literatura venezolana

de hoy y de siempre

Tríptico del amanecer

Sep 11, 2021

Ramón Díaz Sánchez

¡Oro! ¡Oro! ¡Oro!

—¡Alonso de Campos!

—¡Presente!

—¡Pedro de San Martín!

—¡Presente!

—¡Iñigo de Bascona!

—¡Presente!

—¡Hernán Pérez…

—De la Muela —completó el interpelado con voz enfática—: Licenciado de España y Ca­pitán conquistador.

El Capitán Juan de Villegas que pasaba lista le replicó sin mirarle:

—Lo de la Muela concuerda con lo de Li­cenciado. Luego veremos lo de Capitán.

Alzó de nuevo la voz y prosiguió llamando:

—¡Virgilio García!

—¡Presente!

—¡Francisco Martín!

Nadie respondió.

—¡Francisco Martín!

Terció entonces uno de los hombres de a caballo:

—Francisco Martín debe andar como siem­pre por la ranchería galanteando alguna in­dia.

Risas ruidosas sacudieron los herrajes de las armaduras, pero el silencio cayó sobre la tropa como un tajo. Cubierto de hierro hasta la cabeza, recio como un pino, Miser Ambro­sio Alfinger aparecía ante sus hombres y les miraba con sus pupilas de acero.

—Siga la lista, Capitán, y dígale a ese Francisco Martín que la próxima vez que fal­te le mando dar veinticinco azotes.

—¡Martín Tinajero!

—!Presente!

Era suave y serena la voz del soldado que respondía. Miser Ambrosio adelantó hacia él y se quedó mirándole. Le seguía su Maestre de Campo Francisco del Castillo con el rejo de cuero en el puño.

—¡Martín Tinajero, eh?

El hombre estaba firme, con la ballesta en el hombro, y resistía la mirada del jefe con tranquilidad.

—¿De qué pueblo?

—De Ecija, señor.

—Este es el que convida a rezar a los sol­dados —explicó del Castillo chasqueando su látigo.

—Debió ser fraile —intervino el Capitán Francisco Vanegas. Y el alemán ordenó con desdén:

—Mándelo para Coro con la escolta de los quinientos esclavos.

* * *

Con el alba se puso en camino la tropa. Cuatro días apenas habían estado en la ran­chería construida para refugio de las indias cautivas y de sus hijos, y ya volvían a em­prender la peregrinación interminable. En al­gún escondido lugar de la hondonada lacus­tre, en algún agujero de aquella fragua sel­vática en cuyo centro brillaba el plomo del lago, en alguna de aquellas marismas explo­radas por ellos noche y día durante más de un año, debía estar esperándoles el metal ama­rillo que les incendiaba los sueños.

Desde aquella mañana de 1529 en que abandonaron a Santa Ana de Coro, no habían hecho alto sino breves instantes. Con la es­pada en la mano, abriéndose paso d, través de envolventes malezas y de pantanos trai­dores, habían desandado las cuarenta leguas que les separaban del lago. Allí les esperaron las naves que el Adelantado alemán hi­ciera construir para atravesarlo, las mismas que abandonaban ahora convertidas en tizo­nes humeantes para que nadie pudiese uti­lizarlas en su ausencia.

Aún después de haber avanzado largo tre­cho por entre los cujizales polvorientos, siem­pre hacia el poniente, podían columbrar las negras columnas de humo culebreando hacia el cielo. Y los hombres barbudos sentían ce­rrarse tras ellos un nuevo círculo, un nuevo anillo de angustia. Sus dedos crispados se adherían a las armas.

Al comienzo, un año atrás, habían charlado, mucho, alegres y expansivos. Ahora avan­zaban callados, uno tras otro, arrastrando el rojo polvo con las botas que ya dejaban aso­mar los dedos. Los caballeros delante, cla­vados en sus monturas; los infantes detrás, inclinados hacia el suelo, todos callaban. Só­lo se oía por momentos el chasquido del lá­tigo sobre las espaldas desnudas de los in­térpretes y los cargueros indios.

No era solamente el cansancio, no era so­lamente el cauterio del sol ni la agonía de la sed lo que apretaba sus cuellos. Era, sobre todo, la roja fatiga de la muerte que vinieran sembrando a su paso. En las aldehuelas la­custres reinaban ahora la soledad y el silen­cio. Los bohíos abrían sus bocas negras y los fogones permanecían apagados, pero de pronto rasgaba el tul luminoso del aire el sil­bido de una flecha y caía un español. Enton­ces bramaban las escopetas y los dardos de las ballestas partían hacia el monte como abejorros coléricos para abrir otra vez ante ellos la angustiosa pregunta: ¿Dónde están esos seres furtivos que disparan las flechas?

Cuando algún motilón negligente caía en sus manos la cadena de hierro rodeaba en­seguida su cuello y su destino quedaba tem­blando en un interrogante de rutas siniestras: Coro, Santo Domingo, Cubagua. La muerte y la ruina habían sido la señal de los hombres barbudos por aquella comarca que los indios Fumaban Xuduara. La habitaban Bubures, Buredes, Mapes, pero los soldados les daban a todos el nombre de Motilones o Coronados por la forma curiosa de anudarse el cabello. ¡Bestias feroces dejadas de la mano de Dios! ¡Seres intratables que no se avenían a entre­gar su oro y sus mujeres pacíficamente!

Un año sepultados en las maniguas ardien­tes, donde la muerte culebrea en silencio; un año de hambre, de fiebres convulsivas y de pesadillas letales les habían puesto el ánimo agrio y sombrío. Sobre la expedición debía de pesar algún sortilegio terrible.

* * *

Bajo un matapalo, entre arbustos espino­sos y nubes de jejenes, hicieron alto para pernoctar. No había luna, pero las estrellas limpísimas perforaban el betún del cielo. Los hombres se habían echado en la tierra con las armas bajo la nuca y miraban hacia arri­ba. De vez en cuando mordía la tiniebla el ladrido de un zorro o el graznido de un buho, y los centinelas golpeaban las costillas de los indios para cerciorarse de que seguían allí acurrucados como alimañas.

Francisco Martín murmuró sin moverse:

—¿Qué hará mi Petrilla a estas horas?

—¿Y qué horas serán a estas horas?—inda­gó un compañero a su lado.

Sus voces rodaban cansadas y cautelo­sas como dos gusanos que se arrastraran en un lodo negro.

—Habrá encerrado los puercos en el chi­quero y estará rezando el trisagio delante de la Inmaculada. Luego se meterá en el jergón y pensará un poco en mí.

—¿Te crees tú eso?

Francisco Martín enmudeció cual si la pre­gunta del otro fuese una mano apoyada en su boca, y el compañero repuso entre dien­tes:

—Yo no dejé a nadie en España. Cuando vuelva nadie me conocerá. Entonces iré a Sevilla y compraré un olivar con el oro que lleve.

—¿Cuál oro?—vengóse Francisco con odio. Y tras su pregunta se abrió otro paréntesis que él mismo cerró:

—No creo en el oro de América, por lo me­nos mientras nos manden estos alemanes im­píos, a quienes el César ha dado sus nuevas tierras. Nos moriremos aquí.

—Shit…

La mano invisible volvió a oprimirles los labios pero la voz del otro comentaba des­pués con dejo amargo:

—El César… ¿Qué crees tú que hará el César ahora?

—¿Quién habla allí? — prorrumpió junto a ellos el Maestre de Campo. Y los dos se tragaron sus voces.

Algunos soldados roncaban ya. Otros ge­mían como perros enfermos. Francisco Mar­tín se puso a soñar que había vuelto a su pueblo y que salía a recibirle Petrilla; que entraba en su casa y se ponía a contar en la mesa de pino las doblas y los excelentes de oro mientras los labriegos vecinos le envol­vían en su codicia. «¿Dónde queda Améri­ca?»—le preguntaban algunos. Y él les res­pondía acariciando sus monedas lustrosas: «Más allá del océano: en los quintos infiernos». Pero ellos reían enseñando los dien­tes: «Iremos, iremos también allá para traer doblas de oro y sartas de perlas». «No va­yáis, no vayáis», aconsejábales él, mas ellos salían en interminable y atropellada carava­na hacia el mar. Los brazos negros de los frailes extendíanse y llenaban todo el hori­zonte dibujando bendiciones mientras el Em­perador, sentado en su trono y rodeado de hombres robustos y rubios, se frotaba las ma­nos. El trono era un sol rutilante pero los grandes brazos negros proyectaban su sombra sobre él y los cuerpos de los hombres rubios interponíanse entre la Majestad y el pueblo. Todo se hacía confuso después y el trono se disolvía en la tiniebla.

* * *

A la mañana, al formar filas, el Maestre de Campo lanza un terno y anuncia la desapari­ción de tres soldados y la muerte de un in­dio. ¿Cómo pudieron aquellos hombres bur­lar la vigilancia de los centinelas? A éstos debió rendirles el sueño. Debió penetrarles el denso veneno que sube como una ola de humo de la tierra desnuda. No es la primera vez que desertan soldados. De los 150 que sa­lieron de Coro, sólo quedan 90, además de los indios. Estos no pueden huir porque la cadena les ata al destino de sus conquistadores, pero se vengan muriéndose.

Miser Ambrosio blasfema. Sería menester degollarlos a todos. Bien sabe que no le quieren pero a él le basta con que le teman. ¡Cobardes! Si es preciso irá él solo a buscar el oro en las profundidades de este mundo terrible.

Al principio, cuando ocurrieron las primeras deserciones, hizo azotar a los centinelas. Les apaleó con su propia mano. Pero ahora el ins­tinto de conservación le estrangula la ira. Su brazo de hierro, sacudido por el furor, se mueve de arriba a abajo y el montante cer­tero decapita el cadáver del indio. La san­gre, todavía cálida, le baña el farpado de malla y en una lluvia roja le alcanza la ca­ra. ¡Si pudiera haría lo mismo con todos es­tos españoles que le clavan las flechas de su odio y le envenenan el humor con sus su­persticiones! ¡Con gusto dejaría sin cabezas a estos hombres barbudos que se rascan las ronchas con las espadas y hacen estallar sus piojos entre las uñas!

Mientras .el sol se dora los soldados perma­necen en pie frente a la cólera del jefe. Las miradas oscilan entre el caudillo iracundo y el esclavo que yace a sus pies sin cabeza. Y las pupilas se ponen sombrías en presencia de esa carne cobriza que la muerte endurece.

Cuántos días sin probar un bocado de carne! ¡Cuántos días sin cobrar una pieza en las landas peladas y reverberantes! Era distinto en Xuduara, el húmedo paraíso del sur. Allí abundan los váquiros, los venados y las aves. La última carne que comieron después de su marcha hacia el poniente, fue la de esos pájaros negros que vuelan tras ellos y que los indios llaman zamuros. Una carne tiesa y amarga poblada de piojos grises.

* * *

Tierras calcinadas y rojas siguen surgiendo ante sus pasos. El horizonte sin fin las vomita con una pertinacia monótona que los enloquece. Apenas algunos montes ralos quiebran el paisaje con sus manchas pardas y los hombres se preguntan: ¿Qué se han hecho los habitantes de esta comarca? ¿Dónde están los terribles Cocinas de que suelen hablar los intérpretes? Todo lo preferirían a esta soledad alucinante, hasta las rayas envenenadas de los Cocinas. Sólo alguna serpiente de casca-bel agita sus crótalos al margen de las ve-redas y unos cuantos zamuros vuelan en círculos bajo el acero del cielo.

Así se alargan los días y las noches. Bajo las barbas se hinchan las fauces y los ojos arden al chocar con la tierra. Pero los soldados siguen aún en pos del hombre de hierro que se afirma en el lomo de su caballo y no mira a la espalda. Es un ser temible este hombre cuya entereza apaga las quejas en las gar-gantas y cuya mirada pone chiquitos los corazones. Al quinto die’ han visto surgir en el horizonte una línea ondulante y obscura que se va precisando entre los resplandores del aire.

—¡La montaña! —grita Juan de Villegas—¡La montaña!

La tropa se detiene un momento para con-templarla mejor. ¡La montaña! Ya otras líneas semejantes han cortado los horizontes ante sus miradas, pero nunca sintieron una emoción como ésta. ¿Será una nueva montaña o acaso la misma que hallaron en sus correrías del sur? ¿Quién puede decirlo? Han estado marchando hacia el oeste, pero bien pudieron haber torcido la ruta en la demencia de los días sin sombra. Hay ansiedad en sus ojos y los pechos se aprietan en una muda oración: ¡Dios de los cielos, Virgen de los dolores y de las esperanzas, que hallemos en esta montaña lo que hemos venido a buscar!

—¡Santa Gadea! —dice Virgilio García con las pupilas vueltas al cielo—. Te ofrezco un caballito de oro y treinta misas cantadas…

Pero Francisco Martín, que camina a su lado le rompe la prez:

—¡Calla! ¿No sabes que al alemán no le gustan los rezos? Por ello mandó para Coro a Martín Tinajero.

—Por ello —protesta Virgilio— por ello no hallamos lo que estamos buscando.

A la caída de la tarde están frente al bastión de los cerros. Las cumbres proyectan sus som­bras sobre el llano y una luna asombrada se asoma en el horizonte. Viene ahora hasta ellos el aliento frío de los montes, el saludo de un mundo distinto. Los caballos levantan las ca­bezas con las narices temblorosas y los indios se agrupan expectantes.

—Yo soy cristiano.

Es Virgilio García, que siente la necesidad de atar su destino a los cielos y renueva junto a los compañeros cansados el tema de la ora­ción. A Martín Tinajero, el hombre piadoso y tranquilo que mandaron a Coro, le gusta rezar y parece feliz. Pero Francisco pregunta molesto:

—¿Es soldado o es fraile?

En el corazón de la noche selvática circulan venillas de frío que obligan a encojer las pier­nas en el suelo y provocan relinchos a los caballos. Los centinelas cabecean apoyados en sus partesanas y los indios prisioneros afinan los oídos, porque la montaña tiene rui­dos misteriosos que sólo ellos conocen.

De pronto un grito se hunde en la entraña de la noche y la tropa se pone en pie con gran choque de hierros. Alguien enciende una tea. Es uno de los cargueros que araña la tierra con una flecha clavada en la espalda. Todos se miran en silencio y la angustia se empoza en sus ojos. Sólo hablan los indios. Hablan en su lenguaje gutural y atropellado.

—¡Itotos! ¡Choques! ¡Guanaos!

Allí estarán los Guanaos y los Chaques en­tre las frondas nocturnas avizorando con sus ojos malignos a la tropa confusa. Allí estarán junto a ellos con sus flechas de puntas den­tadas. Los intérpretes y los cargueros gesti­culan y los caballos relinchan. Allí estarán esos seres sutiles cuyo olor a tigre se difunde en la brisa.

Ya no habrá sueño esta noche que se alar­ga y prolonga la agonía de los hombres. El cuerpo del indio continuará allí con la flecha clavada hasta que vuelva la luz a borrar el terror de los corazones. Pero en medio del silencio estalla una voz insólita:

—Por lo menos así sabemos que hay vida alrededor de nosotros.

La de Alfinger le sale al encuentro:

—¿Quién habla? Capitán del Castillo, cór­tele la cabeza al que abra la boca.

* * *

Este sol que se enreda en las altas copas de los árboles debe ser cómplice de los in­dios que acechan. Las flechas han silbado de nuevo sobre las cabezas de los soldados mientras escalan la montaña. Adelante van ahora los hombres de las espadas tumbando ramas para abrir caminos y los indios enca­denados les siguen, aplastados por la impe­dimenta, sirviendo de blindaje viviente a la tropa.

Repentinamente Bascona se detiene y abre los brazos. Han llegado a la cumbre y a sus pies se explaya un mundo inesperado que sus miradas soborean en un éxtasis largo.

—¡Qué hermoso!

Nunca como en este instante sintieron tan honda y tan neta la emoción de descubrir y conquistar. Hasta el Adelantado alemán que ha visitado las prodigiosas islas del Mar de los Caribes se abisma ante la maravilla de estas tierras cubiertas por todos los tonos del verde. Allí están bajo el oro del sol los tonos tiernos, los tonos profundos, los tonos severos del maíz, la yuca y el algodón.

—Allí debe estar el oro —dice en voz al­ta—, allí debe estar esperándonos.

Los otros se ponen a dar saltos gozosos.

—¿Cómo se llama ese Valle?

Del Castillo interroga a los indios intérpre­tes con el rejo en la mano.

—Upar.

—¿Y ese río que corre por él?

—Upar —repite monótono el indio.

Pero Alfinger alarga su espada y declara:

—Desde ahora ese río se llamará César en honor del Emperador.

—¡Chozas!

Es Juan de Villegas, quien las descubre en lontananza, escondidas entre la refulgente verdura.

—Son pueblos de indios.

Más allá de las chozas brilla el espejo de una laguna, moteado de manchas azules. De­ben ser islas, porque en ellas se columbran otros puntitos negros que también serán cho­zas.

—El oro estará en la más grande de todas, en aquélla que se divisa mejor: de donde sa­le el humo.

Son como montoncitos de horruras de mos­cas en un paño de seda, y hacia ellas se lanzan los soldados en tropel impetuoso, re­novadas sus fuerzas por la fiebre que les que­ma las almas. Les polariza la fina columna de humo.

Todo es verde en este mundo transparente y fragante, hasta el cielo. Hasta el humo que se disuelve en el aire. El universo se les ha convertido en una gran esmeralda, en cuyas aguas estáticas su fantasía ve refulgir y ondu­lar ríos amarillos.

Bajan. Cruzan el llano. La soledad les re­cibe alargada. Pero de pronto aparece ante ellos un grupo de hombres esbeltos, broncí­neos, tocados con gorras y capas de algodón, y los soldados se detienen. Los brazos de los recién llegados se extienden solemnes. Co­mienzan a hablar.

—¿Qué dicen? — pregunta el Adelantado a un intérprete.

—Guanaos saludando Arijunas.

En los ojos de Alfinger brilla una chispa. Los indios de los gorros y las capas llevan adornos de oro en el pecho, en las muñecas y en los tobillos. También sus soldados lo notan y los puños se crispan. sobre las picas y sobre la cruz de las espadas. ¡Oro! ¡Oro! Allí está, por fin, lo que tanto han buscado.

Y la esmeralda fragante se tiñe de rojo.

* * *

Las chozas están abandonadas, pero dentro de ellas viven las cosas que rodean la exis­tencia del indio. Los fogones humeantes, las ollas de barro, las toscas tallas de madera negra, las esteras de enea y los blancos teji­dos de algodón. Han huido dejándolo todo.

La tarde llena de vetas moradas el valle. La noche se acerca de nuevo, mas los hombres barbudos desdeñan ahora su presencia. Ya no sienten hambre ni cansancio ni miedo. Su búsqueda frenética siembra la destrucción en aquellos recintos humildes donde una civili­zación comienza a empollar al calor del tra­bajo. Nada brilla en los hogares aparte los tizones que se consumen entre cenizas. En­tonces salen afuera otra vez y penetran en los sembrados.

Entre las sementeras un soldado descubre un cuerpo escondido. Alza su pica para traspasarlo, pero de la masa confusa que comien­za a borrarse en las sombras, surge un grito delgado. Es una mujer que protege a su hijo entre los senos henchidos. Lleva túnica blan­ca y sobre ella cae la tiniebla de la cabelle­ra. ¡Una mujer! Todas las fibras han vibrado en el cuerpo calenturiento del soldado. ¡Una mujer!

Sus ojos miran en torno y advierten que los demás están lejos. La india es joven y esbelta y sigue agachada e inmóvil. De un manotón le arranca la túnica, de otro le arre­bata el niño. Ahora se dibujan en la penum­bra las redondeces obscuras: la pelvis lim­pia y turgente, las piernas fuertes, los brazos carnosos que pugnan por recobrar al hijo. Está pegada al hombre de hierro, luchando en silencio como los animales ariscos. Pero el hombre pone el niño en el suelo, levanta la pica y la hunde en el pequeño cuerpo pata­leante. El crujido de la piel nueva se confun­de con el de los tallos del maíz.

Aun así no grita la mujer. Sigue luchando en silencio. Pero qué fuerte es el brazo de este hombre barbudo y sudoroso. Y qué ex­citante el mudo ímpetu de la madre desnuda. Ahora cae entre los tallos cortantes con un cintillo de púrpura en la frente. Ahora salta el soldado sobre ella y su cuerpo frenético se sacude en espasmos profundos.

— ¡Oro! ¡Oro! ¡Oro!

El grito lejano viene sacudiendo las hojas.

El soldado abandona a la india junto al cuerpo sangrante del niño.

La noche sella los campos.

 

La geografía del hambre

Eran figuras de aves, de reptiles, de flores y de sexos y estaban dispersas por los suelos dentro de los bohíos. Brillaban en la obscuridad de la tierra y en­cendían el corazón de los conquistadores.

—¡Oro! ¡Oro!

Circuido de un prieto silencio, Miser Am­brosio acariciaba los toscos adornos, los idolillos grotescos, los falos bruñidos, y corrían por sus dedos extremecimientos sutiles. Sus hombres espiaban sus ojos.

—¿Qué se hicieron esos malditos? ¿A dón­de se llevaron todo el oro que tienen?

Fue inútil que cavaran la tierra y arrasa­ran las siembras. No había más, ni dentro ni fuera. Pero el nuevo sol les traía una nue­va respuesta. Algunos soldados volvían del lago jadeando, con las picas en alto:

—¡Están en las islas! ¡Están en las islas!

Y hacia allá corrió la jauría. Desde la orilla podían ver a los indios discurriendo en los prados y oír sus voces de alarma mojadas por la distancia. Sus mantas de listas aletea­ban sobre la verdura.

— ¡Pocabuces! —decían los intérpretes — ¡Pocabuces ricos!

En el centro de la laguna estaban las islas, lejos de las orillas. Y no había embarcacio­nes para cruzar las aguas tranquilas. Las sae­tas de las ballestas y los perdigones de las escopetas se habrían desmayado en la mi­tad del trayecto. Las voces mismas eran arre­batadas y abatidas por la brisa.

—¡Malditos, perros! ¡Vengan a pelear con nosotros!

—¡Con nosotros…! repetía la pradera. Los verdes temblaban entre los oros del sol.

Los prisioneros miraban atónitos la cólera de los soldados y sus almas se iban en pos de ]as maldiciones hacia aquellas islas azu­les, donde todavía estaba la libertad.

—¡Tamalameque! ¡Tamalameque!

Iñigo de Bascona propuso:

—Fabriquemos balsas para ir a asaltarles. Pero el Adelantado rechazó impaciente:

—¡Balsas! ¡Balsas! Tardaríamos un siglo y se escaparían con el oro.

De repente Juan de Villegas espoleó su caballo y se metió con él en el agua. El aci­cate perforaba la piel de la bestia.

—¿Habrá algún valiente que me siga?

Un tropel formidable. Los caballos alzaban las patas y rompían con estruendo el espejo tranquilo. Rompían el cerco del agua y avan­zaban con las orejas como lanzas. Allá en las islas, entre los tallos ondulantes, corría el pá­nico de los indios.

No fué una lucha sino una persecución. Una carnicería. Los pocabuces esbeltos, de mantas listadas, no querían pelear y huían desbandados frente a los monstruos de cua­tro patas que se les echaban encima. Sus voces clamaban:

—¡Tamalameque! ¡Tamalameque!

Inútil clamor. Sus cabezas caían en una siega implacable, entre surtidores bermejos.

—¡Tamalameque! ¡Tamalameque!

—¡Oro! ¡Oro!

Cuando los caballeros tornaron al lado del jefe, les vencía la fatiga, pero traían los bol­sones y las capellinas repletos de flores y pájaros áureos. Miser Ambrosio calculó la cosecha en unos cien mil castellanos de oro.

Pero este metal manchado de sangre, este ingente botín amarillo, venía a constituir un problema, porque los hombres famélicos no podrían transportarlo en el itinerario guerre­ro. ¡Cómo brillaba en el sol! Y aquello no era, de juro, sino una muestra de cuanto po­día depararles la opulenta comarca. Una muestra… ¿Cómo pensar en la vuelta cuan­do se abrían ante ellos tan tentadores hori­zontes? Miser Ambrosio pensaba en Europa y vía  a sus amos los Welzer frotarse las ma­nos, bajo las hopalandas de lana. Y veía al Emperador salir a caballo con sus caballe­ros para las tierras de Italia.

* * *

Veinticinco soldados y seis indios cargue­ros, al mando de Iñigo de Buscona, fueron destacados para conducir el botín hasta Coro. Antes de que partieran, el Adelantado posó sus manos por última vez sobre las relucien­tes figurillas y su corazón se _apretó, como si le abandonara una amante.

—Me responderéis de esto con vuestras ca­bezas.

Los hombres partieron. Ante ellos estaba de nuevo la selva ceñuda. Por un momento sus corazones fueron estrujados por la garra del miedo, porque el regreso era más temible que todas las aventuras. Iban a afrontar otra vez las selvas mortales con sus fuerzas merma­das, con su fiebre, su hambre y sus llagas.

Silencio sobre los días. Silencio sobre las noches.

Las provisiones eran escasas y viejas: ha­rina y raíces salvajes. Las tragaban de prisa, como purgantes, añorando remotos hartazgos de chorizos y habas humeantes. Las alucina­ciones venían ya a revolver los cerebros. A Francisco Martín le roía una llaga la pierna derecha.

Silencio sobre los días. Silencio sobre las noches.

Otra vez las leguas obscuras estirándose ante sus pasos con sus sombras húmedas, sus pantanos cubiertos de burbujas como ojos de muerto, sus mosquitos, sus sierpes y sus fle­chas emponzoñadas. ¡Volver a marchar! ¡Vol­ver a bordear aquellos ríos vigilados desde las cortinas del bosque por los ajillos malig­nos de los Chaguas y los Mapas! ¡Volver a vivir la pesadilla de los días y las noches junto a la muerte callada!

Al final de la cuarta jornada, cuando la angustia volvíase desesperación, acamparon bajo las ramas de un árbol.

—¿No podríamos seguir un camino más corto?

—¿Más corto? ¿Qué sabemos nosotros de distancias en estas montañas malditas?

Con la punta de su espada Bascona se puso a trazar rayas en la tierra:

—¿Veis estas líneas torcidas? Son las ori­llas del mar. Ved ahora estas otras: son las orillas del lago. Coro está aquí, en este pun­to; nosotros acá, en la montaña. ¿Compren­déis? Si tuviéramos un navío nos iríamos por mar y algún día los vientos nos pondrían en las playas de La Vela; nos echaríamos a dormir mientras la nave corriera… Pero no lo tenernos, no lo tenemos y sólo nos queda un recurso: marchar.

—¡Marchar! —gritó Francisco Martín, des­de el suelo —¡Marchar! ¿Es que no descansa­remos algún día de tanto marchar? Ya no puedo más con esta llaga endiablada que me come las carnes.

Bascona seguía trazando líneas en la tierra:

—Oíd ahora mi idea: creo que si en vez de seguir el camino de antes tomásemos más hacia el Sur, llegaríamos más pronto.

—¿Por qué lo creéis?

—No lo sé. Porque sí.

Nadie osó discutirle. Nadie tenía nociones geográficas de aquellos lugares. Se encogie­ron de hombros. ¿Qué más daba seguir hacia el Sur o hacia el Norte con tal de llegar? Por lo pronto era el hambre lo que les torturaba; el hambre que les hacía ver lanzas de fuego en el aire. Pero una voz pavorosa les llenó las almas de :río:

—Ya no queda nada.

—¿Nada?

—Ni una borona.

Daban miedo los ojos bajo las ramas del árbol. Se buscaban y se huían, traidores. Francisco Martín observaba de soslayo a los indios cargueros y los otros le observaban a él, leyendo en su espíritu. Los indios… Car­nes morenas y lisas como de perro. Carnes esclavas. Algunos de ellos habían comido carne de perro en el sitio de Logroño. Hasta el Emperador la comería en una selva como ésta.

Sólo Virgilio García conservaba un pedazo de yuca y lo roía en silencio. Francisco arrastróse hacia él y sacó de su sayo un trozo de oro que le mostró con cautela;

—Míralo: pesa más de una libra. Te lo dejo en cambio de un pedazo de eso que comes.

Lo puso en su mano y observó con ansia el brillo de sus ojos. Virgilio sopesaba en si­lencio la pieza.

—¿Qué representa?

—¿No lo ves? Un miembro de hombre.

Pero el otro se la devolvió con desgana:

—¿Para qué la quiero? Si pudiera comérmela.

Unas gotas pesadas, enormes, comenzaron entonces a caer de los cielos. Unas gotas que se aplastaban con ruido sobre las carnes. Bascona se había puesto de pie bruscamente. De un salto cayó entre los indios y con un fulminante mandoble descabezó al más cer­cano. Los otros se escurrían de rodillas, con las manos en alto. Las aguas del pánico se mezclaban con la sangre caliente.

—¡No mata Chaque, capitán! ¡No mata Chaque!

Las gotas del cielo sacaban humo a la tierra. Los ojos febriles miraban atentos cómo la espada que poco antes dibujaba mapas en el suelo, iba trazando ahora en la carne del indio la geografía del hambre. Después cayeron como zamuros sobre los trozos cortados.

* * *

Silencio sobre los días. Silencio sobre las noches.

Andando, andando el Capitán Bascona adquiría consumada destreza en aquella función carnicera. Los soldados sentirían  en  sus labios el sabor de la sangre dulzona y el hambre quedaría momentáneamente  saciada. Pero las acémilas humanas iban  mermando  y con ello venían a morder los cerebros nuevas angustias. Cada día estaban más débiles los hombres barbudos. Más agotados por el cansancio y la fiebre. ¿Qué sería de ellos sin la compañía de los indios esclavos, precisamente cuando les faltaban las fuerzas para ir a apresar otros?

Al décimo día no quedaba sino un solo carguero aplastado por el peso tremendo del oro. Tras él  la  cadena  arrastraba  cantando.  Ya las piernas de los soldados no podían con los cuerpos ni los brazos con las armas. Y  el indio  gemía  agonizando  de pie.

Silencio sobre los días. Silencio sobre las noches.

¿Por qué había rehusado aquel indio el pedazo de carne que le ofreciera Bascona? ¿De dónde sacaba energías para seguir viviendo? Ellos no podían más.  Los  hombres  de  hierro no podían más. Durante dos largas jornadas habían respetado la última carne de perro, transidos de admiración y respeto. Pero el hambre era más fuerte.

Al .undécimo día la espada hizo el último mapa. El indio agachó la cabeza para facilitar la tarea y los hombres barbudos se hartaron de nuevo. Cuando Bascona arrojó el pene arrugado, Francisco Martín abalanzóse con ansia.

—¿Esto botáis en ocasión semejante?

Sus dientes se hundieron en el nervio escu­ rrido y una mancha morada le borró los  la­ bios.

Silencio sobre los días. Silencio sobre las noches.

* * *

Ahora están arrodillados alrededor del oro. Un soldado comenta:

—Con esta riqueza viviríamos felices en España.   Todos felices…

—Tendríamos palacios y trajes.

—Y comida: perniles de cerdo, chorizos ahumados, garbanzos y vinos.

El Capitán Bascona inicia  un  nuevo mapa en el suelo, pero lo patea y lo borra con ira.

—¡Locuras! Nada de eso tendremos porque nadie sabe hacia dónde marchamos y nos faltan las fuerzas para cargar este oro.

—Este oro…

Es una letanía rodando  en el corro:

—Este oro…

Virgilio García se pone de pie y propone:

—Enterrémoslo.

—¿Enterrarlo?

—Desde luego.  Después volveremos por él.

¡Después! ¿Cuándo? Son palabras en las que ya nadie cree. Todos callan y en silencio entierran el oro. Como si enterraran un hijo de todos.

* * *

Ahora  avanzan  de  nuevo  entre  las llamas invisibles  de la  gran  fragua  lacustre.   El  río César  ha  quedado  en las sombras  lejanas de la sierra y todo se hunde en la ciénaga de sus conciencias envenenadas.  Pero una nueva corriente  les  sale  al  encuentro  y  los  hombres sienten aletear frente a ellos un soplo de vida. Hay pájaros en el aire y mamíferos que huyen por el bosque, pero ninguno se siente con fuerzas para  disparar  sus armas.  Francisco  Martín,  imposibilitado  de  andar,  se  arrastra  gimiendo. Y cuando  la  tropa  se  detiene  para descansar,  Francisco   lava   su   llaga   en   las aguas obscuras del río. Su  carne  está negra y  pútrida. Todo su cuerpo arde,  consumido por una llama hambrienta.   Sin embargo conserva  todavía  lucidez  suficiente  para  descubrir en los ojos de sus compañeros el mismo brillo siniestro de cuando devoraron al primer carguero.

—¡Santa María Inmaculada, protégeme!

Una astilla de hielo recorre el espinazo de Francisco Martín. ¡Se lo van a comer! Le van a sacrificar precisamente a él porque es el más débil, porque es el más próximo a la muerte, porque representa un estorbo para los demás. No tardará en silbar sobre su cabeza la espada de Bascona y su carne febril en ser devorada. Pero cuando va a gritar pidiendo piedad, una voz jubilosa les llega desde la ribera:

—¡Los indios!

Por un momento vuelven los ánimos a erguirse y los soldados se aprestan para la pelea. No  son sino cuatro mancebos desnudos que cruzan el río en una piragua.

—¡Deteneos, deteneos! Tenemos  hambre  y estamos perdidos.

Reman con vigor los cuatro indios, pero la elocuencia del hambre se hace entender en todas las lenguas. Oyen y comprenden. La curiara vira hacia tierra. Es leve como una pluma, ligera como un silbido y en su interior hay piñas, yuca, maíz. Las bocas ingenuas sonríen a los hombres barbudos. Los brazos cobrizos se alargan cargados de frutos, en ofrenda sencilla.

Han llegado a la ribera. Ya están allí, con­ fiados, al alcance de la espada geógrafa. Tres de ellos escapan despavoridos.

* * *

—¡Santa  María  Inmaculada,  protégeme!

No probará de esta carne Francisco Martín, no comerá de ella porque el terror le ha borrado el hambre. En silencio se arrastra lejos de aquellos hombres, a donde no pueden hallarlo. Prefiere morir solo en medio de la selva a ser devorado por  cristianos.

—Dios de los cielos, ten piedad de tu siervo.

Gota a gota cae el pánico en su corazón y marca, como un reloj, los minutos y las horas. Hay un momento en que oye muy cerca las voces que le buscan, pero las sombras son buenas como todo lo que nace de Dios. Sólo los hombres son malos. Entonces Francisco sale de su  escondite y  avanza  como un  gusano. Las aguas hablan  discretamente  entre las tinieblas, le invitan, le ofrecen su fresca dulzura. Por ellas huirá hasta donde le alcance la muerte que es también buena como todas las cosas de Dios.

Está solo en la noche pavorosa de la selva.

En la orilla hay un tronco y Francisco reúne sus fuerzas para empujarlo hacia la corriente. Luego se echa sobre él, a lo largo, y lo impulsa con el pie. Flota, se balancea, recuerda una vieja canción que le cantaban hace muchos años mientras flotaba y se balanceaba  lo mismo que ahora:

—Rorro, mi niño; duérmete ya…

Silencio sobre las noches. Silencio sobre los días.

 

Los dos se llamaban Martín

Bajo su ancho sombrero de castor el Obispo Don Rodrigo de las Bastidas vigilaba  los  trabajos  de  su  iglesia, iniciados en 1530, cuando vinieron a anunciarle el arribo de unos expedicionarios. Procedían de los lados del Lago y traían importantes  noticias.

El sol amarillo del medio día envolvía la gran plaza del pueblo en una luz cegadora y los indios encadenados traían en cestas, sobre sus cabezas, la tierra roja para las tapias que se levantaban. Hombres con capellinas de hierro, mujeres con el cabello al aire, chicos desnudos y bestias realengas pululaban entre la polvareda incandescente. El Obispo daba instrucciones a los albañiles-soldados desde el medio de la calle y sus voces sonoras se quemaban en la canícula.

Frente a la gran Cruz de cují erigida por el fundador Ampués nueve años antes, hizo su Señoría reunir a los notables para  recibir  a los expedicionarios en cabildo abierto, y allí comparecieron Felipe de Urre, Teniente del Go­bernador  Spira  que  andaba  a  la  sazón  por los Llanos; el parsimonioso Juan Alemán, Bartolomé Sailler y otros agentes  de la compañía germana; Don Juan Rodríguez de Roble­ do, primer Deán de la Catedral, Fray Antonio de Montesinos, protector de los indios, el Licenciado Antonio de Navarro, comisionado de la Real Audiencia de Santo Domingo, los cabildantes Martín de Arteaga, Gonzalo de los Ríos y Esteban Mateos y numerosa gente atraída por la novedad. Se esperaba nada menos que a Nicolás Federmann, aspirante postergado a la gobernación de la provincia, que venía de recorrer el itinerario trágico de Alfinger  después  de  visitar  la  isla  capitalina, y con tal motivo augurábanse sucesos extraordinarios. El viaje de  Federmann  había sido anunciado tres días antes por el sargento Hernando Montero, de la hueste de Francisco Martínez que iba para Carora por la serranía.

Allí, frente a la cruz, se saludaron el conquistador y el prelado. Los expedicionarios venían enfermos, hambrientos y descorazonados. Tampoco ellos habían hallado el oro que cinco años atrás enterraran los hombres de Alfinger y Federmann traía  el  propósito de  dedicarse  a  la pesca  de perlas.

Los alemanes estaban cabizbajos. Su Reverencia observaba con el ceño fruncido el ondular rumoroso de los cascos brillantes,  de las cabezas  desnudas,  de  las melenas  endrinas de los indios. Necesitaba dinero para el culto y la pobreza de esta Villa que con sarcasmo sangriento habían  llamado  en España la Castilla del Oro reflejábase en el descontento de todos.  Los  españoles  detestaban  a los alemanes y los indios les odiaban a unos y otros. ¡Los indios!  ¡Habían muerto tantos en el tremendo choque de la Conquista! ¡Agonizaban tantos otros en las minas y las encomiendas! La conciencia del Obispo no estaba tranquila porque apenas llegado a la provincia, ante la escasez de dinero había tenido que apelar a la esclavización. ¿Qué hacer si la tierra se negaba a darles  oro? Todo fuera para mayor gloria de Dios y del César.

Un incidente curioso logró levantar el ánimo de los pobladores tras la decepción del nuevo fracaso. Entre la tropa venía un antiguo soldado que por aberración singular abandonara la vida cristiana  para  vivir  con los indios. Francisco Martín, prófugo por dos veces de las huestes reales, volvía  prisionero, y la gente se aglomeraba para ver  su traza  estrafalaria.  Allí  estaba  con la cadena al cuello, entre los esclavos morenos, empenachado de plumas, con la cara pintada de anoto y un manto de colorines sobre los hombros.

—¡Vedle! Está   endemoniado. La maldición que destruyó a Alfinger sigue pesando sobre  él.

Una mujer explicaba:

—La primera vez le trajo el capitán San Martín, la segunda no recuerdo quién. Y las dos se escapó para el monte.  Ha perdido la fe del bautismo y ahora vive haciendo hechicerías y  comiendo carne humana.

—Tendrán que quemarlo en la Plaza.

Le habían hallado, explicó Federmann al Obispo, en una aldehuela del lago, amancebado con una salvaje, cargado de hijos y vuelto él mismo un pagano. Fue de los que visitaron el Valle de Upar con Miser Ambrosio y de los que enterraron el oro arrebatado a  los guanaos y  los pocabuces.

Los indios encadenados miraban también a Francisco y decían:

—¡Piache, piache,  piache!

Su Señoría estaba profundamente intriga­ da. En la alcoba más grande de su residencia, entre cruces y espadas,  estolas  y  rejos de cuero, cálices y grillos de hierro, amonestó al  prisionero:

—¿No comprendes, hijo mío, que has puesto en peligro tu alma?   ¿No comprendes que al hacer  vida  común con  esos infieles y  al procrear  hijos con hembras de su raza abominas  del credo católico, apostólico y  roma· no en que naciste? ¿Cómo has podido vivir entre tales paganos y plegarte a su culto y adoptar sus maneras hasta venir a parar en un vil hechicero? ¿Cómo has podido mirarles comer carne humana?

Francisco atrevióse a alzar la mirada hasta él.

—Señor, estáis engañado: ellos no comen carne humana.  Yo sí la he comido.

—¿Tú?   ¿Estás loco?

No estoy loco, señor. Yo y mis compa- ñeros hambrientos comimos la carne de los indios que íbamos matando cuando traíamos el oro.

—¿Es  posible?

Lleno de agitación el Obispo se puso  a recorrer la estancia, con el alma en un hilo.

—Eso es grave, gravísimo. Has cometido, Francisco, pecado mortal y yo debo someterte a juicio.

Francisco le miraba sereno.

—Tuve  hambre,  señor.

—Sí, ya me lo has dicho. ¿Y lo otro? ¿Y los hijos que tuviste en la selva?

—Son mis hijos. . .

—¿Y la vida que hiciste entre ellos, de brujerías  y de ensalmos?

—Fueron buenos conmigo: curaron mis llagas y me enseñaron a  curar  con  sus yerbas las de los demás. Me hicieron jefe de su tribu, su sacerdote y su médico.

Las manos coléricas del Prelado se agitaron sobre la cabeza del preso.

—¡Blasfemo! ¡Réprobo! ¡Impío! Morirás quemado  ante el pueblo.  ¿Se ha endurecido de tal modo tu corazón, se han cegado  tus ojos  a tal  extremo  que no  veas  tu  pecado? ¡Morirás  quemado,  Francisco  Martín!

Fue a la ventana que daba a la calle y contempló el panorama  amarillo.  La  gente se había ido marchando a sus quehaceres y los indios seguían transportando la tierra para las tapias. Al final de  la  plaza  se  alzaban los caserones de los notables con sus anchas portadas y sus ventanales de gruesos balaustres. El sol bajaba hacia las lejanas regiones lacustres y parecía una dobla encendida. Su Señoría lo contempló un momento y volvió con las pupilas brillantes.

—Dime: ¿Podrías volver al lugar donde dejasteis el oro enterrado?

Y como el preso dudara un instante, agregó:

—Pudiera ser que encontráramos forma de atenuar  tus  culpas. . .

—Quizá  — repuso Francisco.

—Está  bien:  probaremos.

Acercóse el Prelado a una imagen que había en la pared, entre dos espadas, y estuvo en silencio por algunos minutos. Oraba. Cuando volvió había en su semblante una grave dulzura.

Nuestra religión es tolerante  y  piadosa. El aconsejó perdonar. Pero tú, Francisco Martín, tendrás que hacer penitencia: comenzarás por llegar de rodillas, con la cabeza descubierta y los pies descalzos, hasta la Cruz de  la  plaza;  confesarás  tus  pecados  y te arrepentirás de ellos delante del pueblo; estarás treinta días a pan y agua e irás a contemplar el cadáver de  Martín  Tinajero para  edificación  de tu espíritu.

—¡Martín Tinajero! ¿Murió Martín Tinajero?

—¿Le  conociste?

—Sí,  señor.

—Pues Martín Tinajero murió no hace mucho en olor de santidad, cuando venía hacia Coro a buscar provisiones. Nos lo ha dicho Hernando Montero.  Su  cuerpo  se  conserva en la tierra, incorruptible y fragante por milagro de Dios para ejemplo de los pecadores como tú.

* * *

Cuatro soldados y un cabo condujeron al réprobo a través de la  sierra,  a  tres  jornadas de viaje, hasta el sitio donde yacía Martín Tinajero. Bajo los tintes tiernos de la mañana las hojas del bosque goteaban rocío y entre los troncos corría un arroyuelo de aguas transparentes.

A la vera del caminito que  abrieran  los pies de los indios en seculares andanzas, la tierra se hinchaba en un seno florido. Allí estaba la tumba, y el rostro de Martín Tinajero asomaba, intacto y sonriente, lavado por las  aguas  matinales.

Francisco se hallaba confuso. Reconocía aquella cara beatífica y sentía un grave temor frente a sus ojos entornados. De la tierra surgía una fragancia suave y persistente que se extendía por la sierra embalsamando el aire, y abejas silvestres venían bordeando a posarse en los párpados, en la boca y en las fosas nasales del muerto. Era el milagro del santo-soldado.

Francisco Martín recordó al compañero que con la ballesta al hombro invitaba a rezar a los otros, al que apartaba la vista de las indias impúberes. Y se puso a pensar en sí mismo. Tres días  después, de regreso a la obscuridad de su celda, tenía aquella figura empotrada en  la mente y seguía mirando el rostro dormido cubierto de abejas que chupaban sus humores fragantes. Pensaba: ¿Qué será de mi cuerpo cuando muera? ¿Qué olor flotará sobre la tierra donde me sepulten? En vez de abejas caminarán gusanos por mi boca y en vez de flores crecerán ortigas en mi tumba. Yo no he rezado nunca y todos mis pensamientos fueron mundanos. Soy un pecador  abominable: he comido carne humana y he procreado hijos  con  una  infiel.  ¿Qué será de mí?

Quedó pensativo un  momento  y  luego  en la tiniebla de su espíritu comenzó a perfilarse una interrogación: Pero, ¿a qué venimos tantos hombres a  América?  ¿Qué  ambicio­nes nos empujaron a través del océano tenebroso? «Id, nos decían, id a buscar el oro que abunda en aquellas tierras salvajes; los seres que las habitan no son racionales y podéis matar cuantos sean necesarios». Sin embargo, yo he tenido hijos, he sembrado frutos y he curado enfermos entre ellos. Ahora  me  quieren  y  yo  les quiero…

* * *

A la mañana siguiente la guardia que hacía la ronda de la cárcel encontró rotos los balaustres  de  la  ventana.

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