Arturo Uslar Pietri
1
Ese mugido profundo y tembloroso que hace vibrar los cristales de las copas y las maderas de las sillas, sordo, poderoso, bronco, no es el del dragón del tiempo que agoniza, es el de la sirena del barco que ha desatracado y comienza a deslizarse río abajo, hacia el océano.
Había preferido entrar directamente al camarote y encerrarse en él para no ver a nadie. A ninguno de los que se abrazaban llorosos o risueños en el puente, o gritaban adioses en el muelle. Ni la horrible música de la orquesta de a bordo que tocaba una marcha de circo. Una de esas marchas que anuncian la entrada de la amazona, pálida y delgada en su traje negro, y de los dos caballos blancos con sus pompones de plumas entre las orejas erguidas. O el del trapecista. Solo que cuando entra el trapecista lo que se oye es un trémulo redoblar de tambores y la voz del maestre de pista que anuncia: «Respetable público: el gran acróbata Álvaro va a ejecutar para ustedes la más peligrosa de las suertes, el triple salto mortal hacia atrás, a treinta metros de altura, sin malla. Nadie en el mundo se atreve a hacer esto».
Sonrió. El único que no se atrevía en el mundo a hacer esto era precisamente él, Álvaro Collado. Lo que estaba haciendo parecía la más ordinaria de las tareas. Tomar un barco para regresar a su país. Lo hacían todos los días millares de personas. No había acróbata, no había triple salto mortal. Y sin embargo…
Tal vez sí había aquel estertor de agonía del tiempo. Por lo menos uno de los dragones de su tiempo estaba muriendo. Uno de los sucesivos dragones. El más reciente, el más poderoso, el más íntimo. Un mañoso y curtido dragón de diez años largos.
Ahora, sí. Ahora sí iba de vuelta a la tierra. Habían terminado aquellos lentos años, tan llenos, tan cambiantes, y que, sin embargo, no habían sido sino como una víspera.
Como una víspera de aquella hora, con música de banda y mugido de sirena, en que el barco había desatracado del muelle de Manhattan y había empezado a descender por el Hudson hacia el estuario y el mar. Ahora cada minuto representaba brazas de navegación que lo alejaban de un punto y lo acercaban a otro. Dieciséis nudos por hora, le habían dicho. Cuando se hubieran agotado los nudos marinos, en cinco días, el barco volvería a mugir entrando en La Guaira.
Ya no cabía espera, olvido ni aplazamiento. Ahora iba al encuentro. Al encuentro de seres nuevos y terribles, porque nada de lo que había dejado lo iba a reencontrar.
Pensaba en su padre: «quince años estuvo en la cárcel mi padre para dejar que la vida se le volviera extraña e irreconciliable. En el andén cerrado de un calabozo mientras el tiempo corría afuera llevando los hombres vivientes. Dejó unos niños y una esposa y encontró unas gentes extrañas en una casa desconocida y una ciudad que no se le parecía y unos hombres atareados en faenas que él no comprendía y que nada en común tenían con él».
Él no había estado en el tiempo petrificado del calabozo sino en la abierta aventura de las ciudades mundiales. Su tiempo había sido el de París, el de Londres, el de Nueva York. Mientras otro tiempo, progresivamente ajeno, quedaba en Caracas haciendo y deshaciendo gentes. Hombres que surgían, hombres que morían, mientras él se entregaba al curso de otoño en la Sorbona o pasaba un verano en Heidelberg tratando de entender el alemán y mirando unas torres puntiagudas y un río que nada tenían que ver con las torres y los ríos junto a los que nacían y morían las gentes de su tierra.
En las cartas de la casa venían esas noticias: «el que murió la semana pasada fue…», y allí el nombre de una persona más o menos conocida; «el que está muy grave es…», y allí otro nombre de alguna persona amiga o entrevista que ya para la llegada de la carta debía estar muerta. «El que ha sido nombrado presidente de Estado es…», aquel hombre que tan insignificante le parecía; «el que se va a casar esta semana es…». Se casaban, nacían hijos, morían gentes y él estaba fuera y aparte. Saliendo de otoños o entrando en primaveras.
«Nos haces cada día más falta». Era su madre, la buena Celmira Collado. Tal vez no sabían lo que decían. Les hacía falta aquel joven estudiante que conocían tan bien y que tuvo que irse por los desórdenes de la universidad, en que murió un agente de la policía secreta. Pero no les haría falta este hombre tan distinto, que se había formado en él en esos largos años de otro tiempo. En el tiempo del dragón que estaba agonizando en aquellos mugidos erizados.
Y en el fondo de todo estaba otro desconocido. Un verdadero desconocido a quien nunca había visto de frente, ni le había oído la voz. Había ido formando su imagen a través de cartas, de borrosas instantáneas fotográficas, de intermitentes informaciones.
«Te doy la buena noticia, para que te contentes», le había escrito su madre, «de que ya empezamos a ocuparnos de la familia del agente muerto. No era casado. Dejó una mujer y tres hijos, dos varones y una hembra. El mayor se llama como el padre: Lázaro Agotángel. ¡Qué nombre! Es un muchacho bastante salvaje y sin educación. Vamos a hacer lo posible para salvarlo de ese medio, pero no creas que va a ser fácil. Hoy vino por primera vez a visitarnos y no hizo sino rezongar y mirarnos como animales raros. Comió con el servicio y ni les dirigió la palabra. En fin, veremos qué se logra».
Decía también la carta:
«Le hemos dicho que eres tú el que desea que nos ocupemos de él. No parece comprender esto y mientras más se le dice más desconfiado parece ponerse. El primer día que nos vio nos preguntó a quemarropa si eras tú el que había matado a su padre. ¡Imagínate! A Collado no le gusta nada este muchacho».
Había tenido que dirigirle una especie de saludo. No le fue fácil hallar las palabras necesarias. Escribió dos o tres veces la carta. «Yo me siento obligado a reparar en lo posible un mal involuntario». Evidentemente que no debía decir eso, era acusarse sin necesidad. Podía decir: «Me siento obligado con usted por las trágicas circunstancias de la muerte de su padre. Yo estaba allí». Tampoco podía ser eso. Había que invocar tal vez un destino superior que los había ligado de una manera mágica y sobrenatural. En el destino de los venezolanos había una condición trágica que unía de pronto indisolublemente a los seres más ajenos y distantes. Con una misteriosa unión de sangre, o de dolor, o de culpa.
Volvió a mugir la sirena del barco con un toque breve y agudo. Se sentía que la velocidad había aumentado. Podía subir al puente o siquiera asomarse a la ventana del camarote para mirar si el buque ya había salido al mar. Prefirió permanecer allí sin ver a nadie. Se iba alejando y se iba acercando; antes eran las cartas y los recuerdos, pero ahora estaba llegando el tiempo inaplazable de las presencias.
Iba a encontrar a Diego Collado. Al general Diego Collado, su padre. Ya tenía la cabeza completamente blanca y el bigote blanco como un copo de espuma sobre la boca. Debía tener ya la voz cascada de los viejos y muchas manías. Era un anciano desconocido que iba a encontrar. Que iba a conocer. Era la tercera vez. Lo había conocido apenas por poco más de un año, desde que se lo devolvieron a la familia de la larga prisión hasta que él tuvo que salir para su ausencia. La primera vez fue el vago recuerdo o la vaga invención que un niño puede hacer de su padre. Habían tenido poco tiempo para conocerse y acaso ahora era ya demasiado tarde para acercarse. ¿De qué podría hablar con el viejo Collado, que no fuera de las anécdotas de las guerras civiles y de las tiranías?
Iba a encontrar, o iba a conocer también, a aquella mujer paciente e hilvanadora de cosas que era Celmira, su madre. La de las largas cartas llenas de noticias lejanas que traían como un aroma o un sabor extraño de café, de carreta o de dulce casero hasta el cuarto del inmueble de la rue de Rennes, o hasta el cubículo de la biblioteca de la universidad americana.
Eran como otras personas. Iba a ser como una prueba de conocer y de reconocer. Como una prueba o como un juego mágico. Si uno no sabe la identidad del ser que se le aparece de pronto en su misterio, cae en el dominio de un daño oscuro.
Iba a ser como conocer la identidad de las personas disfrazadas. «A que no me conoces», era la pregunta tradicional de las máscaras. Se acordó entonces de que iba a llegar a Caracas en pleno carnaval.
Ha debido pensar en eso para llegar después de pasadas las fiestas. Pero ya no había remedio. Iba a encontrar una ciudad enloquecida, poblada, en la tarde y en la noche, de pintarrajeadas cabezas, de enormes narices, de chillonas voces en falsete. De lustrosas caretas de cartón con los ojos agujereados. Iba a acentuarse más el juego de la extrañeza y del no conocer.
«A que no me conoces», le iba a decir aquella máscara o aquella cara patilluda, boca ancha, calva, terrosa, huraña, como de alguacil o de contrabandista, que era la de su cuñado Saúl Verrón. Detrás de la careta huele a cola de pegar seca, a desván de carpintero, a cartón y a paja de embalaje.
Iba también a encontrar al otro a quien no conocía ciertamente y acaso no podría conocer. Iba a estar en la presencia de Lázaro Agotángel. Disfrazado de muerto o de resucitado, o de iguana de quebrada o de monstruo de la tierra y de los árboles primigenios.
¿Y de qué le iba a ver la cara a él Lázaro Agotángel, el hijo del muerto? ¿Qué le iba a buscar detrás de la cara y de las palabras del difícil encuentro?
2
Un gran cráneo de cartón se quedó como pegado al vidrio de la ventanilla llenando todo el espacio de la visión. Pintarrajeado de blanco y de negro, chorreado de gris, hendido y cosido con hilos de colores, abollado, sucio, deforme, con grandes dientes en relieve, y negras y profundas las cuencas de los ojos y la fosa de la nariz. Era grande cómo la cabeza de un gigante y estaba puesto sobre unos hombros estrechos que casi desaparecían debajo de su abertura.
El automóvil estaba detenido. A cada instante se detenía el desfile entre la espesa masa que llenaba la calle. El calor y el ruido entraban viscosos y mezclados. Era un aire de horno y de tambor. Los dos pasajeros que iban adentro parecían ajenos y silenciosos.
Junto a la gran bola gris y hueca de la calavera, parecían pequeñas las cabezas oscuras y lustrosas de los dos hombres. Los poros abiertos en la piel glaseada. Estaban como apretados dentro de sus trajes. Puestos en aquella especie de caja de vidrio y de metal cerrada bajo el aluvión de la muchedumbre. Delante, el que hablaba o rezongaba a ratos era el conductor.
Más allá de los vidrios cerrados y del techo del automóvil estaba el espeso e hirviente bullicio de la calle. Randas y olas de cabezas y formas humanas, marejadas de gritos. Músicas y cantos se entremezclaban. De la calle invadida de disfraces y gentes ansiosas, a las aceras, a las ventanas, a los balcones, por donde descolgaban voces y brazos y rostros. En el aire agitado flotaban como en agua de creciente las serpentinas, el polvo, los confetis recogidos del suelo. Era como navegar en una marejada.
Pasaban caras lustrosas de negro humo y aceite, diablos rojos envueltos en capas desgarradas con sus cuernos y su tridente, avalanchas de muchachos desarrapados encendidos de gritar y correr, empujando, saltando, arrebatando de las manos golosinas y juguetes, entrando y saliendo por entre la masa humana.
La calavera de cartón seguía pegada al vidrio, fija y absorta.
—Mírala —dijo Eladio Flores, señalándola con la mano—. No se nos quita de encima.
Puso la mano, con el índice estirado, casi sobre la cara de su compañero.
—Mírala, Lázaro.
Lázaro Agotángel, macizo, encogido, vio la mano. Vio la calavera y se volvió hacia Eladio con disgusto:
—La he visto, hombre. ¿Qué quieres?
Eladio se replegó hacia su asiento:
—Nada. Es el mismo disfraz de la muerte al que le teníamos miedo cuando éramos muchachos. ¿Te acuerdas?
No contestó Lázaro.
Eladio Flores se pasó la mano por la cara. Sintió la gruesa piel cálida y la aspereza de la sombra de la barba azul.
—Le teníamos miedo, Lázaro. Corríamos cuando la veíamos acercarse.
Lázaro se volvió pesadamente hacia el vidrio donde estaba el inerte globo gris de la calavera y golpeó con fuerza. Se sintió el eco del puñetazo. La máscara se retiró al sentir el impacto.
—Ves… Ahora es ella la que nos tiene miedo.
Hizo una mueca de risa. Asomaron los fuertes dientes blancos como arregañados[1] para morder.
Bamboleándose sobre el esmirriado cuerpo el cráneo fofo desapareció entre el turbión de gentes. Fluctuando y girando. Entre el griterío líquido y encrespado.
El automóvil no avanzaba. Pasaban indios con maracas y taparrabos. Comparsas de guitarreros con su burriquita[2] que danzaba sobre los pies del jinete. Hombres disfrazados de mujeres. El desmesurado payaso de los zancos se bamboleaba como si fuera a caer sobre el oleaje humano.
—Esta era la calle por donde salíamos. Atrás está el cerro —dijo Eladio.
—No se ve —contestó Lázaro, secamente.
—Bajábamos por la cañada y desembocábamos por esa esquina. A gozar del carnaval. Como ese muchacho, así éramos.
Era un muchacho que había brotado de entre el gentío, al borde de la acera. Ágil, ávido, casi desnudo, despeinado, que agitaba en la mano un saco de trapo donde llevaba el botín de su correría y gritaba sin parar. Gritaba con los saltos, con las voces, con las contorsiones, con la boca desdentada, con los ojos encendidos, con los flacos brazos aspados, con el revuelto cabello, con el sudoroso rostro amoratado. Saltaba por entre las gentes y los automóviles, metía la mano por las portezuelas, arrancaba un juguete y se sumergía entre la multitud para reaparecer más adelante con la mano y el grito alzados. Un hombre vestido de mujer le dio un empellón y le hizo caer.
—Tú ves —dijo Lázaro—, ese no nos lo hubiera hecho a nosotros.
Había vuelto a avanzar el desfile muy lentamente. Como atascado en el grumoso apretujamiento.
—No vamos a salir de aquí en toda la tarde —dijo Lázaro.
Pasaba el tiempo y él estaba allí, metido en el calor y la lentitud del automóvil cerrado. No entraba sino el vocerío confuso y no se veía sino el movimiento sin sentido.
Eladio miraba sin hablar las caras y las máscaras que pasaban. Las gentes endomingadas en las ventanas y los hombres apiñados en las puertas de las cantinas. Pintadas o pálidas, risueñas o adustas, airadas o lelas, caras que no lo veían a él ni le hablaban. Caras de gente que no conocía. Tan desconocidas como las máscaras congeladas en muecas que flotaban entre las cabezas. A ratos paseaba la mirada por sobre frentes y sombreros y bocas estridentes y sobre ninguna podía poner un nombre. Ninguno de aquellos viejos nombres de otros tiempos con que conocía a casi todos los que bajaban y subían por aquella bocacalle.
—Ya no conozco a nadie —dijo Eladio.
—Hasta las casas han cambiado —dijo Lázaro.
—Ni ellos tampoco nos conocen a nosotros.
—Ni tienen por qué conocernos. Si tú te bajaras ahora del carro y te metieras entre ellos te verían como un extraño. Casi como un extranjero. Vestido así. Bajando de un automóvil. Se burlarían de ti, te empujarían. Como nosotros nos burlábamos de los señorones de bastón y pajilla que pasaban en sus coches con aquellos caballotes que parecían caballos de entierro.
—Verdad es, Lázaro.
El otro lo miró con asombro.
—De esto teníamos que salir y salimos, Eladio. Y no podemos volver. Ni disfrazados.
Por las fachadas verdes, amarillas y azules de las casas colgaban guirnaldas de bombillos encendidos.
—Ya han prendido las luces. Ya va a estar oscuro.
Nada contestó Lázaro. Eladio observaba por las bocacalles hacia la parte alta del cerro. Eran callejones tortuosos y empinados donde se apretujaban las puertas y los ventanucos en las estrechas fachadas. Por donde se adelgazaba y diluía el gentío.
Subiendo a pie por esa esquina hacia arriba, se llega a donde estaba la panadería del Isleño. Olía a pan a la media cuadra. A vaho de boca de horno que hacía soñar con grandes hogazas calientes al muchacho con hambre. De la casa del Isleño se torcía por el lecho de la quebrada seca. La vereda pasaba por entre algunos ranchos de cartón y hojalata. Ahora debía haber allí casas y altos postes de luz. Cuando llovía se llenaba de piedras y de lodo. Se volvía a remontar por la otra cuesta. Se pasaba cerca de las altas paredes terrosas del viejo manicomio. Con sus puertas cerradas, sus pesados techos y algunos enormes árboles. A veces se decía que se había escapado un loco. Un loco desmelenado y furioso con un cuchillo. A los muchachos les daba miedo salir a la calle.
—Te acuerdas, Lázaro, cuando decían qué se había soltado un loco.
Lázaro se volvió hacía él. Con lento y pesado gesto. Corno si tuviera que decir lo que no quería decir.
—Claro que me acuerdo, Eladio. Me acuerdo de todas las cosas. Y no las quiero olvidar. Me acuerdo de tu papá y me acuerdo del mío. Y me acuerdo cuando subía por esa cuesta con miedo porque era tarde y el viejo me iba a regañar. Y me acuerdo y no se me olvida del día en que lo mataron y del velorio y de las gentes que vinieron. Y de todo lo que pasó después. Y si cierro los ojos veo tal cual la casita y al pobre papá muerto y vuelvo a sentir lo que sentí. Qué larga fue esa noche. Parecía que no iba a llegar la madrugada.
