literatura venezolana

de hoy y de siempre

Poemas de Linda Cristina López Ortega

Ene 30, 2022

VII

 

Sobre todo ella sabe

de llegar al muelle

que no sobrevivió

a las mordidas del agua

o a puerto inevitable

 

sabe de la mecedora desvestida

del silencio posado en el columpio

y del viento imparable entre los arboles

 

ya no hay quien recoja los higos

y enseñe los rezos

 

solo los pájaros van y vienen

al patio

tenaces

como el hambre insaciable

de los recuerdos.

 

 

XII

 

Ella se esconde de ella misma

se esconde de su propia sombra

se guarda de aquel que la ama

con los ojos cerrados

única

intacta

invulnerable

perfecta

 

ella se esconde

se esconde

por miedo a arrastrarlo

al voraz río crecido que es.

 

 

II

 

Una mujer canta

no   soy yo

una mujer ríe

no   soy yo

una mujer sueña

no   soy yo.

 

Una mujer salta del trampolín

esa soy yo   al vacío

 

una mujer clama

soy yo   confinada al espiral

del desamparo

 

una mujer anochece tus pasos

relampagueo de pecados

esa soy yo, viva.

 

 

 

XIV

 

Se acerca la noche

la observo de reojo

ahora y aquí

coronada de entrecanas

 

hoy la noche

no sabe a enamorados

a semillas de almendrón

 

sabe

a tiempo de naranjos amargos

y espinos.

 

 

¿Quién te nombró muerte?

 

¿Quién armó de hoz tus manos

y no de rosas doradas?.

¿Quién vistió tu rostro de fealdad

y no de mujer hermosa de tez rosada y rojos labios?.

¿Quién dijo ayer que transitas por espacios oscuros

y no te perfumas con algas marinas a la luz del sol?.

 

¿Quién, muerte, quién?

 

¿Quién asegura que persigues a los hombres

y no que ellos se extasían en tus dulces abrazos?.

¿Quién dispuso tu nombre para asustar a los niños

y no dijo que jugabas “metras” con las gotas de lluvia?.

 

¿Quién, muerte, quién?

 

¿Quién diría que no eres una mujer apasionada

y que tus senos saltan como cabras montescas

al roce de las manos del amado?.

 

¿Quién, muerte, quién?

 

¿Te llama ausencia    silencio

y no vida?

 

 

 

Sin tiempos

 

Te había buscado infinitamente antes de mis tiempos y tus tiempos

en los mares de mis angustias bajo soles inexistentes.

 

Te había llamado repetidamente convirtiéndome en un eco desesperado.

 

Te recorría en mis pasos buscándote en sueños de rostros desdibujados

y con la simpleza de lo primitivo y el tiempo exacto de relojes milenarios

sin apresuramientos y excusas para breves encuentros

apareces   existes

desde ayer

desde hoy

desde siempre

perteneciéndote mis huesos equivocados mil veces

y este cuerpo que no se ajustó nunca al ritmo de otros cuerpos

por qué el rito de la pertenencia  es sagrado

desde el primer estremecimiento hasta el grito del éxtasis final.

 

Sin tiempos te amo

 

Aun cuando perduren

los sonidos de muerte   acechándome

fantasmas   rondándote   rondándome

 

Aun cuando las mareas no siempre estén bajas

y los peces duerman en las tardes de lluvia

 

Aun cuando a mi tiempo lo toque la tristeza

y las culebras nocturnas de las lámparas de mi casa me cierren el paso

 

Aun cuando los viejos amores persistan

porque el espíritu se me fugo un día entrando a tu cuerpo

y eso basta.

 

 

 

 

 

 

Te amaba

 

Te amaba que hasta compuse una música extraña

con los nombres de las mujeres que te amaban

 

Te amaba sin luces, bajo las velas.

 

Te amaba en la regadera al aire libre donde nos bañaba la luna.

 

Te amaba tan solo en una sala amueblada con guacales

para recibir los amigos en las tardes.

 

Te amaba en mi cuarto

adornado con un florero de barro

para recoger flores silvestres del patio de la casa.

 

Te amaba por el olor a sudor y a tierra recién sembrada.

 

Te amaba por el silencio de tus pasos

tú taza de café y los ojos sobre los periódicos del día.

 

Te amaba y no sé si alguna vez me amaste

y tampoco sé porque exactamente te amaba.

 

Te amaba y hoy me conformaría

con colocar mi cabeza en tu hombro

descansar de tanto equivocarme.

 

 

 

 

 

Las abuelas no mueren

 

Cuando la abuelita Dolores murió

llegaron a la casa de la tía

mi madre que vivía a cuatro casas apenas

los tíos y los primos que venían de otras ciudades

los amigos de los tíos y las tías

y los vecinos.

 

Nosotros los primos éramos tan pequeños

como la abuela para ese entonces.

No sabíamos aquello de que la vida se dejaba 

por error sobre el asfalto y las noches.

Sabíamos jugar en la pérgola de trinitarias

en la casa de una de las tías,

inventar aventuras sobre las copas de los arboles

y escasamente aprendíamos a nadar

y a conocer el sabor de los almendrones

sembrados en el jardín de la casa de mi madre.

 

Llego el carro negro

tan negro y reluciente como el asfalto en verano

y en él una gran caja de madera.

Era tan grande la caja  para albergar

el cuerpo tan pequeño de la abuela

y sus pocos cabellos lunosos

y su silencio

y el montón de arrugas

y todas las trinitarias que florecieron una vez en sus ojos

y la piel injertada tras el incendio ocasionado

por un cigarrillo y las pastillas de dormir

-esas que no eran de caramelos-

que usaban las tías y los tíos para engañarla

dulcemente  como a una niña

como a nosotros las primas y los primos pequeños.

Era tan pequeño su cuerpo para ese momento

que habría cabido en el costurero

de madera de mi madre.

 

Cuando sonó la campana

que anunciaba la misa para despedir a la abuela

a todas las nietas nos colocaron

sobre los cabellos un velito redondo blanco

sujetado con una horquilla

por aquello de que no se los llevara

el viento como a la abuela

y a los primos los vistieron

con la ropa de salir los domingos a visitarla.

 

Más tarde la casa se quedó en silencio y vacía.

La cama de la abuela quedo también en silencio y vacía.

En la mesita de noche

dormían sus escasas pertenencias

que a los días nos repartieron

a los primos y primas:

la talla de la Virgen del Carmen

unas estampitas de otros santos

la medallita de la Santísima Trinidad del abuelo

y el retrato del abuelo con la dedicatoria

 A quien más que a ti Dolores con este amor

para siempre aun después de muerto

y en un monedero

unas poquitas moneditas que titilaban

como el caminar de la abuela

y unos zarcillos con aguamarinas

como los ojos de la abuela.

La abuela no había muerto.

 

La abuela se fue a visitar unos días al abuelo

por lo de la promesa de amor juntos para siempre

escrita en la parte posterior de su retrato.

Siguen floreciendo las trinitarias

en cada casa de la familia

iguales a las de la casa del abuelo y la abuela

albergadas en sus pupilas.

La abuela no ha muerto.

 

Todo es un cuento.

Las abuelas no mueren.

Si colocas una caracola en tu oído

derecho o izquierdo

las escuchas  hablar y cantar.

Sobre la autora

*Crédito de la fotografía: Geczain Tovar (https://www.facebook.com/geczain.andueza/photos_by)

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