literatura venezolana

de hoy y de siempre

Memorias de un vividor (cap. VII)

Francisco Tosta García

¡Un paréntesis, un paréntesis, aunque sea muy pequeño se impone en este relato para, entre col y col, lechuga, alternar un poco con los abrojos enredos, chismes, pugnas, intrigas, controversias y malas artes de la política!

Quiero hablar de algo diferente, algo personal y grato, que aunque no interese mucho a los que me lean, por lo menos me distraiga y aturda un poco, para olvidar la mortificación que todavía me causa la conducta pérfida que observé en Don Pedro y la doblez con que me conduje, la pequeñez de mi egoísta ser, comparada con la grandeza de aquel ciudadano, que se inmolaba en aras de la rectitud en tan conflictivos momentos.  Cubramos, pues, con un velo mi flaqueza y ayúdenme a soportar la cruz de mis remordimientos, recordando uno de mis pecadillos o aventuras amorosas…

Nací (por si ustedes no lo recuerdan) el 13 de junio del año 1800, día de San Antonio Abad, insigne fundador de la Orden llamada de los Cenobitas, quien después de haber repartido sus bienes entre los pobres, se retiró a las soledades de la Tebaida; y aunque en ese rasgo de abnegación no me parezco, ni por el hábito, a mi milagroso patrono, sí tenemos muchos puntos de contacto en aquellas célebres tentaciones que le acometían, las cuales han dado tema a muchas poesías, pinturas y anécdotas picarescas…

De modo que, sacando a punta de lápiz la cuenta de mi edad, ando con el siglo y tengo cuarenta y seis años, tres meses, por lo cual, imparcialmente hablando, estoy joven todavía y con pleno derecho y facultades para imitar al autor de las siete “Cartas”, en aquello de las tentaciones; con tanta más razón, cuanto que, siguiendo las huellas del sabio de los sabios, tercer rey de los judíos, autor de los Proverbios y del célebre Canto de los Cánticos, (no en tan admirables producciones, mi mucho menos en lo de las mil concubinas) sino en la frivolidad de ocultar con artificios las canas y las arrugas del cutis, para lograr mantenerme joven y conservarme fresco, apetecible y seductor, no para la atrocidad de las mil novias o mancebas (¡Dios me salve el lugar!), sino para poder medio cumplir con la adorada propia, con la favorita patentada y con alguna que otra Belencilla, por muerte de un obispo, en las grandes fiestas, y cuando repican duro…

Después de este exordio, que no huelga, y que me servirá de disculpa, entro a confesar mi tentación, o sea el súbito afecto y extraordinaria simpatía que sentí por Agustina Mirabal, desde el primer instante que mis ojos la contemplaron al llegar a La Victoria. Y no fue un capricho del momento, ni una pasajera impresión, sino une de esos flechazos que penetran en el alma, destrozan el corazón y horadan el cacumen, sin poderlo evitar, por más que las conveniencias sociales y el buen juicio aconsejen desecharlos.

¡Ah!, pero si los lectores hubieran visto a la preciosa Agustinilla, no sólo habrían disculpado mi tentación, sino que hasta me habrían alabado el exquisito buen gusto. Era una trigueña incomparable, gorda, pero de cintura delgada y formas de corte griego, ojos y cabellos negros, los primeros grandes, expresivos, fogosos, quemadores; y los segundos tan abundosos, que si los llevaba sueltos le llegaban a las corvas, como un manojo de serpientes tentadoras parecidas a las de Medusa, cuando Minerva le transformó los cabellos en reptiles para castigar su audacia de haber osado disputarle el premio de la hermosura; y cuando se enrollaba en la cabeza aquel gigantesco plumaje de hebras suaves, lustrosas, finas y ondulantes, quedaba tan bella, que sin duda al haberla visto Perseo, hubiera ordenado su decapitación para complacer a la implacable diosa de la sabiduría.

Dientes marfilinos, menudos y bien cortados, labios de coral, húmedamente lúbricos, uñas de nácar, andar de odalisca y voz de sirena, completaban el gracioso conjunto de aquel portento femenino, de aquella maravilla provincial que en Caracas y con un baño de tiendas y de modista, hubiera llamado la atención en alto grado, dándole tute y quince y raya, a más de cuatro ensimismadas que se tenían por dechados de belleza; mientras que entre los victorianos, muy dados a poner sobrenombres, sólo consiguió la presea o recompensa, de que la llamaran “Clavellina”, conforme a su sandunguera y traviesa madre Eduvigis, en los tiempos en que comerciaba por su cuenta y riesgo, establecida en La Otra Banda, le habían encasquetado el apodo de “Cundeamor”, aludiendo a sus devaneos y a la facilidad con que se coge esa abundante y sabrosa frutilla silvestre, amarilla por fuera como el oro y roja por dentro como la sangre, o como el fuego que enciende las pasiones,

¿Y se imaginan ustedes que Ramona, a pesar de su aire apocado, de su moderación y por el hecho de ser la novia de Serafín Doblete, el Secretario de la Jefatura Política, escapó de que le señalaran con su motete? Nada de eso, por ser la más pequeña, la más mimada y porque repicaba las maracas a perfección, la pusieron “La Maraquita”; y estos datos los obtuve, no solamente del indiscreto de Robaina, sino de dos o tres más de los clientes fijos de la posada, que me lo despepitaron sin yo preguntárselo, por el prurito de la difamación.

Hay que hacer constar en pro de la rectitud, para rendir cumplido homenaje a la equidad de los juicios y como una disculpa o defensa para los victorianos, que no pueden ellos cargar con la gloria o el estigma de ser los maestros o propagandistas de la malévola costumbre de poner apodos; todos los venezolanos cojean de ese pie y más que ningunos otros, los caraqueños de antaño y ogaño, comprobándolo con multitud de ejemplos; a mí mismo me llamaron en un tiempo “Contradanza”, “Brinca la Cinta”, y “Bastonero”; a Inés, “La Conserva de Vargas” y “La Panacea”; a muchas familias honorables: “Las Cañamazos”, “Las Farolas”, “Las Guacamayas”; a eminentes abogados, respectivamente: “Cucharón”, “Gallina Boba”, “Tigre Manso”, “Gallo Blanco”, “León Dormido”; a excelentes médicos: “Sanguijuela”, “Matasiete”, “Garrapata”, “Vela del alma”, “Llamen al Cura”, etc., etc., etc.

Volviendo a Clavellina, que es el tema en cuestión interesante para mí, les diré que esa misma tarde resolví escribirle una carta declarándole el volcánico amor que me había inspirado; y demás está decir que aquella carta, modelo en su clase, no obstante haber sido escrita de carrera y bajo la impresión de tantos acontecimientos, me quedó insinuante, florera, tentadora y admirable, porque destilaba miel, estaba impregnada del erótico romanticismo tan en boga en aquella época y hubiera sido capaz de conmover hasta un corazón de granito.

No la copio íntegra por no alargar estas memorias; pero basta saber que, sin jactancia, el que hace este elogio, aunque sea de propia obra, tiene derecho a ser creído, pues las cartas han sido la base de su encumbramiento, habiendo conseguido todo en la vida con ellas, desde la disputada mano de Inés Peralta, su esposa, hasta más de media docena de preciadas conquistas, de que ha sido héroe y que por modestia calla; desde incontables prebendas y honores recibidos, hasta multitud de empleos lucrativos, que ha desempeñado; creyéndose, por consecuencia, tan ducho en esa materia, que podría competir si vivieran hasta con los grandes maestros en el género epistolar, Fernán Gómez, Juan de Ávila, Fray Luis de Granada y don Antonio Solís,

Armada mi flecha cupidesca, la metí en un sobre, bien dobladita, echándole antes dos o tres gotas del exquisito perfume que uso en mis pañuelos, llamé a la negra manumisa que ejercía las funciones de cuartera y mesonera, de nombre Saturnina, que era muy viva, inteligente, ágil dispuesta, como de veinticinco años de edad, alta, delgada, cutis lustroso y finas perfecciones, y la dije:

— ¿Quieres ganar un fuerte?

—¡Un juerte, diez reale! — me contestó abriendo tamaña boca — ¿cómo no, mi amito; dígame lo que debo jasé?

—Una cosa más fácil, entregar esta carta a la señorita Agustina, sin que nadie se imponga; y al traerme la contestación te daré el fuerte.

—¡Démela, démela Su Mercé! — contestó casi arrancándomela de la mano —. Por las volandas será servío, porque me pinto sola pa esos tapujos; y le adelanto que va a llegá a la hora e esgraná la mazorca…

—¿ Qué quieres decir con eso, Saturnina?

—Na malo, mi señó; sino que lo digo por sé muy giúeno pa usté — contestó la charlatana y simpática negrita, repiqueteando la lengua contra el paladar y mostrando al sonreírse con picardía, sus dos hileras de blancos dientes —. Es que la niña Agustina vive ende jace tiempo muy aburría, muy contrariá y muy renegá, por el mal trato que le dan aquí y porgue le han echao encima toítos los oficios. La Maraquita es la niña bonita y consentía, la que viste bien, la que tiene novio, la que le dan toos los gustos y no jace ná, sino bordá pañuelitos y pasease bien compuesta como una muñeca por la orilla e la mesa, cuando están comiendo, mientras que la hermana está en la cocina arremangá, lavando platos y fregando cubiertos. Es la burriauita e carga, que:ayuda a la cocinera y a mí también a tó, a barré, a planchá a ejolliná y hasta a eschinchá los catre, cuando se ofrece…

—¿Y por qué hacen eso, por qué esa diferencia —le pregunté casi indignado — cuando son hermanas y cuando ella es más fina y más buena moza que Ramoncita?

—Porque este mundo es perro y malvao, mi niño, y porque la gente, que es eslencuá, asieura, y yo lo creo, que ella no es hija e mi amo don Ramón, sino der primer patuco que tuvo la Condeamor, y po eso usté notará que hay una gran diferencia entre las dos hermanas, porque son e ditintos páes…

—¡Ah, ya caigo, ya comprendo y me gusta que me hayas aclarado ese punto!

—Y más contento se pondrá su Mercé, cuando sepa que la niña Agustina, esesperá y ostiná e su suerte, jiso antier, que jué domingo, una promesa a la virgen der Socorro, que es su devota, e queré al primer hombre que se presentara, aunque fuese er mesmo diablo, para dirse bien lejos e La Victoria, onde no la vieron más nunca. Por eso jué. mi señó, que le ije que había llegao a la hora e esgraná la mazorca,

—Y entonces, Saturnina —le pregunté lleno de gozo —, ¿tú crees que al leer mi carta me aceptará y corresponderá este gran amor que por ella siento?

—¡Ar brinco, ar brinco! —respondió la negra con la más arraigada convicción— Con sabé, como lo sabe, que su Mercé es perro gordo, con su carta, con el estao de ostinación en que se jalla, con la promesa y con lo que yo le atize, pué cantá er triunfo, mi amo y dar por sentao que la palomita es suya y bien suya.

—Pues si eso es cierto, Saturnina —le contesté, sacando dos fuertes del bolsillo y entregándoselos —, toma el doble de lo prometido y te daré mucho más, con tal que cumplas tu oferta, me ayudes en todo y me traigas pronto una respuesta de acuerdo con lo que dices.

—¡Convenío, mi niño, convenío y ya verá como no lo engaño!

La negra salió con cara de pascuas y yo Me quedé pensativo y dudando de que fuera verdad su pronóstico, porque aunque es indiscutible que en todos tiempos la suerte ha sido mi inseparable compañera, no podía imaginar aquel resultado asombroso tan bruscamente favorable y nunca visto ni en las comedias, mi en las novelas; pero ni siquiera en los cuentos de las Mil y Una Noches, y muy superior cien veces al celebrado veni, vidi, vici, de Julio César, desde luego que, en el campo político había en Maracay asegurado el porvenir de la Patria, en pocas horas, y ahora, en el palenque amoroso, estaba en vísperas de ganar en un santiamén un trofeo tan valioso y rápido, que hubiera podido enorgullecer hasta a los príncipes en el arte, llamados Lovelace y Juan Tenorio. En estas halagüeñas cavilaciones estaba, cuando entró al cuarto mi suegro Rufino Peralta y me dijo:

—Gracias a Dios, Castro, que lo encuentro; hace rato que lo buscaba para que me cuente el resultado de su comisión.

—¡Perfectamente y a pedir de boca! —le contesté —. El hombre acepta el nombramiento de General en Jefe de los Ejércitos, se pondrá en campaña, meterá a todo el mundo en cintura y recomendará después al general José Tadeo Monagas para la Presidencia; lo que quiere decir, que a todo perder, saldremos ganando; pero esto no debe saberlo nadie, es un secreto y el general Páez no me autorizó sino pata decirlo a usted, que nos ayudará en el plan, según le ofrecí.

—Incuestionablemente que ayudaré —exclamó Peralta con eran animación —. Es el único medio que tenemos de salvar el Partido Liberal; y ya veo, Castro, ya me convenzo una vez más, de que usted es un hombre competente que sabe hacer las cosas en regla. Reciba mis parabienes, y sólo tenemos ahora una dificultad, un cañito que pasar.

—¿Cuál?

—Que él general José Tadeo Monogas, que es un hombre independiente, probo y levantisco, convenga en la evolución y acepte el papel subordinado que le aguarda, porque seguramente querrá Páez imponerle inaceptables condiciones que su dignidad rechazará; está muy reciente el ejemplo del eminente doctor Vargas, a quien, después que lo repusieron en el poder, quisieron dominarlo y ajustarle hasta tal extremo el bozal de la subordinación, que tuvo que retirarse para no enlodarse. El mismo Soublette, a pesar del antiguo pacto de Valencia, ha estado a punto de reventar la soga varias veces…

—No tenga cuidado, don Rufino, que de allanar esas dificultades y de amellar esos filos me encargaré yo, pues llevo instrucciones de recibir en Caracas su nombramiento de Segundo Jefe de los Ejércitos y llevarlo personalmente a Barcelona, y entonces usted me dará una carta para el general Monagas, y a todo se le buscará la vuelta,

—¿Y qué piensan hacer con Antonio Leocadio Guzmán, con el esforzado gladiador de la prensa, elevado a la altura de candidato de la mayoría? ¿Será cierto lo que dijo esta tarde Cordoncillo, referente a los siniestros planes de los oligarcas?

—Tan cierto es —le respondí— que jamás he sufrido tanto en mi vida como esta tarde, cuando lo oí expresarse con tanta entereza; y a causa del repugnante papel que estoy desempeñando para salvar la causa, me vi obligado a guardar silencio y a no apoyarlo y aplaudirlo, como se lo merece, ese mártir de la corrección, que por su gusto y como una protesta contra los suyos, ha venido a inmolarse junto con la víctima que han resuelto sacrificar

—Pero eso es una infamia sin comparación y sin justificación posible —dijo muy exaltado mi suegro— expedir una ley de elecciones, reglamentarla, permitir la organización de un partido doctrinario, otorgar amplia libertad de prensa y de reunión; y luego, cuando se adquiere la certeza del triunfo de la oposición, entonces se acude-al expediente de los abusos y atentados autoritarios; y por último, se resuelve apelar al inaudito escándalo de declarar conspirador al caudillo, prenderlo y enjuiciarlo…

—¡Y fusilarlo indudablemente! —le interrumpí —. Me consta que la mayoría del Sanedrín está resuelta a ir a todos los extremos, antes que permitir que los liberales vayan al poder. A estas horas estoy seguro de que se han dado los decretos que dejé en preparación, declarando turbado el orden público, suspendiendo las garantías constitucionales y ordenando la prisión de Guzmán y sus importantes partidarios.

—Pero eso traerá funestas consecuencias — observó Rufino

Peralta indignado— sobrevendrá al fin la guerra, y de la tremenda responsabilidad de tan enorme crimen político, no podrán sustraerse en ningún tiempo los oligarcas, que lo han consumado, y la Posteridad y la Historia, tendrán que escribir sus nombres en páginas muy negras. Entre tanto, tenemos que ir esta noche todos los amigos de confianza a la casa de Mariño, donde se halla alojado don Antonio, para avisarle lo que sabemos de buena tinta, a fin de que resuelva el partido que deba tomar, para salvarse él y para que.nos salvemos todos.

-—Sucederá lo que usted tan acertadamente prevé, don Rufino, haremos todo cuanto usted guste; pero la catástrofe contra el liberalismo es un hecho consumado a estas horas, se lo repito, y no hay otra manera de salvarlo sino con la realización del plan que conocemos aquí solamente usted y yo, y que no puede salir de entre los dos, pues al diafanizarse, fracasaría por completo y quedaría yo por un indiscreto badulaque a los ojos del general Páez. Iremos al acabar de comer a donde usted indica, le avisaremos y Hablaremos todo lo que sea preciso a don Antonio, y y2 vera que esto no tiene otro remedio sino el consabido y que en el naufragio no habrá otro bote de salvamento, sino el que tenemos de reserva.

Salió Rufino Peralta, me vestí con lo mejorcito que llevaba en la capotera para asistir a la mesa, que estaba llena de punta a punta y en el segundo servicio, al cambiarme el plato, me deslizó la astuta Saturnina, con gran disimulo y maestría, un papelito doblado que guardé cuidadosamente en el bolsillo. Era sin duda la respuesta de Agustina, y ya puede suponerse el inmenso deseo que tendría de leerla, por lo cual, acabando de comer a traguijones, me levanté antes que todos y sin aguardar el café,  me fui al corredor que servía de antesala, lo desdoblé lleno de emoción y leí lo siguiente.

“Caballero: Acabo de leer su carta tan fina, cortés y lisonjera, por la cual le doy las gracias. Como ya sé por Saturnina, que es muy boca floja, que ella le ha explicado la terrible situación en que me encuentro, creo inútil repetírsela. Cuanto ella le ha contado es la verdad, y hay otra cosa más seria aún para mí, que me obliga a aceptarlo y a decirle, aunque con gran vergüenza, pues sabe Dios lo que usted pensara de mí, que corresponderé a su amor y que estoy resuelta a todo, con tal que me saygue cuanto antes de esta casa, de este infierno donde estoy a punto hasta de volverme loca, porque el infame de don Ramón, que no es mi padre, sino mi verdugo, últimamente me ha insinuado que me hará cambiar de posición y que me dará cuanto le pida, si convengo en entregarme a él, muy en secreto y que no lo sepan ni mamá mi Ramoncita; ¡y le confieso que, antes que aceptar semejante monstruosidad, preferiría la muerto! Así, pues, ya sabe lo que hay, y aguardo sus órdenes. Dispense la letra y el papel, y Saturnina le dará más explicaciones.”

Imagínense los lectores cómo me quedaría al leer aquellos mal trazados renglones, escritos a punta de lápiz y con nerviosa mano, por lo corvos y torcidos que estaban. A pesar de lo que me había dicho la negra, aquella realidad me parecía un sueño, y allá en mis adentros, llegué hasta a creer que sin duda tendría yo aquella milagrosa venta de virtud del conocido cuento, con que entretienen a los muchachos, a la cual se le pide todo cuanto uno desea…

Me parecía, repito, increíble que así tan de bruces y como por encanto o magia, se me viniera a las manos aquel tesoro de belleza y que gracias, aquel diamante, aquella preciosa joya, aquel dechado de perfecciones, de lubricidades y de tentadores encantos; mortificándome sólo la contrariedad de no poder, por los serios compromisos de la misión que desempeñaba, proceder en el acto a los preparativos indispensables para llevar a cabo el rapto de aquella voluntaria, rural y trigueña Pasifae, hija del ardiente sol aragüeño, que como apetecible bocado, se atravesaba en mi camino y se me entregaba por modo tan venturoso e inesperado,

Pero aquel hallazgo era un hecho, era una verdad incontrovertible, era un postigo del cielo que se me abría, y la corroboración de tan singular ventura, se explicaba y confirmaba, por la declaratoria final del divino papelito, referente a las intenciones vilmente criminales y protervas del escuerzo don Ramón, a quien desde aquel instante encontré odioso y me pareció el ente más repugnante del mundo.

Comprendíase claramente la situación de aquella víctima de las uniones ilegítimas, de aquello desgraciada que no por corrupción ni por vicio, sino por necesidad indiscutible, tomaba un mal sendero, prefería una vía tortuosa e irregular, para no tener en el abismo peor que tenía ante sus pies en aquella pecaminosa mansión, en donde ella se encontraba como en el Purgatorio.

Debo consignar que en aquel psicológico instante de arrobamiento y orgullo personal por el mayúsculo y fácil triunfo conseguido, me asaltaron algunas vacilaciones inoportunas que en tropel acudieron a mi mente, señalándome las inconveniencias materiales, trastornos, grandes gastos, murmuraciones sociales y disturbios domésticos con mi idolatrada Inés, la cual, a proporción que los años han ido ajando su hermoso rostro y su conjunto de gracias corporales, ha venido haciéndose tan celosa, que en meses pasados tuvimos una descomunal pelotera, por haberme descubierto las relaciones que llevo con cierta dama casada, cuyo nombre me abstengo de estampar aquí, porque sería una ruindad hacerla figurar en letras de molde, pareciéndome mejor disfrazarla con el seudónimo de Francisca de Rímini, cada vez que se me ofrezca hacer mención de ella en estas memorias; siendo de advertir, que como ella (la de Rímini), es también la más celosa de las hijas de Eva y la más apasionada, ardiente y extremosa, de las que he conocido en mi accidentada vida de varón galante y licencioso, indudablemente, entre ambas, al descubrirse en Caracas esta nueva calaverada o trapisonda, serían capaces de sacarme los ojos, y hasta el hígado y los riñones haciéndomelos picadillo, como para albóndigas o empanadas.

Estos y otros escrúpulos de moderación y de cordura, cohibieron un tato mi afectada imaginación; pero ante la enloquecedora perspectiva de la posesión de aquel tesoro incomparable, ante el auge, fama y renombre que añadiría a mi brillante hoja de servicios de Petronio caraqueño aquella soberbia conquista, cesaron mis dudas, ahogáronse mis vacilaciones, no medité más nada, lo deseché todo, corrí a mi cuarto y le escribí a “Clavellina” estas breves pero expresivas líneas.

“Adorada mía: me has hecho el más feliz de los hombres con tu contestación. Queda sellado nuestro pacto de amor y nuestro eterno compromiso. Muy serios deberes políticos me impiden llevarte en el acto; pero dentro de un mes volveré por ti. Al llegar a Caracas me ocuparé en el arreglo de la casa donde te establecerás, acompañada de Saturnina, que te servirá y acompañará, y al regresar de Barcelona, adonde tengo forzosamente que ir en desempeño de importante comisión, volveré a La Victoria, como amos dichosos hasta queda dicho, a buscarte para que seamos dichosos hasta la muerte. Desearía hablar contigo antes de partir, porque no es posible que me ausente sin estrechar tu linda mano y sin darte aunque sea un prolongado beso, para sellar muestro indestructible compromiso de eternal afecto. Dime por medio de nuestra emisaria, cuándo y cómo podríamos vernos, aunque fuera un cuarto de hora. Te amo y soy tuyo. — Antonio Félix.

Doblé el papel en-la conocida forma de lazos cupidescos, llamé a Saturnina con el pretexto de que me llevara el café, que ya estaban tomando todos los comensales, y, al venir presurosa la entendida negra a donde yo estaba, con la humeante tacita en la mano, entregándole el papelito y dos fuertes, la dije:

—¡Tenías razón! la paloma será mía; ¡dámele ese otro papel y coge ese completo del regalito ofrecido!

—:¡Qué Dió se lo pague, mi branco! -—contestó, cogiendo alegremente las dos cosas, y ocultándolas en el seno que le cubría la blanca camisa de madapolán —. Bien sigura estaba e mi pronótico, poque conocía la situación e la probe niña Agutina, y porque había jollío aquellos dichos que dicen: “hija e gato casa ratón, quien lo jereda no lo jurta, alegre la mae, alegre la hija y alegre la corcha que las cobija; y vale más llegá a tiempo que rondá cien años”…

—¡Pero qué pícara y chusca eres, Saturnina! — contestéle riendo de las moralejas o inmoralejas de aquellas oportunas e intencionales aplicaciones —. Bien se conoce que tienes talento natural, y que si hubieras estudiado, serías una doctora,

—¿Y cuándo será la escabullá? —preguntóme guiñando las dos cuentas negras o semillas de parapara, que tenía por ojos.

-——Dentro de un mes, cuando yo regrese; y desde ahora te aviso, para que te prepares y acomodes, que tú te irás acompañando a Agustina, ella en un caballo, tu en un burro y yo en mi mula, Saldremos de aquí ocultamente, caminaremos de noche y al llegar a la capital, tú cambiarás de nombre y vivirás junto con ella, y nada te faltará, inclusive tu libertad, que la tendrás en absoluto, pues yo pagaré el derecho de tu manumisión, si te descubnieren y reclamaren.

—¡Ay, señó, qué gieno y qué grande e Su Mercé! — murmuró la negra incando una rodilla en tierra y casi llorando de alegría —. ¡Dió se lo pague mir veces y cuéte conmigo pa tó! ¿Y cuándo se marcha usté?

—De un momento a otro; pero entretanto, yo desearía hablar esta noche con Agustina. Eso le digo en ese panel que te he dado. Llévaselo pronto y acuérdate con ella, para que me digas cómo lo podría conseguir.

—¡Voy volando, mi amo!

—Bueno: te aguardo pronto, porque ya voy a salir con los amigos a hacer una visita y probablemente regresaremos tarde.

Aguardé algunos minutos en el cuarto, después que Saturnina salió a la carrera, y a poco regresó muy contenta, diciéndome:

—Asunto arreglao: ice la niña Agustina, que como duerme acompañá con su mamá y con La Maraquita, no podrá dir a su cuarto; pero que cuando ella en la madrugá sarga, como lo jace toos log días, a prendé la candela junto conmigo pa er desayuno, entonce podrán conversá en la cocina, manque sea un ratico…

—Dile que está bien, que así lo haremos y que iré sin falta a dicho sitio y a dicha hora.

—Giieno; si Su Mercé se quedare dormío, yo le tocaré ar mesmo levantame,

Después de este breve diálogo, tomé el sombrero, cerré la puerta de mi cuarto y salí acompañado de de Rufino Peralta, Luis Reyes, Cordoncillo, Liturgia, Robaina y Napoleón Sebastián Arteaga, los que impacientes me aguardaban en el corredor para ir a la casa del general Mariño, donde, como dije arriba y ya sabemos, se había alojado Antonio Leocadio Guzmán.

—¿Qué le pasa, señor de Calderín? — preguntóme don Hermógenes, con mucha sorna —. No acabó usted de comer, lo noté preocupado y pensativo y ahora cuando fui a llamarlo porque se nos había quedado dentro del cuarto, lo vi en paliques sospechosos con la mesonera, por lo cual nada le dije. ¡Cuidado con eso!

—No tengo nada ni me pasa nada— le respondí algo turbado, porque estaba oyendo mi suegro—. Es que como sin duda regresaremos tarde esta noche, le pedía varias cosas que necesito, como fósforos, dulce y agua destilada para beber… No sea malicioso, licenciado Robaina; no mida a los otros por su cartabón ni se figure que estamos en El Palotal…

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