literatura venezolana

de hoy y de siempre

La guerra de las morrocoyas

Ago 28, 2025

José Luis Vásquez Silva

I

Muy fresca entró la tarde a la Hacienda Los Marimones, acompañada por los alisios del noreste, que arrastraron a los distraídos olores atascados entre los montarascales aledaños; de tierra recién mojada, de jazmines, espinitos y otras tantas plantas silvestres en floración. Hasta la puerta principal de la casona, desde la cocina, se filtraban los rumores de café recién colado, arepas refritas y plátanos tajados. Pero nada de aquel aromático paraíso difumaba el disgusto de Doña Blanca quien, acalorada por la frustración, sacudía la fina fusta sobre el marco de roble, al ver al negro mohíno del Constantinoplo cruzar por el frente; tan orondo, con su atado de pesca en la espalda descamisada, contaminando con su pestilencia los senderos de la casa.

El negro Noplo, desde cuando el patrón lo trajo de niño a la hacienda, le caía muy mal a la doña, como el tragarse una piedra para el desayuno, y por eso lo trataba como se merecía; un pobre perro de la calle, al que se le tira la comida al piso, para que cuando nos mire desde abajo no nos muerda ni nos ladre.

—¡¿Por qué tienes que traer ese negrito a esta casa?! —le había reclamado a su marido aquella mal recordada tarde.

—¡Coño!, ¡ya te lo dije! Se le murió la madre, la comadre Petra —era lo único que le repetía Don Arcadio, con una mirada evasiva, muy impropia de su carácter.

A Doña Blanca no le importaba que el muchacho fuese “de color”, como ahora los mentaban por condescendencia, pero sí mucho a las “madamas de a peso”, las necias de sus vecinas, que de inmediato empezaron a criticarla, por permitir la contaminación de su fina servidumbre. A ella el forro de urna le sacaba de quicio por su impertinente altivez, como si desde niño le hubiese hurtado un donaire a los de su clase; porque el cipote no hacia caso, aunque se le amenazara con el rejo, con llevárselo al calabozo o mandarlo bien lejos. El mohíno siempre terminaba haciendo lo suyo, porque para eso era tan libre como una golondrina en una tarde veraniega; como también lo había sido ella hasta los diecisiete, cuando sus padres la obligaron a casarse con un viejo de pacotilla, solo porque ellos le adeudaban media vida y con su flor se la pagaron.

—Venga a comer, doña Blanquita —le rogaba misia Mercedes, colocándole las viandas sobre la rústica pero bien ordenada mesa de pardillo.

—¡Que no tengo ganas! —le contestaba ella, henchido el vientre con los aires de la venganza.

“El sábado lo jodo, cuando se vaya Don Arcadio; porque ese negro carbón no se va a burlar más de mí, que ya le prohibí mil veces que trajera esos piazos de pescados a mi casa”; masticaba la señora, en gruesos trozos, la acumulada rabia.

Doña Blanca, mediando sus cuarenta, era una dama que se conservaba más que bien, de cuerpo y de espíritu, con una nariz altiva y lacios cabellos azabache, heredados de sus entremezclados ancestros portugueses y guajiros. La doña le hacía buen honor a su nombre, con una piel blanco hueso, como las cumbres heladas de aquellos cinco picos que se dibujaban a lo lejos, y que solo con suerte se podían atisbar algunas mañanas despejadas de febrero. Su piel era tan prístina y pulimentada, que no había forma de ensuciarla, porque hasta el lodo más pegajoso le resfalaba.

Nadie entendía por cual razón la señora andaba siempre malhumorada, a pesar de las bendiciones que la rodeaban: una amplia casa-hacienda, próspera y solvente, rodeada de un inmenso jardín, tupido de rosas, magnolias, miosotis, tulipanes y todas las flores que se le ocurría sembrar, por cierto, asistida por el negro mohíno del Constantinoplo. Además, contaba con una caterva de servidores, que hacían sin chistar todos los deberes, para mantener inmaculado su hogar, que era la envidia viva, que le ponía la piel verde a todas sus primas y amigas. Pero, ¿quien sabe de las fisuras que se acumulan en nuestros techos? Rajaduras minúsculas, luego expandidas por un quebradizo tiempo, por donde se cuelan los silencios, las soledades, que se van entreverando dentro de nuestros sueños, absorbidos en ósmosis por las lujosas y frías sábanas.

—Tu eres una echa la pendejuana —le decía la prima Miralba; tienes toñeco al viejito, para que te complazca en todo …

Don Arcadio Marimón era bastante mayor que su esposa y casi le triplicaba la edad cuando se efectuó su boda-transacción. En las fotos del álbum matrimonial se asemejaban a un orgulloso padre llevando a la hija menor a la primera comunión. Él la conoció en una fiesta de San Juan, cuando aún era un galán otoñal montando al más fino bayo y ella la recién elegida reina del coleo, a las que las primas acompañaban para arriba y para abajo, buscando todas conquistar algún soltero disponible de entre los chivos lanudos del pueblo.

La boda se pactó para ese diciembre, debido a las urgencias de ambas partes. Los amigos-jaletis del novio le decían el día de la boda: “Viejo, esa carajita va hacer que te de un infarto en la aorta”, y él les respondía con un: “No me importa, con tal que me dé bastante de aquella torta”. Las primas-amigas de Blanquita le rogaban: “No te cases con ese vejete, por más plata que tenga, ese ya no arrima una al mingo”; y ella ripostaba que era un señor muy bueno, al prometerle tantas cosas, sin ella tener con que pagarle; y las primas se burlaban de su inocencia.

A los pocos años de casados, Don Arcadio devino en más que un marido, en un padrastro para Blanca, a la que regañaba y luego malcriaba con regalos, cuando se le pasaba la mano. La patrona no se quejaba, le había dado de todo, menos un hijo; lo que ella más necesitaba para ocupar sus largos días de desocupada en esa inmensa casa; donde solo se dedicaba a pasear, mostrando a nadie sus pintas de “Doña”, copiadas de viejas películas mejicanas; luciendo su hermosa estampa de yegua de raza, con sus alucinantes grupas que alborotaban a potrillos y garañones; con sus botas de vaquera fina, sombreros alados y correajes importados del Portugal por sus tíos, los padres de sus primas, en la práctica, sus únicas amigas; mostrando a su reducido mundo la amplia colección de fuetes, con los que golpeaba sillas, pretiles, puertas, para imponer el orden entre las doncellas y muchachos de mandado.

De las pocas cosas que Blanca le reclamaba al marido, que hacia ya unos cuantos años se había alejado del inocupado tálamo, era el de haberle impuesto a ese necio negro mohíno, al que había instalado en la “casa de los peroles”, un rancho que quedaba en la vía hacia los potreros, muy cerca del buco con el cual le robaban parte del agua al río Cocorotico, el más caudaloso de la comarca; refugio donde el flojo del negro carbón se acostaba tarde, después de haber molido el maíz, haber recogido leña, dado de comer a los cochinos y patos, buscado los mandados, barrido los tres patios, podado el jardín, limpiado los baños, bañado a los perros, peinado al caballo de la doña; y los domingos, preparando los finos gallos para las peleas del patrón.

“¡Ese sucio negro, que debe jeder a gitano!, aunque se bañe mañana y tarde en el buco”, rezongaba Doña Blanquita, imaginándose a la mole en pelotas, fregándose las verijas con lejía. Ella misma no tenía claro cual era la principal razón de tenerle tanta tirria al negro mohíno. ¿Sería acaso porque el primer día que lo llevaron a su casa lo vio desenvainar su machete panga para desaguarse entre los rosales?; ¿o por ser un huevón tan altivo?, que nunca la obedecía ni contestaba a sus reclamos y que, valiéndose de su estatura, la miraba por encima de su cabeza; o quizás simplemente porque su esposo nunca le había aclarado el preciso vinculo que tenía con el muchacho, al que trataba como si fuese un sobrino u otro familiar cercano. “¡Válgame dios!”, ella se persignaba ante semejante barbaridad.

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