El domador
“Algunas personas no enloquecen nunca. Qué vida tan horrible deben tener”
Charles Bukowski
Escribí un libro, que nadie ha leído. Igual maté ayer a un hombre y nadie ha venido por mí. Mi soledad es impune, nadie vendrá por mí.
Vivo rodeado de raros, cada cual en su entierro. Puedo mezclarlos y cambiarles la vida, ser mezquino con su felicidad. Será porque vivo en cada distorsión que describo. Ninguno me pertenece, aunque así lo piense. Cada bicho va agarrando cuerpo, desmontando mis juicios y creciendo en su desacierto. Los escribo con la tinta de la tristeza que me producen, el asombro y la pena de verlos volar con su desencanto. Quiero creer que así los quiero, no puedo ocultar que así se quieren ellos, explotando en palabras, entre comas y párrafos incompletos.
Puedo dormir tranquilo, no me atormentan el sueño. Se escurren al amanecer, me tuercen lo cotidiano. Respetan el rol que juego, se manifiestan cuando la hoja los describe y les da vida propia a través de las historias, pero todos somos un cuento necesario. Ellos son la historia que arranca cuando el roce de sus tormentos salpica mi normalidad. Me hacen narrarles en relatos ordinarios, incorrectos. A veces ruedan en palabras mugres, no son pérfidos, ni injustos, ni buenos, ni perversos, a veces son héroes de una existencia atormentada de la que nadie habla. Parecen gente de circo, de esas que tienen caspa y no se afeitan las barbas. Huelen a piratas de río, son corsarios de charcos, gente de agua empozada, de uñas mordidas, o suelas gastadas. Los acompañan botellas y cucharas plásticas llenando pocillos con azúcar de piedras. No tienen bandos ni esteras, sólo sus salivas y sus alientos, todas inventadas por mí. Son vidas cortas, que parece no valer la pena que nadie lea. Soy un domador de circo, no soy ni escritor ni poeta.
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Ausencia
“Pero no padezco de mi locura, disfruto cada minuto de ella”. Sherrilyn Kenyon
Finalmente cerró los ojos y murió. Tomé sus manos con la tristeza que dan 36 años de vida compartida. Lloré, desahogando tanta compañía y soledad, haciendo balance del camino recorrido, con el que no llegamos a ninguna parte. Con cada lágrima hice tránsito por la vía de los hijos, del hogar, de la familia, los afectos. Agradecí los buenos momentos y las alianzas propias del matrimonio. Reviví la complicidad, los planes olvidados, las omisiones y las metas alcanzadas. Lloré el pacto, nuestra cotidianidad, ese contrato invisible que firmábamos cada mañana, para que no nos ahogara la sinrazón de la persistencia en el tiempo. Quedé conforme con cada abrazo, mueca o reproche que salió del saldo. Lo consideré a favor. Tranzamos un acuerdo para no dividir la vida y aprendimos a valorar la felicidad mansamente trabajada y sin sobresaltos. No teníamos deudas el uno con el otro. Serenamente convivimos y así lo despedía.
Mis hijos estaban descompuestos, totalmente superados por la perdida. Enterraban a un padre maravilloso. Creativo en el afecto, dispuesto a la camaradería y a descubrir el mundo con la mirada nueva con que sus hijos lo veían todo. Meloso, consentidor y poco disciplinado. Creo que en muchos sentidos estábamos llorando el mismo afecto, agotador y avasallante. De luto riguroso recibí abrazos y palabras rizadas, hasta que nadie más quedó para clamar en mi hombro. Con la última pala de tierra no quedó nada por llorar o decir. Me fui al caer la última rosa.
Caminé. Caminé y tropecé con una y mil razones para volver, para quedarme y no desaparecer, pero con cada paso que daba, encontraba un poco más de aire y comencé a respirar. Dejé salir suspiros que habían quedado ahogados, tapiados por agendas y calendarios. La calle, sentido o no, era ahora tan vital como el aire que por años busqué. Un aire diferente, porque lo respiraba siendo absolutamente nadie para alguien. Anónima.
No regresé, me fue imposible. Me perdí adrede, cansada de una cordura que debí sostener por años. Vagué, errante y sucia. Nunca fui tan espontáneamente injusta. El egoísmo me sentaba en el cuerpo como una seda, deslizándose por todas las razones. Hubo calles oscuras y frío, sentí hambre y sed. Me sentí viva por primera vez. Me liberé del hartazgo.
El aire que ambiciosamente respiraba y dejaba entrar a mis pulmones, no me golpeaba el rostro, pero si la culpa; me rendía el llanto en las noches, con el recuerdo de mis hijos parados en el borde de múltiples reproches: me extrañaban y me apuntaban con su pena. Después de algún tiempo mi ausencia ya no fue más una angustia, solo era cruel, abierta y sin sentido; los huérfanos de afecto acumulan rabias y rencores como piedras asestadas en el cogote. La madre que conocían también había sido enterrada aquel día. La que ahora vagaba, era otra, sin tormentos. La calle me regaló un desapego profundo y cuando la culpa cedió, emprendí la huida definitiva. Ya no debía volver, porque al hacerlo, solo podía irme otra vez.
He perdido la orilla de las cosas. Puedo reír, también llorar, pero nunca olvido respirar. No pertenezco a ningún mundo, nada sustituye otra cosa. Dejé que el aire ocupara mi cuerpo. Desalojé los pocos recuerdos. Soy yo misma una ausencia, y la más arbitraria de las razones. Soy absolutamente nadie para alguien. Anónima.
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La mujer barbuda
“No soy extraño, simplemente no soy normal”.
Salvador Dalí
He decidido no depilarme más. Me he enterado esta mañana de que pronto viene a mi pueblo un circo, para hacer presentaciones en los días de Navidad. Pienso dejarme crecer el bigote y los pelos de mi quijada, para ser una mujer barbuda y unirme a ellos. Una vez que mis pelos sean abundantes, esperaré sentada, toda peluda y confiada a que llegue la caravana. Tendré listo un vestido de seda china, unas peinetas brillantes de carey y mi cartera. No necesito maleta.
Haré de seguro una pequeña audición para el dueño, quien será además el presentador, un maestro de ceremonias alto, delgado, grasoso y oloroso a jabón de panela y tabaco barato. Él me hará mover objetos pesados con la fuerza de mi barba trenzada, como prueba de mi acto, y quedará encantado con mi presentación. Tocará mis muslos, pellizcándolos para su aprobación, pero inútilmente su gesto se perderá en el decorado, porque yo estaré, lo sé, hechizada con tan sólo ver a Ladislao, el enano del circo, al oír su potente voz.
De inmediato me contratará y me convertiré en un éxito sin precedentes, por la fuerza de mi barba y mis chispeantes ojos, que entre vellos y cabellos brillarán ilusionados, no sólo por los aplausos que recibiré en cada función, sino por el amor de mi enano, ronco y fajado. Ladislao mantendrá el tráiler que compartiremos limpio y ordenado, cocinará todo muy rico y endulzará mis sábanas con sus toscas palabras y sus intrépidas acrobacias. Será un amor desnudo de prejuicios, a él no le importará que no cocine, a mí no me importará que sea rico.
Neftalí me hará reír a mí también, para hacerme olvidar mis penas y mis pelos, hasta que los tenga de nuevo largos y fuertes.
Imagino el nuevo cartel del circo, yo sentada al centro como atracción principal, desplazando a Madame Esmé, la muerta viviente. A mi lado, peinando con esmero mi barba extravagantemente fuerte, Ladislao, vestido de luces como un diestro matador para mi faena. Veo todo con claridad, puedo ver incluso cómo al cabo de unos meses, a causa de una frenética alergia producida por las cremas alisadoras —que usaré en bigote, barba y entrepierna para más lucimiento en mis actos de indómita fuerza peluda—, tendré que afeitarme cabello y pelo por igual, con la promesa de mejoradas y nuevas capas. A instancias de mi enano practicaré otros actos circenses y seré muy buena contorsionista, pero la desgracia vendrá cuando a causa de mi alopecia mis ojos se hagan crudos y faltos de poesía. Ladislao perderá su hermoso contorno, volviéndose pequeño, defectuoso, pavorosamente frío y sudoroso.
El lío que se armará cuando Ladislao se entere de que le he sido infiel y para mayor desdicha con alguien cercano a él. Morirá de amor al saber que en un par de mulas robadas al anochecer me fugaré con Neftalí, el payaso novato del circo, la persona más dulce que jamás conoceré, el payaso más auténtico; el que hace reír a hombres, mujeres y niños; al que le aplauden y piden que vuelva a la carpa, una y otra vez, una y otra vez. Neftalí me hará reír a mí también, para hacerme olvidar mis penas y mis pelos, hasta que los tenga de nuevo largos y fuertes.
Entonces mis ojos ya no querrán reír, llenos de pelos por todos lados, y en poco tiempo odiaré a Neftalí. Con el tiempo correrá la historia de una mujer barbuda que, sentada en la carretera de un pueblo, espera el paso del próximo circo para unirse a sus talentos.
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Madame Esmé
“No cualquiera se vuelve loco, esas cosas hay que merecerlas”.
Julio Cortázar
Me costó mucho llegar a donde estoy, nadie sabe con certeza lo que he sufrido, ni lo que padezco a diario. ¿Es que acaso creen que es fácil fingir estar viva, cuando te sabes muerta? ¿Acaso no entienden el heroísmo de mi acto, hacer de circo la tragedia de estar entre vivos, cuando hace tiempo que mi carne ya no tiembla?
No tienen idea de mi coraje ni miden la dimensión de mi pena. Si supieran mi doble esfuerzo, el arrojo de mi apuesta. Cuesta mucho fingir la sangre hervir, a pesar de que nada fluye en mis arterias, cuando esa mujer llena de pelos y sin vergüenza me restriega el amor de Ladislao por ella. No saben cuán muerta estoy, por dentro y por fuera. Una muerte que bailo al público como un truco de temporada, aunque la carne me cuelga. Un latido que finjo a diario. Un corazón partido, pero que aun exánime ama. Debo aparentar apetito, debo simular limpieza, debo enmascarar mi palidez, debo disfrazar mi tristeza, aunque por dentro me pudra y no se me ensanchen las venas.
Ella, tibia y viva, es el odio muerto de mis días, la rabia viva de mis noches.
Debo ser solitaria para evitar la vergüenza de los olores que arrastro y las moscas que se me pegan. ¿Quién quiere hablar con un tieso? Ni siquiera ese enano torcido pudo quebrantar mi promesa de no mostrarme tan viva para que no sospechen que esté tan muerta. No importa cuánto me duela, mi alma ya está seca. No importa cuánto extrañe las lágrimas, para llorar por su indiferencia. Mis ojos no miran las cosas vivas y hermosas, sólo reflejan, como espejos, lo que mi mente de muerta piensa.
Ya no soy la atracción principal de este circo de esperpentos, de repudiados y perdidos, de raros y tuertos. Hasta mi nombre morirá de mengua y Madame Esmé quedará en el olvido, mientras ella, la Mujer Barbuda, se coge a los enanos, al domador y a los payasos. Ella, tibia y viva, es el odio muerto de mis días, la rabia viva de mis noches. Ella es la pala que entierra lo único vivo que de mí queda: mi acto de circo.
