chicas, pero de ella nada. Nada.

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