literatura venezolana

de hoy y de siempre

Había una vez un cuchillo

Sep 15, 2021

Rafael Victorino Muñoz

Le causa pena haber dejado la fiesta, justo cuando la gordita pecosa estaba a punto de hacerse atractiva gracias a las bondades astringentes del alcohol, justo cuando ella acababa de sugerir que bailaran: él dijo que no, que nunca baila, y ella que, por favor, una sola pieza y él, lascivia etílica, que sólo baila con mujeres a las que les hace el amor y ella, impudor ginebrino, que le hiciera el amor, pues.

En lugar del aire acondicionado prefiere la fría brisa de la madrugada. Baja la ventanilla y el aire que entra se lleva los ruidos de una emisora mal sintonizada; se los lleva hacia la noche, tan cargada de posibilidades de atropellar un gato (pardo, porque a esa hora).

Se ríe, recordando los chistes que todos, en la fiesta, acompañaban con eructos indisimulables y coreaban con carcajadas hechas de tos, de una tos que llenaba el mantel de goticas de bebidas intuiblemente adulteradas. Se ríe, de saber que mañana (u hoy, a quién le importa la diferencia) hay que trabajar, de su esposa, que despertará y le abrirá la puerta, con esa cara de réplica, en porcelana sucia, del dragón de San Jorge.

Trata de recordar y calcular la cantidad ingerida, para sentirse más envidiado por sus compañeros de trabajo, que de lunes a viernes se ven obligados a seguir los devaneos de una telenovela en la que la protagonista se llama Jennifer o algo peor: se crió en una barriada y milagrosamente sus 90-60-90 sobreviven hasta los 18 sin que el embarazo ahogue sus sueños baratos de zapatillas y tinte Igora Royal. Litro y medio de ginebra, tal vez más. No lo suficiente para alcanzar el harapiento estadio del vómito, no lo suficiente como para simplificarse hasta la indigencia y dejarse caer allí, en la escalera que sube por el jardín hasta la puerta de entrada, custodiada por un par de sillones de mimbre que lucen abominables y esponjosos en la oscuridad.

Persevera en el intento de hacer que una llave entre en una cerradura. La operación se le antoja bastante compleja, le recuerda uno de esos juegos en los que, presionados por el tiempo (que está a punto de catalogarnos como oligofrénicos), tratamos de introducir un cilindro en un rombo.

La transición a la repentina e indeseable luz le permite la conjetura: su esposa ha despertado. Con una facilidad que lo abruma y empequeñece, se abre la puerta (que chirría interminablemente en la melancolía de la húmeda madrugada).

– ¿Sabes qué hora es?- pregunta ella; aunque seguramente al levantarse le dirigió una mirada a la mesita de noche donde su reloj descansa de la cruel labor de estrangular adiposidades; de seguro, al pasar cerca de la cocina, no pudo evitar mirar el reloj que quiere parecer una sartén o viceversa y, también, debe haber visto el reloj de péndulo que está en el pasillo, un reloj desacompasado: para saber la hora real hay que hacer una operación similar a la que se usa para llevar los grados Fahrenheit a centígrados.

– Como las tres- dice él, sin poder sostener aquella mirada que tiene el valor de una coz.

Las siguientes líneas del libreto son muy manidas como para querer interpretarlas; además, tiene sed. Huye hacia la cocina. Las llamaradas del dragón lo buscan: su esposa lo persigue, los gritos lo persiguen. No escucha, trata de no hacerlo; pero algunas palabras se alojan en la cadena de huesecillos.

Tres gavetas hacia la izquierda y una hacia abajo está la que a veces se cae y a veces le recuerda al Dr. Scholl: allí debería haber un vaso. Aunque, sólo está ese cuchillo, que en su mano postula la idea de que el infinito torrente de hastacuándos puede derivar hacia las tranquilas aguas del silencio. De una manera brusca y postiza se vuelve y su esposa ve el cuchillo que le sugiere dejar de hablar, de discutir, de blasfemar, de eructar veneno, de gritar palabras que saben a ajo y a malditoseas.

La mejor forma de continuar con el aire de histrionismo de la escena es empujarla contra la pared, taparle la boca con la mano (izquierda, en la derecha está el reluciente instrumento), para que no hable ni grite ni discuta ni madre que te parió. Con el cuerpo retiene la espaciosa figura mientras, con calculado desorden, tratando de que no coincidan los lugares, hunde repetidas veces el cuchillo, que va desgarrando con un extraño crujir. Así hasta que siente que el cuerpo se pone fofo y los pies dejan de sostenerlo y cae sobre él, con su caliente viscosidad. Se quita ese peso de encima (setenta y nueve, para ser exactos). Se pone de pie y contempla, con fatigoso desdén, a su esposa, el cuerpo de su esposa, el cadáver de su esposa. Deja caer el cuchillo, ensangrentado al igual que el cadáver, al igual que su ropa.

Sin culpa, sin agitación y sin lástima, piensa que, si va a deshacerse del cuerpo, lo más apropiado debe ser un cambio de ropa (hay un prejuicioso y acaso poco pertinente sentido de la corrección en la idea). Con autoimpuesta serenidad camina hacia su cuarto. Una vez allí, la cama le sugiere descansar un poco, antes de tener que mortificar su cuerpo con aquella carga. Se sienta en la cama y se quita los zapatos (le sorprende que estén más ensangrentados que el resto de su vestimenta). Más por negligencia que por verdadero deseo, se deja caer en la cama y se duerme.

Aún no dan las siete cuando se despierta. Lo despiertan unas cacerolas que se golpean insensiblemente en la cocina, cubiertos entrechocando y unas gavetas cerradas con violencia, como para hacer ver que hay disgusto en quien así obra.

Se sienta en la cama, pasándose la lengua por los labios, gustando, como por autoflagelación, un sabor inciertamente bilioso (imagina que así debe ser el sabor de un sapo). Se sujeta la cabeza con las manos: siente que el interior tiene la consistencia del algodón mojado. Le llega un olor de tocineta y huevos fritos, junto con los ruidos (hasta el chorro de agua parece haber multiplicado su volumen).

El espejo lo repite, inmisericorde: su cara es la expresión gráfica, en ojiva de Galton, del sabor del anuro (eje de las abscisas) y el dolor de cabeza (ordenadas). Está terminando de abotonarse una camisa blanca, de una asepsia incuestionable, cuando su mujer asoma al cuarto su cara de aprendiz de paquidermo. Más que una pregunta, parece un reclamo o un reproche:

– ¿Sabes qué hora es?- y se queda mirándolo, aunque seguramente ya debe saber la respuesta.

– Casi las siete- le responde, no obstante. No puede evitar sentirse culpable por la inveterada manía de avanzar que tienen los minutos y las horas.

Cuando ella se va, de nuevo a la cocina, él se pone los zapatos, limpiándoles un poco el polvo, usando para ello los mismos calcetines que ya tiene puestos. Siente náuseas. Se promete que la próxima vez comerá algo, para gozar de las virtudes terapéuticas del vómito (si las náuseas son inevitables, pues).

En el comedor huele a café, símbolo de la misericordia humana en estas horas aciagas. En la mesa lo espera un plato de huevos con jamón, que tiene algo de reptil, viscoso y desagradable. (Parece que ella intencionalmente cocina así, como otra de las mil formas que ingenia para afligirlo.) También lo esperan los gritos de la mujer, defecando oralmente sobre el día y fecha y hora de acepta usted por esposo a.

Se levanta a buscar una taza para tomar café, pero en su lugar vuelve a tropezar con el cuchillo. Esta vez ella está sentada y él no tiene que arrinconarla contra la pared. Fuera de ese detalle, lo demás es igual (“como cuando creemos que repetimos una escena, acaso vivida en una existencia anterior”, podría haber pensado, de haber estado pensando).

Cerca del cadáver de su mujer está el cuchillo, que tiene un aire de remota majestad. Más que la desazón por la escena repetida, más que el remordimiento o la turbación por los hechos, le angustia pensar que el número de cuchilladas pudo haber sido el mismo. Ve el cuerpo y siente algo más confuso que el miedo, más profundo tal vez, que lo obliga a abandonar aquella sala, aquella casa.

Cruza algunas calles que se le antojan fantasmales. Le da igual sentarse en cualquier banco de esa plaza, que luce como cascarón vacío. Pasa algunos minutos sosteniéndole la mirada al busto de un personaje desconocido. La inscripción debajo del busto está hecha en unos signos totalmente intraducibles (al final, en español, se aclara que la pieza y la placa fueron donados por una comunidad de libaneses). Luego observa a un anciano que alterna la labor de recoger las hojas caídas con periódicos y prolongados tragos a una botellita clandestina que desaparece en el misterio insondable de uno de los sacos que cuelgan sobre su hombro.

No sabe qué hacer, en qué pensar. Decide regresar a su casa. Con fingida naturalidad deambula entre la gente, que apurada camina hacia sus pedacitos de status quo. Nadie ve a nadie y nadie se fija en él ni en su ropa, en la que ya no brilla tan delatoramente la sangre: en realidad las manchas son más bien opacas y escasas (no tuvo que sostener el cuerpo ni, como en la primera oportunidad, éste había caído sobre él).

La casa, en medio de la ramplona mañana, muestra dos detalles que la diferencian del resto, fastidios idénticos repetidos hasta el cansancio del paisaje: la luz del jardín, anómala e innecesariamente encendida, y la puerta, aún abierta. A un lado de la entrada los sillones se aburren, como dos personajes de Faulkner.

Traspone el umbral de la puerta y respira el aroma dormido de la casa: hay algo de alfombras polvorientas y de enjuague bucal; huele a huevos fritos, a tocineta y a sangre. Sin intención cierra la puerta de una manera algo ruidosa. Del cuarto sale su cónyuge, que le pregunta:

– ¿Sabes qué hora es?

Esta vez él no responde. Ella va a preguntarle por qué (demonios) no había ido al (maldito) trabajo, para poder iniciar tranquilamente sus injurias. Pero él la toma por la gordezuela muñeca y la conduce a rastras a la cocina. Ella insiste en hacer preguntas chillonas, que hacen juego con los adornitos imantados de la nevera. Él trata de pensar en dónde estará el cuchillo: tiene que ser ése y no otro. Un inverosímil silogismo le permite saber que el cuchillo aparecerá en la primera gaveta que abra. Así ocurre: en la primera gaveta aparece el cuchillo, con algo de impudicia y de calma contenida.

No tiene que perder el tiempo tratando de taparle la boca a su cónyuge: ella enmudece sola ante la visión del acero. Él procura ser más metódico: dos o tres cuchilladas deben bastar. Lo hace casi con fastidio, como por cumplir un rito que significó algo alguna vez.

Marca, un poco entorpecido, los tres dígitos. Procura no hablar mucho, dar su dirección exacta y colgar antes de que comiencen las preguntas que la policía juzga necesarias para descubrir en el acto a los que llaman con ánimos de darse una importancia inexistente. Su mano izquierda aferra, con una aprensión casi infantil, la exangüe muñeca de su cónyuge.

No hay tiempo para la confusión, para pensar en la última vez que pudo pensar con coherencia, para un café que necesita urgentemente (habría sido bochornoso tomar el café sin soltar el cadáver: no puede soltarlo). Como para terminar de subrayar lo ficcional de aquella mañana, la policía llega de manera inmediata.

Con una solemnidad y unas precauciones que lucen sobreactuadas, la policía lo conduce, esposado y supernumerariamente custodiado, a una de las patrullas. No echa un último vistazo a la casa. Así no puede ver cómo llevan, a las ambulancias que con sus sirenas llenan el tibio bostezo de la impoluta mañana, uno tras otro, cuidadosamente envueltos como regalos de día de reyes, tres cadáveres.

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