literatura venezolana

de hoy y de siempre

Poemas de Néstor Mendoza

Sep 15, 2021

PRIMITIVO

Habito una cueva que abre la boca

todos los días para albergar mi carne.

Afuera, existe un hogar más espacioso,

poblado de criaturas con dientes

y cuellos interminables,

escasos árboles y mucha sed.

Todos ellos me hacen sentir

un pedazo excesivo del paisaje.

En ocasiones, mis ideas van más allá

de la sobrevivencia y el instinto.

Más allá del acostumbrado acto

de cazar, degollar y deshuesar,

de recoger agua en esta vasija

que inventé hace cuatro soles.

Mi hogar es infinito y debe haber

alguien que haya inventado

el tamaño de las piedras

y el color de los animales.

Solo me limitaré a reconocer

un dios para cada cosa que vea.

A temerle a la noche.

A nombrar cada descubrimiento.

OMBLIGO PARA ESTA NOCHE

I

Juegas con tierra y haces casitas de barro.

Tragar el aire no te eleva

ni te hace más fuerte

así como la cuerda del asfixiado.

El sol siempre fuera de ti,

solitario desnudo.

Eres grande y cuelgas para los demás.

Te quedas por dentro, siempre iluminado.

Juegas con tierra como hombre.

La sombra

es oscura incluso si el sol la cubre.

Juegas con tierra y sacas sueños de ella.

II

Una caja vacía parece mi cuerpo,

un pozo con barro.

Tú me moldeas,

creas mi cuerpo,

lo formas sin recuerdos.

Venderlo así es más confiable.

III

Observo el tronco del árbol.

La madera arrugada ríe

porque no puede cambiar

su condición de estática madera.

Muevo el tronco en mi mente,

pero eso no es suficiente

para hacer feliz a alguien.

IV

Cállate,

todavía puedo echar raíces.

Estás vestida

con el traje de gala

sin pies

que camina en mi paz.

V

Soy mi amigo,

mi hermano,

descendencia

que apura mi partida.

Son pocos los espectadores

y a mi paso se hacen uno.

VI

Soplaba en la tierra

en esos abismos de arena.

A veces en clase me entretenía

con dibujos no muy distintos a mi vida.

La niñez,

esa pequeña pérdida,

no me reconoce.

Cuando me ve

voltea la mirada

o mira hacia el piso.

VII

Durante el día caen las naranjas,

algunas se precipitan secas y roídas.

Quiero parecerme a las naranjas.

Comerlas es un paso

para ser cada instante

un fragmento o tierra abonada.

Con ellas estoy encima de la lluvia.

PESCADO

Detrás de la cabeza y los ojos

aún queda un poco de carne.

Si tuvieras tiempo suficiente

entre cada bocado

harías un conteo de las espinas,

de las escamas que olvidaste desencajar.

Debes comer, no dejar sobras.

Imagina que el pez nadó hasta tu plato

olvidando su hogar debajo de las olas.

Imagina que se deshizo del sol,

de las algas,

que ya no va a desovar.

Alimenta tu carne con nueva carne.

El pescado está frito.

No temas.

Si no sangra no hay pecado.

DÓCIL

Tus proporciones se mantienen fijas

y sobresalen,

como una manera de decir

que aún la belleza de las formas

merece las caricias del amante.

No deberías estar quieta en esa tabla.

Incluso debajo de la piel amoratada

se logra ver un cuerpo bello.

Una cantidad indeterminada

de puños se ensañó contigo.

Quebró la longitud blanca del hueso,

en partes que no pueden armarse de nuevo,

o que yo, particularmente, no sé armar.

Pero todo ya pasó; no temas,

tu presencia se ha vuelto dócil.

Lograron apaciguar tus quejas

con el batazo rotundo en la frente.

El primer golpe vino desde atrás.

No te diste cuenta de la succión

y del desorden de manos,

de lo que se alojaba adentro

(las caricias que nunca se pidieron

y aquella viscosidad repulsiva).

La mesa metálica, plancha fría,

para extender tu figura.

Todo debe permanecer ordenado:

las manos no desparramadas

o colgando su inmovilidad.

Hasta la desesperación requiere

de un cierto orden,

incluso tu cuerpo

que ya no sabe cómo respirar.

La horizontalidad toma espacio,

y ahora solo eres superficie.

Busco un culpable:

no hallo al criminal.

Hay cuerpo sin sombra movible,

pero no mano que golpea y extrae la vida.

Tu organismo debería estar de pie.

Se supone que el cuerpo horizontal

solo es digno en el amor.

XXI

Parca fue su partida, así tan

parca o quizá tan súbita como

el impacto de la muerte

empaquetada en forma de huevo

que devastó todo lo verde y todo

lo azul del cielo. Por eso ahora

todo es blanco. Todo tiene

el tono de la cal que cubre a

las mascotas olvidadas por

sus amos. Dicen que el descenso

no fue vertical. La ojiva se movía

con diversos ritmos; al horror

hay que darle su tiempo:

debe durar o hacerse sentir

con fuerza. Debe administrar

muy bien sus efectos. Las casas

perdieron sus colores, sus fachadas

cayeron como naipes en una mesa

que ha quedado, al fin, limpia,

diríase dormida. Un muro blanco.

Vino lo blanco, lo blanco.

Tiesos quedaron. Desde tierra

el artefacto tiene forma de huevo.

Es un ovoide metálico, líquido,

no se sabe. Tampoco se sabe si

viene tripulado con destrucción.

El día transcurre claro, no existe

la sospecha del descenso;

los paseantes siguen acumulando

las rutinas en pequeños y manejables

frascos de cristal, sin sospecha

alguna de la detonación. Aún no

llega la onda expansiva. Los cuerpos

aún no reciben el choque previo a la

desaparición. La ojiva aún no silba

su canto de muerte a los oídos vivos.

Hay un sonido seco, vibrante,

reservado a los últimos sobrevivientes.

Para ellos habrá un susurro de viento,

un golpe de aire, no medible, que les

dejará una breve sordera antes de

que sus cuerpos se tornen blancos,

puros al fin, inmaculados.

Sobre el autor

*Crédito de la fotografía: Médanos Blancos, Cabo San Román, Península de Paraguaná. Geczaín Tovar Andueza

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