literatura venezolana

de hoy y de siempre

El lienzo de Wittgenstein

Sep 5, 2026

Francisco Camps Sinza

PARA DECIR PAPÁ SON DOS GOLPES SECOS EN LA RODILLA IZQUIERDA, recordó Justina sonando los zarpazos en su cabeza. El doble de golpes, más suaves, sobre la rodilla derecha era mamá, y pensó: ¿Hermano? ¿Cómo nos llamamos a nosotros? Quise decirle esto a Gael pero el chico estaba absorto mirando el cielo azul seco y las pestañas al aire como mariposas extrañas, zambullido en la evolución de sus pensamientos. Ante el azote del viento, Gael hundía sus manos como si navegara esa masa invisible y tibia. Al arribo del abuelo, sus pasos furtivos poblando toda la casa, de este a oeste, un toque delicado de labios, de arriba abajo, como si nos persignáramos, para advertir su proximidad a la sala. Su panóptico era la hamaca, observando tanto como nosotros: los ojos avellana se posaban con delicadeza y cansancio a través de los hilachos podridos. Parecía haber visto todo antes como si el futuro fuese un mapa profético leído hace tanto, desprovisto de originalidad.

Cuando aprendimos a distinguir el sonido de lluvia del agua estancada dejamos de hablar. Al principio el abuelo se preocupó. «Estos carricitos andan en algo», decía, pero como constató que no movíamos un alfiler aprovechaba el resto de las tardes para dormir. Se despertaba poco antes de la llegada de mamá, frisando las seis, cuando el cielo azul mudaba su velo a violáceo. Mamá siempre estaba afuera: salía en la mañanita aún a oscuras, Gael durmiendo y yo desperezándome en el pasillo de las habitaciones despidiéndola a lo lejos; ella a las carreras inundaba el pasillo de crema albaricoque y perfume, taconeando hasta la salida y lanzando besos hasta dar el portazo final. A ella no le preocupó nuestra costumbre taciturna. En la mayoría de los casos llegaba tan cansada que parecía conocer de cabo a rabo nuestras reglas y ser una alumna del primer nivel de nuestro sistema. Nuestra tarea diaria era, en lo posible, hacer todo bien: Gael arreglaba las camas, yo limpiaba los cuartos y la sala, y si el abuelo olvidaba fregar los trastes lo resolvíamos con piedra, papel o tijeras. Esto escindía a mamá de gritar, llamarnos la atención por algún reguero y esperar una respuesta básica.

Los sábados y domingos lo pasamos con papá. Un asunto sencillo: en su casa, mucho más grande y lujosa, Gael jugaba videojuegos. Las mañanas, luego del desayuno, tostadas, cereal, zumo de naranja y/o yogurt, Gael prendía el Play: Gran Turismo, Boxeo, Béisbol, siempre con Alí, Durán, Seattle con Griffey Jr., botándola de jonrón, y esos autos ruidosos poblando la habitación como si estuviésemos en algún circuito europeo. Mientras, yo leía bajo la castaña, meciéndose arriba, tumbada en la silla de sus raíces. Una tarde dominical Gael rasgó sus palmas con dos dedos desde el mueble de la sala —como podrán inferir, esto es señal de amenaza—, y una melena ceniza se acercaba desde lejos. Se agacha, besa a Gael y sus labios se mueven muy rápido sin dejar de asomar una sonrisa amplia, blanca. Una niña, pequeña como Gael, secunda a la mujer: sostiene un perrito prieto de ojos nerviosos. Ella no se mueve. Es una versión pequeña de aquella dama: nariz respingada, piel tostada, altiva, hombros rectos y ojos secos.

Papá entra con unas bolsas. Va a la cocina como un espectro, abre la puerta y me llama: «Justi, Justi, ven nena». Vuelve con ellos, se detiene detrás de la mujer que no para de hablar. Papá me observa, la mujer también. La chica acaricia al perrito y Gael ve el automóvil detenido a mitad de la carrera.

Marilyn y Virginia. Madre e hija. Treinta y pocos y siete años, respectivamente. Aman el violeta y aguamarina. Se combinan el color de sus uñas, pintadas con estrellas fosforescentes, con las sandalias y el bolso —la niña vio mis uñas carcomidas, cuarteadas, con los punticos blancos, cúmulo de mentiras—. Fifi me ladró: no parece gustarle mi cabello enmarañado. Papá esbozó una sonrisa tímida. Gael dio por finalizado el juego, todos los demás llegaron a la meta. Odiaba perder. «Juega tranquilo», dijo Marilyn. Su voz me gustaba, aunque sea chillona, desinhibida. ¿Algún día dejaría de hablar como mamá? También me gustan sus labios cubiertos de carmín con destreza: sería la boca sellada más linda. Por alguna extraña razón los adultos desconfían del lenguaje. Sólo unos pocos lo saben. «Son tímidos», dijo papá. «Son niños», dijo ella mostrando nuevamente su dentadura perfecta.

Al cabo de un rato papá invita a Marilyn a la cocina: abrirá su mejor botella de vino, embriagaran la sala de chistes y risas, voces estridentes, luego el clásico «ya volvemos» olvidando decir «no hagan nada», salen en su camioneta y, en un par de horas, papá vuelve solo, extasiado, trae comida china o pizza, dice un par de cosas en la mesa y se despide con un beso antes de dormir. Eso ha sucedido con la morena de pelo aindiado larguísimo, la pelirroja odiosa y con Marián o Marina, aquella reportera de rostro pálido hermoso.

Aquella noche fue distinta. Cenamos juntos. Virginia rechazó la carne y verduras. «Esa niña es así, malaboca», rieron. La niña con la bemba hinchada golpeteando la mesa con la rodilla. «Virginia, compórtate». Papá habló de sus negocios y viajes. China. Turquía. Su extravío en un mercado de Estambul. La luz prístina en el invierno de Varsovia. «Ese frío hijoeputa», aunque esa vez cambió la palabra por demonio — que extrañamente Virginia había predicho con su golpeteo a la mesa—. Gael, como siempre, fue el primero en terminar de comer y pararse de la mesa con una leve inclinación. «¡Ay, qué galante!», dijo la mujer. Virginia lo siguió. Tomó a Fifi del piso. Comía unas galletas y ambos, Gael y Virginia, se sentaron en el mueble de la sala. Papá habló de mamá. Trece años de matrimonio. «Nos casamos cuando ella estaba hinchada de esta nena». Me picó el ojo —esto es, en nuestro sistema, arrepentimiento—. Marilyn me sonrío. Volvió sobre papá. Las verduras y la carne se enfriaban en el plato, y su mirada iba del vino a los labios gruesos de papá, su mirada despreocupada y triunfante, además de su melena a lo Elvis. Marilyn habló de su ex como si fuese un amigo íntimo de nosotros. Miguel esto, Miguel aquello.

Su colección de carros. El desdén por la madre de ella, y su trato frío con la chiquilla. «La niña siempre vuelve más triste». Para cuando iba a comenzar a llorar, me fui a la sala. Gael sostenía a Fifi. Ladró desenfrenado al verme. «¡Cállate, Fifi!», gritó Marilyn. Virginia lo acariciaba. Algo le decía a Gael al oído, mirándome por el rabillo del ojo. Detesto eso, y en ese momento fui a decirle a papá que las verduras sabían a hojas disecadas, desabridas, lo opuesto a las de mamá, seguramente olvidando en su trajín si las saló. Papá no entendió mis señas. Gael sí lo hizo. No sonrío. Sus ojos eran secos, poblado de raíces bermejas. Soltó al perro que deambuló por toda la casa hasta orinar cerca del mueble. «Fifi, por dios, malo, malo», dijo la niña. Cargó al perro y le ofreció dos tanganas en el trasero. «¿Qué sucede?», grita Marilyn desde la cocina, y la niña, «nada, nada», volviendo a decirle algo a Gael en el oído. Toco mis hombros y el dedo índice lo llevo a mi mejilla izquierda. Él no responde a mi llamado. Vuelvo a hacerlo; nada. Me siento en el mueble, a su lado, toco mis oídos y mis pestañas; nada. Su rostro perlado se avinagra cuando está molesto, y sus manos se entrelazan bajo sus muslos —todavía nos debatimos si eso es «odio» o «desasosiego»—. Cesaron de escucharse voces en la cocina. Dos dedos sobre la frente apuntando el cielo. Gael siguió absorto. Virginia sonrió como si lo hubiese entendido. Ella hizo un par de señas incoherentes, insignificantes y Gael peló sus dientes, se acercó a su oreja a soplarla, le gusta ella, y la niña acarició su cuello dos veces, una vez, luego el silencio de su mano sombreando el pecho.

—Papá —hice señas en la cocina mientras él besaba grotescamente a Marilyn—: Gael te odia.

Pensé que me iba a salir mal, pero mi hermano entendió perfectamente todo.

—¿A qué juegan? —Preguntó papá con su brazo de collar sobre Marilyn—. Nunca los entiendo.

Lo mismo preguntó Gael: ¿A qué juegas?

—Déjala, seguro es divertido —dijo Marilyn—. ¿Verdad, tesoro?

Y Virginia fue a responderle a su mamá con las mismas señas sin propósito: también la odiaba, o eso creí por la severidad de su rostro —sus ojitos se habían colorado, al igual que sus mejillas, la naricita, y por la empuñadura de sus manos quería descuartizarla, o era yo la que proyectaba esa imagen.

Todo se volvió, de repente, una torrencial necesidad de decir cosas. Vinieron los dimes y diretes —en señas— de la niña y los míos —como dos chiquillas que detienen en la sala, abochornadas, frente a la familia y sus amigos para que compitan cantando mientras mecen sus cabellos— hasta que Gael gritó a pulmón limpio.

—Papá.

—¿Qué sucede? ¿Por qué gritas? —dijo papá saliendo de la cocina.

—Mamá te engañó.

—¿Por qué dices eso? Juega con las niñas y compórtate —dijo papá colérico y volvió a sentarse al lado de Marilyn, a tomar y llenar las copas de vino.

Papá estaba en alguno de sus viajes. Tal vez China o Vietnam. Mamá llegaba del trabajo, como siempre, frisando la noche y nos recibía a besos.

Una de esas tarde-noche Gael tenía fiebre. Acostado en la cama, el abuelo le ponía compresas de agua fría, y cuando se quedó dormido, yo seguí haciéndolo. No le bajaba la temperatura. Para animarlo le decía que estaría bien. En algún momento vas a expulsar fuego, dije, como un dragón. A golpe de las nueve, luego de hacerle un sanguche con jamón y queso amarillo, el cual se enfrío sobre la mesita, llega un auto lujoso, blanco. Se estaciona frente a la casa. Hacía viento. Los arboles se mecían sin parar y una ramita acariciaba la ventana del cuarto. Gael se levantó de la cama.

—Acuéstate —dije susurrando.

—No —respondió pegadito a la ventana.

—Bueno, pero ve y apaga la luz.

Quedamos iluminados con los destellos de la calle. Entre el follaje del cedro vimos a mamá abrir la puerta del auto lujoso, asomar su muslo desnudo y bronceado, además del tacón negro, y a través del parabrisas, difuso, se acercó para besar al acompañante espectral.

—Gael —dije observando sus ojos con raíces bermejas, e hice una cruz en mis labios.

Deja una respuesta