literatura venezolana

de hoy y de siempre

Poemas de Udón Pérez

Jul 1, 2022

Maracaibo mía

Porque yo te canto desde que el destello,
Primero del alba sube monte arriba,
Al viejo «empañado», que miente un camello,
La teste le bruñe, le dora la giba;
Porque yo te canto cuando el foco bello
Del sol en la altura sus llamas aviva,
Y allá me figura fantástico sello
Que sella del cielo la vasta misiva:
Porque yo te canto cuando el disco rojo
Del astro poniente reproduce el ojo
De algún Polifemo, sobre ápices zarcos…
Porque yo te canto diciéndote mía;
Me ladra y me muerde la burda ironía,
Los canes hidrófobos de los Aristarcos.
¡Que ladre! ¡Muerdan…! Mientras los palmares
De insomnes penachos que orlan tu laguna,
Sean a mis ojos así como una
Falange de indios que celan sus lares…
Y finjan tus sombras nocturnos manglares;
Y un arco guajiro tu menguante luna,
Que clava en los flancos de la noche bruna,
Las flechas de oro de tus luminares…
Mientras que tus islas que oyeron mis loas,
De mara y aliles, moporos y toas.
Y de su vernácula vital sinfonía
Aves, auras, frondas… me brinden motivos:
Yo te diré «mía», Maracaibo mía.
Mía, cuando evocas tus hombres de gesta,
Cuando sus hexámetros vibran tus cantores,
Y en labios y plumas, sin ruines temores,
Brasa de Isaías, arde tu protesta.
Mía, cuando tiendes la mano, dispuesta
A vendar heridas, a calmar dolores,
A empuñar la esteva de los labradores
O el hacha que abre la inculta floresta.
Cuando amparas niños, viejos y mujeres,
Y cual hormiguero bullen tus talleres,
Y hay en tus escuelas sol y greguería.
Mía, cuando ríes; mía, cuando oras…
Mía a todas horas, Maracaibo mía.
¡Cuna de mis padres y de mis abuelos,
Cuna de mi Ida, para siempre ida,
Cuna de mi prole y en donde mi vida
Se abrió como un cáliz al sol de tus cielos!
En ti han frutecido todos mis anhelos,
Tú has sido en mis luchas mi escudo y mi égida,
Diste a mis victorias láurea florecida
Y a mis desventuras ceñiste asfódelos.
Mis aves de ensueños colgaron sus nidos
En tus rosaledas, y duermen en calma
Bajo tus cipreses mis muertos queridos.
¡Que ladre y que muerda la tropa jauría,
Mientras yo te llamo con voces del alma,
Mía, a boca llena, Maracaibo mía.

 

Flores y versos

Sacudiste colérico el ramaje
Del limonero en flor, y el limonero
Sacudido por ti, con un reguero,
De níveas flores respondió al ultraje.

También yo sufro tu rigor severo;
Y en pago a tu rigor semisalvaje,
Te rinden mis estrofas homenaje
Al infinito amor con que te quiero

Sé que hollarás también mi poesía,
Como el verde limonero un día,
Hiciste añicos los botones tersos.

Mas es ley natural que a tus rigores
Responda el limonero con sus flores
Y el bardo que te adora, con sus versos.

 

Noches sombrías

Contestación a E. Hernández H.

En las noches oscuras y tristes,
oscuras y tristes como un catafalco,
cuando el agua, azotando los techos,
forma un ruido monótono y largo;
cuando el viento sus ráfagas quiebra
del muro en los flancos,
tiembla el trueno, y asoma entre nublos
su faz el relámpago:

Yo también, yo también en los negros
rincones del antro,
donde cargo cual Sísifo un mundo
de duras congojas y sueños amargos;
do me agito convulso en la roca
de un dolor, como mío, ignorado,
y siento en el alma
las angustias horribles de Tántalo;

Yo también, con absorta pupila
de mi celda el horror penetrando,
he tenido medrosas visiones
de fauces profundas y rostros huraños;
he mirado danzar en las sombras
espectros y trasgos,
y asomar por las ásperas grietas
la sombra de Macbeth y el rostro de Yago.

Yo también he sentido en mi frente
fatídicos roces del ala de un pájaro,
ante el cual, en sus horas de dicha,
Efraín y María temblaron;
y he escuchado vibrar en mi oído,
cual las notas de un himno macabro,
los ecos hostiles del cuervo de Poë
que pasa graznando.

¡Oh, las noches oscuras y tristes,
como un negro y profundo océano,
en que sólo contempla el cautivo
la ruda tormenta rigiendo el espacio!
por huir las extrañas visiones,
las voces confusas, los ruidos fantásticos,
yo he rompido el silencio y las sombras
con preces piadosas y versos sagrados.

¡Cuántas veces me halló de rodillas
ante un Cristo en el muro entallado,
el zig-zag fugitivo y siniestro
que traza en el éter la luz del relámpago!
¡Cuántas veces, opuestos los rumbos,
en la fría extensión se encontraron,
mi oración que á los cielos subía
y el sordo rugido del trueno lejano!

¡Cuántas veces, en medio á la lluvia,
mis sentidas estrofas vibraron,
respondiendo á sus ritmos dolientes
los ecos tan sólo de agudo silbato
con que rompe el silencio nocturno,
por breves espacios,
el soldado que vela y recorre
la vieja garita con lúgubres pasos!

¡Oh, las noches oscuras y tristes,
como fauces de un horno apagado!
¡Cómo ansío, á pesar de mis preces,
cómo anhelo, á pesar de mis cantos,
cuando vienen á mí las visiones
y escucho en los aires los ruidos extraños,
que asome la aurora y esparza en oriente
sus límpidos rayos!…

 

¡Sitio… !

A ti acudo ¡Señor! fuente fecunda
de ternura y bondad, en donde abreva
el peregrino que en el mundo lleva
de amor y paz el alma sitibunda.

Oveja descarriada y vagabunda,
caí del Mal en la espantosa cueva,
y acudo a ti ¡Señor! porque te mueva
la hostil oscuridad que me circunda.

¡Tengo sed, tengo sed de tu sublime
misericordia, oh Dios ¡… ¡Rompe las redes
del cerco pavoroso que me oprime;

Y por la esquila de tu amor guiada,
en el vivo raudal de tus mercedes
torne á beber la oveja descarriada!

 

El Angelus

Sonó bajo mis plantas la escalera
que asciende en caracol á la garita,
y en la cumbre me hallé donde el soldado,
con ojos de Argos, la prisión vigila.

Era la hora misteriosa y vaga
de una tarde invernal. Tras de las cimas
distantes y confusas de los montes,
simulando un incendio, el sol moría.

Niebla crepuscular, ígneos celajes,
arabescos de luz y medias tintas,
en loca profusión se amontonaban
sobre la desolada serranía.

Envuelta en vaporosa vestidura,
como un lago de ondas adormidas,
bajo la triste vaguedad del cielo
reposaba en silencio la campiña.

Blancas gaviotas en alegre turba
atravesaban la región vacía,
humedeciendo su plumón de nieve
en una lluvia penetrante y fina.

Abajo… la ciudad de mis mayores,
la ciudad de las palmas y telinas,
con sus techos en púrpura bañados
del sol muriente por la luz exigua.

La ciudad que entre arrullos se adormece
del lago azul en la serena orilla,
cenáculo de artistas y poetas
y gineceo de preciosas ninfas.

Por sus estrechas y tortuosas calles
con ardiente ansiedad tendí la vista,
como queriendo recogerla toda
en el foco de luz de mis pupilas.

Después… bajo el nostálgico recuerdo
de muertos goces y lejanas dichas,
en solo un punto, silencioso, tuve
por largo tiempo la mirada fija:

Era mi pobre hogar, nido de amores
dulce y alegre cuando Dios quería,
y en donde ahora, con rumor siniestro,
sus negras alas el Dolor agita.

Miré… miré… con pertinaz mirada…
intensamente… la mansión querida;
pensé en mis hijos… y por mi alma, entonces,
pasó una tempestad hosca y bravía.

La noche, como océano en creciente,
en ese instante con sus olas iba
apagando la luz en los tejados
y cubriendo las torres blanquecinas.

Surgió de mi extraviado pensamiento
una horrible visión, visión maligna:
el arma, arrebatada al centinela…
fuego… sangre… un soldado que agoniza.

Un prisionero, entre la sombra oscura,
buscando con su planta fugitiva,
picos salientes y profundas grietas
de la atalaya en la pared antigua…

De pronto, en vibraciones inefables,
en ondas armoniosas y tranquilas,
un plácido clamor cruzó la altura,
perdiéndose en las hondas lejanías.

Era el toque del Angelus; el toque
grave, solemne, que, al morir el día,
llama con dulce voz á las conciencias,
y á la ternura y al perdón convida.

Al eco vibrador de las campanas,
descubierta la frente, de rodillas,
olvidé mis visiones espantosas
y exclamé con Gabriel: ¡Ave María!

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