literatura venezolana

de hoy y de siempre

La tercera mano (fragmentos)

Aminta Beleño

Lisa

(Carta de la mano izquierda)

Sentada sobre su cama, Gilda miraba fijamente hacia la puer­ta. En la pared contigua, estaban sus dos maletas, listas para em­prender el viaje hacia la vida que su padre le había impuesto. Sobre estas, un neceser de cuero rojo con broches de plata que le había regalado su madre, apenas hacía un año, cuando supo que mens­truaba, como ofrenda por haberse convertido en mujer, según el pensar vernáculo.

El pequeño neceser atesoraba pedacitos de papel, con trazos que sólo ella podía traducir, donde Baldomero ponía las contrase­ñas de sus encuentros. Ahí, también, camuflada entre sus juegos de aretes, collares, pulseras, ganchos y tiras para hacerse los marrones, guardaba su artesanal argolla de matrimonio –el que ella y Baldo­mero se habían jurado con el Río Chucurí de testigo–, hecha por él con hojas secas de tabaco y fibras de fique.

Baldomero se le aparecía como un sueño triste. No podía, por más que quisiera, creer que volvería a verlo, lo habían enviado al camino de la muerte; ninguno de los peones de la hacienda, recluta­dos por el Ejército, había sobrevivido. Sufría la pesadumbre de una viudez con cuerpo ausente.

De pronto, se le repetían palabras de Alfreda: “…cuando ha­yas dado otras dos vueltas al sol, se abrirán de nuevo tus caminos.” Le era difícil descifrarlas, mas su interpretación instintiva le daba para entender que su concubinato forzado con Víctor Landaeta no sería por siempre.

En esa convicción se había aferrado y por eso podía estar ahí, pasivamente, esperando la hora en que viniera por ella un hombre con el que, ni siquiera, había cruzado conversación; pues, las veces que recordaba haberle visto por la hacienda, llegaba a caballo, nunca descendía; y se marchaba, después de conversar con su padre.

– ¡Gilda, abra, hija! Necesito que hablemos, antes de que se vaya.

La voz de Julia, tras la puerta, le sonó lejana, como si fuera un ensueño.

– ¡Gilda, abra, hija!

El segundo llamado de su madre, acompañado de varios toques desesperados, la hizo volver en sí. Una mezcla de rabia y dolor le revolvió el alma. Aquella permisividad que Julia expre­saba frente a su tragedia, era lo más parecido a una traición. No entendía cómo ella había sido capaz de aceptar que su padre la ofreciera en una apuesta.

– ¡Gilda, ábrame, haga el favor! No busque que mande a tumbar la chapa, necesito decirle algo, no sea terca, es por su bien.

La voz de Julia se apagó un momento y la de Alfreda retumbó en su pensamiento: “La mano izquierda vendrá por ti.”

Gilda se levantó de la cama, como empujada por un impulso ajeno, caminó hacia la puerta, abrió y encontró a su madre con la cabeza gacha, parada junto a Lisa, una de las muchachas del ser­vicio, ataviada con ropa de salir y una pequeña valija. Julia reac­cionó y entró con apuro al cuarto. Lisa la siguió y cerró la puerta, tras ella.

– Gilda, yo soy su mamá y no quiero su mal, hija. Usted no lo entiende, pero, a nosotras, las mujeres, nos toca aceptar mu­chas cosas en esta vida, aunque no queramos. Míreme a mí, enamora´íta de su taita, me arrejunté con él, creyendo que se iba a casar conmigo después, y vea que nunca lo ha hecho. Más bien, he tenido que aguantarle a ese hijuepuerca el mon­tón de mozas que ha monta´o y la catorcera de hijos que les ha puesto, dizque porque él no confía en hombres, y las mujeres si le responden por las tierras.

– A usted nadie la obligó a vivir con él, mamá. A mí sí me están obligando a irme con un hombre que ni conozco.

– Fue decisión de su taita, no mía. Y no se puede echar pa´ tras porque usted sabe cómo se paga eso. ¿Quiere que lo maten o que la maten a usted? Mire, mija, sea inteligente. La cucha ya la consultó, oiga lo que ella le dijo, ella nunca se equivoca. La tragedia se va a evitar. Usted metió la pata y enredó más las cosas. Al boga ese no lo va a volver a ver más, ese ya es­tará difunto pronto. Pero, por usted, la cucha si puede meter sus manos.

Gilda se volteó, caminó hacia la cama y soltó a llorar. Julia fue tras ella, se le adelantó y la abrazó.

– No llore más y páreme bolas – le dijo.

Luego, se apartó, la tomó de los brazos, la giró, la soltó y se encaminó hacia Lisa, quien se había quedado cerca a la puerta.

– Lisa se va con usted. Se lo exigí a su taita como condición para que usted no pusiera problemas, y que le dijera a don Víctor Landaeta que Lisa era su sirvienta personal, la que sabía cómo arreglarle la ropa, peinarla y prepararle la comida, que llevár­sela era lo único que usted exigía. Don Víctor aceptó.

– No entiendo – balbuceó Gilda, secándose las lágrimas.

– Es una orden de la cucha, le mandó a decir que Lisa era la carta de su mano izquierda. ¿Ahora sí entiende?

 

Belladona y Mandrágora

(Juntanza para engañar bestias)

– Señorita Gilda, ya llegó Don Víctor. Y debe andar bien jincho, porque llegó encompincha´o. Ahí ´tá su taita, también, mija.

– ¿Mi papá está aquí, Aureliana?

– ¡Sí, mijita! Don Víctor siempre anda con sus tres alegres com­padres: el doctor Dámaso, que está recién llegado, gradua­dito, de Bogotá; Don Benjamín, que es dueño de la flota que sale y entra del Magdalena; y su taita, que ya vusté sabe quién diablos es. Claro, esos son los de más confianza del Don. ¡Hummm! Porque ese se la pasa encompincha´o como con una docena. Bueno, vusté los va a ir conociendo, porque aquí terminan sus borracheras, después que se quedan sin un cen­tavo pa´ seguir las apostaderas, o los echan del Cuarto Patio.

Gilda pasó del gesto de contrariedad, que le fue imposible di­simular, cuando Aureliana habló de las apuestas, recordándole por qué estaba ella ahí; para poner uno de confusión, cuando escuchó mentar al Cuarto Patio; lo que Aureliana saltó a resolverle, sin pelos en la lengua y sin darle tiempo de preguntar:

– El Cuarto Patio es donde están las mujeres públicas, las de la vida alegre, señorita Gilda. Esa es la segunda casa de to´iti­cos los Dones de Barrancabermeja y sus alrededores, mija. Su mamá, Doña Julia, lo tiene bien sabi´o que ahí se la pasa su taita. Y Don Víctor, es igualítitico. Mejor que vusté lo vaya sabiendo, mijita; ya que ese será el marido suyo desde esta noche…

– Hasta que le haya dado otras dos vueltas al sol, Aureliana – atinó a decir Gilda, recordando las palabras de la cucha Alfreda.

– ¿Vusté por qué dice eso?

– Eso dijo mi abuela, y yo le creo.

– ¡Ah, bueno, esas son palabras santas! Pero, mire, no vuelva a repetir eso por ahí, a naiden. Ni eso, ni nada de lo que la cucha Alfreda la haya dicho, ¿oyó? Hay cosas que se tienen que hacer, no hablar. ¿Si me entiende?

Gilda afirmó con la cabeza, mirándola con determinación. En­tonces, Aureliana se le acercó, bajó la voz y le preguntó:

– ¿Mija, ya está preparada, se hizo todo lo que la cucha le mandó?

Gilda, nuevamente, afirmó con la cabeza. Ahora, su mirada de­cidida se mudó hacia el recuerdo de las anteriores noches, donde se encontró saliendo a hurtadillas de su habitación, entre las sombras silenciosas que despertaban cuando la casa dormía; para entrar a un sótano escondido en la cocina, tras el seibó de madera vieja que guar­daba las vajillas de porcelana para las visitas. Un sótano que no sabía que existía, se lo puso al descubierto su abuela, quien la había guiado para entrar allí a preparar su cuerpo, ante la fatalidad invocada, por su obligado maridaje con Víctor Landaeta; un hombre que no duda­ría en cobrar con sangre el himen desgarrado por Baldomero.

En aquel lugar, con la luz tenue de veladoras rojas, entre polvo de muchos tiempos y bordados de araña, parada frente a un gran espejo adherido a una de las viejas paredes de adobe raso; Gilda se desnudaba y untaba sus pechos, vientre y vagina, con un ungüento entregado por Lisa, al día siguiente de haberse consultado con la cu­cha. Luego, alzando su mirada a la altura del reflejo de sus ojos en el espejo, repetía una invocación escrita en un pequeño papel adherido al frasco del linimento:

Belladona y Mandrágora,

diosas de nuestros secretos quereres,

Beleño Negro,

aliado de sueños y olvidos:

¡Júntense y denme los placeres

de lo que tengo prohibido!

¡Júntense y hagan juntar

lo que quise soltar!

¡Júntense y déjenme dominar

a la bestia que mi sangre

se quiere tomar!

Mientras repetía aquel conjuro, frotaba sus pezones, acaricia­ba su ombligo y tocaba su clítoris, hasta ser poseída por gustosas emociones que agitaban su respiración y se la llevaban volando has­ta encontrar el cuerpo desnudo de Baldomero, sobre quien se dejaba caer, para terminar asaltada de espasmos que crecían y decrecían entre senos, vientre y vulva, arrancándole gemidos, risas y lágrimas, que sólo hasta entonces había experimentado.

Tras un tiempo incontable y una vez retornada a su reali­dad, Gilda se levantaba del suelo, a donde no tenía memoria de haber caído, y antes de que el sol iniciara su despunte, corría a secarse sus genitales, viscosamente empapados, con un pedazo de casimir que llevaba escondido en las enaguas; tras lo cual se la­vaba con agua de alumbre y romero, también preparada por Lisa y embasada en una botella de vino que ella dejaba vacía sobre la mesa de la cocina, al salir del sótano; donde volvía a encontrarla llena, al retornar por la noche.

Todo ese ritual había cerrado aquella tarde, después de la siesta por el almuerzo, cuando Gilda volvió a lavar sus intimida­des con agua de alumbre y romero, dejándose secar al clima para, luego, tumbada boca arriba sobre la cama, con las piernas levan­tadas, introducir en la entrada de su vagina un trozo de vejiga de cerdo, hervida y castrada con vinagre de piña; y, rápidamente, embadurnarse con engrudo de palma, hasta que su nuevo himen quedó prendido.

– Aureliana, Don Víctor está preguntando por usted y por la se­ñorita Gilda – avisó Lisa, tras golpear la puerta con apremio, devolviéndole a Gilda la mirada del presente y a Aureliana el serio misticismo que oscurecía el turquí de sus ojos, cuando andaba complotando.

– Dígale que ya vamos, que estamos terminando de vestir a la señorita Gilda.

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