XI
Yo que en la vida solo he conocido
la rosa de presencia fugitiva;
yo que busqué la eterna siempre viva
del amor y su fuego defendido.
Yo que en el cauce de lo ya vivido
puse a gemir mi carne pensativa;
yo que ignoro la causa primitiva
de mi vivir y mi naciente olvido,
alabo el soplo de la primavera,
la licencia lumbre que en secreto admira
el despojado corazón que espera.
Alabo mi vivir humilde y denso,
mi corazón de tintes indefensos,
que es más oscuro cuanto más se mira.
Al norte de la Sangre (1946)
IV
ADOLESCENTE
Mirad la fuerza azul que se adelanta
del contenido torso, se diría
mármol que en dulce canto se levanta.
Mirad el pie, la flor de cada día,
y la cabeza altiva sosteniendo
de los cabellos la contienda umbría.
Mirad las sienes palidez gimiendo,
el muslo henchido, la silente nieve
del costado y los hombres padeciendo,
de juventud y cincelado leve.
Mirad el jazminero de la pura
cintura que el adiós hace tan breve.
Del Verdor Secreto (1949)
COMPROMISO CON LA ALEGRIA
Cuánta dulzura para adrizar la noche, y este ramo de actinias
hacia piedras lamidas, de consolación;
piedras, fondeadores de tiempo sur.
De mujer que atestigua vaivén de cefeidas
por entre relampagueos de mangles.
De mujer que ofrece cimófonas, clemátides
solo para restablecer, Islas, el compromiso con la alegría.
LAS CULEBRAS DEL REINO
Estas son las culebras del reino. Las grandes damas que hacen mandados.
Señoras delicadas y muy libres hacia ceremonias futuras.
Las damas que amanecen con nuevos nombres unidos al tabaco verde;
que agitan huesos de ídolos y se encuevan en sus palacios de oro,
-“Queremos agujas, hilo, tela blanca. Cenizas para el despido y la luz”.
¡Oh! Las damas, viejas damas que hacen mandados.
ESTAN SON LAS CULEBRAS DEL REINO.
Libro de los Oficios (1975).
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