José Negrón Valera
I LA MEMORIA DE LOS HUESOS
1
Unos niños fueron los primeros en llegar. Le hacían ademanes a la policía desde lo alto de la colina y señalaban un punto específico del terreno empantanado que se abría unos metros más adelante. Se rehusaron a acompañar a los oficiales aun cuando estos los amenazaron con que, si aquello era una broma o les hacían perder el tiempo, la pagarían. Los niños no querían volver allí. No estaban muy seguros de lo que habían visto, pero intuitivamente algo les decía que aquel amasijo de carne descompuesta era muy diferente a los cuerpos de animales pequeños que dejaban quienes practicaban rituales de espiritismo y santería. Un sargento ordenó a su subalterno que fuese él a cerciorarse del hallazgo.
El pequeño y desgarbado hombre se mantuvo firme y no replicó. Le dirigió una mirada de reproche al grupo de niños mientras trataba de seguir los dedos infantiles que apuntaban a un lugar que ya comenzaba a sentirse como la frontera de un sueño. Bajó por la colina y resbaló al menos un par de veces en el descenso. En ocasiones, volvía la vista a los niños para orientarse y no perder el rumbo, hasta que llegó a un pequeño pantano oculto por una piedra llena de musgo sobre el que caían enredaderas. Un olor intenso, a tierra húmeda mezclada con agua estancada agudizaron su atención y fue cuando tropezó con un bulto que desentonaba con la geografía. Tomó una rama del suelo y exploró con desdén, hasta que encontró las señas inequívocas de su especie. Mantuvo el temple en el camino de regreso y esta vez, en la escalada, no tropezó una sola vez. Cuando tuvo al sargento enfrente le dijo «Allí hay un muerto».
2
El aeropuerto internacional de Maiquetía estaba particularmente abarrotado ese lunes. Lorena Díaz se había puesto una falda y unas zapatillas bajas que pensaba le hacían lucir más delgada que si usara sus botas militares. Estaba nerviosa y se frotaba las manos cada vez que revisaba la cartelera de llegadas y salidas. El humo de cigarrillo que flotaba hasta las bancas de la sala de espera atentaba contra su objetivo de completar un mes sin fumar. Fue hasta una venta de dulces y se compró dos barras por pura ansiedad. Se las comió mientras revisaba los libros más vendidos de la temporada. Tomó unas revistas de farándula que revisó por encima mientras masticaba los granos de maní. Se detuvo en un reportaje que mostraba una hermosa pareja de jóvenes de la socielités caraqueños. Dobló la hoja y guardó el chocolate en un bolsillo de la chaqueta.
Benita, la madre de Lorena, había escuchado del tal Pablo en la cena, mientras su hija le contaba sobre como había llegado a dar con su paradero. Sumergida en el televisor mientras la escuchaba, llegó a pensar que era alguna clase de novio que había enganchado a través de internet. De nada sirvió que la mañana de ese lunes, Lorena le aclarase que solo se trataba de un caso que necesitaba resolver, y que sería definitivo en su carrera. «Son asuntos netamente laborales los que me llevan al aeropuerto», le recalcó a su madre al dejar las botas militares bajo la cama.
Pagó los chocolates, la revista y volvió a la sala de espera. El vuelo desde Santiago de Chile llevaba una hora de retraso. Habló con algunos operadores aeroportuarios, pero ninguno supo darle mayores explicaciones. Sacó un bolígrafo azul del bolsillo interior de su chaqueta y abrió la revista en la hoja que antes había doblado, hizo dos grandes círculos en las caras de la joven pareja que posaba y cuyos dientes brillaban mucho más que la luz incandescente del aeropuerto. Hizo algunas anotaciones en los bordes y trató de ajustar su planificación previa, antes de que Pablo Linares cruzara por la puerta de desembarque. No tenía muy claro cómo luciría. Habían pasado más de veinte años desde que lo vio en una manifestación en el Ministerio Público, rogando porque el fiscal atendiera el caso de la desaparición de Silvana Guzmán. «¿Un crimen político?», escribió Lorena en la revista, haciendo memoria de las palabras de Pablo frente a las cámaras de televisión. El hombre desapareció por completo. Sin aficiones por las redes sociales digitales, Lorena no tenía sino una fotografía que había logrado recolectar de su expediente universitario y uno que otro video que algún nostálgico había colgado para que los internautas hicieran memoria de aquel tormentoso año 2001.
Una voz femenina encendió los parlantes del aeropuerto y se elevó la ansiedad de Lorena. «Vuelo 8151 desembarcando por la puerta 6». Seguía pensando en qué diría y cómo lo diría. Cuáles serían las primeras preguntas que habría que responder o cómo manejaría las emociones que brotaran luego de la información que le revelaría exclusivamente en persona. Volvió a cerrar la revista y entró al baño de mujeres para orinar y mirarse en el espejo en busca de una mancha de chocolate en los incisivos. En el pasillo central vio una aglomeración cerca de la puerta de salida. La gente se abrazaba y recibía a los viajeros en una mezcla de lágrimas, abrazos y sonrisas. Lorena se puso de puntillas para intentar reconocer a Pablo dibujando en su mente la única foto que poseía de él. A lo lejos, un hombre con barba de unos cuantos días y un bolso de excursionista se abría paso entre la gente. El sujeto se detuvo y Lorena leyó fastidio en su mirada. Caminó con paso firme hacia el sujeto y se puso frente a él. Ambos se miraron en silencio y respiraron con ansiedades desiguales. Él no hizo el mayor intento de sonreír cuando
Lorena arqueó sus labios para hacerlo. Se sintió tonta e insegura. Aun así, supo que contactarlo era la mejor decisión de las que pudo haber tomado.
—¿Pablo Linares?
El hombre apretó los labios y asintió sin pronunciar una palabra. Ella estiró su mano para saludar y él correspondió con firmeza.
—Soy Lorena. Lorena Díaz —dijo mientras lo miraba fijamente queriendo absorber cualquier microexpresión—. No has cambiado nada.
—¿Nos hemos visto antes? —Pablo ajustó el morral a su espalda para disimular que ponía su memoria a trabajar con mayor esfuerzo.
Ella achicó los ojos y quiso responder en aquel lugar atestado de taxistas en busca de clientes, de familias y parejas que volvían a reencontrarse, pero no le gustó el sentimiento que la invadió.
—Ya tendremos tiempo de ponernos al día —le dijo mientras le invitaba a seguirla a la salida del aeropuerto.
Eran las tres y media de la tarde y el sol lanzaba una onda de calor insoportable a cada centímetro de la Tierra. Lorena caminó hasta un sedán de cinco puertas y abrió la compuerta con el control remoto. Pablo guardó el equipaje e inspiró profundo antes de hablar.
—Quisiera verla cuanto antes —dijo desprovisto de emociones.
Lorena chequeó la hora en su muñeca y levantó la vista hacia un punto indefinido en el horizonte.
—El laboratorio forense cerrará en algunos minutos. Lo mejor es que busquemos un sitio para que descanses.
Pablo apretó los dientes y guardó silencio. De no ser por la fecha de su boleto, habría dado media vuelta y volado esa misma noche. Pensó que había sido un gesto inútil haber cedido a sus impulsos y regresar al país. Con cuidado de no ser visto, detalló a Lorena. Lentes de pasta, cuerpo pequeño, ropa que no combinaba pero que disimulaba bien sus volúmenes. Le llamaron la atención sus zapatillas y la revista que reposaba bajo el brazo.
La mujer estaba inmóvil frente a él, con la mirada lejos de aquel estacionamiento, mientras se decidía a contestar. Sintió un corrientazo que iluminó sus ojos por primera vez desde que aterrizó.
—Yo te conozco. Estudiamos juntos —dijo sin ceder a una expresión amable.
Ella sonrió y le dio un manotazo en el antebrazo que rompió cualquier formalismo.
—Allí está. Sabía que podía contar contigo.
3
El automóvil se sentía estable bajo el cuerpo de ambos. Sus amortiguadores resistían cada curva en dirección a la inclinada autopista Caracas-La Guaira. Pablo pensaba en la clase de motor que tendría y quiso preguntar, pero desistió. Había aprendido bastante de mecánica durante los primeros años de una travesía que lo arrojó en un pueblo de pescadores con gran vocación a la humildad y el anonimato. Lorena le lanzaba de vez en cuando una mirada rápida, tanteándolo. Lo sentía hosco y no muy dado a las cortesías, así que prefirió ser ella quien tomara la iniciativa.
—Apenas desde ayer tengo este carro. Así que no vayas a asustarte si en algún momento ves que no logro dominarlo.
Pablo dio una mirada hacia el interior del vehículo y pasó la mano por el tablero. Le dio dos palmadas suaves.
—Parece ser una buena máquina —contestó.
—No sé mucho de motores. Fui con todos mis ahorros, un préstamo y le dije al vendedor: “Quiero algo que me sirva para robar un banco” —Lorena se carcajeó.
Se sintió sola con su risa rebotando en una burbuja llena de apatía. Carraspeó dos veces e hizo silencio. Pablo percibió la tensión. Su ánimo no estaba para un pequeño acto de hipocresía y optó por callarse también. Después de unos minutos Lorena rompió la incómoda dinámica.
—¡Maldita sea, otra vez la cola de gasolina! —Su mirada atravesó el parabrisas y chocó contra una larga fila de vehículos que aparcaban frente a una estación de combustible—. Hoy no estoy de humor para esto.
Bajó la velocidad, mientras rebuscó en la guantera con urgencia. Sacó una placa atada a una cadena plateada que se colgó al cuello; presionó un botón que encendió los bombillos azules y rojos, junto a la inconfundible sirena policial.
Se ubicó en la entrada de la estación de servicio tocando la bocina. Pablo vio a los conductores levantar dedos medios con frenesí y golpear sus volantes con desesperación por la maniobra de Lorena. Un funcionario de la Guardia Nacional que no superaba los 20 años hizo señales al vehículo para que se detuvieran frente a un cono naranja. Lorena bajó el vidrio y mostró la identificación. El muchacho se quitó los lentes oscuros y detalló la chapa policial.
—Comando —dijo Lorena—. No puedo esperar.
—¿Estás de servicio?
—Lamentablemente. Tenemos el tiempo encima.
—Entiendo curso, pero hoy estamos cortos con la gasolina. Esta gente lleva horas esperando. Si te dejo pasar, me matan.
Lorena sonrió sin creerse lo que escuchaba.
—Anda, vale. Ha sido un día de mierda.
El muchacho asintió y se colocó los lentes oscuros. Quitó el cono de seguridad y respondió con un grito a esa bola de energía brutal que provenía del resto de conductores: «Le vamos a prestar apoyo a la Oficial». Lorena llegó a la estación, puso gasolina y se bajó a la tienda. Volvió con tres botellas de refresco y una bolsa de maní. Entró al carro donde la esperaba Pablo. Le dio una de las bebidas y esperó. El Guardia Nacional llegó y ella le entregó el maní y la última bebida.
—Revisa la bolsa —dijo.
El hombre empezó a buscar en el interior y agradeció con los ojos brillantes. Lorena arrancó el vehículo y se alejó por la autopista. Pablo dejó pasar algunos kilómetros para incorporarse a lo que acababa de ocurrir.
—¿Le diste dinero? —preguntó.
—Sí, chamo, tenemos prisa. No podemos darnos el lujo de perder tres horas para poner gasolina.
—No tenía idea de que había problemas con el combustible.
El rostro de Lorena se desprendió de la ruta y se enfocó en Pablo. Su expresión era de verdadera sorpresa. Una muy sincera y que superaba a lo que había pensado de su acompañante.
—Tú verdaderamente te desconectaste de este país, ¿cierto? —preguntó sonreída— ¿Veías noticias? ¿Algún titular?
—La verdad es que hice lo imposible para evitarlo.
—Sí, sí, tu madre algo me dijo.
Pablo se mantuvo callado ante la mención familiar. Miró al frente y detalló el cambio de vegetación, conforme dejaban la zona costera y la línea montañosa avisaba su proximidad a la capital. Para Lorena no pasó desapercibida aquella reacción.
—Nada más le pedí información sobre tu última ubicación. Creyó que saber lo que había ocurrido con Silvana sería importante para ti. Después de eso hice algunas llamadas y logré ubicarte. ¡Tampoco es que te fuiste al Congo!
—Detén el auto, por favor.
—¿Qué pasa?
—Solo detente. Necesito bajar.
Lorena utilizó sus habilidades para evitar dos camiones al cambiar de canal. Pablo abrió la puerta y se bajó cerca del barranco. Caminaba de un lado a otro con las manos en la cintura, inspirando fuerte, con los ademanes y actitud de quien quiere detener un ataque de pánico. Ella puso las luces intermitentes, bajó presurosa y acomodándose la chaqueta. Se acercó lentamente hasta donde Pablo seguía con sus
esfuerzos de autocontrol.
—¿Qué quieres de mí? Creo que todo esto es un error. Nunca debí aceptar volver.
Lorena lucía impasible mientras Pablo seguía haciendo reclamos a su falta de voluntad, por no resistirse, y por volver. Ella esperó sin dejar que la reacción de Pablo la quebrantara.
—A Silvana la mataron, Pablo. Estuve en el laboratorio cuando la trajeron, o lo que quedaba de ella. Tuve la dolorosa oportunidad de confirmar su identidad.
—Entonces, ya está —gritó él—. Nada de lo que hagamos la va a revivir. ¿Qué carajo quieres de mí?
Lorena se acercó más para intentar apaciguarlo. Puso una mano en su hombro y suavizó el tono de voz.
—Creo que mereces estar en su funeral. Además, serías de mucha ayuda para encontrar al responsable de ese horror. Tengo la intuición, o la corazonada, de que su crimen no es azaroso.
—Por Dios, deja de hablar —La voz de Pablo se quebró.
Lorena terminó de arroparlo con su brazo entero y lo acercó a su cuerpo. Se quedaron un rato allí, en silencio. Volvieron al carro y se incorporaron de nuevo al flujo de vehículos. Lorena le entregó a Pablo un chocolate.
—Anda, que al cuerpo hay que meterle serotonina.
Pablo aceptó y se la comió con ganas. Ella lo supervisó como el enfermero a su paciente. Volvió a rebuscar en su vehículo y le alcanzó la revista. En el reportaje marcado, aparecía una pareja cuyos nombres, Paula Guzmán y Augusto Zuloaga, enmarcaban lo que parecía una exitosa entrada a la mediana edad. Pablo reconoció el palpitar que acontece después de divisar alguien conocido, revisó los párrafos subrayados y las anotaciones de Lorena en los bordes. Las palabras «candidatura presidencial» estaban enmarcadas con especial cuidado por el trazado azul del bolígrafo.
—Estoy reconstruyendo el pasado, Pablo. He hablado con personas que conocieron a Silvana, gente de la universidad, su padre. Necesito detalles de esos días para la investigación. He enviado solicitudes para entrevistar a su hermana, pero su asistente solo me da evasivas. Que si está en Nueva York, que si va saliendo a la semana de la moda de Berlín.
—Tendría, no sé… que volver sobre esos recuerdos… —La voz de Pablo se fragmentó un poco.
—No te preocupes. Tómatelo con calma.
Lorena estacionó el vehículo frente a un hotel cerca de Plaza Venezuela. El botones recibió las llaves, mientras ella guiaba a Pablo y su única maleta hacia la recepción. Se identificó y pidió por la reservación a su nombre. El encargado les alcanzó unas planillas de entrada y luego las dos llaves de habitaciones contiguas. Fueron hasta el ascensor y subieron hasta el quinto piso.
—Supongo que quieres descansar un poco —dijo Lorena mientras entregaba la llave de la habitación.
—Quisiera bañarme, no creo que pueda dormir. También quisiera algo de beber.
—¿Agua? En la nevera de la habitación puede que haya.
Pablo bajó la mirada. De pronto se sintió avergonzado al no poder contener aquel impulso. Lorena entrecerró los ojos, creyó recomponer algunas piezas y supo que aquel hombre necesitaba algo más fuerte que una gaseosa.
—Nos veremos en el lobby a la hora de la cena. Telefonea cuando estés listo. Así nos pondremos al día. ¿Tienes fecha de regreso?
—Compré el boleto para pasado mañana.
—De acuerdo. Es tiempo suficiente, espero.
Antes de que ambos desaparecieran del pasillo, Lorena le silbó a Pablo desde la puerta de su propia habitación.
—Gracias por volver.
Pablo la miró un segundo y respondió con un deseo.
—Necesito un trago.
