literatura venezolana

de hoy y de siempre

Principios para una teoría de la novela venezolana del siglo XIX y comienzos del siglo XX

Jesús David Medina

En el caso de la novela venezolana del siglo XIX nos encontramos con dos grandes vertientes, diferenciadas según las cualidades de los personajes, y definidas como Mimético Elevado y Mimético Bajo. Posteriormente, apreciaremos las intenciones escriturarias que generó una y otra, y finalmente, el sacrificio que ambas debieron sufrir para abrir paso a un nuevo personaje, cuyo «contenido actancial», renovador y propio, inicia una novelística distinta que cerrará maravillosamente con un proceso comenzado desde los albores mismos de la novela venezolana.

Tenemos entonces, que los «contenidos actanciales» desplazan al personaje mismo, a pesar de representar su esencia interior, para convertirse en el punto mágico donde se dan cita el escritor y el lector, para dialogar o callar, amarse u odiarse, enfrentarse o abrazarse, pero sobre todo, para disertar sobre lo que fue, es y será nuestra sociedad: Venezuela.

Antecedentes histórico-sociales

A partir de 1830 la sociedad venezolana se encuentra en una crisis política y económica mayor que la planteada en el año de 1810, cuando anunciara su independencia. La guerra emancipadora había arrasado con los hombres, las tierras estaban totalmente desasistidas, el hambre se había incrementado notablemente; el caos y la desorientación invadió todo el territorio nacional. Por otro lado, la Constitución de 1830 limitaba la participación política de ciertos sectores de la sociedad venezolana, extendiéndose desde la Colonia, la división entre dominantes/dominados que abarcará el resto del siglo XIX y buena parte del siglo XX de la historia política y social de Venezuela.

Frente a este panorama tan desalentador, los miembros de la sociedad dominada venezolana (integrada principalmente por negros, pardos e indígenas) buscaban volver al orden político de la Colonia, ya que allí contaban, por lo menos, con un reducido sustento que les brindaba cierta estabilidad sicológica, política y económica. Como respuesta a esa reacción del sector dominado: la clase social dominante venezolana decide adoptar una posición radical contra todo lo que representara los valores de la Colonia, responsabilizando al imperio español de haber producido en ese período histórico aquellos males que los afectaba en el presente.

Esta actitud evasiva permite que la clase dominante se consolide en el poder durante cierto tiempo; pero el riesgo de perder los privilegios volvieron a aparecer, a inicios de la década de 1840, cuando un grupo de ese sector dominante se abre paso en una férrea oposición; produciéndose el binomio político Conservador/Liberal.

Nacimiento de la novela venezolana

Así comienza la década de 1840. Los miembros de la fracturada clase dominante, ¡alarmados!, tratan de buscar medios para justificarse. El discurso político estaba desgastado. Necesitaban otra herramienta discursiva que permitiera entablar un diálogo y posterior acuerdo entre los mismos miembros de la clase dominante, puesto que muchos de sus integrantes pensaban que al salvar y consolidar su clase social, estarían rescatando a la nación del caos.

Bajo este inquietante escenario surge en 1842 la novela Los mártires como la respuesta que pudo dar Fermín Toro a las interrogantes planteadas por la crisis: «Las sociedades europeas son más bárbaras e injustas que las americanas, a pesar de sus alardes de grandeza». Con esta consigna, la cual había sido planteada por el mismo autor con anterioridad en el ensayo Europa y América, se fundó la propuesta ideológica y filosófica de este escritor, la historia o anécdota de la primera novela venezolana, y sobre todo, se condensó y consolidó la base del discurso político que había adoptado la clase dominante venezolana desde los inicios de la independencia de la nación hasta ese momento.

Los mártires es una estampa social de los trabajadores irlandeses expoliados por el desempleo en aquella Inglaterra avara e industrialista del amanecer victoriano.

«Yo me hallaba en una de esas situaciones de alma difíciles de expresar. Herido, mortalmente herido por el arma envenenada de una sociedad cruel e inhumana, aunque con los fueros de la más culta y adelantada, mi dolor se exasperaba con la convicción de mi impotencia» (Toro Fermín, 1842, p. 60).

En Los mártires Toro expone sus propuestas de justicia social, repartición equitativa de las riquezas entre los individuos de determinada comunidad o población, y la reformulación de los principios ético-religiosos del Cristianismo Primitivo; cifrados todos estos postulados en el pensamiento filosófico de Saint Simon, conocido como Socialismo Utópico o Positivismo Social, como también se le denominó. Con esta obra Toro crea personajes cuyos «contenidos actanciales» están representados por cualidades o defectos netamente humanos. Nos encontramos con actantes como: Teresa, Emma, Tom, que sufren los avatares de la pobreza y la injusticia social; así como también, encontramos personajes que se ubican al otros extremo del péndulo económico, con riquezas, poder y prestigio.

«Un muerto más, dije en mi interior, es como una hoja más, caída en el otoño; ¿quién la cuenta, quién la ve? Ha muerto asesinado; y mi Eduardo, ¿cómo murió? Era rico, poderoso y anciano; pues ese gozó algo de la vida y su suerte es incomparablemente preferible a los millones de sus semejantes cuya vida no es más que un martirio prolongado» (Toro Fermín, 1842, p. 60).

Unos y otros personajes están conformados por «contenidos actanciales» comunes, representan cualidades humanas alcanzables para el lector. Personaje y lector están cara a cara, y este último puede factiblemente identificarse con los valores de aquél. A «contenidos actanciales» con estas características las definiremos como «mimético bajo». La utilización de personajes del mimético bajo, permite que el autor, en el caso concreto de Toro, establezca un diálogo con el lector, que desemboca necesariamente, como ya lo dijimos, en la identificación de éste con la problemática de aquéllos.

Con esta novela Toro denuncia la pobreza material y miseria espiritual que viven las autocalificadas sociedades civilizadas; pretendiendo despertar de nuevo, en aquéllos desilusionados sectores de la clase dominada, la confianza en los valores e ideales que generaron la emancipación de la sociedad venezolana, y el nacimiento de la república, así como también buscaba entablar el diálogo reconciliatorio con los miembros que habían marcado la ruptura de la clase dirigente. Sin embargo, ni uno ni otro fin tuvieron los resultados esperados: por una parte, para ese momento histórico, los miembros de las diferentes clases dominadas venezolanas eran analfabetas casi en su totalidad, quedando nula la posibilidad de que éstos se incorporaran al juego del intercambio ideológico, establecido a través de la novelística. Mientras, por otro lado, la cruenta lucha entre liberales y conservadores, en vez de disiparse, aumentó hasta definir los sucesos políticos posteriores a la década de 1840.

La novela venezolana y su articulación con los valores de la clase dominante

La división entre conservadores y liberales que tanto preocupó a Toro durante la década de 1840, se convirtió, posteriormente, en el pretexto político ideal para que la clase dominante se mantuviera indefinidamente en el poder. La alternabilidad entre ambos partidos en el gobierno, permitió la consolidación de la clase dominante en la dirigencia del país; evitando con la fractura de la clase dominada, la cual sí se encontraba seriamente dividida entre uno y otro bando, cualquier enfrentamiento militar peligroso; quedando los alzamientos militares de esta clase, ante la vista pública, como un insignificante accidente, señalados muchas veces como bandolerismo callejero.

Este caos social se transformó prontamente en la realidad cotidiana del país. En este período el novelista venezolano se preocupó fundamentalmente por mantener ese orden político, sirviendo a los propósitos de la clase poderosa venezolana.

Como ejemplo de este período podemos citar dos obras: Anaida (1872), de José Ramón Yépes y Los dos avaros (1879), de José María Manrique. La primera, considerada como novela venezolana que inicia los planteamientos de problemáticas indígenas, narra la lucha de dos guerreros, pertenecientes a distintos grupos étnicos, por el amor de Anaida. Este enfrentamiento entre Turupen y Aruao simboliza la enardecida lucha de los dos grupos, hasta resolverse en el fracaso del primero por el triunfo del segundo. Pero ya en esta novela encontramos una particularidad que la diferencia notablemente de Los mártires: mientras que en Los Mártires hallamos personajes comunes y corrientes, con defectos y virtudes, con temores, alegrías y sufrimientos, como los tendría cualquier sujeto de la vida real; en Anaida encontramos que los personajes se mueven según los designios de Amariba y Yarfá; dios del bien, el primero; y dios del mal, el segundo. Así tenemos que tales personajes no son víctimas de su condición social, sino que en su seno encarnan la mítica oposición del bien y el mal. De las relaciones interactanciales surge el enfrentamiento ancestral entre los justos (los seguidores de Amariba) y los injustos (los seguidores de Yarfá).

«Turupen fijó una mirada de felicidad en los ojos de Anaida, alzó todavía sus manos al cielo, como para darle gracias de la victoria, y se reclinó otra vez en el seno de la virgen… Guaitara saludó la venida del alba y los guerreros cantaron el himno del triunfo zapara arrancando flores y derramándolas sobre Anaida y Turupen» (Yepes José Ramón, 1872, p. 327).

Los dos avaros está conformada por dos historias que se desarrollan paralelamente hasta unirse en un punto común: Trina. En torno a ella dos personajes se debaten en una férrea oposición: Francisco Solano y don Juan Mayora. El primero, esposo de Trina, vendía una imagen pública de honestidad y justicia cuando en realidad era un estafador.

«Verdad es, que allí mismo, en tan brillantes salones, se pactaban contratos leoninos que serían la ruina de familias que a veces estaban gozando de esas mismas fiestas. Verdad es que Solano allí mismo si era necesario, anunciaba a alguno de sus convidados que se había visto en el duro caso de hacer embargar sus propiedades por haberse vencido el plazo de cierto contrato que no se había cumplido» (Manrique José María, 1877, p. 116).

Este tipo de «contenidos actanciales» elevados, se justifican en Anaida por el marco mítico de las creencias indígenas de la región. Pero al registrarse también en otras obras como Los dos avaros, La expósita (1875), Querer es poder (1876), Zárate (1882) etc., indican que estas características en los personajes novelescos correspondían con la intencionalidad del escritor venezolano de ese período, que no es otra que educar y moralizar a los lectores. Bajo este contexto se hace digeriblemente comprensible la moraleja que presenta el autor al ofrecernos el final feliz en esas obras: el bien vence al mal. Esta moraleja y la justa victoria del Bien sobre el Mal encierran un canal de evasión, por parte del escritor, de la verdadera realidad; y un pretexto de despistaje donde el lector no encuentra los signos de su entorno, perdiéndose en una maraña tan romántica como los folletines afrancesados que circularon por toda Venezuela durante el siglo XIX.

Así tenemos dos tendencias fundamentales en los «contenidos actanciales» de los personajes novelescos venezolanos del siglo XIX: una, como ya dijimos, los «contenidos actanciales» del Mimético Bajo y la otra, «contenidos actanciales» del Mimético Elevado. Aunque ambos «contenidos actanciales» perseguían la misma finalidad de ejercer el dominio de una clase social sobre las otras, el uso de uno u otro fue determinado por los cambios sociales e históricos anteriormente explicados.

Sin embargo, así como Los mártires no ejercieron una influencia directa en los miembros de las clases dominadas, los personajes del Mimético Elevado tampoco, ya que se alejaron tanto del lector como del escritor mismo, por no representar el Imaginario Simbólico y Cultural de la sociedad venezolana. La novela, para ese momento no era un espacio de inspiración, de creación; sino que aparecía como un objeto o utensilio con el cual el escritor inducía, influenciaba y penetraba en la conciencia de los lectores. Pero a partir de 1882 comenzó a suceder importantes cambios en el seno de la clase dominante venezolana que alterarían el rumbo de su novelística.

Crisis en la clase dominante: aparición de la conciencia del novelista venezolano

Para comprender la profunda crisis que se generó a partir de la década de 1880, se hace necesario que retrocedamos en el tiempo: en primer lugar, debemos afirmar que todos los períodos históricos venezolanos desde la Colonia hasta el siglo XIX, con sus procesos políticos, económicos y sociales, están fundamentados en principios filosóficos bien definidos.

La época colonial estuvo sostenida por el sistema político de la monarquía, propuesta por el dominico santo Tomás de Aquino, y soportado por el pensamiento filosófico de la Escolástica; ambos sostenidos en Venezuela, después de su implantación por los trabajos de los filósofos: Alfonso Briceño, Agustín Quevedo Villegas y Tomás Valero. Luego siguieron las propuestas de Antonio Navarrete, las cuales impregnadas de la carga conservadora de los Iluministas y Enciclopedistas españoles, abre en Venezuela un paréntesis político (el período emancipador), que sirve como espacio de transición entre la estructura social colonial y la nueva estructura social que le sustituiría, conocida como Período Republicano. Posterior a Navarrete surge el pensamiento romántico, cubriendo con su sombra el resto del siglo XIX venezolano, y sólo dejando un pequeño espacio donde apareció el Socialismo Utópico, que en Venezuela adquirió matices muy particulares en la pluma del polifacético Fermín Toro.

Si bien es cierto que los períodos histórico-políticos de la Venezuela del siglo XIX (Colonialismo, Independentista, Republicano, etc.) se diferencian hasta tal extremo de oponerse en cuanto a sus funcionamientos estructurales, no es menos cierto, que cada una de estas etapas políticas, en sus soportes filosóficos más entrañables, mantuvieron una cualidad común, que actuó como un hilo entrelazador, cuya función fue mantener en lo más profundo de todos estos períodos un mismo y fundamental rasgo: la creencia en lo Divino y la aceptación de los Designios Providenciales. No hay duda que el Colonialismo creía y defendía la concepción de lo Divino; por otra parte y como ya lo dijimos, el Iluminismo de Navarrete fue tan conservador como el de los españoles, por lo tanto no hubo una negación de los principios religiosos, sino, por el contrario, se fundamentó en la denuncia de aquellos sectores del clero que utilizaban el pretexto religioso para satisfacer necesidades personales, y también otorgaba a la guerra valores relacionados con la voluntad divina, siempre y cuando ésta estuviera justificada.

En cuanto al Romanticismo venezolano, con todas sus propuestas libertarias e igualitarias, se fundó en el carácter providencial que tenía la gesta emancipadora. En otro sentido, la doctrina del Socialismo Utópico se propone principalmente volver a las fuentes del Cristianismo Primitivo.

Sin embargo, ya para el año 1882 surge en el seno de la comunidad caraqueña La Sociedad Amigos del Saber, la cual fundamentará sus investigaciones y estudios desde una óptica diferente, concretamente desde la visión razonadora del Positivismo Comtiano. La incursión de los intelectuales venezolanos en este principio filosófico producirá dentro de la literatura, y específicamente la novela, transformaciones fundamentales que cambiarán el curso de los acontecimientos que venían sucediendo: con la aparición del Positivismo el hilo conductor que había sobrevivido, en las etapas anteriores de la historia venezolana, se quiebra, produciendo una seria y verdadera crisis en el seno de la clase dominante. El poder que ésta había ostentado durante tanto tiempo se fundaba en los designios Providenciales, y sus integrantes lo asumían como un bien heredado de la gesta emancipadora; pero el nuevo hombre venezolano al no creer o aceptar explicaciones teológicas sobre los fenómenos que le rodean, observaba con cierta incredulidad a esa casta social que había usado la excusa religiosa para mantenerse indefinidamente en el gobierno.

«Ya en la conciencia se han muerto todos los ídolos: los altares son sepulcros, los templos, panteones. Echemos sobre ellos, para siempre, la piedra del olvido. ¡Ni reyes, ni dioses!« (Gil Fortoul José, 1888, p. 39).

Bajo esta nueva realidad, y signados por la soledad y la decepción, surge Gil Fortoul, guiando ese grupo de intelectuales que buscaban una renovación auténtica de lo que debían ser los valores de la sociedad venezolana, creando no sólo una actitud rebelde que enfrenta y cuestiona con sinceridad los procedimientos políticos de la clase dominante sino, también, una conciencia autónoma, con creencias y criterios propios; la cual terminará por convertirse en el pensamiento genuinamente independiente del novelista venezolano.

Es en esta etapa (1880-1890) que los novelistas buscan nuevos «contenidos actanciales» para sus personajes. Los personajes del mimético elevado no servían para sus nuevos propósitos, así se refugian en los personajes del mimético bajo, pero añadiéndole matices diferentes a los utilizados en Los mártires de Fermín Toro. Estas particularidades distintas que presentarán los nuevos personajes novelescos obedecen a que los escritores asumen la crisis generada por el Positivismo, con otra concepción sobre lo que debe ser la novela y lo que deben expresar los personajes.

«¡Si yo pudiera!. Haría un libro palpitante, hermoso, cuajado de tipos reales, de pasiones violentas, de sentimientos verdaderamente conmovedores. Los personajes se moverían por sí mismos, hablarían esa lengua pintoresca e intencionada del mercado, se destacarían sobre un fondo de luz meridional, no serían enfermizas creaciones de la fantasía; serían esos mismos que acabo de ver…» (Gil Fortoul José, 1888, p. 26).

Los escritores vaciarían los «contenidos actanciales» existentes, y los llenarían con otros contenidos, tomados fundamentalmente de los personajes presentados en los artículos de costumbres. Este fenómeno representa el primer acercamiento real entre el escritor y los miembros de la clase dominada de Venezuela; materializándose en el ámbito de la literatura, con los primeros intentos del Criollismo, a fines del siglo XIX, y con su plena definición como estilo literario en el siglo XX, teniendo como exponente principal a Urbaneja Achelpohl. De este cambio y la influencia Positivista surge un héroe problematizador, enfermizo, un héroe que está en desacuerdo con la sociedad que le rodea. Surgen escritores, como Miguel Eduardo Pardo, que se rebelan contra su sociedad, a través de su novela Todo un pueblo (1899). Esta obra narra el amor de Julián e Isabel; y cómo el padre de ésta, Anselmo Espinoza, al enterarse se opone totalmente a la relación. Luego, en un discurso público, Julián con su rebeldía juvenil, cuestiona las costumbres y los valores caducos de una Caracas engreída con sus ideales de grandeza y modernidad. Esto enfurece a la alta sociedad caraqueña, quien finalmente inventa una escusa para encarcelarlo. Anselmo, quien siempre estuvo enamorado de Susana Pinto, viuda y madre de Julián, le propuso a ésta canjear la libertad de su hijo por unos instantes de amor. Al principio Susana se niega rotundamente, pero al ver que los caminos legales y el ruego desmedido no liberan a su hijo de la prisión accedió a la proposición de Anselmo, cuya influencia determinó la pronta libertad de Julián. Anselmo Espinosa trató de acercar a su hija Isabel con Julián; esta extraña actitud y el rumor ofensivo de todo un pueblo puso en alerta al jovenzuelo, quien después de varias investigaciones descubrió los amores clandestinos de su madre con el padre de su amada. A partir de este momento se tejieron conflictos de honores profanados que desencadenaron el final trágico de la separación de Julián e Isabel.

A través de Julián Todo un pueblo se convierte en una sola palabra para la denuncia, para atacar y decir las verdades que hieren y atormentan a nuestro país; así se expresa de la sociedad caraqueña:

«Desigual, empinada, locamente retorcida sobre la falda de un cerro, rota a trechos por espontáneos borbotones de fronda; pudiendo apenas sostenerse sobre los estribos de sus puentes; caldeada por un irritante y eterno sol de verano; sacudida a temporadas, por espantosos temblores de tierra; castigada por lluvias torrenciales, por inundaciones inclementes; bullanguera, revolucionaria y engreída, era Villabrava una ciudad original, con puntas y ribetes de pueblo europeo, a pesar de sus calles estrechas y de sus casas rechonchas, llena de flores y moho» (Pardo Miguel Eduardo, 1899, p.).

En Ídolos rotos (1901), de Manuel Díaz Rodríguez se señalan los diferentes problemas de la sociedad a través de contenidos actanciales de personajes bien definidos: Alberto Soria, el artista incomprendido; Teresa Faría, la mujer adúltera; el general Galindo, el político oportunista; Emazábel, el luchador social. Con ellos crea una sátira dura de la sociedad caraqueña contra la mediocridad intelectual, la prostitución y la frivolidad que rige en gran parte de la sociedad venezolana. La trama de Ídolos rotos es muy compleja, se tejen varias historias, en cuyo centro siempre está presente la degradación, son personajes frustrados que no ven salida posible en un país gobernado por dictadores incultos.

«Somos, en nuestra democracia, un agregado inerte, perjudicial como inútil, cuando en nosotros podría tener principios dichosos la regeneración del país, la patria nueva» (Díaz Rodríguez Manuel, 1901, p. 72).

Siguiendo la misma línea en la obra El hombre de hierro (1906) Rufino Blanco Fombona narra la historia de un hombre crédulo, tímido, enfermizo, que lo único que tiene de hierro es la resistencia ante los continuos vejámenes y abusos que le hacen todos los otros personajes. La intención del autor es mostrar el estado de degeneración de la sociedad, todos viven en la inmoralidad, la corrupción, la desidia, el vicio; y sólo uno, Crispín Luz no sucumbe ante éstos, pero al ser víctima de todos ellos se debilita, hasta morir irremediablemente.

En la mayoría de las novelas venezolanas de este período es palpable la aparición de un nuevo personaje que presenta características de actantes aparecidos anteriormente, pero que en sus cualidades fundamentales niega todo lo pasado. Entre los personajes del mimético elevado y mimético bajo se da una especie de simbiosis, donde cada uno sacrifica parte de sí, en aras de un nuevo personaje que nacerá. Así, tenemos que el proceso que se iniciara con Gil Fortoul, de acercamiento a las masas dominadas venezolanas mediante los nuevos contenidos actanciales de sus personajes, culmina con la obra En este país (1916). Esta obra representa el punto de encuentro de dos corrientes que se habían mantenido separadas durante todo el siglo XIX: la novela venezolana y los artículos de costumbres y tradicionalistas. Es Urbaneja el extremo culminante (no por ello quiero decir que la novela venezolana se ha agotado) de un proceso que había comenzado con  Los mártires, de Toro.

El Criollismo en Venezuela no aparece como un estilo literario academicista, sino como el resultado de una condición de vida, de una forma de asumir la realidad y de relacionarse con ella. Con la aparición de la novela En este país se concreta el triunfo del héroe criollo sobre una sociedad mezquina. Es decir, un Paulo Guarimba que supera su condición social enfrentándose a diversos obstáculos que le impiden el amor de Josefina. Paulo llega a ser General, escala las posiciones económicas y políticas necesarias para obtener el amor de su dama. El Criollismo es la expresión del mestizo, es palabra de vida para el venezolano. Ese mestizo surge de la violencia, de la negación y la afirmación a mismo tiempo. Es y no es. Esta contrariedad se constituyó en la fuente de la personalidad del mestizo; su sicología está invadida por voces desesperadas, sus pasos enlodados por las lágrimas, y sus novelas, escritas con el furor de la sangre derramada.

Durante todo el siglo XIX y comienzos del siglo XX el venezolano buscaba a través de la novelística una resolución del conflicto existencial que presentaba; tratando de encontrar la razón de su ser, como venezolano, como latinoamericano, pero sobre todo… como ser humano. El Criollismo fue el ensayo y la explicación de ese ser, plenamente integrado con su tierra. Los contenidos actanciales de los personajes criollistas redefinió los valores del venezolano; exaltó su condición e iluminó el camino que debía seguir. Camino que conduce hacia el interior de los hombres, hacia la autoexploración íntima de su conciencia. El Criollismo es el límite entre una y otra Venezuela. Es la expresión de la vida, de lo que dejamos de ser, y seremos eternamente.

Conclusiones

La novela venezolana surgió de la crisis y la problemática de una sociedad desorientada, que buscaba desesperadamente asirse a cualquier soporte que impidiera su naufragio.

Los mártires es el resultado de una búsqueda angustiosa por salvar un linaje y una clase social. Los personajes no podían contar con otro «contenido actancial» que del mimético bajo, puesto que éstos se desenvolvían en un escenario ajeno a Venezuela, y la lucha de clase que se describe en sus relaciones interactanciales contribuirían para fortalecer y divulgar una ideología que aporta un mayor afianzamiento de la clase dominante en el poder.

La novela venezolana, desde sus inicios y hasta muy entrado el siglo XIX, era tan sólo un instrumento de la clase dominante para ejercer su dominio sobre los miembros de otras clases.

A partir de la década de 1880, comienza a generarse en el seno de la sociedad venezolana una importante crisis, motivada por distintas causas (en este artículo planteamos la proliferación del pensamiento Positivista como única causa, pero no hemos descartado otras que actualmente estudiamos). Esta crisis produjo un acercamiento entre el escritor venezolano y la clase dominada, a través de nuevos «contenidos actanciales» tomados de los personajes de los «artículos de costumbres». Este acercamiento desembocó en la aparición del Criollismo, como estilo literario de nuestra novelística.

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*Fuente: Lit. lingüíst.  n.11 Santiago  1998. http://dx.doi.org/10.4067/S0716-58111998001100015

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