Esmeralda Torres
¿Quién me llama, quién me enciende ojos de leopardos
en la noche de los tamarindos?
Vicente Gerbasi
La desesperación de los relojes
Madre, afuera ya no se ven los pájaros
me he asomado y el cielo está limpio de vuelo.
El malabar se secó y el pan es agrio, como de esponja.
Los huesos de la casa crujen cuando los golpea el Siroco
solo persisten la frágil transparencia y las blancas paredes del olvido.
Pero yo he venido a buscarte.
¿Te acuerdas cuando por las tardes nos mandabas recoger
la piel de los lagartos y la culebra blanca?
Hay en el farallón una hoguera que solo alumbra el frío
y ahora ya nada es nuestro.
Junto a tu memoria se detuvo también la desesperación de los relojes.
La quebrada no moja las piedras altas del cauce
la tierra se abrió y se tragó lo que sobre ella habías mandado amontonar.
Todavía, cuando quiero decir la palabra noche
me brota un lirio.
Cuando el sol no se oculta
me tajo los brazos con el filo de la palabra miedo.
Por eso he venido a refugiarme en el cuarto de los trebejos
donde prohibías entrar para dejarme tan bellamente sola y sin perdón.
Blusa a rayas
Entra por quinta vez a la habitación de mi hermano
que nadie habita hace más de una década.
Aquí el tiempo hay que nombrarlo, medirlo, gritarlo
para no perdernos en el laberinto
de esta memoria frágil de papel de nácar.
Tirada en la cama que antes fue de él
ensayo no morirme en cada arcada y una tos incesante.
Un rugido con flema y un ahogo
me convierten en una habitante cruel.
Por quinta vez me enseña su blusa a rayas
colgada de una percha antigua, gastada.
Si te gusta te la regalo, me dice,
con sonrisa de niña, de tía, de abuela,
de madrina, de vecina, de bruja
ninguna de madre.
Que no la quiero, repito
que es fea, oscura, vieja y fuera de moda.
Dura un instante su sorprendida ofensa
y ya, no la recuerda.
Deambula por la casa oscura,
por pasillos olvidados, confundida
y por sexta vez me encuentra
sobre la cama, tosiendo.
Me vuelve a ofrecer, con cara de extraña
si te gusta te la regalo, su blusa preferida
ya vieja, gastada, raída, fuera de moda.
Candela nocturna
Esta noche caen los tamarindos.
Espera la fatiga de un monótono sol
olvidado. Haz una hoguera en el patio.
Déjate guiar por la escarcha o la ceniza.
No le temas a lo igual ni a lo contrario.
Enciende velas como mástiles
y de la flama, guarda
para los días lejanos del invierno.
Esta noche caen los tamarindos.
No respondas al aullido de la onza
ni a la raposa escapada de la tiniebla.
¿Eres quien soñó con un vino de orugas?
Espera. Esta noche caen los tamarindos.
Laguna estremecida
Desnuda, siniestra
como una lágrima de sangre.
Dulce amarga, como agua de laguna.
Mordida, como un labio estremecido.
Así vas Macarea, más allá del agua.
Hacia el tembloroso estanque que contiene
tu espíritu y tu deseo.
Silbidos en la noche
En el cuarto de los trebejos no se escucha tu llanto
Macarea, ni tus pisadas feroces.
Es la hora en que el abandonado está más solo
y en que el enfermo siente que va a morir.
Ha llegado la inevitable noche de los tamarindos
la que no se repite.
No deben temerle al silencio de lo oscuro, nos dijiste.
Va a llegar para cada uno la noche más negra, sentenciaste.
Tienen que ponerle un nombre y prepararse para transitarla.
Estarán solos y de esa oscurana no se vuelve.
Si escuchan un silbido esa voy a ser yo.
Al fin lo que anunciaste se ha cumplido.
Pero desde afuera solo me llega un rumor sofocado, madre
semejante al de la soledad y al del olvido.
