Juan Carlos Vásquez
Escucho el sonido de las cuerdas de un bajo, unos timbales y un par de trompetas; la ciudad se mueve sola, sin que nadie se lo ordene. Bajo un árbol enorme, María tararea la melodía con la mirada perdida, los brazos cruzados y el pie derecho marcando un compás impreciso.
Al verme empieza a hablar sin preámbulo, como quien lleva horas esperando soltarlo.
— Estábamos en la fiesta, rompieron la puerta, entraron y se lo llevaron al sótano negro, lo esposaron de las manos y con una polea lo elevaron hasta lo más alto, se le desprendió un hombro y tuvo una hemorragia nasal, así lo dejaron por días hasta que murió —
Hizo una pausa. Cambió de registro sin transición, sin señal:
— ¡Amigo! ¿Vamos a la casa de Julio? ¿Te animas?…
Acepté. Caminamos por más de diez minutos. Yo miraba a Caracas como se mira algo que se recuerda mal: con curiosidad y con algo parecido al duelo. Catorce años cambian una ciudad. También cambian al que se fue.
— Ahí está Julio — grité.
Volteé. Él se movió como un loco, suspirando, los brazos abiertos, la cabeza echada hacia atrás, y me apuntó con una pistola.
— Está jugando al asesino — me dijo María — sigue muy triste por la muerte de su amigo —, Julio bajó el arma y se sentó en una silla rota, y entre ambos comenzaron a explicarme por lo que estaban pasando y cómo intentarían solucionarlo.
— Nadie va a hacer nada — dijo María. — No son las armas, es la información, les quebraron la voluntad, rompen cualquier conexión usando el desprestigio y el soborno… — luego se detuvo en seco, respiró hondo y continuó:
— A mí me introdujeron una sonda por la nariz, otra por la boca y otra por la vieja herida de una cesárea. El objetivo era dañar los órganos, provocar una hemorragia interna, que la infección hiciera el resto. Y así, que no quedara nada visible. En los informes iba a decir que fue espontáneo.
No hablamos.
Acto seguido, Julio detalló el arma que había dejado sobre la silla, María, la calle. Yo seguía sin saber qué hacer con las manos.
— ¿Y tú dónde estabas? — me preguntó — ¿Qué vas a hacer? ¿Qué idea tienes?
No le respondí a tiempo. Demasiadas preguntas en una.
María movió los ojos con expectativa. Él se detuvo.
Yo pensé en lo que había dicho diez minutos antes: no son las armas, es la información.
Fue el momento preciso en que pensé que debía intervenir.
— ¿Te acuerdas de Bulldog?
Julio frunció el ceño. María dejó de mirar a la calle.
— Pasó de infiltrar a la armada a transportar cajas con talco en la red de aviación del vicepresidente. Directo a Grinfolandia. — Hice una pausa — Luego apareció muerto.
Silencio.
— El tipo era demasiado inteligente — continué — y estaba pasando las trazas exactas de las rutas.
Julio no dijo nada por varios segundos. Cuando habló, lo hizo despacio, como si estuviera midiendo cada palabra antes de soltarla.
— ¿Por qué nos cuentas eso ahora?
Los tres sabíamos exactamente por qué.
Lentamente el cielo se fue oscureciendo y empezó a llover…
María al darse cuenta reventó un vaso contra la pared y gritó:
— ¡En esta esfera todo está podrido! Los abogados con quienes estábamos conspirando están sobornando al fiscal de la mafia. Ganan todos los casos, se embolsan entre veinticinco y treinta mil dólares — respiró — Ya no quieren derrocar a nadie. Y creo que están a punto de delatarme.
El vidrio quedó en el piso. Nadie lo recogió.
— ¿Cuánto tiempo tienes? — le pregunté.
— No sé — dijo ella. Y por primera vez en la noche no hubo una respuesta. Fue una confesión.
Julio levantó una mano. Despacio. Como quien para el tráfico o interrumpe una oración.
— Calma — dijo. Sin levantar la voz. Precisamente por eso lo obedecimos.
Se inclinó hacia adelante, los codos sobre las rodillas, y habló mirando el piso.
— Esta gente no trabaja solo con armas ni con dinero. Trabaja con brujería. Tienen babalaos. Tienen paleros. Tienen una red espiritual que va desde los ranchos hasta los ministerios. — Hizo un gesto apretando los párpados — Eso no es metáfora. Es infraestructura.
María resopló. Julio no le dio espacio.
— Han exhumado los pilares del alma del país. Desenterraron a nuestros mártires más elevados y ofrecieron sus huesos. ¿Se acuerdan cuando sacaron los restos del Libertador? Dijeron que era para hacerle pruebas. — Sonrió sin humor — Nadie le hace pruebas a un héroe. Se le rinde culto o se le profana. No hay tercera opción. — Si queremos combatirlos, tenemos que entrar en su propio sistema. Utilizaremos a Andras. Pactaremos con él. Que nos dé las armas, la información, la ruta, la sangre. — Se recostó — Y después traicionarlo.
— ¿Traicionar a un demonio? — pregunté yo.
— Traicionar al método — respondió — A la lógica que ellos instalaron. Usarla contra ellos y luego quemarla. Si no la quemas después, te convierte en lo mismo.
María recogió un pedazo de vidrio del piso. Lo miró un momento y lo dejó sobre la mesa como si fuera una ficha.
Los miré a los dos.
A Julio lo conocía desde la infancia. Era tímido, el tipo de niño que prefería escuchar antes que hablar. Estudió en la Escuela de Guerra, pero lo echaron. Nunca supe bien por qué, y él nunca lo explicó. Después estudió historia. Cuando me fui, era eso: un historiador tímido con una pistola.
Cuando volví, había borrado diez años de su vida.
No había fotos, no había relatos, no había fechas. Solo un silencio denso y ordenado donde debían estar esos años. Sin duda en ese trecho había aprendido mucho. Las personas que borran una década no lo hacen por olvido, lo hacen porque lo que vivieron no cabe en una conversación normal, y él lo sabía.
María era distinta. Estudiamos juntos en la universidad. Queríamos ser escritores, con esa certeza ridícula y necesaria que solo se tiene a los veinte años. En la academia de filosofía y letras fundamos una revista. Publicamos poesía, crónica, manifiestos que nadie leía excepto nosotros. Éramos felices con eso.
Luego ella se fue hacia el ala subversiva contrarrevolucionaria y yo me fui también hacia afuera. Era 2014. Ucrania ardía y ella quiso aprender de la resistencia antirusa de primera mano. Quiso ver cómo se combate desde adentro cuando el enemigo es el propio Estado. Guardó silencio esos años igual que Julio, pero el silencio de ella era diferente. El de Julio era estratégico. El de María era una fractura.
Desde entonces pensó que tres o cuatro personas podrían acabar con una tiranía criminal…
Todavía lo piensa.
Los miré de nuevo: un historiador que borró una década. Una escritora con la cabeza quebrada que aprendió a resistir en Ucrania. Y yo, que había estado afuera catorce años mirando desde la distancia una ciudad que seguía ardiendo, escribiendo artículos con la ingenua idea de crear conciencia.
Julio nos había dicho lo que había que hacer. Sustraer a Andras. Pactar con él. Traicionarlo después.
Nadie había dicho que sí todavía.
Pero nadie había dicho que no.
¿Pero quién es Andras?
— Andras es el Gran Marqués del Infierno. No el más grande, pero sí el más peligroso. Su función no es destruir. Es dividir. Toma lo que está unido y lo quiebra desde adentro. Un movimiento, una familia, una célula, una cadena de mando. Solo necesita una fisura, y la encuentra siempre porque siempre existe. — y señaló hacia la calle con la cabeza — ¿Por qué crees que la oposición lleva más de veinte años rompiéndose sola? ¿Por qué crees que los abogados que conspiraban con María ahora sobornaron al fiscal? No es traición. Es geometría. Andras no convence a nadie de nada. Solo amplifica lo que ya estaba roto. — Andras comanda treinta legiones. Aparece con cuerpo de ángel y cabeza de cuervo, montado en un lobo negro, con una espada que nunca envaina. Y hay una advertencia que los textos repiten sin excepción: puede matar al conjurador si no se toman precauciones. Atentos con eso. Es la regla más importante. Si entras en su lógica sin un límite claro, te consume. Te vuelves parte de lo que querías destruir.
Julio se recostó haciendo cálculos.
— Por eso los que gobiernan este país no le temen. Porque ellos no lo invocan. Ellos son la invocación. Llevan décadas siéndolo. La diferencia es que nosotros sí sabemos lo que estamos haciendo. Y eso nos obliga a trazar el círculo antes de entrar.
Julio se levantó por primera vez en la noche. Caminó hasta la ventana sin mirar hacia afuera.
— Los babalaos del régimen trabajan con Ifá. Consultan a los Orishas antes de cada decisión importante. Eshu protege los caminos, Ogún las armas y Changó el poder. No es folclore; forma parte de su manera de operar. Los paleros van más allá. Trabajan con los muertos, con las ngangas y con espíritus sometidos.
Se volvió hacia nosotros.
— Lo de Bolívar no fue una prueba forense. Fue la nganga más grande que se haya construido en este continente. Los huesos del Libertador dentro del sistema. Su energía capturada, invertida, puesta a trabajar para lo contrario de lo que él representó. Eso es lo que hicieron. Y por eso el país lleva años sin poder articular una resistencia coherente. No es cobardía. Es que el campo espiritual está ocupado.
María apretó el pedazo de vidrio en la mano.
— Ahí es donde entra Andras — continuó Julio — y no como aliado de nadie. Eso es lo que hay que entender. Si los babalaos del régimen forman una red, encuentra la fisura entre ellos. El que cobra más. El que cree que merece más poder. El que consulta a Eshu y recibe una respuesta que no cuadra con las órdenes que le dan desde arriba. Los hace dudar el uno del otro. Y un babalao que duda contamina la consulta. No duden o Andras también irá por ustedes. Una consulta contaminada da una respuesta falsa. Una respuesta falsa en el momento equivocado puede colapsar una operación entera.
Se sentó otra vez.
— Para romper el efecto de la exhumación hay que introducir la discordia dentro del vínculo mismo. No entre los vivos que lo custodian. Dentro del pacto. Que el espíritu capturado empiece a trabajar en dos direcciones. Que la nganga se fracture desde adentro. Andras puede hacer eso porque su naturaleza no respeta jerarquías espirituales. No le importa si es un Orisha o un muerto de Palo. Lo que encuentra unido lo quiebra. Es su único oficio y lo ejerce sin descanso.
El ventilador giró. Se detuvo intempestivamente y se fracturó…
— El problema — dijo en voz más baja — es que para ponerlo a trabajar contra ellos hay que invocarlo. Usarlo es como soltar un lobo en una habitación donde tú también estás. Tienes que saber exactamente cuándo abrir la puerta y cuándo cerrar. Los que gobiernan esto no cierran la puerta. Por eso se devoran entre ellos cada cierto tiempo y nadie lo nota porque siempre hay otro que ocupa el lugar. Nosotros sí vamos a cerrarla.
Afuera el bajo seguía sonando. Las trompetas. Los timbales. Como si la fiesta no supiera lo que ocurría a diez minutos de distancia. Y empezó un cántico: «La tierra tiembla».
Julio levantó cuatro dedos. Los fue bajando uno por uno mientras hablaba.
— Primero lo espiritual. Antes que cualquier acción física hay que contaminar el campo. Introducir la fisura en la red de babalaos. Eso se hace desde adentro, con alguien que tenga acceso, que hable el idioma, que conozca los rituales. Que lleve a Andras sin que nadie sepa que lo está llevando. Una consulta alterada. Una ceremonia que parece correcta pero tiene una inversión en el centro. Cuando la red espiritual empieza a dar respuestas contradictorias, el régimen empieza a tomar decisiones sin brújula. Sin brújula toman las decisiones equivocadas. Sin brújula se devoran entre ellos.
Bajó el segundo dedo.
— Segundo, la información. Lo que hizo Bulldog pero al revés. No infiltrar para transportar. Infiltrar para registrar. Las rutas, los nombres, los montos, los vínculos. No para publicarlos. Para tenerlos. La información no se usa cuando la tienes. Se usa cuando el otro sabe que la tienes y no sabe cuándo la vas a soltar. La amenaza sin forma es más paralizante que el golpe.
Bajó otro dedo.
— Tercero lo físico. Y aquí no voy a dar detalles. — Nos miró a los dos — No porque no confíe. Sino porque lo que no se dice no existe hasta que tiene que existir. Lo único que voy a decir es que hay acciones que tienen que ocurrir en el momento exacto en que el campo espiritual ya esté fracturado. Cuando ya esté trabajando dentro de ellos. Golpear es cirugía.
El último dedo.
— Cuarto. La nganga de Bolívar. Eso es lo más delicado y lo más urgente. Hay que introducir un elemento de inversión dentro del vínculo mismo. Que el espíritu capturado empiece a trabajar en contra del pacto que lo sostiene. Eso no lo puede hacer cualquiera. Necesitamos a alguien que conozca Palo Mayombe, que haya sido iniciado, que sepa exactamente dónde está la fisura. Cuando ese conjuro se quiebre, el régimen va a sentir el temblor antes de entender qué pasó. Y en ese intervalo, entre el temblor y la comprensión, es donde existe la oportunidad.
Cerró la mano.
— Cuatro movimientos. Dos espirituales, dos físicos. Todos dependientes entre sí. Ninguno funciona solo. Y todos tienen que estar dentro del círculo. Porque si alguno sale del círculo — miró el arma sobre la silla — nos convertimos en presa.
María seguía apretando el vidrio en la mano. Un hilo de sangre le cruzaba la palma. No parecía haberlo notado.
Yo sí lo noté.
Y pensé que eso era exactamente lo que Julio acababa de describir. La herida ocurre dentro del círculo sin que uno sepa que ya está sangrando.
— Hay algo que Jung llamó sincronicidad — arguyó Julio profundizando aún más —: Es la observación clínica de que ciertos eventos ocurren simultáneamente sin conexión causal pero con una conexión de significado tan precisa que no puede ser ignorada. Él lo documentó. Lo midió. — Hizo una pausa — Esta noche es eso.
Nos miró uno por uno.
— Tú — me señaló — llevas catorce años afuera. No volviste antes. No volviste después. Volviste ahora. Tú — miró a María — llevas semanas sabiendo que los abogados te van a delatar. No quebraste antes. No quebraste después. Quebraste esta noche, aquí. Y yo llevo meses calculando el momento. Meses. Y el momento es esta noche.
Se levantó despacio.
— Eso no es coincidencia. Cuando el inconsciente colectivo activa un arquetipo lo hace en varios puntos simultáneamente. No porque los puntos se coordinen. Sino porque todos responden a la misma presión invisible. Nosotros tres somos esos puntos.
Caminó hasta el centro de la habitación.
— Cada uno carga una versión distinta de la misma herida. Yo perdí una década que no puedo nombrar. María perdió la cabeza que tenía antes de Ucrania y la cambió por algo más duro y más roto. Y tú perdiste catorce años mirando desde afuera un país que seguía ardiendo sin que tú pudieras hacer nada. Tres fragmentos del mismo arquetipo. El Sanador Herido, solo funciona completo cuando los tres fragmentos están en el mismo lugar al mismo tiempo.
Miró el techo un instante.
— Y luego está el número. Paralelo 8. No lo elegimos nosotros. Este país está atravesado por esa línea desde siempre. Y el 8 es una forma. El infinito doblado sobre sí mismo. El ciclo que llega al punto exacto en que tiene que cortarse o repetirse eternamente. Esta noche ese ciclo llega a ese punto.
Volvió a sentarse. Recogió el arma de la silla y la puso en el piso, lejos de todos.
— No lo digo para convencerlos de nada. Lo digo porque necesitaban saber por qué esta noche y no otra. Por qué nosotros tres y no otros. Hay un momento en que las condiciones internas y las externas se alinean con una precisión que no puede ser accidental. ¿No lo ven? Hemos estado madurando para esto sin saberlo. Los tres. Por separado. Desde direcciones distintas.
II
Me sorprendió la claridad en el cielo sobre la montaña del Ávila, poder detallar el Hotel Humboldt con esa precisión desde esa distancia, una transparencia que no había notado nunca antes. Ese día fue tranquilo: Julio se había ido a visitar a su madre en Valencia y yo dormía en el apartamento de María en Caracas. Esa tarde caminamos por la avenida Rómulo Gallegos, compramos algunas cosas, regresamos a preparar la cena. Lo realmente sorprendente y desastroso ocurrió al día siguiente, a las 6:04 de la tarde.
Estábamos en el salón cuando lo que comenzó como una leve sacudida de la tierra se convirtió en dos terremotos consecutivos. En ese instante yo estaba en la habitación, escuché los gritos de María advirtiéndome de algo, corrí hasta la puerta que estaba al lado de una columna en la sala y ahí nos quedamos. Un armario de mármol de piezas inmensas empezó a moverse de un lado a otro, primero en vertical, luego en horizontal, una y otra vez, y si no es porque le informé a tiempo a María la hubiera aplastado. El golpe seco y crudo contra el piso lo estalló en pedazos. Nos movimos de un lado al otro hasta casi perder el equilibrio, los crujidos abrieron grietas en las paredes, quebraron los vidrios de las puertas del balcón. Treinta y nueve segundos de un infierno en el que solo esperaba que las plantas superiores colapsaran y nos aplastaran bajo los escombros. El edificio aguantó.
Lo que no ocurrió con otros dos edificios a cinco minutos de donde estábamos.
Ahí, casi todos murieron.
III
El horror llega por capas: primero la pantalla, luego las voces del pasillo, luego la gente que habla.
La primera imagen llegó por el teléfono de María. Un video sin audio, grabado desde un auto en movimiento: la autopista a la costa con una grieta inmensa. Luego encendimos la televisión.
Lo que el régimen llamaba cifras nosotros lo íbamos traduciendo en tiempo real. Edificios desplomados uno tras otros, incendios. Cuando dijeron cien, ya sabíamos que eran miles. Cuando dijeron que los equipos de rescate estaban desplegados, ya sabíamos lo que eso significaba: nadie estaba llegando a tiempo. Cuando dijeron que la situación estaba bajo control es que no tenían la intención de hacer nada.
La señora del 4B tocó la puerta al anochecer. Tenía familia en Beverly Sur.
— No contestan — dijo. Solo eso.
María la hizo pasar. Le dio agua. La señora se paró en el mismo sitio donde dos horas antes habíamos sobrevivido al armario de mármol, y empezó a hablar sin que nadie le preguntara.
— Mi hermano vivía en un edificio de La Triangular. Diez pisos. Se lo dieron por el programa, ¿saben? De los que construyó el régimen. Nuevo. Flamante. Mi hermano decía que las paredes sonaban raras cuando llovía fuerte. Que se le metía el agua por los marcos de las ventanas. Que los vecinos del piso tres habían encontrado una columna que por dentro era mitad cemento y mitad arena y anime. — Al instante hizo un alarido al recibir una llamada en la que le notificaron lo peor — El edificio duró seis segundos.
No dijo cuántos vivían adentro.
El señor del 7A había trabajado veinte años en la construcción. Miraba los tubos metálicos con una expresión de diagnóstico.
— Esto no es un soporte — dijo una mañana, señalando los tubos — Esto es una señal. Lo que está arriba de esto ya no tiene solución.
Con los días seguimos enterándonos de todo, mientras el colapso de nuestro edificio se hacía más evidente.
La vecina del 7B había perdido a una sobrina. La sobrina trabajaba en un hotel que llevaba tres años con una orden de demolición que nunca se ejecutó porque el dueño era socio de alguien que era socio de alguien. El hotel colapsó hacia adentro, limpiamente, como si hubiera esperado el momento exacto.
— Veintidós personas adentro — dijo la vecina — Veintidós. Y el dueño está en Miami desde el día anterior.
Eso nadie lo dijo en televisión.
María lo anotó todo en el cuaderno pequeño de tapas negras. Nombres, edificios, cifras, fechas. Yo la miraba anotar y pensaba en Julio, que seguía sin poder regresar porque la autopista era un campo de escombros y las rutas alternas estaban colapsadas bajo el peso de gente que intentaba llegar o irse o encontrar a alguien.
Lo llamamos esa noche.
— ¿Cómo está Valencia? — le pregunté.
— Aquí tembló, pero no se desplomaron los edificios, sí hubo daños graves en la infraestructura — dijo — la gente está en las plazas, en los estacionamientos, en la calle. Algunos no traen nada. Algunos traen a alguien en brazos que entró en colapso por el miedo y no saben dónde dejarlo. Otros se han suicidado al saber que sus seres queridos ya no regresarán a casa.
Respiró.
— El régimen sacó un comunicado — continuó Julio — Dice que la respuesta ha sido ejemplar. Que el país se levanta unido. Que el pueblo revolucionario demuestra su fortaleza.
Hizo otro silencio y continuó.
— Veinte mil muertos — dijo Julio finalmente — o más. Eso es lo que están manejando los que saben. Pero van a decir dos mil. O tres. Lo que quepa en una cifra que no obligue a responder preguntas.
Cerré los ojos.
Afuera el edificio crujió una vez, levemente, como si respirara. Nos asustamos…
Al otro lado ciento diecisiete horas esperando maquinaria de rescate que no llegó porque la maquinaria existía solo en los presupuestos.
Treinta y dos niños encontrados en un sótano escolar cuatro días después. Vivos veinticinco. Sin agua.
Los cuerpos que no pudieron ser identificados fueron registrados como N.N. y enterrados en fosas comunes en las afueras. El número oficial: dos mil ochocientos treinta y cinco. El número real: nadie lo sabe todavía. Nadie lo va a saber.
El ministro responsable de la infraestructura apareció dos semanas después en una rueda de prensa con una corbata nueva, anunciando el plan de reconstrucción.
No hubo plan.
Hubo otro presupuesto que saquear. Dinero que eran ayudas.
IV
Los primeros días mantuvimos la cordura. Eso es lo que hace el shock: administra el horror en dosis tolerables, te permite funcionar, te convence de que lo que estás viendo tiene un límite.
No lo tiene.
La tercera semana María supo que Claudia, con quien había estudiado, había muerto en el edificio de Ocean Beach. No en el terremoto. Claudia sobrevivió el terremoto. Estuvo viva bajo los escombros durante nueve horas. Los vecinos la escucharon decir que estaba bien. Golpeaba una tubería cada cierto tiempo para que supieran que seguía ahí. Los equipos de rescate llegaron, evaluaron la estructura, determinaron que era de alto riesgo y se retiraron a esperar maquinaria especializada. La maquinaria llegó 72 horas después. Claudia había dejado de respirar a las once de la noche del mismo día. El oxígeno se agotó.
Julio perdió a su primo en Chacao. A su primo lo encontraron. Eso fue lo peor, dijo. Encontrarlo en pedazos.
Con el transcurrir de las semanas el paisaje dejó de parecerse a un desastre natural y empezó a parecerse a otra cosa. Algo que ya habíamos visto en fotografías de lugares que creíamos imposiblemente lejanos. Alguien dijo Gaza. Otro dijo que peor, porque Gaza al menos tiene quien cuente los muertos con precisión. Aquí los números seguían moviéndose: veinte mil, treinta, cuarenta. Otros ya afirmaban que eran cincuenta mil. Los que gobernaban ahora decían cuatro mil ochocientos.
La diferencia entre esas cifras no era estadística. Era política. Era la distancia entre los que perecieron y los que convenía que hubieran perecido.
Las imágenes que circulaban no tenían precedente en lo que cualquiera de nosotros había visto. Bloques enteros reducidos a polvo fino. Autopistas rotas sobre sí mismas. Playas donde el mar había retrocedido y luego regresado con todo. Niños extraídos de lugares donde ningún ser humano debería haber podido sobrevivir, y adultos que no sobrevivieron lugares de donde deberían haber podido ser rescatados sin problema.
Un infierno. El término no era retórico. Era la descripción más precisa.
Y sin embargo.
Una noche, tres semanas después del terremoto, Julio apareció en el apartamento de María con el mismo cuaderno de tapas negras donde ella había anotado los nombres y las cifras. Lo puso sobre la mesa.
— Hay que moverse — dijo — Precisamente ahora. Precisamente porque están ocupados politizando el desastre. Los edificios que cayeron no cayeron por el terremoto. Cayeron por los contratos. Por el cemento. Por las firmas. Todo eso está en algún lugar. Todo eso tiene nombres. — Hizo una pausa — Y Andras no espera. Se los he dicho. Esta es otra prueba y hay que superarla también…
María cerró los ojos un momento. Los abrió.
— ¿Cuándo?
— Ya — dijo Julio.
Yo miré el cuaderno sobre la mesa. Cincuenta mil muertos y el sistema que ayudó a matarlos seguía en pie, anunciando planes de reconstrucción, firmando nuevos contratos, administrando el siguiente desastre con la misma maquinaria del anterior.
Lo que habíamos pactado en esa habitación semanas atrás teníamos que llevarlo a cabo.
Era la única solución a una ecuación que no tenía otra salida.
Julio se levantó, fue a la cocina y regresó con un vaso de agua. Lo dejó sobre la mesa. Se sentó.
— Ya me moví — dijo.
María y yo lo miramos.
— Hace cuatro días. No quería decirlo hasta estar seguro de que había entrado. — Hizo una pausa breve — Entró a nuestro espacio más cercano.
El silencio duró varios segundos.
— ¿Qué hiciste? — preguntó María despacio.
— Lo que tenía que hacerse antes de que lo nombráramos. Porque si lo nombramos primero nunca lo hacemos.
Julio se levantó. Fue al cuarto. Regresó con un lápiz.
— El círculo primero — dijo — No en el piso. Aquí.
Se tocó el pecho.
— El límite que ninguno va a cruzar. Lo decimos en voz alta y lo decimos una sola vez. Matar directamente. Sin convertirnos en lo que estamos combatiendo. Eso es el círculo. Si alguien sale del círculo, Andras lo consume. Sin excepción.
María asintió. Yo también.
Julio abrió el cuaderno de tapas negras en una página en blanco. Dibujó sin apuro: líneas angulares, afiladas, un sigilo que parecía una firma y una herida al mismo tiempo.
— Su sello — dijo simplemente.
Nadie preguntó de quién.
Luego habló con otro tono, sin ceremonias, en el único idioma que correspondía a esa habitación, a esa ciudad, a ese país partido en dos por una línea dorada que nadie eligió pero todos habitaban.
V
Lo primero que cedió fue el silencio que el régimen había construido. Ese silencio empezó a agrietarse semanas después de que Julio dibujara el sigilo.
Andras comenzó a encontrar lo que ya estaba a punto de caer y sopló.
El babalao mayor de la red se llamaba Celestino Brito. Sesenta y dos años, iniciado en Ifá a los dieciséis, consultor espiritual de tres ministros y un gobernador. Su hermano menor, Ramón, llevaba ocho años en el mismo círculo y ocho años cobrando la mitad.
La segunda señal llegó por un número desconocido. Un audio de cuarenta segundos. La voz de Celestino diciéndole a alguien que la operación del jueves debía moverse al sábado porque los Orishas no estaban favorables. La voz de ese alguien respondiéndole que los Orishas podían esperar pero el cargamento no. Tampoco los asesinatos. Otros de los tantos… los necesarios para hacer ofrendas, mientras más jóvenes mejor.
Ramón lo había grabado. Ramón se lo mandó a Julio. Julio nos lo puso en la mesa como quien deposita una ficha ganada.
— Andras entró — dijo simplemente.
María abrió el cuaderno. Escribió una fecha, una hora, dos nombres. Debajo dibujó una línea.
Lo tercero que cedió fue un hombre.
Ángel Dávila. Cuarenta y ocho años. Director de Infraestructura del estado durante los tres años previos al terremoto. Firmó diecisiete certificados de habitabilidad sin visitar un solo edificio. Y a su vez, un forense con un largo historial de manipulación de informes: maquillaba los cadáveres del régimen, de forma que las muertes no fueran mapas del suceso y se dificultara la claridad de las causas.
Cobró cuatrocientos noventa mil dólares en ese período. Después del terremoto lo ascendieron.
Lo encontramos un martes por la tarde en una urbanización privada de Las Mercedes. Julio y María lo habían seguido durante nueve días. Sabían a qué hora salía, por dónde, con quién. Sabían que los miércoles iba solo a una farmacia en la avenida principal porque su mujer no podía saber que compraba ciertos medicamentos.
María se le acercó en el estacionamiento. Llevaba consigo los diecisiete certificados. Debajo, una lista de los edificios que colapsaron. Debajo, las fotografías de los niños que extrajeron de los sótanos cuatro días después y los planos del sistema helicoidal de exterminio.
También llevaba una pequeña aguja impregnada de hipetoxinas.
Dávila se quedó sin color.
— ¿Quiénes son ustedes?
María guardó el teléfono.
— Nadie, no debe saberlo — respondió — se puso unos guantes y punzó con fuerza la aguja hasta el hueso del antebrazo. El hombre empezó a retorcerse mientras los guardias de seguridad permanecían inmóviles: Julio los tenía en la mira desde el otro extremo del estacionamiento, y segundos después acabó con sus vidas.
Las cámaras, los testigos, los sistemas de vigilancia no funcionaron con María.
Ramón Brito, ya completamente dentro de la fisura que Andras había abierto entre él y su hermano, empezó a mover información en dos direcciones sin saber que ambas llegaban al mismo cuaderno de tapas negras. Le contó a Julio que el gobernador del estado afectado había ordenado una ceremonia de protección cuarenta y ocho horas antes del terremoto. No como prevención. Como blindaje posterior. Alguien sabía que la infraestructura iba a colapsar y quería cobertura espiritual para lo que viniera después.
Eso no era corrupción administrativa.
Era premeditación.
María lo escribió. Trazó otra línea debajo.
El fiscal que los abogados habían sobornado — el mismo que había hecho posible que María fuera a ser delatada — amaneció un jueves con toda su correspondencia bancaria de los últimos cuatro años publicada en seis canales simultáneos. No sabemos quién lo hizo. Ramón dice que no fue él. Julio dice que no fue él.
Julio trabajó un año para convertirse en el camarero de confianza de los babalaos, y lo había logrado con una paciencia que solo se adquiere cuando el objetivo justifica cada día de espera. Aparte de eso, había creado una red invisible que se movía entre cocinas y salones sin que nadie la viera como lo que era.
El arsénico y el cianuro en las comidas les reventaron los intestinos. Los enterraron bajo la catedral más icónica del país, que era exactamente el tipo de lugar donde el régimen escondía lo que no podía explicar. Diez días después los incineraron en la festividad de San Juan.
Yo no dije nada.
María cerró el cuaderno.
— Andras — dijo solamente.
Y tenía razón. Eso era lo más perturbador de todo: que ya no sabíamos con certeza qué habíamos iniciado nosotros y qué estaba ocurriendo solo, con la inercia de algo que llevaba demasiado tiempo queriendo caerse.
El círculo seguía ahí.
Pero ya no sabíamos exactamente dónde estaba el borde.
VI
Al otro lado del país, dos militares de alto rango adeptos al Palacio jugaban a la ruleta rusa mientras el procurador desconectaba las mangueras y abría el gas. La chispa del único disparo del elegido explotó medio galpón.
Tres operaciones. Una hora de diferencia.
Errores y prácticas que se masificaron en todos los círculos de poder se repetían sin que pudieran encontrarles una respuesta lógica.
Esa noche no dormí.
Lo que vi no fue un sueño porque los ojos no se cerraron. Fue lo que ocurre cuando Andras ya está dentro del campo y el campo empieza a mostrar su geometría real.
Sobre el Palacio no hay cielo. Hay una rotación.
Andras la comanda desde el centro, montado en el lobo negro, la espada sin envainar, la cabeza de cuervo girando despacio sobre el eje del palacio como si tomara medidas. A su alrededor los 71 restantes se mueven en órbitas concéntricas, cada uno en su función, cada función una herramienta contra lo que el palacio cree que lo protege.
— Hay cuatro anillos — dijo Julio —. Cuatro círculos de influencia.
En el primero están los que dominan la mente.
Bael, maestro de la invisibilidad. Gracias a él, todos conocen los crímenes, pero nadie logra probarlos.
Paimon, dueño de la persuasión. Convierte el fracaso en victoria con solo cambiar el relato.
Dantalion, que altera los pensamientos y los rostros. Hace que el verdugo parezca un servidor público.
Guardó silencio antes de continuar.
— En el segundo anillo trabajan los que someten el cuerpo y la tierra.
Focalor no ahoga en agua; ahoga en exilio, deuda y desesperación.
Vepar convierte la enfermedad en sentencia lenta.
Sabnock levanta edificios destinados a caer y deja heridas que nunca terminan de cerrar.
Respiró hondo.
— El tercero gobierna el dinero.
Berith transforma la riqueza en poder y el poder en impunidad.
Räum saquea sin dejar huellas.
Asmodeus hace desaparecer la verdad entre cifras imposibles de auditar.
Bajó aún más la voz.
— Y el cuarto… el cuarto sostiene el sistema desde dentro.
Amon divide a quienes podrían unirse.
Leraje enfrenta a los propios aliados hasta convertirlos en enemigos.
Glasya-Labolas lleva la contabilidad de la sangre. No mata; se asegura de que nadie recuerde cuántos murieron.
Y en el centro, inmóvil mientras todo gira, Andras.
Mirando el palacio con los ojos del cuervo.
Esperando.
Lo que nosotros habíamos hecho era introducir en esa rotación una frecuencia diferente. Una fisura en el anillo más interno. Ramón Brito como grieta entre Celestino y el líder supremo. Dávila como piedra suelta en el segundo anillo. La información forense del fiscal como astilla en el tercero: miles de torturas, ejecuciones y arrestos de inocentes cobrados uno a uno. La inversión del horror como método.
No éramos los que comandaban.
Éramos los que habían aprendido a leer la rotación y a moverse dentro de ella sin ser consumidos.
Por ahora.
Me levanté. Fui a la cocina. Bebí agua.
Afuera Caracas seguía pulsando con esa irregularidad nerviosa que no permite pausas.
El Palacio seguía en pie.
Pero arriba, invisible para todos excepto para los que sabían mirar, la rotación continuaba.
Y una fisura es suficiente.
Una sola fisura en el anillo correcto puede desestabilizar toda la órbita.
Eso lo había dicho Julio.
Eso lo había dicho Andras, antes que Julio, en un grimorio escrito hace cuatrocientos años por alguien que tampoco tenía nombre.
Había pasado. Perdieron fuerza, otros se mataron entre sí, cayeron uno a uno sin que nadie terminara de entenderlo del todo. Pero la gente no estaba consciente del cambio, y esa inconsciencia era el nuevo peligro: otra fuerza aprovechaba el desplome para posicionarse, paciente, ocupando los espacios que el régimen dejaba vacíos.
Para nosotros llegaba la hora de otro enfrentamiento. No contra ellos esta vez. Contra Andras, que no olvida y no perdona, y que siempre cobra los favores recibidos.
María empezó a ver el siguiente movimiento antes de que el anterior hubiera terminado de asentarse. Dos terremotos, asesinatos y suicidios como venganza, otras fuerzas llegando para disputarse el trono, ¿una guerra cabal entre conciudadanos?
El cuaderno de tapas negras se llenaba más rápido. Los nombres se multiplicaban. La lista crecía hacia arriba en la cadena sin que nadie la hubiera autorizado a crecer.
Andras no la estaba volviendo violenta.
La estaba volviendo insaciable.
Y la insaciabilidad es la forma más elegante de salir del círculo sin darse cuenta.
En mí entró por la escritura.
Empecé a registrar todo. No en el cuaderno de María. En otro lugar, más privado, con más detalle del necesario. Los nombres, los métodos, las horas exactas. Con una precisión que no era memoria sino algo más parecido al archivo. Como si lo que habíamos hecho necesitara ser documentado para existir completamente.
Julio lo notó primero.
— ¿Qué estás escribiendo?
— Nada.
— Eso — dijo señalando lo que tenía en la mano — no es nada.
Tenía razón. Era exactamente lo que Bulldog había hecho. Pasar las trazas de las rutas. Y a Bulldog lo encontraron.
Andras me estaba convirtiendo en testigo compulsivo de lo que debía permanecer sin testigos.
Lo nombramos una noche los tres.
Eso fue lo primero. Julio lo había dicho desde el principio y lo habíamos escuchado sin entenderlo del todo: Andras no puede operar en lo que se nombra con precisión. La fisura que él habita es siempre la que nadie quiere ver. El momento en que se mira directamente, la fisura se cierra.
Julio dijo: tengo sueños demasiado limpios sobre el galpón de los escondites. Ahí no solo hay dinero, armas y drogas, también hay cadáveres.
María dijo: el cuaderno ya tiene nombres que nadie me pidió que pusiera: ahora son más de treinta y tres mil asesinatos extrajudiciales, sótanos de torturas, tráfico de órganos, trata de blancas y raptos de niños.
Yo dije: estoy escribiendo lo que no debería existir escrito.
Tres frases. Tres fisuras nombradas. Y vi unos ojos inmensos, eran los ojos de Andras: en ellos imágenes continuas:
La tierra se sacudió debajo de una montaña llena de luces.
El azufre subió negro y denso. Las velas ardieron todas al mismo tiempo, todas hacia arriba, sin viento.
Los rugidos no tenían fuente.
Luego nada.
Un susurro.
Sorte.
Estaba en llamas, fracturándose desde dentro. Siendo demolida por su propia fuerza.
Luego Julio habló despacio.
— El círculo no es el límite de lo que hacemos. Es el límite de lo que somos. Y los tres estamos a punto de confundir una cosa con la otra.
Lo que sigue al nombre es la pausa.
La pausa. La diferencia entre el hombre que actúa porque decidió actuar y el hombre que actúa porque ya no puede detenerse. Andras vive en esa diferencia. En el espacio donde la voluntad se convierte en inercia.
Julio dejó de revisar el sueño del galpón. No lo suprimió. Lo miró una vez más, completo, y lo dejó ser lo que era: algo que había ocurrido, con un costo real, por una razón que seguía siendo válida. La serenidad ya no era ausencia de horror. Era otra cosa. Más difícil. Más honesta.
María cerró el cuaderno en la página donde los nombres habían empezado a crecer solos y comprobó que casi todos estaban muertos o lo estarían. Lo abrió en la primera página. Releyó el sigilo que Julio había dibujado la noche del rito. Recordó para qué era la lista. No para crecer. Para cerrarse.
Yo quemé lo que había escrito.
No metafóricamente.
En el lavamanos del baño, con un encendedor, hoja por hoja, y las vi consumirse a través del espejo.
Eso es lo que Andras no puede contra el círculo cuando el círculo se sostiene: no puede cobrar lo que ya fue entregado conscientemente. Su precio es la inconsciencia. La herida que sangra sin que el herido lo sepa. El momento en que se nota el hilo de sangre cruzando la palma es el momento en que deja de poder cobrar.
María había apretado el vidrio desde el principio.
Esa era la advertencia que ninguno había entendido a tiempo.
Ahora sí.
Afuera el país seguía sin saber que algo había cambiado.
Adentro los tres seguíamos repitiéndonos que las consecuencias más difíciles no serían por los terremotos, ni por la eliminación de los líderes, ni el fiscal, ni los caracoles fracturados, ni la montaña de Sorte pulverizada y en llamas.
Había sido este.
Mirarse adentro del círculo y ver lo que Andras ya había tocado.
Y cerrarlo antes de que terminara de entrar.
Durante unos minutos nadie habló. El silencio dejó de ser una pausa para convertirse en una presencia. Julio observaba el suelo; María evitaba mirarlo. Yo sentía que algo había cambiado entre nosotros, aunque todavía era incapaz de nombrarlo. El círculo seguía intacto, pero la confianza que lo sostenía había comenzado a resquebrajarse por ambiciones personales. A veces la discordia no entra haciendo ruido. Basta una sospecha para que encuentre el camino.
Esa noche María le arrebató el arma a Julio y le disparó en la frente. Según sus cálculos él estaba conspirando del lado que no era. O tenía alguna ambición política y religiosa que no nos había contado… Estuve presente y no hice nada, y en ese silencio estaba todo lo que Andras necesitaba para cobrar.
Por primera vez lo vi materializado, no en el aire sino en el espejo del pasillo — el mismo donde semanas antes había visto consumirse mis escrituras hoja por hoja. Andras no tenía la cabeza del cuervo ni el lobo negro. Tenía mi cara. Mis manos. Mi cuerpo quieto mientras Julio caía.
María y yo nos observamos. Sostuve la mirada sin parpadear, no por valentía sino porque parpadear hubiera sido admitir lo que acababa de ocurrir.
Entonces hice lo único que quedaba.
Dije su nombre en voz alta. El de Andras. Completo. Sin invocación, sin ritual, sin círculo. Solo el nombre como se nombra lo que hay que soltar. Lo dije tres veces y la tercera vez el espejo cambió.
María se dobló despacio, como quien obedece una gravedad que solo ella siente. Se sentó en el piso con la espalda contra la pared y el arma todavía en la mano y los ojos abiertos mirando hacia un punto que yo no podía ver. Respiró dos veces más. Luego no respiró.
Andras se había cobrado lo suyo.
El espejo seguía ahí.
Y en él, donde había estado mi cara, apareció otro hombre.
No lo reconocí de inmediato. Luego sí. No por el rostro — por la forma en que ocupaba el espacio, con esa gravedad específica de los que han sido profanados y sobrevivieron a la profanación. El espíritu que llevaba años trabajando para lo contrario de lo que había sido, encadenado dentro del pacto que lo sostenía, hasta que la cadena se rompió.
Habló sin mover los labios, que es como hablan los que ya no necesitan el aire para comunicarse.
— Hicieron lo que tenían que hacer — dijo — El maleficio se rompió. Pero la gente no tiene aún la fortaleza para sostenerse sola. Lo que viene no es la victoria. Es otro proceso. Más largo. Más profundo. Una quema. Una limpieza. Que arderá en todo lo que quedó contaminado y que tardará en terminarse más de lo que cualquiera de ustedes podría haber calculado.
Le pregunté cuánto tiempo.
No respondió. Los que hablan desde el espejo no manejan el tiempo de Cronos. Manejan el tiempo que madura, no el que transcurre.
Luego el espejo volvió a ser un espejo.
Yo en él. Solo yo.
Julio en el piso. María en el piso. El cuaderno de tapas negras quemado sobre la mesa con todos sus nombres, casi todos cumplidos.
Y Caracas afuera pulsando, el bajo, las trompetas, los timbales, la fiesta que no sabe que ya terminó o que siempre termina así — con alguien parado frente a un espejo tratando de reconocer lo que ve.
