Un poema
(en trapecio de convicto)[1]
«Un poema,
como tatuaje,
como dibujo.
Los dibujos saben
la insuficiencia
de las palabras,
así los poemas,
como los dibujos,
como los tatuajes.»
***
Mariposa[2]
Soy de la casta
de los que sienten el tiempo
como una crecida de río
que arde en la piel
y en la vida.
Soy de los que no pueden
estarse en ningún lugar.
De los que se van más temprano que tarde,
de los que saben que se irán
más temprano que tarde.
Soy un temblor,
un temblor suspendido
sobre el agua quieta de la luz,
un asombro que aletea
hacia la ventana
y deja atrás el encierro.
***
La política de la acnestis[3]
Este círculo virtuoso, amoroso, de la incapacidad.
Esta garra limada de cazador,
domesticada en rasguño necesario, casi caricia.
Este ver lo que no podemos ver,
este tocar lo que no podemos tocar.
Este mi alcanzar de ti, este tu alcanzar de mí.
Este saciarnos como bestias de aguas lejanas.
Este matar de hormigas antediluvianas.
Este gesto que nos retrocede al origen.
Porque sí, hemos logrado mucho con la silla o la pared
(sobre todo si aventaja en lo rugoso),
y es posible, claro que es posible,
pero viéndolo bien, siempre nos sentimos
tan ridículos y, sobre todo,
tan solos.
***
Fuego camina conmigo[4]
No todos los días se incendian los bosques.
No todos los días corres hacia las llamas,
los árboles se derrumban
y encuentras un sentido.
Vas dejando atrás, te estás yendo.
Tus ojos se queman, pero es como agua.
Como agua aquel fuego.
No todos los días
un bosque se prende en llamas,
como el amor, como el deseo.
Como estar vivo.
***
Kvarnsjön, Suecia[5]
Toda la noche sin recordar mi nombre. Más allá
una silueta se deslizaba sobre el hielo negro
con su legado de grietas que hacían nacer
silbidos de sables interestelares. Toda la noche
a las orillas del río negro. Me recogía en las mantas
y me abría al destierro con ánimos de esfera.
Toda la noche el cosmos giró de cabeza,
y estuvimos vivos sobre el agua de la muerte
en la arriesgada belleza de los deslizamientos.
Tan sólo yo, de nombre en el abandono,
y aquel patinador, su cuerpo de ave
acompañado de secretos cantos de ballenas
que revelaban la geometría del Universo.
***
Abuya, Nigeria[6]
Alguien toca a nuestra puerta, nos ofrece vacunas
de dudoso origen. No abro, no confío. Entrarían
además el polvo del harmatán, sus voces, los espíritus.
Prometiste un calor benigno, que sanaríamos.
En verdad ha sido poco. En nuestras cabezas
algo se inflama. Todo alivio ha sido efímero,
y esto es como el amor: te elevas y después
el tormento, la tierra devastada e infértil.
Las semillas del oware quedaron esparcidas.
La tabla rota sobre la mesa. Ya el juego no es posible,
nada se siembra entre las grietas. Afuera la calima
tapa el sol, y los aviones no emprenden el vuelo.
En la ventana, la silueta de la mezquita se engaña
a sí misma. Ha muerto Dios, han muertos los dioses.
En cambio los espíritus envuelven el mundo.
Están en el polvo, ellos son el polvo y la ruina.
No es posible el retorno. Atravesamos el mar,
nos fuimos lejos. Siento que nunca partimos,
que la niebla nos respira en los pulmones,
para siempre. Esto es como el amor, ¿comprendes?
***
Nickajack, Tennessee, 1968[7]
El mundo que encuentres allí nunca
será el mismo que el mundo que dejaste.
Johnny Cash
Que hay una cierta pasión por la vida
que también mata.
Que nadie es dueño de la muerte
y justo al borde, la revelación,
dígase el miedo, rescata.
Que luego se predica con voz de desierto
y una vez más se peca con el goce arruinado.
Así en las manos con un libro de salmos,
en devoción penitente y aferrados,
a la salida nos vamos llevando.
De la caverna, se dice,
no se vuelve intacto.
Ahíto, sereno, afuera cegado,
agujero, pero en la luz,
pero en la luz.
***
El susurro[8]
I am from heaven and I am from hell.
Wendy McNeill
¿Por qué he de temerte?
Más aún, ¿por qué habría
de huir de este miedo
que me lleva hacia ti?
Me quedo en tus ojos de invierno,
me trasvaso en la córnea, en la sangre.
Tus lobos se parecen a mis lobos,
tus bosques a mis bosques,
la luz de tu pradera a la mía.
Venimos de vuelta,
de la cañada profunda venimos,
de ese río revuelto.
Merodean gatos en los árboles.
Te conozco de antes,
ahora lo recuerdo.
No habíamos resucitado.
Pesaba el talego, lleno de guijarros,
nos hundíamos. El agua al cuello.
La verdad (¿cuál verdad?)
se nos iba de las manos,
fuegos fatuos
en el aire.
Te veía bailar.
Éramos altivos y valientes,
del cielo y del infierno,
siempre hermosos.
***
El Afronauta de lo Indecible[9]
Yo tenía este jardín.
Este pequeño jardín detrás de la casa,
y me sentaba allí por las noches
con mi mente divagada en el cosmos.
Yo era un charlatán embutido
en mi traje interestelar.
Un mal poeta, un profeta barato,
un gurú de panza sexy
con una pirámide de cristal
debajo de una cama solitaria.
Pero así estaba bien,
mi lúcida locura no le hacía daño a nadie.
Afuera, los ciegos del Señor de la Culpa
andaban a flote sobre cintas insonoras.
Me había desprogramado
y era feliz en mi retiro, en mi condena,
olfateando las puertas del cosmos,
aguardando la llegada.
Vendrían a buscarme.
Se lo dije a todos.
Nadie me siguió, no formé una secta.
Yo era el único chamán
en mi vergel sideral.
Un madrugada
una luz bañó mis orquídeas
y vi bajar al Afronauta de lo Indecible.
Dijo llamarse Sun Ra.
Alguna vez había sido humano, contó,
y músico y místico.
Y también poeta.
Muy mal poeta, por cierto,
tan malo como tú,
agregó para ganar mi confianza.
Luego se sentó a mi lado
y quedó en silencio.
Al cabo se puso de pie,
hizo una reverencia
y partió en la luz nodriza.
Fue hermoso ver
cómo las orquídeas se alzaban
y giraban
tras los pies desnudos del Afronauta.
Me había robado,
sin duda me había robado,
pero también me dejaba
a cambio
aquella distancia prodigiosa,
la felicidad
en la imagen misma
de la distancia.
