literatura venezolana

de hoy y de siempre

El diario de Macarea (selección)

Sep 6, 2022

Esmeralda Torres

¿Quién me llama, quién me enciende ojos de leopardos

en la noche de los tamarindos?

Vicente Gerbasi

  

La desesperación de los relojes

Madre, afuera ya no se ven los pájaros

me he asomado y el cielo está limpio de vuelo.

El malabar se secó y el pan es agrio, como de esponja.

Los huesos de la casa crujen cuando los golpea el Siroco

solo persisten la frágil transparencia y las blancas paredes del olvido.

 

Pero yo he venido a buscarte.

¿Te acuerdas cuando por las tardes nos mandabas recoger

la piel de los lagartos y la culebra blanca?

Hay en el farallón una hoguera que solo alumbra el frío

y ahora ya nada es nuestro.

Junto a tu memoria se detuvo también la desesperación de los relojes.

La quebrada no moja las piedras altas del cauce

la tierra se abrió y se tragó lo que sobre ella habías mandado amontonar.

 

Todavía, cuando quiero decir la palabra noche

me brota un lirio.

Cuando el sol no se oculta

me tajo los brazos con el filo de la palabra miedo.

 

Por eso he venido a refugiarme en el cuarto de los trebejos

donde prohibías entrar para dejarme tan bellamente sola y sin perdón.

 

 

Blusa  a rayas           

Entra por quinta vez a la habitación de mi hermano

que nadie habita hace más de una década.

Aquí el tiempo hay que nombrarlo, medirlo, gritarlo

para no perdernos en el laberinto

de esta memoria frágil de papel de nácar.

Tirada en la cama que antes fue de él

ensayo no morirme en cada arcada y una tos incesante.

Un rugido con flema y un ahogo

me convierten en una habitante cruel.

 

Por quinta vez me enseña su blusa a rayas

colgada de una percha antigua, gastada.

Si te gusta te la regalo, me dice,

con sonrisa de niña, de tía, de abuela,

de madrina, de vecina, de bruja

ninguna de madre.

Que no la quiero, repito

que es fea, oscura, vieja y fuera de moda.

Dura un instante su sorprendida ofensa

y ya, no la recuerda.

 

Deambula por la casa oscura,

por pasillos olvidados, confundida

y por sexta vez me encuentra

sobre la cama, tosiendo.

Me vuelve a ofrecer, con cara de extraña

si te gusta te la regalo, su blusa preferida

ya vieja, gastada, raída, fuera de moda.

 

Candela nocturna

Esta noche caen los tamarindos.

Espera la fatiga de un monótono sol

olvidado. Haz una hoguera en el patio.

Déjate guiar por la escarcha o la ceniza.

No le temas a lo igual ni a lo contrario.

Enciende velas como mástiles

y de la flama, guarda

para los días lejanos del invierno.

 

Esta noche caen los tamarindos.

No respondas al aullido de la onza

ni a la raposa escapada de la tiniebla.

¿Eres quien soñó con un vino de orugas?

Espera. Esta noche caen los tamarindos.

 

 

Laguna estremecida

Desnuda, siniestra

como una lágrima de sangre.

Dulce amarga, como agua de laguna.

Mordida, como un labio estremecido.

Así vas Macarea, más allá del agua.

Hacia el tembloroso estanque que contiene

tu espíritu y tu deseo.

 

 

Silbidos en la noche

En el cuarto de los trebejos no se escucha tu llanto

Macarea, ni tus pisadas feroces.

Es la hora en que el abandonado está más solo

y en que el enfermo siente que va a morir.

Ha llegado la inevitable noche de los tamarindos

la que no se repite.

 

No deben temerle al silencio de lo oscuro, nos dijiste.

Va a llegar para cada uno la noche más negra, sentenciaste.

Tienen que ponerle un nombre y prepararse para transitarla.

Estarán solos y de esa oscurana no se vuelve.

Si escuchan un silbido esa voy a ser yo.

 

Al fin lo que anunciaste se ha cumplido.

Pero desde afuera solo me llega un rumor sofocado, madre

semejante al de la soledad y al del olvido.

Sobre la autora

*Fragmento del libro con el que la autora obtuvo el primer premio en el Concurso Nacional de Literatura Solar (2022). Foto: Geczaín Tovar Andueza

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