Conversamos con Luis Perozo Cervantes, editor, librero, promotor, poeta, fundador de ese enorme esfuerzo editorial que es Sultana del Lago
¿Quiénes conforman el equipo de Sultana del Lago?
A veces me preguntan cuántas personas trabajan en Sultana del Lago Editores, y yo suelo sonreír antes de responder, porque la respuesta no encaja del todo en los moldes convencionales. No somos una editorial de planta con oficinas llenas de departamentos. No tenemos recepcionistas, ni contadores, ni un comité de lectura anónimo. La verdad es que casi todo lo hago yo, Luis Perozo Cervantes, con mis manos, mis ojos, mis oídos y esa obsesión minuciosa que me empuja a revisar una y otra vez cada palabra, cada espacio, cada sombra que deja el texto sobre la página.
Desde que fundé la editorial en 2013, he sido editor, corrector, diseñador, diagramador, asesor de autores, redactor de contraportadas, publicador digital, promotor, librero, presentador, y hasta técnico de impresión cuando hace falta. No es por arrogancia ni por falta de confianza, sino por una convicción íntima: cada libro que publicamos debe pasar por mi lectura atenta, como si lo leyera alguien que lo ama sin haberlo escrito. Para mí, el proceso editorial es un acto de cercanía, de responsabilidad afectiva y estética.
Pero no estoy solo. Rael Timaure y Henry Chacín son mis aliados constantes, mis cómplices en el montaje técnico, los compañeros que hacen posible lo que parecería inabarcable. Rael es quien me ayuda a transformar los archivos digitales en realidad física: libros en la mano, papel que respira, tinta que no se borra. Henry, por su parte, se encarga de los procesos de impresión y postproducción, garantizando que cada ejemplar tenga el acabado digno que merece.
Somos tres, y a veces parecemos veinte. Nos repartimos las tareas como quien organiza una casa familiar: con entrega, con discusión, con rigor, con paciencia. Cada proyecto es una conversación. Cada autor es una voz que atendemos sin prisa. Cada libro es una responsabilidad que asumimos sin delegar a terceros.
Sultana del Lago es una editorial artesanal en tiempos digitales. Hacemos todo: desde el primer correo que llega con un manuscrito, hasta la publicación en Amazon o la entrega del libro en una feria. Revisamos, corregimos, editamos, diseñamos, armamos, imprimimos, subimos, promocionamos, enviamos. Cada paso lo damos con las manos puestas y el corazón metido.
Y aunque el equipo sea reducido, el trabajo es inmenso. Por eso lo hacemos con una ética de resistencia, con el orgullo de saber que en medio del colapso generalizado, todavía hay libros que nacen con cuidado, con belleza y con sentido. Y sí, los hacemos nosotros tres. Con herramientas modestas, pero con una voluntad inquebrantable.
¿Qué quieres lograr?, ¿cuál es el objetivo que buscas con Sultana del Lago?
Yo no fundé Sultana del Lago para convertirme en editor. Lo hice porque necesitaba salvar libros. Libros que no existían todavía, pero que ya me dolían por anticipado. Lo hice por los poetas que escribían sin esperanza de ser leídos, por los narradores que se quedaban varados en la maqueta, por los profesores que fotocopiaban su obra como quien reparte un secreto. Lo hice porque sabía que sin una editorial como esta, muchas voces se perderían en el silencio.
El objetivo de Sultana del Lago nunca ha sido el negocio, aunque sé que publicar también es economía. Tampoco ha sido el prestigio, aunque sé que el reconocimiento abre puertas. Mi objetivo es más sencillo y, por eso, más difícil: quiero que los libros venezolanos tengan una oportunidad real de existir, circular y perdurar.
Quiero que un poeta de Machiques pueda ver su obra publicada en Madrid. Que una docente de la Guajira tenga su manual en Google Books. Que un muchacho que escribe ciencia ficción desde un barrio de Maracaibo pueda vender su libro en Amazon. Quiero que la literatura venezolana —esa que sigue escribiéndose en las ruinas— tenga un puente hacia el mundo. Y que ese puente esté bien construido, no improvisado. Que resista.
Sultana del Lago nació como una urgencia y hoy es un compromiso. Quiero que cada autor que nos confía su manuscrito reciba a cambio más que un archivo maquetado: quiero que reciba respeto, belleza, acompañamiento, futuro.
Quiero que esta editorial siga siendo un refugio para quienes no entran en las grandes editoriales. Pero también quiero que sea una vitrina digna para los que ya tienen trayectoria y necesitan reeditar su legado con pulcritud.
A veces me preguntan si no me canso. Si no es demasiado trabajo. Y sí, claro que lo es. Pero el día en que alguien me escribe desde otro país diciendo “encontré un libro tuyo en una librería” o “mi mamá lloró cuando vio su poemario impreso”, ese día se paga solo. Ese día el objetivo se confirma.
Yo quiero que Sultana del Lago siga creciendo, pero sin perder el alma. Quiero que se diga, dentro de unos años, que esta editorial ayudó a sostener la literatura venezolana cuando todo parecía derrumbarse. Quiero que nuestros libros estén en las bibliotecas del porvenir, como pruebas de que seguimos escribiendo, editando y soñando, incluso cuando nadie apostaba por nosotros.
Ese es mi objetivo. Y lo persigo cada día, con un poco de café, una pantalla encendida, y la fe intacta en las palabras.
¿Desde cuándo funciona Sultana del Lago? ¿Cuántos títulos se han publicado hasta la fecha?
Recuerdo perfectamente el día en que comenzó todo: 29 de noviembre de 2013. No porque hubiese una inauguración solemne ni una cinta que cortar, sino porque ese día, en una pequeña presentación de libros en Maracaibo, puse sobre una mesa el primer ejemplar editado con sello propio: una reedición artesanal del libro Los Heredarios, del poeta Carlos Ildemar Pérez. No había imprenta industrial, ni presupuesto, ni equipo. Solo un archivo en PDF, una idea clara y una necesidad poderosa de que esa voz no se perdiera.
Ese fue el primer paso de lo que entonces se llamaba Ediciones del Movimiento, un apéndice editorial del Movimiento Poético de Maracaibo. Al principio publicábamos en pequeños folletos que repartíamos gratuitamente, como quien siembra papeles contra el olvido. Luego vino el cambio de nombre, en 2016, y Sultana del Lago Editores empezó a ser algo más que un sueño poético: se convirtió en una editorial real, autónoma, obstinada, con un catálogo creciente y una voluntad sostenida.
Desde entonces hasta hoy, hemos publicado más de quinientos títulos. Y cuando digo “publicado” no me refiero a subir un archivo a una plataforma: me refiero a todo el proceso completo. A revisar, corregir, editar, diseñar, maquetar, imprimir o digitalizar, presentar, distribuir y acompañar. Libros que nacen con ISBN, con portada digna, con sentido editorial. Libros de autores inéditos, pero también de grandes figuras de la poesía y la narrativa venezolana.
Muchos de esos libros han salido en tirajes pequeños, ajustados a la realidad económica del país. Otros han encontrado su mayor eco en la edición digital, a través de Amazon, Google Books o nuestra propia tienda online. Algunos han llegado a ferias internacionales, a universidades, a manos que jamás conoceré. Todos, sin excepción, han sido tocados por mis manos en algún punto del proceso.
Cada libro que publicamos es como un hijo simbólico, y cuando veo el número —más de quinientos— me cuesta creerlo. No por modestia, sino porque han sido años duros, de crisis, de apagones, de bloqueo, de sobrevivir haciendo libros cuando lo más fácil era no hacer nada. Pero seguimos. Seguimos porque creo en la constancia. Porque sé que hay autores que escriben aunque no tengan papel. Porque sé que hay lectores que buscan aunque no tengan librerías cerca. Porque sé que la literatura venezolana no está muerta, solo estaba esperando quién la escuchara.
Hoy puedo decir que Sultana del Lago Editores es una realidad consolidada. Más de quinientos títulos lo prueban. Y cada uno de ellos lleva consigo el testimonio de que en este país aún se puede editar con calidad, con cariño y con sentido histórico.
¿Cuáles han sido las mayores satisfacciones y las mayores dificultades en este tiempo que llevas con la editorial?
Hacer libros en Venezuela es, a veces, como escribir sobre el agua. Todo puede borrarse, todo puede derrumbarse, todo puede parecer inútil. Y, sin embargo, uno insiste. Uno edita como quien construye una casa en medio del desierto, con la certeza íntima de que alguien —algún día— llegará a habitarla.
En estos años al frente de Sultana del Lago Editores he acumulado muchas dificultades, claro está. He pasado semanas sin electricidad mientras los libros esperaban para ser cargados a la web. He impreso sin tinta, he diagramado con el teléfono porque la computadora colapsó, he esperado días por una conexión estable para subir un archivo a Amazon. He tenido que enfrentar la burocracia editorial, la desconfianza, la soledad del que hace algo que muchos no entienden.
He trabajado con el país en ruinas, con la economía cayéndose a pedazos, con los amigos migrando, con la esperanza tambaleando. Y aun así, he seguido. Porque detrás de cada dificultad, había siempre una voz que merecía ser escuchada.
Pero si te soy honesto, no quiero quedarme en las sombras. Prefiero hablarte de las satisfacciones. Porque han sido muchas. Más de las que imaginé cuando empecé.
Siento una alegría inmensa cada vez que un autor me escribe para contarme que recibió su libro y que lloró al tocarlo. Cuando alguien me dice “es la primera vez que me siento tomado en serio como escritor”, yo siento que todo valió la pena. También me emociona cuando veo un libro de Sultana en una feria, en una biblioteca escolar, en una universidad extranjera, o cuando alguien lo comparte en redes con orgullo. Me llena de gratitud haber publicado a autores jóvenes que luego ganaron premios. O haber rescatado obras olvidadas, textos que sin nosotros seguirían encerrados en un pendrive o en una caja húmeda.
Pero quizás la mayor satisfacción de todas ha sido ver que la editorial se ha convertido en un espacio de encuentro, en una especie de hogar simbólico para muchos. Gente que no se conocía antes, ahora se lee, se recomienda, se apoya. He visto amistades nacer entre autores publicados. He visto talleres, recitales, programas de radio, festivales que se nutren de nuestro catálogo. He visto cómo la literatura, a pesar de todo, sigue generando comunidad.
En medio de tanto naufragio, he aprendido que editar no es solo producir libros: es sembrar futuro. Y aunque las dificultades han sido reales y duras, siempre han quedado empequeñecidas frente a la satisfacción de saber que estamos haciendo algo que importa. Que no es en vano. Que deja huella.
Sultana del Lago ha sido mi mayor desafío, pero también mi alegría más constante. Y si algo me sostiene, es esa certeza: la literatura aún tiene sentido. Y mientras yo tenga fuerzas, seguiré apostando por ella.
¿Qué piensas que te hace falta para avanzar al siguiente nivel?
He llegado hasta aquí con lo mínimo, y a veces con menos. Un par de computadoras que se resisten a morir, una conexión inestable que se convierte en milagro cuando subo un libro a la nube, tres o cuatro manos amigas que me ayudan a sostener este sueño que, por momentos, parece demasiado grande para tan pocos hombros.
Sultana del Lago Editores ha crecido a fuerza de constancia, de amor por los libros, de paciencia casi monástica. Pero si me preguntas qué nos hace falta para dar el siguiente salto, la respuesta es clara: infraestructura, inversión y red.
Necesitamos un taller editorial físico donde los libros no solo se editen, sino se vivan. Un espacio con buena electricidad, con máquinas que no estén al borde del colapso, con una imprenta propia que nos libere del vaivén de los proveedores. Necesitamos un equipo ampliado que pueda asumir tareas específicas sin que yo tenga que hacerlo todo a la vez: leer manuscritos a medianoche, diseñar al amanecer, responder correos a contraluz.
También necesitamos recursos económicos, no para enriquecernos, sino para pagarle con justicia a los que trabajan, para publicar más libros sin depender del autor, para sostener proyectos colectivos, para financiar tirajes que lleguen a escuelas, universidades, bibliotecas. Para que los libros no sean un lujo, sino un bien común.
Y sobre todo, necesitamos una red institucional sólida, con alianzas que nos permitan cruzar fronteras sin tanto esfuerzo. Sueño con acuerdos con otras editoriales de América Latina, con universidades que nos incluyan en sus bibliografías, con festivales internacionales que acojan nuestras publicaciones. Sueño con que la literatura venezolana vuelva a tener visibilidad en el continente, y que Sultana del Lago sea una de las embarcaciones que la conduzca hasta allí.
A veces siento que hemos hecho mucho con casi nada. Pero también sé que para no quedarnos en el mismo lugar, debemos ampliar la mirada. El siguiente nivel no es solo publicar más: es publicar mejor, llegar más lejos, resistir más tiempo.
No me asusta lo que falta. Lo que me asustaría sería conformarme. Por eso sigo. Por eso insisto. Porque el siguiente nivel no es un lujo: es una necesidad cultural para este país herido que aún escribe, aún sueña, aún resiste. Y yo quiero estar allí, editando ese porvenir con las herramientas que logremos construir.
A veces me preguntan si no hay conflicto entre ser editor y ser poeta, si no se pisan los pies, si uno no termina por devorar al otro. Y yo siempre respondo lo mismo: son el mismo animal, con distintos nombres.
El poeta es el que escucha. El editor es el que ordena. Uno cava hondo, el otro allana el terreno. Uno busca el fuego, el otro le pone cerco para que no se desborde. Son dos maneras de amar el lenguaje.
Mi formación es poética. Lo fue antes de cualquier otra cosa. La poesía me enseñó a leer más allá de las palabras, a oír los silencios, a intuir las grietas en los textos. Y eso me dio una ventaja insólita cuando me tocó editar por primera vez: yo no estaba corrigiendo un texto; estaba afinando una melodía que ya intuía.
Así concilio ambas facetas: como si fueran dos formas de tocar el mismo instrumento. Cuando edito, no dejo de ser poeta. Cuando escribo, no dejo de pensar como editor. Y aunque a veces una parte reclama más tiempo que la otra, nunca se contradicen.
Claro, no siempre es fácil. Hay días en los que paso tantas horas editando que no me quedan fuerzas para escribir mi propio poema. Y hay noches en las que, después de tanto leer a otros, mi voz se me escapa, se me vuelve tímida. Pero he aprendido a no pelearme conmigo. He entendido que editar también es escribir, solo que con manos prestadas. Que ayudar a otro a decir lo que quiere decir es una forma profunda —y generosa— de poesía.
Hay algo hermoso en trabajar con la obra ajena: me obliga a salir de mí, a mirar con otros ojos, a respetar formas distintas de la sensibilidad. Y eso me enriquece como poeta. Me da una humildad que la poesía, por sí sola, no siempre enseña. El editor aprende a callar para que hable el otro. El poeta, en cambio, busca su tono. Al unir ambas funciones, encuentro un equilibrio.
A veces me pasa que edito un libro y me enamoro de sus versos como si fueran míos. O que, al escribir un poema, me corrijo con la misma severidad con la que trato un manuscrito ajeno. Esa frontera se ha borrado. Ya no me preocupa.
Conciliar al editor y al poeta ha sido, quizás, el mayor aprendizaje de estos años. Me ha enseñado que crear y cuidar son parte de la misma tarea: la de defender la palabra como acto de belleza, de memoria y de verdad.
Y mientras pueda seguir escribiendo y editando, aunque sea con la luz intermitente de mi escritorio, seguiré creyendo que ambas facetas no se anulan, sino que se sostienen.
Para los interesados, ¿qué hay que hacer para publicar en Sultana del Lago?
Publicar en Sultana del Lago no requiere credenciales académicas, ni premios literarios, ni recomendaciones de nadie. Lo que se necesita, ante todo, es tener algo que decir y el coraje de decirlo bien. Yo, que leo cada manuscrito que entra, no busco autores perfectos ni estilos consagrados. Busco voces auténticas, libros que se sostengan desde la necesidad, textos que me hablen desde un lugar humano, íntimo, legítimo.
El proceso es sencillo, aunque el camino puede ser exigente. Lo primero es escribirnos, ya sea a través del formulario disponible en nuestra página web www.sultanadellago.com, o por correo electrónico o redes sociales. Yo mismo, cuando el tiempo me lo permite, respondo muchos de esos mensajes. Y si el libro tiene algo que me convenza —no solo en la forma, sino en su fondo, en su urgencia—, entonces comienza el diálogo.
En Sultana del Lago ofrecemos convocatorias abiertas y gratuitas varios meses al año. Son períodos donde recibimos manuscritos sin compromiso económico por parte del autor. Evaluamos el material, lo comentamos, y si lo seleccionamos, nos embarcamos en un proceso editorial completo: edición, corrección, diseño, maquetación, publicación física y digital, registro legal, y presencia en plataformas como Amazon, Google Books y Google Play. Cuando no hay convocatoria abierta, también ofrecemos paquetes editoriales accesibles y profesionales, adaptados a las necesidades de cada autor. Porque entendemos que no todos tienen el mismo camino, ni los mismos medios, pero todos merecen una oportunidad digna de publicar.
No vendemos falsas promesas. Decimos lo que podemos hacer, y lo cumplimos. Y si no podemos publicar un libro, también lo decimos con respeto y claridad. No creemos en inflar egos ni en imprimir por imprimir. Creemos en acompañar procesos honestos de escritura, y en construir un catálogo que tenga sentido y memoria.
Publicar con nosotros es también formar parte de una comunidad: te leemos, te presentamos, te incluimos en nuestras ferias, te reseñamos en nuestras redes, difundimos tu obra, te cuidamos. Porque para nosotros, cada libro es una historia compartida. Y cada autor es un socio en esta tarea de levantar la palabra en medio del ruido.
Así que si tienes un libro, y sientes que ya está listo para volar, solo tienes que escribirnos. No prometo aplausos inmediatos ni contratos millonarios. Pero sí prometo lectura atenta, trabajo riguroso, y el empeño de que tu voz llegue donde merece llegar.
