LINDA
Quería para ti una procesión
de listones y abejas rocinantes
Quería para ti unas avecillas
que imitaran
tus gestos tan alegres
Había intentado una camada de flores
un entierro estoico y cristiano
digno de un pez o una avispa
pero qué va
tus ojos apagados
no han hecho mayor cosa que oprimirme
hay siempre alguna saña que no vimos a tiempo
un doctor que nunca vino
un suplemento a deshora
Quería para ti
el milagro de la danza
el chakra medio en que se agrandan
las oraciones en el cuerpo
Quería una paz
de días demasiado largos con sus noches
demasiado palpitantes
Razón tiene la muerte cuando viene
Algunos duermen la oscurana
y despiertan amarillos
Adiós pelaje de sol,
ahí te espera
una caravana de amigos míos
con guirnaldas
y abejas rocinantes,
¡y una reguera de pájaros
soltando por los aires
nuestros tiempos y nuestras alegrías!
Cuando duerma la bruma de todos,
ay cuando duerma,
despierta conmigo.
Djín
Tout fuit,
tout passe.
L’espace
efface
le bruit.
Víctor Hugo. Les djinns.
La salamandra
dejó su ruido
en la ventana de nosotros
quienes la hemos confundido con un duende.
Recién oscureció;
la trocha antigua
la sintió proseguir sin ordenanzas
junto a otros gnomos y ninfas tutekantes.
Ha desmembrado su lengua
y no su cola,
las ánimas del barro
le escuchan mascaduras de la tapia.
Va desovando sus fuegos diminutos,
mandibulea en el jardín
y espera
el Dies Irae de la Gran Iguana.
COSMOGONÍA NAVAL
En la húmeda pena
nunca conclusa
te deslizas úlcera de plexo,
de sexo,
de memoria.
Tu olvido
aserra,
aserra,
aserra
para dejar su obra terminada:
matarme el alma a pedazos de los tiempos,
destruir el resplandor irrompible,
detener la indetenible palpitación.
Yo también hago mi parte a dentelladas
vituperando tu más sagrado brillo.
Devengo inesperada: malévola,
doliente
salvada, sin embargo, de alguna ignorada
e hipotética
catástrofe en camino.
Habría preferido nuestras manos juntas
atravesando tornados y perfidias,
o una victoria en fragata
luego de haber comido el pan ácimo
por días, muchos días,
con pasión de seguidora
sin blasfemias.
No me defiendo más de la marea,
ya no seré la abanderada de ti.
Otra bandera en respuesta,
carpa floresta arrebolada en el desierto,
refresca el sol de los tristes y me iza.
Iré a lavar a la flava de los médanos
mi vela oronda al viento,
mi cuaderna subversa,
espuma de amatistas,
piragua de ciruelas,
mascarón con labios de otro,
timón en la tormenta.
Nunca antes supe de esta anatomía naval
devuelta,
transferida,
gozada a medias.
Mía.
Repleto está mi cuerpo de mundos restaurados.
VALVARIE
“De nuevo aquí”, dijo Elia después de darse cuenta
de no haber sido exactamente una elegida,
ni la única con su maleta en mano.
Elia y su ombligo de felino largo,
ella y sus larvas
comiendo corazón, guardando resquemores,
tal vez poniendo clavos
que se quedaron esperando por medallas.
“¿Adónde me conducen tantas olas?”,
decían Elia y todas
cuando vieron que en verdad
partió la nave.
Querer romperse juntas para volver crisálidas,
traslúcidas riberas
donde se estanquen las inundaciones;
vaciar lo nunca sido, reventarse
de vida franca en la jarana del océano.
Ni huecas ni tan muertas,
ni arpón ni alcantarillas.
¿Habrá un maná que salga
de tanta musa loca,
de tanta lamedura?
“Será un hondo naufragio, pero mío”,
corre una voz que alarga
deseos y nostalgias.
En el barco, unas cuantas
traían los zapatos de sus hijos;
otras irían por ellos
después de despertar de sus cegueras.
Algunas huían del soplo de la muerte,
otras boqueaban sin fuerza y sin remedio.
Alguna joven, malcriada o huerfanita
de muchos besos, consejos y alegrías
va conversando, o tal vez soportando
a una sórdida hermana del navío.
“¿Nos hace hermanas la desolación?”
No a menudo.
“¿Y el resplandor?”
Mi amor, a veces menos.
Las peores alunadas
se bañan entre copas
que escarchan verrugones, cicatrices,
alopecias y callos del desvelo.
Ninguna de ellas sabe quién navega;
lo que sabemos es que quien navega, sabe.
Las almas destrozadas ganan brillo,
los muslos ultrajados
se reaniman.
Da ganas de peinarse en tocadores.
Ojos tanatizantes abdican de escaparates,
baúles, carteras y compactos:
Esteban, mi madre, mi padre, la institutriz odiosa,
el primo que murió sin despedirse,
la férvida de mi amado que era -o presumíase- harto bella,
más lista que un listón,
el santo padrinísimo con sus expectativas,
planes insospechados
y opiniones que nadie había pedido;
amigos que no vinieron
a acompañar la vida,
la vecina mala, la arrendataria chismosa,
semestres de carrera a las carreras,
encargos y bregas mal pagados,
los nobles malqueridos,
los bienqueridos agrios,
el patancito (“¿A quién le falta uno?”),
y un ángel sin aureola que nos perdonaba
como una celestina jubilada.
La soledad servida en la mejor cazuela:
todas, a sus espaldas, habían conservado
el plato lleno de hambre,
el cucharón plateado.
Por eso las viajeras
sacudieron sus carnes:
los fantasmas despejaron lecho y nave.
Cada una imagina el nombre de su puerto:
Aguarata Escondida,
Tetas de Muñeca,
Sagrada Gutenmaja,
Caracolito del Vientre.
El día es lento, y las trasatlánticas ríen:
olvidaron invitar
a pitonisas,
cocineras,
maestras y doctoras.
Nada de eso. Que la suerte no sepa
de prospección ni lotería.
Que nadie venga enkrática
a darnos conferencias sobre cómo no hacer
lo que ayer nos restregaron,
lo que ya no podemos recortar a los días.
Que nadie desfallezca
y al banquete lo provean Espíritus y Gracias.
Que no haya más enfermedad
que la veneración a la esperanza.
Nadie se aguante aquí: cáncer de labdanum,
espaldas astilladas,
terror de atravesar, dolor de himen,
dedos necróticos,
despecho fósil.
Se ha muerto una nuestra. La de la vida ajena.
La de perros a cuestas,
la del cabello satinado como la Virgen.
(Hay agonías destripadoras, muriáticas,
cartas natales con mucha mala estrella.)
Otra, creyéndose traicionada unigénita,
se puso ella misma en bandeja de los peces
caminó como Jesús
glaciar abajo,
pero esta vez no sucedió el prodigio.
La menor
mudó otra vez sus dientes
y decidió columpiarse todo el día.
Elia ha pedido que una almohada de hierbas
le recompense con el olor del descanso.
No habrá descanso esta noche: la compañera de cuarto
se está quebrando de adoración en un parto
para unirse a la más cautivadora cría.
La leche y la placenta
derramaron un cordero alucinado.
“¿Cómo llegué hasta esto?
¡Nunca debí escapar de casa!”
(todas corremos demasiado aprisa
cuando la brisa del cosmos roe la nuca).
La abuela de los mares, la pregonera,
anunció nuevas tierras
y sus puertos serenos.
Se oyeron reacciones como: “ya me harté del agua”,
“nunca me había divertido tanto”,
o “¿ahora cómo vivo?”
pues la falta de suelo puede hacerse costumbre.
Unas bajaron sus anclas decididas,
otras se deshicieron del pasaporte.
Ellas encallaron esa misma mañana,
o tomaron trasbordos
a algún destino nuevo.
“Ya no me finjo mascarón de otros
ni timón de ti”,
(Elia gimió como escupiendo escamas).
“¡ahora y para siempre soy mi nave!”
