Antonio López Ortega
El despertar
Reunidos una tarde en el dique que resguardaba al campo del lago, pescando con los ojos las agujetas que nadaban bajo los coágulos flotantes de petróleo y se aproximaban suspicaces a las rocas de la base, Daniel hizo nuestras las imágenes de una historia que —leída o vista en la televisión—- lo obsesionaba:
«Un capitán de barco está en un bar de mala muerte. Imagínatelo vestido de negro y con uniforme antiguo. El hombre está apoyado en la barra y empina un vaso tras otro después de atravesar por meses el Pacífico. Desde un extremo del bar, alguien mira: un viejo, sí, un viejo zorro de los mares ya retirado de todo oficio. El viejo sabe que el capitán sufre, el viejo lo intuye con sólo verle las arrugas del rostro. El capitán volverá a partir al día siguiente y ahoga un lamento secreto en el círculo vidrioso que le devuelve cada vaso vacío. El capitán zarpa al amanecer y el velamen amplio del navío se confunde en el horizonte nebuloso. El viejo leyó en ese rostió deshecho por el salitre los días venideros del capitán: sabía que esa angustia se apagaría en alta mar, sabía que en alguna isla remota del Pacífico la tripulación divisaría un pez grande y arqueado a la deriva, sabía que tirarían una red y que lo traerían a bordo, sabía que nadie creería lo que los ojos revelaban: una sirena adormecida, pálida, de belleza irrenunciable. El viejo la ve a través de la mirada del capitán, el viejo la acaricia desde la distancia y no se sorprende de que el capitán la forre en un manto y la aparte de la vista de los demás encerrándola en su camarote. El capitán vela por la lenta recuperación de lo que ya es un sordo amor paños calientes en el rostro sublime, toallas de seda en los senos perfectos, cepillo de cubierta en las escamas tornasoladas.
El hombre besa ese rostro cuando despierta, el hombre recorre con la lengua cada pedazo de esa piel inaudita. Pasan algunos meses antes de que, en el día fijado, el viejo vea regresar al capitán al mismo bar. El amor—lo sabe— no puede ser una experiencia a medias, no puede ser un deseo impedido por esa torcida naturaleza. Por eso se acerca al capitán, por eso se le acerca y deja caer en sus manos un frasco pequeño con el elixir milagroso. Sin decir palabra, el capitán recibe la pócima secreta mientras el viejo le cierra las manos con las suyas y asiente con la cabeza. Esa noche, esa noche con el navío atracado en puerto, esa noche con la luna derramada en cada objeto de cubierta, el capitán vació el elixir en la boca de la sirena dormida y le acarició la frente hasta que el sueño lo derrumbó en el suelo. Al día siguiente, como un obsequio definitivo de los dioses, como una bendición que calmara su alma atormentada, el hombre abre los ojos a ras del suelo y descubre que unos pies tenues caminan de un lado al otro del camarote como reconociendo un espacio, como buscando ejercitar sus primeros pasos. El hombre quiso besar esos pies, el hombre quiso acariciar esas piernas, el hombre quiso morder esos muslos antes de descubrir que, más arriba de la cintura, la cabeza de un pez antediluviano agitaba su mirada desorbitada mientras abría la boca pastosa».
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El muro
Durante tres semanas seguidas, echando el cuento a quien se le atravesara en el camino, mi hermano refirió repetidamente un episodio visto en la televisión: «Una mujer enferma y paralítica está en su cuarto. Hay muy poca luz. Maniobrando de un lado a otro la silla de ruedas, te das cuenta de que la vieja está levantando un muro de ladrillos en la mitad del cuarto. Con la ayuda de una cuchareta de albañil, va colocando y pegando trabajosamente un ladrillo tras otro. La vieja sonríe: no sabes por qué pero sonríe. De pronto oyes una voz, oyes una voz que dice no me hagas esto, mamá, no me hagas esto. La cámara te descubre a un hombre que está del otro lado del cuarto. El hombre llora y se amarra el cuerpo con las manos. Tú supones que es el hijo, tú lo supones porque el hombre no cesa de decir no me hagas esto, mamá, no me hagas esto. Pero la vieja, nada. Está abstraída, está fuera de sí. Sólo una sonrisa ciega la sostiene. El muro va creciendo y el hombre ya no puede hacer nada. Queda un último orificio, sí, queda el último orificio en el que la vieja va a calzar el ladrillo final. Y es entonces cuando la vieja asoma un ojo desorbitado y dice es mejor así, hijo mío, es mejor así. La vieja coloca la última pieza de su obra y el hombre cae de rodillas tapiado para siempre. Pero hay una cosa que no entiendes: ¿por qué sigue habiendo luz si el hombre ha quedado tapiado? La cámara va abriendo lentamente la toma y es entonces cuando te das cuenta. No es el hombre el que ha quedado tapiado: es la vieja la que se ha encerrado a sí misma, es la vieja la que ríe del otro lado mientras el hijo golpea el muro con los puños».
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Los labios de Laura
Entre la hilera de cayenas que bordeaba la piscina y el muro exterior de la cancha de squash, Laura se escondía para enseñarnos a besar. Con un traje de baño floreado de dos piezas nos hacía pasar uno a uno. Hernán-cegato y temeroso- se colocaba de primero en la fila; Daniel-enamoradizo- se reservaba para el final. Algunos- como Ángel-intentaban abrazarla para recibir de golpe un rodillazo que bien sabía asestar en la entrepierna. «Solo besos»-recalcaba para nuestra sorpresa.
Los domingos en la tarde la cola de aspirantes aumentaba y las disputas por el correcto orden de los turnos se hacían frecuentes. Sumidos en la espera, arrancábamos las flores de cayena para estrujarlas lentamente en nuestros puños. Laura llamaba al de turno doblando el índice y entornando los ojos, le cerraba los párpados con la palma de la mano izquierda, le susurraba estáte quieto al oído y proyectaba sus labios hasta tocar los nuestros y abandonar su lengua como pez vivo en la red.
Debe, pues, entenderse que, al quedar desierto el club, termináramos siempre arrojando las sillas de extensión al fondo de la piscina y construyendo castillos submarinos por los que atravesábamos haciendo piruetas y transformando nuestros pulmones en burbujas. Debe, pues, entenderse que, al anochecer, termináramos siempre esperando la reprimenda de Reynaldo el portero, quien nos sacaba de la piscina tirando de nuestras orejas y quien aún debe estar buscando a la escurridiza Laura cada vez que se topa con una mata de cayenas.
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La lengua
Mayra siempre sacaba la lengua. La estiraba hasta casi rozar la nariz. Primero la punta temerosa que ensalivaba los labios y luego el cuerpo robusto que se arqueaba dejando entrever los ríos azules de la base.
Así la veíamos llegar todas las mañanas: el lunar invariable del pómulo derecho, el rizo que constantemente se recogía detrás de la oreja, los resoplones que daba a cada paso… Entraba siempre tarde al salón de clases, saludaba al profesor de turno con una media sonrisa y dejaba caer sobre el tercer pupitre de la primera fila el bulto de libros que apilaba contra el pecho. Desde el flanco derecho del
salón comenzaríamos a buscarle la mirada: Gustavo escrutando por sobre los lentes, Eduardo mostrando el sacapuntas de acero inoxidable, Carlos completando los apuntes con dilatada caligrafía. Mayra se volvía de golpe y, entornándole los ojos al primer afortunado, dejaba escurrir la lengua.
Signo creciente y perturbador de los días, nos disputábamos su lengua en las tribunas del recreo, nos llevábamos su lengua a los oscuros camerinos del gimnasio. Poco, en verdad, supimos después.
Recordamos, sí, una fiesta de fin de año en la que su madre -hecha añicos tras un divorcio- preparó galletas saladas con jamón y distribuyó cervezas. Recordamos, sí, un encuentro fortuito en el cafetín de una universidad donde nos entretuvo con una sonrisa lozana y ecuaciones infinitesimales.
Nos la devolvió abruptamente un obituario: viajando en época de lluvia por la carretera de tierra que une a Carenero con Chuspa, un rústico conducido por el novio hunde las ruedas en un charco de barro y cae del lado derecho expulsando a Mayra por la ventanilla y aplastándola contra el suelo.
Desde entonces, quisiéramos creer que Mayra aún nos pertenece; desde entonces, quisiéramos borrar esa última imagen a la que algunos tuvimos acceso: la lengua amoratada entre los dientes, la lengua cercenada bajo el impacto de la carrocería.
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En la palma de la mano
Dianela era nueva en el club. Sus ojos, sus labios y la forma hundida de su ombligo también eran cosa nueva para nosotros. La vimos masticando chicle en el trencito del parque, la vimos comiendo pizza en el cine bajo los aullidos de Tarzán, la vimos tomando sol en la piscina con un bikini que todos quisimos desanudar..
Dianela hablaba poco. Se limitaba a mirarnos fijamente de vez en cuando y a soltar una risa seca, un jajaja. Llegaba y paseaba sin móvil fijo mojando sus pies en la grama recién regada. Llegaba y abría sus grandes ojos verdes por entre la cabellera rubia que recogían con dificultad sus hombros.
Por un designio que todavía celebro, Dianela coincidió con mi hermana en clases. Una tarde, llegando sediento a casa, la descubro junto a mi hermana haciendo un gran mapa de Venezuela. El cartón mojado -lo adiviné-serían los Llanos; la estopa que estrujaba en sus manos, los Andes. Sumando otras texturas a lo largo de la tarde, las ayudé a terminar el mapa. Intuí una risa seca en Dianela, un jajaja.
En la noche, caminando de rodillas desde mi cuarto, le susurré a mi hermana que estaba enamorado de Dianela, que el amor era una costra dura que crecía en el pecho, que me tenía que ayudar.
A partir de esa confesión, los hechos se ordenan de manera irregular. Sé que la semana siguiente fuimos al cine, sé que mi hermana se sentaría a su lado, sé que la vi pasar con una pizza cuyo queso derretido colgaba entre el plato de cartón y sus dientes, sé que en la pantalla Tarzán luchaba a muerte con un gladiador negro, sé que desde las filas traseras alcancé a pasar la papeleta de mi declaración de mano en mano hasta Dianela, sé que la abrió mientras el gladiador negro caía derrotado en un caldero hirviente, sé que inesperadamente la luz se fue y la función tuvo que ser interrumpida a la fuerza.
Entre la maraña de caras que salen del cine, busco ansiosamente el rostro de Dianela. La descubro a lo lejos, no sin cierta vergüenza, y noto que me sonríe. Aún hoy me pregunto cómo habrán resonado en su mente las palabras de la papeleta. Aún hoy espero su respuesta.
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Luna llena
Pronunciamos su nombre en coro, como deteniéndonos en cada sílaba: Ana Cecilia. La vimos llegar con una cabellera castaña clara y suelta, paso lento, mirada perdida. No pareció interesarse por lo que podía ofrecerle un club de campo petrolero: un bar con hombres cansados, un salón con damas jugando canasta, una cancha de bolas criollas, una piscina para niños, una función de cine a la semana.
Nos convertimos rápidamente en su séquito secreto, en unos babosos. La mirábamos entrar displicente al club, pasearse como si nada, atravesar los espacios sin tener que rendirle cuenta al mínimo obstáculo, a la mínima distracción.
Esa ofensa, esa inquietud, esa naturaleza salvaje -nos dijimos, debía ser domada de cualquier manera. Héctor -cejijunto y sagaz prometió acometer la empresa. La distrajo en el cine con atenciones, la introdujo en ese mundo de pequeñas escalas: el equipo de fútbol, las verbenas, los sitios de baile. Pudo ser cuidadoso, elegante y gentil. Trajo raquetas y reservó canchas cuando ella quiso jugar tenis, consiguió bolas y zapatos de cera cuando ella quiso ejercitarse en boliche. No que hubiera caído en la trampa pero al menos mostraba simpatía.
Meses después, bajo un bucare en flor, Héctor anunciaba un capítulo especial. Malévolos y ansiosos, nos apostaríamos detrás de las cayenas de la piscina una vez que anocheciera.
En medio de la función de cine, Héctor y Ana Cecilia salen caminando lentamente. Dos siluetas avanzan hablando en voz baja rumbo a la piscina. La noche es bastante clara y una luna llena tiembla en la superficie del agua. Van bordeándola y, de pronto, se detienen. Ella se alarga en una silla de extensión y él se sienta en el extremo donde caen sus pies. Desde lejos, notamos que permanecen casi quietos y un susurro confundido entre el aire pesado de la noche se cuela hasta nuestros oídos. La escena se derrama en sí misma y, tibiamente, sin que comprendamos nada, Héctor comienza a subir la franela de Ana Cecilia hasta descubrir dos senos que vibran como revólveres en manos que apuntan.
La imagen definitiva no recurre a esa desnudez súbita y gratuita, no recupera las manos agitadas de Héctor sobre esas esferas carnosas, no repite la secuencia vibrátil en la que los senos se descubren como dos resortes… La imagen definitiva quiere retener el instante en el que la luz de la luna incidió en su pecho para alimentar nuestra mirada desde la distancia y fijar esas dos aureolas rosadas en la sustancia de nuestros días.
