literatura venezolana

de hoy y de siempre

Percusión (fragmentos)

Ene 5, 2023

José Balza

A Lyda Zacklin

Iba aprendiendo a mirar de frente, A aceptar que sólo debía odiarse la vida, el paso de los años, la diversidad de los destinos.

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Hay algo más, una cosa más fuerte y más limpia que el cariño, que la amistad y cualquier forma del amor; no sé qué es, pero debe parecerse a la dignidad y al orgullo.

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Tengo que inventar algo inservible.

Onetti, Dejemos hablar al viento

Me he enamorado como nunca te había dicho y ya no puedo compartir nada contigo. (Canción de Manuel Alejandro y Ana Magdalena)

 “El hombre más bello es quien llega desde el lugar más lejano” dices al verme, como si yo hubiera partido ayer, como si este encuentro no ocurriese con cuarenta años de separación. Miro el valle y sus volcanes, casi idénticos a los de antes, apenas cambiados por la nueva disposición de la ciudad. Así dices, ha- blando a este hombre viejo que regresa, magro y suspicaz en comparación con tu voz jugosa y tu seguridad solar. Así hablas o así quiero escuchar: y justamente entonces, al sonar tu voz (o al emitirla yo), mientras llego, después de andar durante tantos años, después de haber vivido afuera mil detalles imborrables; al cruzar la frontera vegetal, esta calle secundaria frente a los volcanes, yo advierto cómo, en minutos, mi anciano cuerpo se endurece, crudo y viril, y retoma su juventud, su anterior fortaleza. Porque al oírte soy yo quien habla, mientras el paso cerca de los volcanes devuelve mi existencia al punto exacto en que la dejé al partir, Puedo ser el más bello puesto que vengo del otro lado del mundo, pero tú eres el eterno, porque me conviertes en ti y contigo el cuerpo vuelve a la salud y al esplendor. Me dispongo a buscar mi casa, contigo, y paso a ser tú: el otro, de larga memoria, juvenil.

Hace un instante, desde la propia Estación Central, introduje el equipaje en un taxi aéreo, y lo remití a mi borroso domicilio. Allá lo encontraré. Pero, al quedar libre de incomodidades, quise ingresar a pie al centro de la ciudad, quise caminar desde la Estación como de manera ritual, kilómetro tras kilómetro, deteniéndome y asombrándome cada vez: al frotar la realidad con mis recuerdos. Así lograría, pensé yo, enamorarme de la presencia actual de la ciudad, entrar a ella con los sentidos. Dejé detrás la Estación: vi las calles que conducirían a mi barrio; atravieso la plaza de Caranat, antes de tomar por ellas. Me detengo ante los grandes edificios que se orientan hacia el este: y la montaña, con los volcanos laterales, ocupa el centro de la imagen. Abandoné este lugar cuando tenía veinticinco, y regreso a él cuarenta años después. El panorama de audaces construcciones, sorpresivas, binca algo profundo, que sólo halla consuelo inmediato cuando percibo las seguras formas de la montaña y los volcanes. En ellos realmente encuentro la bienvenida; por ellos reconozco que he regresado.

Pero entonces algo ocurre desmesuradamente: los lentos pasos de hombre mayor han atravesado la plaza, y tomo ya las callejuelas de mi barrio, cuan- intuyo que el cambio inminente no pertenece únicamente a lo urbano, que invade células y huesos. Confundo la agilidad gradual de esos pasos y el vigor la sangre con la emoción del regreso: por volver a transitar los sitios de mi juventud. Un minuto va a establecer la diferencia entre quien llegaba y quien surge de sí mismo.

En la garganta tengo un eco, dislocado: una olvidada frase, un refrán escuchado al azar en Szamarkand (“El hombre más bello es quien llega desde el lugar más lejano”), viene a ser dicho roncamente por mí, y se convierte en tu solemne, burlón saludo de bienvenida. Tú lo recitas, lo extraes del recuerdo; me entregas sus palabras como si no hubiesen llegado hasta aquí traídas por mi imaginación. Y es entonces, delirante, cuando en algunos rostros claves —ya en mi calle familiar empiezo a hallar las pruebas de la metamorfosis, el testimo- o de mi cambio de edad.

El taxi aéreo adelanta mi equipaje; ahora veo tiendas, nuevos edificios, gente extraña, desórdenes. Y en este barrio de infancia, en las caras de aquí, tengo los primeros indicios exteriores de haber rejuvenecido: gente muy vieja me saluda, como en otras épocas, como si nunca hubiese salido, como si volviera a tener veinticinco años. En el primer momento respondo con naturalidad: si ellos son mayores, también yo debo serlo. La vejez nos une. ¿Por qué no habrían de reconocerme? Nuestros tiempos fueron paralelos aunque yo estuviera lejos. Pero en seguida uno de ellos grita: “¡Muchacho, regresaste!” y veo mis manos sólidas, la piel untuosa. Nada me cuesta aceptar que el tiempo va a borrarse en mí. Estoy entrando al valle de los volcanes y en un momento de tal tránsito, la vejez se disuelve. No sólo soy el más bello por venir de lugares remotos, sino por haber desobedecido al tiempo.

La metamorfosis se inicia, y yo avanzo hacia mi casa. Todo está ocurriendo en un minuto: mi vida se desintegra para tornarse tuya, mi historia anterior quedará reducida a pocas palabras, a ésas que ya Voy diciéndote: comienzo realmente a ser tú—yo mismo, otra vez joven—y lo único que puedo ofrecerte es la fábula en que, todavía, me reconozco: las imágenes de mi existencia. Por eso, aceleradamente, al cambiar, te hablo: intento fijar algunos hechos, zonas de la memoria, algo que desde este minuto pertenece a ti, y que habiendo sido mío no quiero dispersar en el olvido. Te hablo, al cambiar, mientras aún tengo ocasión de decirme: un hombre desigual huyó desde los volcanes de Caranat hacia el mundo incontable; ha vivido más de sesenta años y, como en el dibujo misterioso de una cúpula de Szamarkand, vuelve a ser joven cuando toca la tierra de su infancia. No importa lo que su atomizado cuerpo haya de sentir: postergables serán el placer, la obnubilada visualidad del vértigo; desvirtuado el doloroso renacimiento; no importa, en fin, lo que esto signifique: sólo interesa para él la comparación. Quizá siempre supo que sucedería cuanto ahora ocurre, y por ello volvió. Quizá imagina que es joven para pensar una vez más su fracaso y sus triunfos.

Si tuviera que contar esa historia (aunque ya tú la conoces, aunque algo me hace temer que la olvides), adelantaría con las primeras frases el punto menos creíble: la transfiguración, el cambio de edad. Adelantaría ese detalle —el más sorprendente— para que toda la narración perdiera interés. Nadie, excepto yo mismo, podría seguir un argumento cuyo desenlace ya conoce: el maravilloso accidente que devuelve a un hombre hacia su juventud. Accidente que también terminaría por carecer de suspenso: ocurre, y en nada cambia el pensamiento del protagonista; ocurre, y él sólo acierta a frotar entre sí las fases de su existencia, como en un tratado de multiplicidades o como en los viejos secretos para la memoria labrados por Giordano Bruno. Pero es innecesario contar: me extraviaría al hacerlo. Fui el viejo, el doble; no me importa el cambio sino la causa que lo produjo: el filo donde una forma psíquica se funde a otra, donde ambas se oponen (o se igualan) con tal intensidad, que alteran lo transcurrido, la fricción. ¿Venía yo tan feliz en aquel momento para que el dolor del otro produjera el relámpago? ¿O era la desolación de esta madurez cuanto debía ser destruido por mí mismo, joven? ¿Debió ser únicamente un fenómeno de afectividades o mi culto a la inteligencia? ¿Cómo explorar el secreto? Oyéndome. ¿Oyéndome?

Aún dura ese desconcertante minuto del cambio. Y bajo esta vertiginosa inmovilidad, levanto el rostro, veo cómo desde el este, al atravesar las más audaces vías de tránsito, aparece como un cuerpo a punto de temblar: se eleva, irregular, sobre edificaciones y vehículos. Sus primeros estratos son simplemente verdes: zonas de matices, hojas intraducibles, y caminos delgados. Más alto, órdenes del violeta; nieblas. Se intuye que allí habitan serpientes y dudosas especies de insectos, pero su quietud impone ánimos serenos, indicaciones de reflexión que la gente no se atreve a escuchar. Más arriba, un fragmento de seno toca las nubes. El sol levanta ese pico y a la vez lanza el poder del cerro hacia el valle. Es la gran montaña, la más amada. Su sensualidad severa no invade únicamente los ojos, también penetra la piel, los vientres. Por las noches atraviesa el cielo, con una velocidad de beso. Es la primera, en mi colección de montañas. Es la de aquí, la del regreso. Cuando detuve, en la Estación, al taxi y lo remití con la dirección de mi casa (poco antes de que tú saludaras con el hermoso refrán: “El hombre más bello es quien llega…”) y cuando inicié la caminata de1 cambio, fue para sentir la montaña en mi garganta, para probar el delicado y pero sabor de sus colores: para beberla desde lejos. Había sido mi primera montaña, y cuarenta años después la veía, repetible, de nuevo. El imposible acto de la imaginación encontraba en ella su réplica. Casi lloré. Antes, aquí, la concebí como única: porque para un hombre joven toda forma es exclusiva. Amé en ella su serenidad y sus pliegues; su potencia para el ensueño sobre una edad desastrosa. Ella era tu nave hacia el cielo, de azul estable y divino. Esta montaña pertenecía a ti, a quien vuelves a ser: es tu piedra doméstica, segura. En cambio lo suyo, para mí, fue su forma. La trasladé a otros caminos, a otras lenguas. Soñé con sus ángulos bajo borracheras de licores desconocidos. Y viéndola ser ella en aquellas imágenes, supe que cada vez resultaba distinta: y que 1a montaña sólo existe por las otras: todas en la misma: formas del triángulo, vínculo de la tierra y el sol, escala para la mente y el sexo. Ahora, deslumbrado, comprendía que los grandes montes giraron conmigo por aquellos lugares, para serme de nuevo al cerro mío. En el Guayamurí, el Volcán de Agua o el Ararat se encierran una aspiración y una duda del espíritu: o la fuerza de la tierra: y todos están conmigo aquí, amada montaña de Caranat. Saberlo, haber entendido hoy cómo una visión se ajusta a las otras, quizá tenga que ver con mi metamorfosis. La montaña soy yo, y ella no se alteró durante esta ausencia; volvemos a ser los mismos. Mis volcanes, alrededor, callan y duermen; la montaña habla con su frescura y su piel de humo traduce mi vida.

Cuanto una montaña pueda decir (colores, agudeza, misterios zoológicos) pertenece a ti; yo, aunque estoy volviendo a ésta, ya no logro detenerme en una sola: el multiplicador lenguaje de los montes esconde el código de mi propia vida: desde la engañosa concreción con que miraba a los veinte años, pasando por las urdimbres herméticas que creí encontrar a los cincuenta, hasta el vacío que intuyo en la tierra hoy, ya envejecido. Iré mostrándolas una a una: para cada pirámide natural tendré un rostro, y te lo daré. También tendré un viaje o algún concepto. No sé qué me darás tú, muchacho, que dejaste disolver tu imagen de los veinticinco años, durante décadas de inexistencia, hasta encontrarnos ahora. No sé qué me darás a cambio de mis montañas y mis dudas.

Traigo entonces para ti (o para ambos), la forma de una montaña: ésta que de nuevo acabo de encontrar, y también algunos volcanes, otros montes. Quisiera situarlos, darles sus nombres y los de aquellos seres a quienes se unen. Así podría decirte: Tcharentz y el Ararat; Harry y todos los cerros. Debo apresurarme: no sé si dispongo de toda tu vida para contarlo, para escucharme. Rehago, entonces, cada paso con férrea ilación: y en vez de montañas —pero con ellas— traigo, para ti que me desconoces desde los veinticinco años, la extraña comunicación (¿mórbida?) entre Janneke, desde Den Haag, y Dorotea, en una aldea de América. Isidra, el doctor Domínguez, la guerra. No quiero adelantar nombres, y ya lo he hecho.

Al comienzo hubo una verdadera razón para mi viaje, para salir de aquí: Nefer, su riesgosa (por obsesiva) presencia; mi amor confiado y su alejamiento. El primer derrumbe. Después creí que solamente quería ganar dinero: la búsqueda de empleos sucesivos afirmaba tal intención. Pero, ¿por qué no duraba en ninguno de ellos? ¿Por qué gastaba inmediatamente el salario en cosas, inútiles para los demás? ¿Por qué no insistía en las intrigas habituales de mis compañeros, para escalar confianzas y ganar más y dirigir después esas empresas? Tenía veinticinco años, abandonaba Caranat y mi país: era lógico que quisiera asentarme, ahorrar: pero no fue así. De un cargo a otro, oscuramente, pasé a extrañas nociones de soledad. Mucho tiempo tardé en admitir que no era el dinero mi objetivo. Los empleos podían servir para vivir con comodidad, y nada más. Fue lentamente como adiviné que tantas confusiones y retrasos sobre mí mismo escondían otras brújulas, el peso casi doloroso de entender. La tortuosa ausencia de Nefer sólo podía ser llenada con una insaciable necesidad de explicaciones: sobre ella, sobre cada hecho. Si me desplazaba, si quería consumir simultáneamente cada noche en diversos sitios y con distintas personas, era porque el llamado de la realidad se imponía con singular poder. Creí que a todos ocurría igual. Pero cuando vi casarse a mis amigos, cuando noté cómo todos tendían a fijarse en cualquier grupo —matrimonio, oficinas, partidos políticos— acepté con cierto horror que yo estaba obsesionado por ser transitorio, por aspirar a todas las incertidumbres. Ahora reconozco que mi maldición tenía un nombre: el impulso de entender. Únicamente la más intensa cópula ha sido comparable —para mí— con las milagrosas escalinatas del pensamiento. Saber: allí residía el peso que me arrastraba de un ser al nuevo, de un sabor a otro, de un continente a inesperadas oscuridades geográficas. Y en esa bruma alucinante de la movilidad, las montañas aparecían para llevarme al recuerdo de este monte dejado atrás, y para celebrar su rito estable entre la tierra y los cielos.

»Alrededor del mundo, como el Ararat no verás más blanca cima… »

Como había leído en un olvidado poeta, las montañas eran cuerpos análogos que no podían revelar (sino a seres insistentes) sus mil formas, sus enlaces abruptos.

Digo serranías, elevaciones de esmeralda y limón; sin embargo, Dorotea no vive realmente en la montaña de Dawaschuwa sino en la costa. Un litoral algo áspero, pero recogido cada tantos kilómetros en pequeños bosques, nutridos de verde enceguecedor. En uno de ellos Dorotea cumplió su vida, y cualquiera hubiese jurado que se quedaría para siempre allí, si no hubieran llegado hasta esa mujer los indicios de la ciudad.

Yo tenía cuatro años de errancia, cuando conocí a Dorotea. Durante ese lapso había afinado mis destrezas profesionales. Atrás quedaban (o en el futuro: contigo) mi grado universitario, las expectativas familiares por un ascenso económico inmediato, ciertas esperanzas académicas por mi destino como nuevo biólogo, tantas cosas. Atrás quedaba el mar Caribe, dentro de sus más quemantes límites; había quedado Caranat.

El viaje me llevaba hacia el norte. Al abandonar mi ciudad hice jornadas en buses, en camiones y en pequeños aviones que se detenían cada momento al ver un poblado. Haré obvias mis dificultades de pasaportes y visas. Venía de un país desorbitado por el petróleo, y fácilmente era recibido como un eficaz consumidor del tesoro de mi patria. De ayudante en un hospital (en una pequeña ciudad fresca, casi un juguete) pasé a otra nación, como laboratorista, Aquí, en Jawaschuwa, la capital, la temperatura es variable, y dos océanos horadan las tierras, al este y al oeste, Junto a calores asfixiantes, comprobé períodos de viento y lluvia fría. En Dawaschuwa (tan diferente de Caranat, nuestra ciudad modernísima: donde las avenidas y los edificios son abatidos por el capricho de los gobernantes y del comercio; donde el vidrio y los lujos arquitectónicos adquieren frágiles rasgos siderales que esconden basura y desolación) la dulzura de su ente me decidió: quise permanecer mucho tiempo. Era abril de 1969, había una claridad florida y la ciudad entera parecía palpitar en su plaza central. Tomé como hábito sentarme en ella después del trabajo, solo o con amigos. Y tomar unas cervezas, en la esquina más próxima. Haberme graduado de biología en la antigua Universidad de Caranat conducía, después del desastre con Nefer, después de mil sueños como futuro investigador, a este empleo regular, obtenido en mis andanzas, dentro de los Laboratorios Poche. El hábito de las cervezas en la esquina de la plaza complementaba mis horarios de trabajo. Nada había en este ámbito popular que yo no conociera. Pero un mediodía, desde los arcos del templo, mientras caminaba a almorzar, vi, realmente vi por primera vez, la dulce calle que se perdía frente a mí, por el extremo izquierdo de la plaza. Y vi también el sereno y sólido diseño del Palacio de los Capitanes, con el fondo reverberante del Volcán de Agua. Yo estaba tras un arco de piedra; el sol devoraba las ojivas del palacio y la ciudad entera refulgía al pie del gran volcán, amoroso y terrible en su iluminada calma. Algo se estaba revelando: pensé en mi Caranat natal, en su perdida montaña; mis recuerdos trepaban agobiando y vitalizando al cuerpo. Los dos sitios eran el mismo, a través de mí. El gran volcán también se inclinaba con quieta sensualidad e iba a dar un destello de su pasado, cuando por la interminable línea de la calle, vi aparecer a Dorotea.

Tres o cuatro países había atravesado yo, desde el mío, desde las cordilleras ceñidas por el Caribe, y en ninguno pude sentir la personalidad terrena de aquí. Vuelvo a pensar en Giordano Bruno, en claves de la memoria que me llevarían a Orfeo, para entender la percusión de un sentido corporal en otro, de un estrato visual en las piedras, de un cielo en las integraciones mentales: la percusión de un vínculo que une muerte y aire, oscuridad y carne vegetal: las montañas. Tenía pocos días aquí, después de cuatro años fuera de Caranat, en esta pequeña capital, trabajando rutinariamente en un laboratorio, pero ya sabía su arriesgada historia: sus fundaciones y traslados desde 1524, la concesión de su escudo de armas y la pomposa creación de su Universidad, siglos atrás. Había conversado con algunos médicos del hospital sobre los recurrentes terremotos. Volvía a enamorarme de la simetría de las calles, ya conocida en ciudades precedentes, de estilo tan diferente al caos (túneles, autopistas, callejas torcidas) visto en Caranat. Gustaba de nuevo la escala habitual de las construcciones y las voces de la gente, el brillo de la atmósfera. En las zonas más antiguas, aquí, el siglo XVI se filtra con lenta suavidad. Hay una curiosa unidad en el carácter de la arquitectura española que, al levantarse, cede: las iglesias se organizan con el ritmo de los suelos, de las calles, con el fondo de vegetaciones. Cuesta leer en esta aura de serenidad la suspicacia del imperio: cada bóveda y cada cruz exterminaban un rito quiché o el recóndito lenguaje de los Waika. Ciudad antigua: borde del ser: tejido del tiempo: porque cuando se arriba a su centro no sólo toca uno cierto detalle de 1700: se está en el siglo XV. Aquí duele la felicidad de mirar. Como hubiese gustado pensar a un novelista de excesos enunciativos, Carpentier, aquí florece el barroco: preservado por los terremotos, conservado a medias, pero intacto en su complejidad: el desconcierto de España ante la voracidad visual del nuevo continente. Repito con el poeta José Martí:

»Se va a la Antigua pisando flores. Se viene de la Antigua brindando vida. »

Aquí vi aparecer a Dorotea; nada de cuanto acababa de pensar sobre la historia de la ciudad, el barroco y los terremotos tenía esa vez (¿ni tendría jamás?) que ver con ella; pero tales asociaciones surgieron al detenerme en su silueta, que llegaba por la calle larga. Después entendería que de esa manera organizaba o su aparición, porque con ella algún hilo quedaba tendido. Harry y Dorotea. En todo caso, lo que percibí parecía, aunque extraño, insignificante: inmóvil, recostada contra el bajo cerco de la plaza, bajo la figurable luz del mediodía, estaba una mujer que acababa de recorrer la prolongada calle lateral. Podía tener setenta años y un lógico rostro aindiado o de cómplices y remotos mestizajes. Venía envuelta en un pañolón azul verdoso e intenso. Su talla, su porte, guardaban la naturalidad ancestral obligatoria en aquella zona de legendarias tribus indígenas. Pero aunque hacía sentir su costumbre de ubicarse en ese sitio de la ciudad, aunque debía tener la soltura necesaria para hacer negocios y compras en esa área, algo suyo molestaba el contorno sobrio y clásico de la plaza. Desde los pómulos agrietados hasta la posición de los pies, un impulso parecía querer moverla rápidamente. No obstante, permanecía fija. Tal dureza en su actitud debe ser la causa que produce su casi doloroso efecto de fuga. Después de cuatro años de andanzas, dos semanas aquí no me aseguran confiabilidad alguna para tan fuerte apreciación sobre la vieja. Pero —como lo he sabido siempre— cuando cualquier nudo con el azar resuena más allá de lo estimable, debo atender con especial cuidado. Y eso estaba ocurriendo ahora, tal como antes había sucedido (¿o te ocurrirá a ti, dentro de muchos años?) con la última noche de Nefer, mientras tú ignorabas que ya no habría otra oportunidad. También es verdad que, como hago siempre, no quise prolongar ese primer contacto desusual, Si Dorotea significaba algo realmente, el engranaje se reanudaría. Y caminé por la acera inmensa de arcos, mirando a lo lejos el dorado volcán del mediodía, tratando de borrar  la humildísima, un tanto sucia y descuidada figura de la mujer en la plaza. Ella no me miró. Esperaba, dentro y fuera de sí misma, con cierto asco por estar en aquel lugar tan visible, tan agitado.

En seguida pregunté a los amigos, en el restaurant, sobre esa posible presencia. Alguien respondió que en todos los lugares de la capital hay campesinos, vendedores, que llegan desde pueblos remotos, Son sucios, silenciosos y primitivos y hablan olvidados dialectos de siglos indígenas.

Mi país, con sus ciudades absolutamente actuales, carece de inclinación histórica, de culto por la memoria y de exploraciones hacia el pasado. Su existencia resume una línea siempre iniciándose. Cualquiera, allí, tendría vergüenza  por no ser joven o por recordar. Así se ha realizado su evolución, su pedagogía y sus proyectos. Los gobiernos, dominados por imitaciones, acentúan tal tendencia a lo inicial, a lo fragmentario, para traicionar así todo intento de continuidad mental. Muy joven (estando aún en Caranat, al inicio de mi amor por Nefer), y de algún modo orientado por gente que fue sacrificada o que murió en el exilio, advertí ese rasgo muestro, y quise oponerme. Desconocía las fragilidades políticas: me dediqué a reconocer las cargas de los mitos y de las religiones antiguas. Nosotros carecíamos de un pasado prehispánico monumental (como había ocurrido en México o en el Perú): o habíamos borrado las huellas de alguna modesta tradición en este sentido. Yo no tenía dioses, rituales o arquetipos para reconocerme. Poseía un vago rostro, como mi país. Me incliné, entonces, sobre las cosmogonías griegas. Me dejé engañar por imágenes de esculturas, tersas y vibrantes: por la belleza inexorable de aventuras y destinos. Mucho después comencé a ver que el triunfo y la celebración ocupaban pequeñísimos lugares en aquellas conductas. El horror, el dolor, arrasaban con las más preciosas apariciones: el sexo y sus tabúes, los odios y el castigo; las familias enemigas, los adolescentes y el poder, constituían el verdadero fondo de tanto esplendor. Mucho más tarde comenzaría a reconocer en cada mito la expresión de un sentimiento, de una emoción. Todo fragmento de las leyendas cubría un impulso, una decisión humana: los dioses eran máscaras de los hombres: tanto en la Grecia milenaria como hoy. Sus conflictos, sus torpezas y violencias, seguían actuando entre nosotros, El mito era la continuidad de los gestos. Desolado, me aparté temeroso de aquello que la mitología podía revelar dentro de la gente inmediata y querida. Querer amar y viajar, como lo planificaba entonces, resultaba ya, quizá, una manera falsamente mía de ser yo. Tenía a Nefer: y descubrir que al amarla o al realizar mi decisión más íntima ya estaba —según los mitos— repitiendo algo, me aterrorizó, produjo una extraña amenaza: y cerré esos libros: no quería saber nada de mí mediante aquellas escenas tan antiguas.

Olvidé, desde luego, tal aprensión; aunque después, contra mi voluntad, viajaba hacia el norte, hacia aquí. Ahora estoy en Dawaschuwa, he intuido la recóndita fuerza de Dorotea y, sin darme cuenta, volví a un gran libro sagrado: el de esta nación. Consulté las numerosas versiones y traducciones extraídas de la lengua indígena original. Revisé los estudios de especialistas, las ambigüedades. A diferencia del mundo griego, encontré un universo más directo, cruel  sensual, con sonoros nombres que aún se repiten en los habitantes de aquí. Comprendí la exaltación a la serpiente y al maíz; la riqueza iconográfica del pájaro divino. Y un día reservé el boleto (¿por qué cambiar el hábito de perder mi sueldo inútilmente?) en un pequeño avión, para visitar los lugares cantados en el libro sagrado, para comparar la selva, los templos y las pirámides, entrevistos ya en el acústico texto quiché.

La noche anterior al vuelo (una excursión de dos días, turística y guiada en inglés, porque los jóvenes guías se negaban a hablar español) me dije: “Mañana, finalmente, cumpliré el deseo y el sueño. Seré el deseo y el sueño del deseo: visitaré Ukkbar”. Quizá pensaba en que la aventura sería tan grande, que por ello no ocurriría; o que el avioncito se precipitaría contra las faldas del volcán. El tiempo transcurrido desde entonces impide reconocer el sentido de aquel pensamiento.

Dormí mal, ansiando el amanecer. A las cinco estaba en pie. Quise tomar café, y no encontraba lugares abiertos. Caminé entonces por las calles solitarias, hacia un pequeño parque, la plaza de la Concordia. Frente al cine Tikal (nunca visto hasta ese momento: anuncia un dinámico estreno yanqui), rodeada por hombres viejos, una anciana vende café. Lo extrae rápidamente de una vasija roja, cuya boca vuelve a cubrir en seguida con un trapo, para impedir que se enfríe. La mañana está helada; extiendo el pago y algo más, pero la anciana no quiere aceptar el dinero restante. Al regresar hacia la Agencia, donde un bus debería esperarme, casi atropello en un sendero del parque la figura embozada de una mujer. Iba también en busca de café, con paso olvidado y seguridad animal. Deslumbrado, comprendí que era Dorotea, aquella mujer a quien vi antes en la plaza principal, cuando recién llegaba yo a Dawaschuwa. Debí quedarme, hablarle; conocer sobre su trabajo y sus visitas a la ciudad. Pero el bus ya me esperaba y no podía renunciar al viaje. ¿Había pasado un mes desde mi primer encuentro con ella?

Fue agradable el recorrido, con turistas de diversos lenguajes, hacia el aeropuerto. Sólo yo hablaba español con la muchacha que conducía el vehículo. Tal como lo preví, un pequeño avión, de hélices oxidadas, manso, nos otorgó el cielo. Café de nuevo, con sol. Los valles, la lejana silueta del volcán; después, debajo sólo algodón y verdor, Exactamente una hora más tarde, el avión se inclinó con gracia hacia la derecha: y vi, sacudido por una emoción distinta, cómo asomaba dentro de la selva un cuerpo encantado: el múltiple penacho de la piedra, las increíbles flores de la roca convertida en blancura: Ukkbar.

La estrecha pista de aterrizaje puede asustar: es un camino más. Y las oficinas de recepción (amarillas, endebles) acogen a pesar de su pequeñez. Calor, acorde con el guía moreno y mecanizado (aunque discreto) que me correspondió. Pronto comenzó a comentar cada detalle de lo que veíamos, con tal rigor automático, que escapé de su amable dominio. Ahora solo, fui entrando lentamente a la riqueza sensorial de las estelas, de los altares, templos y calzadas. Siglos de voluntades me conducían; humo de pies perdidos sobre estas piedras iba envolviendo al sol. Cuando llegué a la Plaza Mayor, estaba preparado: ninguna cualidad intelectual puede ahora revestir de vida ese lenguaje de piedra. Todo es excesivo, pero no permite ser comentado. Quería imaginar (mientras subía al templo del Jaguar) cómo habrían ascendido con seguridad y elegancia los sacerdotes por estos escalones, en medio del vértigo y la revelación.

Desde el dintel de madera del gran templo, admiré los otros, sumergidos dentro del follaje y continuando su invisible línea de lucidez. Debajo, las acrópolis: el trazado de los bordes, las estelas. Pensé, también, en mis amigos del Laboratorio: modernos y hasta cultos, pero desinteresados por completo del conjunto enigmático que tenían tan cerca, disponible para ellos durante toda su vida. ¿Me hubiera ocurrido igual, si yo hubiese nacido aquí: habría sido tan neutro ante estos espejismos rocosos? Nada conté, por lo tanto, en las nuevas reuniones del bar próximo a la plaza principal de Dawaschuwa: y con las conversaciones previsibles de los amigos me entregué al olvido exterior de estas ruinas. Durante una de esas charlas (o para ser exacto: poco antes de que llegaran mis compañeros: yo estaba solo, tranquilo, distraído) establecí contacto con Dorotea. Ya no recuerdo cómo ocurrió. Quizá ella pasaba por la acera o estaba parada en la puerta del bar, o nos miramos. Después de haber presentido los hermetismos de Ukkbar, muchas otras cosas de la realidad se habían vaciado de misterios: por eso, la mujer que me inquietó un día, aparecía ahora con toda simplicidad. La abordé, como a cualquiera, Respondió, creo, con simpatía y sobriedad; una mirada arcaica, unos gestos inocentes, lejanos, de vieja olvidada por todos.

Y así, con insospechada sencillez, fui conversando con ella, viéndola aparecer cada tantos días. Vivía, en efecto, lejos de la capital, a cuatro horas de distancia, en algo como un poblado: casas dispersas entre montes, muy lejanas unas de otras; bajo gigantescos árboles húmedos. Poseía una familia numerosa (o así me pareció durante la primera visita). Ella venía a vender sacos de frutas, con alguno de sus hijos. Madrugaban y regresaban antes del atardecer a su aldea. Nuestra curiosa amistad de monosílabos, de medicinas obsequiadas por mí, tuvo un nudo y un sello: cuando descubrí que también ella había llegado hasta aquí, desde mi país. Años antes huyó con sus padres y su marido desde Caranat. Con singular sorpresa capté ese parpadeo del destino: la que podía ser una autóctona mujer de estas tierras, venía de mi ciudad, de un mundo que yo había intentado borrar.

Al saber mutuamente ese origen, nos reímos mucho. Ella se entregó como madre o abuela, y me invitó a su rancho. Fui en autobús (más tarde compraría la vieja pick-up de segunda mano), alegremente. Chuíto, Domingo, Cucha y seis nombres más, junto a su marido, eran la estricta familia de Dorotea. Sus hijos, algunos bastante mayores y otros muy jóvenes. Pero alrededor de este primer círculo consanguíneo, la mujer guardaba otro: sus padres, los familiares de su marido y los hombres de sus hijas, de sus sobrinas. Una prolífica hermandad, ambigua, variada. ¿Cuántos eran en total? Y aún había alguien más: Harry, un muchacho de diecisiete años, nieto predilecto de Dorotea.

En el gran terreno cercano al mar, fácilmente se notaba que la casa de Dorotea (muy pequeña, hecha con barro de hermoso color antiguo) fue la primera. A su alrededor, las nuevas parejas habían creado otros ranchos, otros fogones. Lentamente comprendí sus círculos ancestrales: Dorotea en el núcleo —social, histórico, laboral— y cada descendiente o cada recién llegado (hombres de las hijas, mujeres de sus muchachos) dispuestos en escalones —de autoridad, de deberes— hacia lo exterior: como las casas. En todos advertí un olor característico (nefasto, pero seductor: un olor a habitación cerrada, a fiemo, a axila) y el mismo tono en la piel y en las ropas. Aunque se vistieran con cosas nuevas y limpias —como el día de mi primera visita— nada cambiaba: una imagen poderosa los cobijaba, con su neutra atmósfera, fuera de tiempo. Sin embargo, eran alegres, solidarios; cargados de brusquedad en sus bromas y sus inquietudes. Todos como niños. Nunca logré descifrar por qué vivían en este país, por qué habían emigrado, qué recurso atávico movió la realidad para arrancarlos desde algún barrio de mi ciudad y traerlos a esta nación.

Allá en Caranat, en mi propio mundo al pie de la gran montaña, en alguna de esas grietas que las autopistas abren por Catia, debía existir un barranco (ácido, oscuro, pobrísimo) donde ellos habrían nacido. Ellos: Dorotea, sus padres; y Harry. Este supe luego—acababa de llegar cuando los visité. Añadía a la invisible capa sucia de su piel, entonaciones, vocablos que aún pertenecían a Caranat, ¿Fue por ese eco oral que lo distinguí entre todos? Había olvidado modismos y refranes que Harry usaba a cada instante: palabras mías, de mi propia infancia, en sus labios.

Con cierto terror accedí a tomar el almuerzo con ellos. Lo habían preparado ante mí, con despliegue de limpieza. Pero el hedor de la gente persistía, y en el agua del sancocho (traída de un tambor viejo) vi moverse larvas, que ellos ni siquiera advirtieron, porque a diario beben el líquido de allí.

Era un domingo extraño. Aunque nunca me aburría en esta patria adoptiva, a veces algo sacudía mi decisión de equilibrio: un sabor en la garganta, un rugoso vacío, cierta dolorosa abstracción que debilitaban las lecturas, el pensamiento o mi propio trabajo. A nadie confesé tales transitorios momentos ciegos. Así, aunque nunca estaba realmente fastidiado, algo sugería a veces cierta posibilidad de cansancio, de hiriente potencialidad: como si yo estuviera dispuesto a recordar algo perdido o a temer una soledad indeseada. Fue curioso cómo sentí —con Dorotea y su familia—una estimulante compañía: aquel primer domingo supe que podría quedarme con ellos, vencer mi olfato y la dificultad para comer con naturalidad, y permanecer en ese rito de relaciones muy primarias, juguetonas, dobles.

Tomé el autobús de la tarde. Esa noche, en la Plaza Mayor, conté a mis amigos el encuentro final con Dorotea, sus peculiaridades: y su origen. Lo celebramos. Antes de dormir, caminé solo por la plaza. Creí verla en una esquina, como una violenta mancha verde, en la oscuridad.

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