literatura venezolana

de hoy y de siempre

Las orejas de Asia

Blanca Strepponi

A quién agradecer
la sabia geometría de tu oreja,
su lóbulo de luz y la firmeza
de sus surcos de sombra,
Y el deseo, que es una llamarada que se enciende
en la ruta de la felpa
donde encierran su enigma tus más perversas músicas.
claman los rebaños.

PIEDAD BONNET

Lo llamaban Head porque su cabeza era demasiado grande. Era un muchacho tímido, convencido de que tras su enorme frente había un caos ingobernable, caos que solía imaginar como furiosas tormentas eléctricas azotando sus neuronas.

Head sufría, pues aunque llevaba con su madre un pasar holgado, desde niño había comprendido la brutal diferencia entre la belleza y la fealdad: despreciaba los objetos que lo rodeaban, los muebles vulgares dispuestos sin gracia y las cortinas opacas que todo lo ensombrecían. Tampoco le gus­taba su madre, una mujer que apenas si despertaba su piedad. Había días en que llegaba a sentirse intoxicado por el des­consuelo que despedían los rutinarios platos de sopa tibia y, sobre todo, por el aire inútil que respiraba en esa casa.

La revelación

Al cumplir veinticinco años Head sintió un profundo desaso­siego. Procuró calmarse estudiando un mapa -le gustaban los mapas-. Comenzó a leer en voz alta nombres de lugares que despertaban en él toda clase de fantasías, lugares pobla­dos por muchachas de cabellos brillantes donde sólo podrían suceder cosas extraordinarias, como el lago Assale, o el Artic Red River. Advirtió que esos sitios elegidos al azar tenían algo en común, el agua. Pensó en el agua, misteriosa y ame­nazante. Pensó que bajo la delgada capa de hielo de un lago invernal el agua debía fluir sin embargo con violencia. Ima­ginó la belleza agreste de las islas olvidadas, las olas sobre las orillas de piedra, los feos espumarajos que deja el agua al retirarse. Pensó en los náufragos llenos de angustia perdidos en la inmensidad, y vio que todos los náufragos tenían su propio rostro.

Las fotos

Esa imaginación, que sin duda reflejaba un espíritu desespe­rado, impulsó a Head a tomar cientos de fotos, todas versio­nes de su personal naufragio. Compulsivamente registraba imágenes en apariencia absurdas: el borde de una piedra, un ascensor cerrado, un botón. Eran imágenes cuya belleza sólo él creía percibir y por lo tanto no podía serle arrebatada.

Así que completó una curiosa colección que despertó el in­terés de una galería donde fue expuesta bajo el título de «Head x Head», que debía leerse como Head by Head, es decir, lo que hay en la cabeza de Head. Fue un éxito.

Asia

Head vio a una joven observando atentamente una de sus fotos más preciadas: una gran roca en medio del mar turbu­lento. La muchacha tenía el intenso atractivo de las mujeres que no están conscientes de su belleza: bien proporcionada, salvo por las grandes orejas que le daban un aspecto desamparado, los ojos brillantes y expresivos y un aire luminoso pero a la vez melancólico. Head le preguntó si le gustaba esa foto.

–Sí – contestó ella con naturalidad, como si se conocieran–. Mira aquí y colocó sobre el vidrio un dedo largo y flaco–, el golpe del agua horada la piedra.

–Es una herida terrible –dijo Head.

–Porque es una herida infligida con paciencia –murmuró ella.

Head creyó sentir un haz de luz barriendo el interior de su confusa mente.

–Es un paisaje autosuficiente, no necesita de nadie.

–No entiendo.

–El fotógrafo no está.

–El fotógrafo soy yo.

–¿Tú eres Head? –preguntó sorprendida.

–Sí. ¿Y tú?

–Asia.

Estrecharon sus manos fue un contacto breve y cálido.

La joven perdió la mirada en la pared. Head observó la hermosa cabellera oscura que daba a su rostro un aspecto irreal. La imaginó contemplando un iceberg. Se veía hermosa: las orejas enrojecidas por el frío y el borde del vestido ondulando al viento, con las furtivas rodillas descubiertas.

–Asia… me gustaría tomarte una foto.

–Tú no tomas fotos de personas.

–Me gustan tus orejas.

–Son muy grandes.

–Eso es lo que me gusta.

Las orejas de Asia

Head se entregó a la observación de las orejas de Asia. Com­prendió que tal como los órganos sexuales, son las orejas las que mejor expresan la condición animal del cuerpo humano. Gracias a las orejas, reflexionaba Head ante la mirada atenta de Asia, es imposible olvidar que somos animales; además, las orejas están siempre expuestas. Por el contrario, los geni­tales femeninos, mucho más que los masculinos, si bien de­notan expresivamente su condición animal, son en la práctica una parte interior del cuerpo. Las orejas, continuaba Head impulsado por la agitación que reinaba en su interior, son labe­rínticas y misteriosas, herméticas como botones y solitarias como grandes rocas abandonadas en medio del mar.

Con el cabello de lado, Asia reposaba su mejilla en una al­mohada de seda roja mientras se sometía con paciencia a las largas sesiones fotográficas durante las cuales Head hablaba y hablaba. Le gustaba oír esa voz melodiosa que sin propo­nérselo estimulaba su fértil y secreta fantasía. Y Head com­probaba cómo, bajo el efecto de su voz, las orejas de Asia se embellecían y adquirían nuevas texturas: reverberaba el lóbulo, y las sombras interiores, de un rosado oscuro y delica­do, parecían susurrar. En ocasiones, Head se inclinaba sobre el rostro de Asia, soplaba en el borde exterior de la oreja, pa­saba el dedo índice sobre el suave cartílago sonrosado y sen­tía cómo los rumores invisibles se agolpaban, formaban un remolino y se deslizaban por el canal hacia el centro, zuás, allá iban todos los secretos.

Bien visto, continuaba Head sus disquisiciones, la oreja se parece al ombligo, sólo que el ombligo es como una calle ciega, un camino cerrado de gran contenido simbólico, y también un rasgo completamente animal. Y, ¡qué sensibi­lidad exquisita guarda el ombligo! ¿Para qué? ¿Es aparen­temente inútil? ¿O se trata de otra señal? Si el ombligo –una mera cicatriz– puede ofrecer placer, ¿no significa eso que el placer existe gracias a nuestra animalidad? Al fin, Head suspiró y se esforzó por apartar de su mente esas reflexiones que lo dejaban exhausto.

Asia ordena

La fotos extendidas sobre el piso mostraban las orejas de Asia desde distintos ángulos; eran conmovedoras. Asia, co­mo de costumbre, no hizo comentarios. Tenía una expresión particularmente grave, pues había tomado una decisión de gran importancia para ella. Y para Head.

–Head –dijo Asia con voz firme–. vamos a hacer el amor.

Head no supo qué decir, pero eso no fue obstáculo, porque Asia era una persona que sabía lo que quería.

–Soy virgen –aclaró ella.

Asia comenzó a desvestirse con mucha calma. Primero de­sanudó sus zapatos, luego se quitó las medias. Head pensó perturbado que los pies de Asia parecían manos, extrañas ma­nos que en algún recodo del camino habían confundido un código y se habían convertido en angostos pies de oca que ter­minaban en unos dedos rectos y blancos. Luego Asia se quitó la camisa. Head se sintió excedido por sus sentimientos. Sin necesidad de explicaciones, Asia comprendió y permaneció quieta con la cabeza erguida.

Ya más tranquilo, Head pasó su dedo índice por el hom­bro de Asia, un hombro de agradables curvas y pecas marro­nes. Los senos no eran pequeños, o tal vez parecían grandes porque el torso era muy delgado. Olió la cabellera de Asia, despedía un aroma fuerte, a brisa marina. Creyó oír un an­sioso batir de olas, restos de espumas oscuras. Apartó de sí esas imágenes odiosas del pasado. Head se arrodilló y le besó los pies, luego se abrazó a las rodillas huesudas. Ah, cómo amaba a Asia. Ella posó sus manos sobre la cabeza que se que se vio así todavía más grande y desamparada. Él sintió deseos de llorar.

Asia se inclinó, tomó el rostro de Head en sus manos y lo besó, olió su cuello, tomó su camisa y la deslizó hacia arriba, de modo que pronto vio el pecho desnudo de Head. Era como lo había imaginado: un pecho fuerte pero con un toque de fra­gilidad en los flancos, donde las costillas formaban un deli­cado dibujo de líneas paralelas. Los jóvenes se abrazaron, abandonados a la felicidad de sus cuerpos.

Pero un aire frío penetró de súbito por el filo de la puerta. Las ventanas fueron estremecidas por los viejos secretos del pasado que se arremolinaron insidiosos en las orejas.

Un profundo suspiro surgió de Asia. Luego anunció: «Me siento fatigada». Y Head le contestó: «Yo también, te amo demasiado».

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