literatura venezolana

de hoy y de siempre

Poemas de Karelyn Buenaño

Sep 1, 2022

LINDA 

Quería para ti una procesión

de listones y abejas rocinantes

 

Quería para ti unas avecillas

que imitaran

tus gestos tan alegres

 

Había intentado una camada de flores

un entierro estoico y cristiano

digno de un pez o una avispa

 

pero qué va

tus ojos apagados

no han hecho mayor cosa que oprimirme

 

hay siempre alguna saña que no vimos a tiempo

un doctor que nunca vino

un suplemento a deshora

 

Quería para ti

el milagro de la danza

el chakra medio en que se agrandan

las oraciones en el cuerpo

 

Quería una paz

de días demasiado largos con sus noches

demasiado palpitantes

 

Razón tiene la muerte cuando viene

 

Algunos duermen la oscurana

y despiertan amarillos

 

Adiós pelaje de sol,

ahí te espera

una caravana de amigos míos

con guirnaldas

y abejas rocinantes,

¡y una reguera de pájaros

soltando por los aires

nuestros tiempos y nuestras alegrías!

 

Cuando duerma la bruma de todos,

ay cuando duerma,

despierta conmigo.

 

 

Djín

Tout fuit,
tout
passe.
L’espace
efface
le
bruit.

Víctor Hugo. Les djinns.

 

La salamandra

dejó su ruido

en la ventana de nosotros

quienes la hemos confundido con un duende.

Recién oscureció;

la trocha antigua

la sintió proseguir sin ordenanzas

junto a otros gnomos y ninfas tutekantes.

Ha desmembrado su lengua

y no su cola,

las ánimas del barro

le escuchan mascaduras de la tapia.

Va desovando sus fuegos diminutos,

mandibulea en el jardín

y espera

el Dies Irae de la Gran Iguana.

 

 

COSMOGONÍA NAVAL

En la húmeda pena

nunca conclusa

te deslizas úlcera de plexo,

de sexo,

de memoria.

Tu olvido

aserra,

aserra,

aserra

para dejar su obra terminada:

matarme el alma a pedazos de los tiempos,

destruir el resplandor irrompible,

detener la indetenible palpitación.

Yo también hago mi parte a dentelladas

vituperando tu más sagrado brillo.

Devengo inesperada: malévola,

doliente

salvada, sin embargo, de alguna ignorada

e hipotética

catástrofe en camino.

Habría preferido nuestras manos juntas

atravesando tornados y perfidias,

o una victoria en fragata

luego de haber comido el pan ácimo

por días, muchos días,

con pasión de seguidora

sin blasfemias.

No me defiendo más de la marea,

ya no seré la abanderada de ti.

Otra bandera en respuesta,

carpa floresta arrebolada en el desierto,

refresca el sol de los tristes y me iza.

Iré a lavar a la flava de los médanos

mi vela oronda al viento,

mi cuaderna subversa,

espuma de amatistas,

piragua de ciruelas,

mascarón con labios de otro,

timón en la tormenta.

Nunca antes supe de esta anatomía naval

devuelta,

transferida,

gozada a medias.

Mía.

Repleto está mi cuerpo de mundos restaurados.

 

 

VALVARIE

“De nuevo aquí”, dijo Elia después de darse cuenta

de no haber sido exactamente una elegida,

ni la única con su maleta en mano.

Elia y su ombligo de felino largo,

ella y sus larvas

comiendo corazón, guardando resquemores,

tal vez poniendo clavos

que se quedaron esperando por medallas.

“¿Adónde me conducen tantas olas?”,

decían Elia y todas

cuando vieron que en verdad

partió la nave.

Querer romperse juntas para volver crisálidas,

traslúcidas riberas

donde se estanquen las inundaciones;

vaciar lo nunca sido, reventarse

de vida franca en la jarana del océano.

Ni huecas ni tan muertas,

ni arpón ni alcantarillas.

¿Habrá un maná que salga

de tanta musa loca,

de tanta lamedura?

“Será un hondo naufragio, pero mío”,

corre una voz que alarga

deseos y nostalgias.

 

En el barco, unas cuantas

traían los zapatos de sus hijos;

otras irían por ellos

después de despertar de sus cegueras.

Algunas huían del soplo de la muerte,

otras boqueaban sin fuerza y sin remedio.

Alguna joven, malcriada o huerfanita

de muchos besos, consejos y alegrías

va conversando, o tal vez soportando

a una sórdida hermana del navío.

“¿Nos hace hermanas la desolación?”

No a menudo.

“¿Y el resplandor?”

Mi amor, a veces menos.

 

Las peores alunadas

se bañan entre copas

que escarchan verrugones, cicatrices,

alopecias y callos del desvelo.

Ninguna de ellas sabe quién navega;

lo que sabemos es que quien navega, sabe.

Las almas destrozadas ganan brillo,

los muslos ultrajados

se reaniman.

Da ganas de peinarse en tocadores.

Ojos tanatizantes abdican de escaparates,

baúles, carteras y compactos:

Esteban, mi madre, mi padre, la institutriz odiosa,

el primo que murió sin despedirse,

la férvida de mi amado que era -o presumíase- harto bella,

más lista que un listón,

el santo padrinísimo con sus expectativas,

planes insospechados

y opiniones que nadie había pedido;

amigos que no vinieron

a acompañar la vida,

la vecina mala, la arrendataria chismosa,

semestres de carrera a las carreras,

encargos y bregas mal pagados,

los nobles malqueridos,

los bienqueridos agrios,

el patancito (“¿A quién le falta uno?”),

y un ángel sin aureola que nos perdonaba

como una celestina jubilada.

La soledad servida en la mejor cazuela:

todas, a sus espaldas, habían conservado

el plato lleno de hambre,

el cucharón plateado.

Por eso las viajeras

sacudieron sus carnes:

los fantasmas despejaron lecho y nave.

 

Cada una imagina el nombre de su puerto:

Aguarata Escondida,

Tetas de Muñeca,

Sagrada Gutenmaja,

Caracolito del Vientre.

El día es lento, y las trasatlánticas ríen:

olvidaron invitar

a pitonisas,

cocineras,

maestras y doctoras.

Nada de eso. Que la suerte no sepa

de prospección ni lotería.

Que nadie venga enkrática

a darnos conferencias sobre cómo no hacer

lo que ayer nos restregaron,

lo que ya no podemos recortar a los días.

Que nadie desfallezca

y al banquete lo provean Espíritus y Gracias.

Que no haya más enfermedad

que la veneración a la esperanza.

Nadie se aguante aquí: cáncer de labdanum,

espaldas astilladas,

terror de atravesar, dolor de himen,

dedos necróticos,

despecho fósil.

 

Se ha muerto una nuestra. La de la vida ajena.

La de perros a cuestas,

la del cabello satinado como la Virgen.

(Hay agonías destripadoras, muriáticas,

cartas natales con mucha mala estrella.)

Otra, creyéndose traicionada unigénita,

se puso ella misma en bandeja de los peces

caminó como Jesús

glaciar abajo,

pero esta vez no sucedió el prodigio.

La menor

mudó otra vez sus dientes

y decidió columpiarse todo el día.

Elia ha pedido que una almohada de hierbas

le recompense con el olor del descanso.

No habrá descanso esta noche: la compañera de cuarto

se está quebrando de adoración en un parto

para unirse a la más cautivadora cría.

La leche y la placenta

derramaron un cordero alucinado.

 

“¿Cómo llegué hasta esto?

¡Nunca debí escapar de casa!”

(todas corremos demasiado aprisa

cuando la brisa del cosmos roe la nuca).

 

La abuela de los mares, la pregonera,

anunció nuevas tierras

y sus puertos serenos.

Se oyeron reacciones como: “ya me harté del agua”,

“nunca me había divertido tanto”,

o  “¿ahora cómo vivo?”

pues la falta de suelo puede hacerse costumbre.

Unas bajaron sus anclas decididas,

otras se deshicieron del pasaporte.

Ellas encallaron esa misma mañana,

o tomaron trasbordos

a algún destino nuevo.

 

“Ya no me finjo mascarón de otros

ni timón de ti”,

(Elia gimió como escupiendo escamas).

“¡ahora y para siempre soy mi nave!”

Sobre la autora

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