literatura venezolana

de hoy y de siempre

El maleficio de la duda (I)

Ene 23, 2024

Ignacio Barreto

Como si fuera un personaje de García Márquez –su autor predilecto–, Daniel Moreno pensó en su niñez cuando, finalmente, decidió asumir su destino. Le causó gracia, en plena tragedia, que al subconsciente le diera por simular la reacción del coronel Aureliano Buendía estando frente al pelotón de fusilamiento. De alguna manera, y una vez más, estaba viviendo una vida que no era la suya. Pretendía ser otro. Soltó una carcajada nerviosa por el solo hecho de pensar que ni siquiera en su muerte se iba a salvar de no ser él el difunto. Quien estaba muriendo allí, en plena selva, era tan solo el personaje de alguna novela. Algo en el entorno insistía en restregarle los fundamentos del realismo mágico. A su lado, una columna de hormigas de un rojo radioactivo –suelen llamarlas las veinticuatro debido al número de horas que dura la fiebre causada por su picadura– empezaba a rodear lo que, a todas luces, parecía presentarse como una presa suculenta. El cielo mostraba un color que le resultaba novedoso, pero sabía muy bien que la única novedad era el hecho de darse tiempo para contemplar la cúpula celeste. La pierna había dejado de dolerle y eso lo llenó de más preocupaciones, sin embargo, su mente insistía en trasladarlo a aquella calle de Artigas desde donde podía ver, a diario, el paso del tren mientras jugaba a la ere, o a la candelita, o armaba la carrucha que pronto se convertiría en el cohete capaz de trasladar al Capitán Escarlata en
busca de nuevas aventuras, despegando desde un riel parecido al del ferrocarril de sus evocaciones. El sudor empezó a molestarle. Se deslizaba desde su frente atravesando nariz y bigote y mojando sus labios. El sabor salino no ayudaba en lo absoluto a disipar la jaqueca producida por el exceso de alcohol y probablemente fortificada por el veneno que empezaba a invadir su cuerpo. Un olor distinto al suyo manaba de sus poros. Recordó –inevitablemente volvía a ser el otro, el personaje– la masa angustiada volcada a la calle durante el gran terremoto del sesenta y siete. La noche apenas empezaba pero en esa Caracas aún pueblerina, la gente solía recogerse temprano, razón por la cual el estremecimiento había sorprendido a los vecinos en ropa de dormir. Fascinado por los olores de las piyamas y dormilonas que apenas unos segundos atrás pertenecían al mundo íntimo del vecindario y que, debido al inesperado estruendo telúrico, súbitamente pasaban a formar parte de la opinión pública, sus sentidos se extasiaban con la presencia de su primer amor, la dueña del kiosco de revistas, su vecina, tan bien formada, con sus
tetas gigantes y ahora en dormilona y él, con sus doce años a punto de manifestarse, casi podía percibir el olor de las sábanas que, cada noche, rozaban el cuerpo exuberante de la que, para colmo, era la mejor amiga de su tía. Un olor capaz de remover alma y entrañas a la vez. Pensó, se dio el lujo de pensar, diría cualquiera que leyera estas líneas, tomando en cuenta que el hombre se encontraba abandonado en la selva con todo el cuerpo paralizado y con la certeza de estar viviendo sus últimas horas y, sin embargo, ¿quién sería capaz de rebatir la potencialidad evocadora del moribundo? Viviendo, como se dice de la manera clásica, su hora menguada, no debería extrañar a nadie que cualquier ser humano se dé el lujo de pasear por las más surtidas reflexiones, sin tomar en cuenta cuán trascendentales pudieran terminar siendo. No iba a ser Daniel la excepción de la regla que acabamos de implantar y por eso no solo pensó en cada minuto de su vida sino que además pudo hacer ejercicios de analogías y comparó aquellos edificios caídos como cartas de póquer en Los Palos Grandes y Altamira, zonas urbanizadas justo encima de la gran falla de Caracas, con el club sándwich tan de moda en esa época, y comparó su casa y su vecindario con el centro histórico de Viena, dada la originalidad de la que presumían ambas localidades y, aún más radical, comparó los bloques del 23 de Enero, Sarría y Simón Rodríguez –populosas barriadas, como suelen denominarse– con todo ese complejo urbanístico levantado a la periferia del primer distrito de la capital austriaca, es decir, del casco histórico dentro del cual caben, sin incomodarse, los templos del medioevo, los retorcijones barrocos, inspiraciones grecorromanas, el imperialismo arquitectónico de los Habsburgos y el concepto “neo” de principios del siglo XX, atropellándose sin agresiones altisonantes. Pero hablamos de comparar y es justamente con la periferia, porque lo que se levanta fuera del centro histórico de la romana Vindobona –y nadie duda de la buena voluntad de los gobernantes– nació en la postguerra, con la necesidad, la urgencia y la practicidad como emblemas. Estructuras grises y faltas de gracia en cuyo interior difícilmente puede adivinarse la existencia de seres vivos. Algo que cualquiera que hubiera crecido durante los años de la bonanza petrolera en Venezuela –y no era el caso de Daniel Moreno– habría definido, sin dedicar mucho tiempo al asunto, con el árido nombre de solución habitacional. Y, sin embargo, tanto concepto común se desdibujaba en la práctica cuando aparecía ante su mente afiebrada la imagen del superbloque capitalino, con tanta identidad casi gritada, con tanta actividad microcósmica, como la que se vivía en el conjunto de casas en la Artigas libre de edificios y ascensores de sus recuerdos infantiles. Como si vivir en vertical no importara, porque lo que se impone es el carácter –la idiosincrasia– y por eso las tetas de la vecina pueden aparecer con esa familiaridad de vecindad tanto en el kiosco de periódicos de la esquina como en el pasillo del piso siete del bloque cuarenta y cinco. Lo que constituía un enorme contraste con el interior de los edificios vieneses donde la soledad y la desconfianza marcaban el ritmo de vida de sus habitantes. Se preguntó la razón por la cual su mente se enfocaba en semejante comparación en un momento tan inadecuado y tomando en cuenta que su vida había transcurrido alejada de toda evocación romanticoide y localista, siendo eso lo que justamente detonaba en su mente cual proyectil hostil. Esa fue la imagen –la del proyectil hostil– que escogió siguiendo con las extrañas ilaciones de su pensamiento y no le pareció gratuita tomando en cuenta que había sido una interminable caída de proyectiles hostiles la que había acabado, durante la segunda guerra mundial, con parte de la historia arquitectónica de Viena obligando a levantar, durante ese tortuoso período de reconstrucción que sucede a todo conflicto bélico serio, aquellos bloques anodinos mencionados anteriormente. Curiosamente se vio invadido por un ataque de orgullo herido y no supo entenderlo ya que, hasta donde podía recordar esa no había sido su guerra, pero todos sabemos las vueltas que puede llegar a dar una vida y más una como esta tan inclinada a las transformaciones, asunto del que podrá dar constancia el lector si la paciencia y algo de benevolencia le permiten continuar con la lectura de este relato. En cuanto a sus reminiscencias de vecindad, a las cuales nos vemos forzados a regresar, algo había de idílico, y por lo tanto de anhelante, en todo aquello y lo más seguro, porque la mente es así de caprichosa, es que en el fondo poco tuviera que ver con criterios urbanísticos de lado y lado. De pronto, interrumpió sus evocaciones porque curiosamente aquella vecina de grandes pechos empezó a parecerse demasiado a la mamá de todas las tetonas, aquella de Amarcord, la película de Federico Fellini que, años más tarde, despertó en él la fascinación por Europa. Se descubrió, en sus recuerdos, con las facciones del chico de la película y ya no supo reconocer su propia vivencia. Además, no podía tener doce años cuando ocurrió el terremoto. Tenía que haber sido más adulto, al menos dieciséis años, pero algo en su subconsciente relacionaba su deseo infantil con el sismo. Ambos habían sido los estremecimientos más perturbadores de su primera vida ya que, por un lado, el temblor en sí no había causado tanta inquietud en su alma como la atmósfera de indefensión colectiva que invadió su calle una vez culminado el evento geológico y era ese privilegio de percibir el miedo a través de los otros, como si se tratara de un ejercicio catártico, el que había abierto en él un impulso vital hacia la observación de la otredad y el anhelo de imitarla. Y por otro lado la imagen de su rostro hundido entre las enormes tetas de la vecina provocaba en él un efecto de sagrada unción que lo inmunizaba contra todo mal permitiéndole actuar bajo el más libre de los albedríos. Aunque su situación actual contradijera sus convicciones. Los ojos le dolían. Se los imaginaba sangrantes debido a la fiebre. Trató de cerrarlos
para descansar de tanta claridad libre de humo. Entonces empezó a tiritar y le resultó absurda esa reacción del cuerpo que, ni en el invierno más crudo, había llegado a experimentar. Tenía que ser en este paraje prehistórico que se presentara por primera vez el acto involuntario del castañetear de sus dientes. Algo similar, siguió recordando, fue lo que sintió cuando se vio amenazado por primera vez –fueron escasas pero determinantes las situaciones de peligro que experimentó a lo largo de su vida– enfrentado a un contingente policial casi de manera involuntaria. Para evitar el golpe del rolo sobre su espalda, se propuso como informante de la Dirección de Seguridad Política para desarticular las acciones subversivas que estuvieran gestándose en el liceo con el apoyo de quién sabe qué grupo guerrillero y desestabilizador. Ese día conoció al comisario Mármol. Una especie de tutor en el arte del contraespionaje. Ese ser ambiguo de las novelas de intriga cuya noción del bien y del mal se flexibiliza en procura de alcanzar los fines. El jefe que entrena, informa y a la vez le oculta los datos más esenciales al nuevo espía. La columna vertebral de la intriga, tan necesaria en la lucha contra la expansión comunista. Pero ahora no era él un simple liceísta temeroso sino un experto en el arte de la infiltración, ni Mármol era ese mediocre corrupto con una pistola como única cualidad, sino el cerebro de una organización internacional capaz de manipular presidentes y monarcas, porque John Le Carré y Frederick Forsyth también formaban parte de esa maraña de ilusiones confundidas con recuerdos en una noche amazónica y agónica. Se hizo hombre el carajito, sentenció Mármol al recibir el primer informe sobre unas pintas que pensaban plasmar en las paredes de la avenida Libertador exigiendo la restitución de la autonomía universitaria. Allí se bebió su primer cubalibre, rodeado de detectives e informantes pertenecientes a otros centros educativos. Bébete otra que en lo que se descuide le dejamos el pelero a Mujica para que pague él solito la cuenta. Dos cosas aprendió ese día, la primera que no duele la traición si no te sientes involucrado, la segunda, que siempre sale un pendejo a la calle dispuesto a dejarse abusar. Mosca carajito, que no seas alguna vez tú el pendejo.

Al caer la noche creyó comprender cómo el extraño olor que desprendía su sudor, y que probablemente era consecuencia del veneno, podía ser la razón por la cual la gigantesca alfombra de hormigas que crecía a su alrededor no se decidía a atacarlo. Pasó la noche entre el delirio y la vigilia, entre el sueño y el recuerdo, confundiendo hechos y deseos de un modo que resultaba despiadadamente coherente al tratarse del balance final de su paso por el mundo. Cuando empezó a amanecer ya le era casi imposible tomar aire. Resignado, se imaginó a las puertas de algún cielo dónde el rostro de la que había sido su niña simbolizaba quizás su único arrepentimiento. Un portero inflexible preguntó en alemán por su nombre y él, haciendo una venia al delicioso camaleón escapado de la mente de Woody Allen respondió al vacío: Zelig. Inmediatamente después intentó pronunciar su verdadero nombre. Barajó dos posibilidades aunque una tercera insistía en ganar un puesto en la cola. Daniel y Camilo disfrutaban de privilegios en su subconsciente mientras que Manfred se replegaba a uno de los tantos oscuros rincones reservados a los engañosos juegos de la psique, donde conviven las alucinaciones, los espejismos, los vapores etílicos y algún distraído déjà vu, como el que experimentaba mientras moría. En una última introspección buscó el rincón del subconsciente donde se hallaba resguardado su yo auténtico pero encontró la puerta cerrada. Dejó de sentir dolor con la interrupción del proceso respiratorio. Convertido
ahora en el protagonista de un cuento de Horacio Quiroga y sin fuerzas para luchar dejó que la vida lo abandonara sintiendo todo el peso del universo sobre su pecho, justo en el momento en que las primeras
hormigas empezaban a cubrir su cuerpo vacío. Aún después de muerto aquel cadáver pretendía ser el párrafo final de una novela de García Márquez.

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