literatura venezolana

de hoy y de siempre

Dos monstruos juntos (fragmentos)

Boris Izaguirre

CAPÍTULO 1: LOS HAMPTONS NUNCA JAMÁS

Patricia siempre ha escrito rápido. Y con pésima caligrafía. Su hermana, Manuela, debe llamarla por teléfono para que «traduzcas lo que has escrito». A pesar de ese defecto, trauma casi, Patricia le escribe, con una pluma que convierte sus letras en anárquicos dibujos, una carta antes de facturar en el vuelo de British Airways a Londres desde Nueva York.

Esta será la última vez que [ilegible] en los Hamptons, Manuela. Me he aburrido como una ostra yendo de casa en casa, sonriéndole a gente que promete que invertirán su dinero en el restaurante y a los que tienes que llamar al día siguiente para recordarles lo que te han prometido borrachos de martinis, cosmopolitans y gin tonics aguados por el hielo derretido. Lloro, sí, aunque no lo creas, cuando te imagino en las mismas fiestas suplicando sponsors para tus proyectos puntocom. ¡Voy a coger la agenda de los Hamptons y lanzarla desde el avión al fondo del océano! Solo conservaré los teléfonos de John y Debbie, sobre todo el de Debbie, tan rubia como yo pero más escandinava, como se supone que yo debería haber sido, ja, ja [ilegible] no te escribo más porque no recordaré tampoco la mitad de lo que garabateo con esta pluma. Te quiero. Londres será magnífico. Y los Hamptons una línea de playa con gente fastidiosa deteniéndose sobre la arena, asustados, acaso, de vernos alejarnos sobre las olas.

Patricia sobrevuela la carta; no se entiende nada y seguramente por eso no pasará nada si deja el recuerdo de la mala experiencia de su hermana con las empresas puntocom. Un pésimo, pésimo recuerdo para Manuela. Vamos, estuvo a punto de quedarse en la calle a principios de 2000. Pero no hay nada peor en una carta escrita con estilográfica, y encima con tinta verde, que tachar una palabra. «Suplicar» es muy fuerte, una palabra que distingue profundamente a Patricia de Manuela. Patricia jamás suplicaría, ni siquiera por perdón. Patricia siempre ofrece y luego dispone. Entre «suplicar» y «sponsors» ha dejado algo de espacio para agregar una palabra que resuelva el entuerto. Falta poco tiempo para embarcar, hace calor, el fast track, ese invento post 11 de septiembre para, supuestamente, acelerar la inmigración de los que viajan en business, está, como siempre, colapsado. Y esa es la palabra que dibuja, cuidadosamente, sobre las letras donde antes escribió «suplicar». Mira la frase nueva: «Lloro, sí, aunque no lo creas… colapsada con sponsors para tus proyectos puntocom.»

Sella el sobre con sus labios. Lo entrega a la funcionaría negra de gesto avinagrado. Comprensible, acepta Patricia en su pensamiento veloz, porque ha esperado a que escribiera la carta a Manuela y luego efectuara estos cambios de última hora con una paciencia más bien inquietante. Si ella fuera la negra funcionaría, algo absolutamente improbable pero formaba parte de un juego silencioso que Patricia adoraba practicar, sería no solo más amable, sino también ocurrente. Por ejemplo, ella es la única persona en la ajetreada tarde que ha aparecido delante de ese mostrador para enviar unas cartas. La gente ya no escribe cartas, envía sms, llama, se proyecta en ordenadores adoptando su velocidad pero olvidando que todos los movimientos de ordenador dejan rastros. Enviar una carta sigue siendo algo íntimo, de mano a mano. Y que solamente puede ser entregada mediante orden judicial en caso de que sus palabras necesiten demostrar algún crimen.

—Es para mi hermana mayor, es muy tiquismiquis con las palabras —se excusa Patricia. La negra no dice nada. Ni siquiera con Obama, si llega a ganar, que para Patricia es totalmente probable, cambiará ese gesto, piensa. La negra pone el sello y de nuevo la fecha, 14 de septiembre de 2008. Mañana estarán en Londres y además de fiesta. La negra se queda mirándola, esperando que le entregue el grupo de sobres que también esperan un sello. Qué mirada más triste, piensa Patricia cuidadosa de que su propia mirada no desate un juicio por racismo. Obama ganará, está segura, porque demasiada gente es negra en el mundo. Y aun siendo tanta todavía se les denomina minoría. Cuando naces y creces como una minoría lo único que atesoras son resentimientos. Los resentimientos erradican el sentido del humor hasta que alguien aparece y tiene la gestualidad física exacta como para devolverte la risa. Cuando empiezas a reírte de ti mismo es cuando dejas de ser minoría. Y es cuando surge un negro como Obama, que no es completamente negro sino bastante chocolate con leche, que te provoca admiración, interés y encima habla fenomenal, con muchísimo vocabulario. Se ha embalado, Patricia tiene la habilidad de embalarse en una idea y estirarla hasta el hastío; en todo caso, el triunfo de Obama les pillará, a ella y a Alfredo, en otro país, de blancos, Europa otra vez, pero en inglés.

—¿Quiere sellar esos también? —le pregunta la negra en español. Patricia no esconde el disgusto en su mirada. ¿Cómo con estas facciones, siendo absolutamente rubia, ojos verdes y bastante saltones para su gusto, labios carnosos aunque medio rotos por el inclemente calor, puede la negra asumir que es española? No es que le moleste, sino que un instante como este serviría idóneamente para explicarle a Manuela por qué abandonaban Nueva York: nadie habla en inglés. Y hay tantos españoles y latinoamericanos compitiendo por hacerse con el control de la ciudad que, primero, ya no es novedad ser de Barcelona, mucho menos de Madrid, y todo el mundo te observa como si fueras un cruce entre Penélope Cruz y Jennifer López.

—Le he preguntado por los sobres —continúa la negra con indudable acento neoyorquino pero en castellano—. ¿Enviará esos también?

Los sobres son cinco. Las direcciones son más bien siglas, pero los países no pueden disimularse. No se puede escribir Aruba de otra forma. Ni Liechtenstein de otra. Pero, gracias a que Patricia piensa muy bien estas cosas, en esos sobres no figuran direcciones de bancos, sino de personas, aunque el destino final sean los primeros.

—Se me ha ido el santo al cielo —dice, muy castiza—. Rezo para que no se pierdan.

—US Postal Service jamás extravía. Enviaba cartas a mi padre todos los días a Colombia en los años noventa —sentencia la negra.

Patricia asiente y muestra su famosa sonrisa Patricia, dientes tan blancos y limpios que parecieran que jamás han probado carne alguna. Con la mirada sin emociones de la negra puesta en ella, Patricia revisa también la caligrafía y las direcciones de esos cinco sobres. Graziella van der Garde, que aunque lleve el mismo apellido, no es ella, en el sobre de Liechtenstein. Patricia v.d.G. en el de Aruba y tan solo un código postal. Las otras direcciones son menos evidentes: Río de Janeiro a nombre de María Jesús Cobo y una dirección en el barrio de Lagoa; la dirección de un banco en Londres y debajo de un nombre novelesco, «2monstersgether», una dirección más, de un barrio de Newtown, en Edimburgo.

—Muchos amigos —expone la negra.

—Sí, muchos —responde afable Patricia.

—Espero que no esté la última en subirse a un aeroplano —continúa la negra, ahora sí equivocándose a propósito en la elección de palabras.

—No, tenemos un retraso —dice al final Patricia con la voz de niña educada que siempre emplea cuando quiere algo de alguien.

pero en inglés.

—¿Quiere sellar esos también? —le pregunta la negra en español. Patricia no esconde el disgusto en su mirada. ¿Cómo con estas facciones, siendo absolutamente rubia, ojos verdes y bastante saltones para su gusto, labios carnosos aunque medio rotos por el inclemente calor, puede la negra asumir que es española? No es que le moleste, sino que un instante como este serviría idóneamente para explicarle a Manuela por qué abandonaban Nueva York: nadie habla en inglés. Y hay tantos españoles y latinoamericanos compitiendo por hacerse con el control de la ciudad que, primero, ya no es novedad ser de Barcelona, mucho menos de Madrid, y todo el mundo te observa como si fueras un cruce entre Penélope Cruz y Jennifer López.

—Le he preguntado por los sobres —continúa la negra con indudable acento neoyorquino pero en castellano—. ¿Enviará esos también?

Los sobres son cinco. Las direcciones son más bien siglas, pero los países no pueden disimularse. No se puede escribir Aruba de otra forma. Ni Liechtenstein de otra. Pero, gracias a que Patricia piensa muy bien estas cosas, en esos sobres no figuran direcciones de bancos, sino de personas, aunque el destino final sean los primeros.

—Se me ha ido el santo al cielo —dice, muy castiza—. Rezo para que no se pierdan.

—US Postal Service jamás extravía. Enviaba cartas a mi padre todos los días a Colombia en los años noventa —sentencia la negra.

Patricia asiente y muestra su famosa sonrisa Patricia, dientes tan blancos y limpios que parecieran que jamás han probado carne alguna. Con la mirada sin emociones de la negra puesta en ella, Patricia revisa también la caligrafía y las direcciones de esos cinco sobres. Graziella van der Garde, que aunque lleve el mismo apellido, no es ella, en el sobre de Liechtenstein. Patricia v.d.G. en el de Aruba y tan solo un código postal. Las otras direcciones son menos evidentes: Río de Janeiro a nombre de María Jesús Cobo y una dirección en el barrio de Lagoa; la dirección de un banco en Londres y debajo de un nombre novelesco, «2monstersgether», una dirección más, de un barrio de Newtown, en Edimburgo.

—Muchos amigos —expone la negra.

—Sí, muchos —responde afable Patricia.

—Espero que no esté la última en subirse a un aeroplano —continúa la negra, ahora sí equivocándose a propósito en la elección de palabras.

—No, tenemos un retraso —dice al final Patricia con la voz de niña educada que siempre emplea cuando quiere algo de alguien.

CAPÍTULO 2: POPEA AL FONDO DEL MAR

Un fallo en el motor del avión de la aerolínea británica los ha terminado por sentar en la aerolínea española. Todas pertenecen a la misma alianza, bautizada como «One World». Nunca existe un solo mundo. O, a lo mejor, si colapsa este que conoce, sí que empiece a existir uno solo donde todo esté perfectamente relacionado. Una peripecia provocará otra y una catástrofe será seguida por otra y una salvación por la siguiente, y los milagros acumulándose para estallar en múltiples repeticiones. Todo está conectado, Patricia, le repite esa misma voz, mitad hombre, mitad mujer mayor. Como en un menú, una entrada es seguida por un principal y de final un postre. Nada puede variar algo tan sencillo.

No hay casi británicos en el pasaje, lo lógico a esperar en un avión Nueva York-Londres. La mayoría son españoles, cargados de bolsas de Abercrombie & Fitch que comentan con aspavientos lo tirado que está el dólar. Peor aún, seis o siete han reconocido a Alfredo, «Ostras, el tío que les da de comer bien a los americanos». Se han hecho fotos y ella se ha refugiado en su larga melena. Está demasiado bien vestida como para dejarse fotografiar por freakies de la gastronomía.

Tiene por delante seis, casi siete horas de vuelo para pensar en si finalmente saludará o no al grupo de colegas de su pareja, que no marido. Pero ahora no quiere darle vueltas a eso. Desea despedirse de la que ha sido su ciudad los últimos siete años. Las seis de la tarde en Nueva York. Aunque sea 14 de septiembre es ya de noche. Al frente está la Estatua de la Libertad, luminosamente verde, con un último saludo antes de entregarlos al Atlántico. El avión gira y poco a poco la isla se convierte en una película y Patricia recuerda una canción que escuchaban repetidamente en Brasil aquellas vacaciones en Río como embajadores de la nueva cocina española en Nueva York. Era de Eliana Printes, hablaba sobre gente muy enamorada, como ellos, y cantada en ese portugués que recuerda atardeceres larguísimos. Aunque no llegue a escucharla de verdad, la recuerda perfectamente sobre ese Manhattan que la despide. «Qué regalos te daría —comenzaba— para iluminar los malos pensamientos.» Y se gira hacia él, para verle y compartir la despedida y allí está, rodeado por esa frase: Alfredo. Tan bello. No puede evitarlo, siempre la misma frase, día o noche, año tras año, triunfo tras triunfo, como un sortilegio: Alfredo… tan bello.

—Tienes cara de estar pensando algo muy malo —le dice. Patricia se sonríe y toma su mano, se incorpora un poco y alcanza a besarlo en la mejilla. La nariz tan recta y el sonido de su respiración, fuerte sin ser áspero, y el olor de su piel, a nada más que a él, a Alfredo. El espacio entre la nariz y la boca es un surco amplio, caben dos, casi tres de sus dedos de mujer enamorada. Y luego los labios, prominentes, generosos.

La Estatua de la Libertad sigue allí, ahora casi sonriente, y el Puente de Brooklyn baila rodeado de sus luces.

—¿Por qué vais a abandonar Nueva York si a Alfredo le va de cine con el restaurante?

Patricia se refugia en su recuerdo, en la voz de su hermana Manuela durante su última visita a Nueva York, con las cajas de la mudanza a la puerta del 12.° B de la calle 16 con la Octava Avenida.

—Porque Nueva York está a rebosar de españoles. Queremos ir a una ciudad donde no haya españoles —recuerda Patricia haber respondido. Su hermana la miró como si se le hubiera ocurrido vomitar sobre su mejor vajilla durante una de sus cenas para cautivar nuevos inversores.

—¿Estás hablando en serio? —preguntó Manuela.

—Sí, totalmente. Por eso hemos escogido Londres.

—Allí también hay españoles, Patricia. No me jodas.

—Pero no se quedan. Les asusta el clima. Llegan y lo primero que dicen es que no pueden con la lluvia y la falta de sol. Se quejan de la comida, de los horarios de los restaurantes. Londres les irrita. Vienen, van a las tiendas y todo les parece caro y al final regresan al sol de España, a la tortilla y al vino y al gin tonic a cualquier hora. Por eso nos vamos. Bye Bye, New York. Hello, welcome, London.

Patricia recuerda la frase completa, incluso cómo decidió terminarla con un brazo en alto, a lo Liza Minelli, y una sonrisa que fue apagándose ante la cara ofuscada y molesta de su hermana mayor.

—Te estás quedando conmigo —recuerda que bufó ella.

—Es una aventura, Manuela. Alfredo y yo vamos a iniciar una aventura,

eso es todo. Siempre quieres explicaciones y esta es la mejor que tengo: Nueva York está lleno de españoles, nadie habla inglés anymore sino una mezcla absurda de los dos idiomas que parece una lucha intestina: cada lengua mordiendo a la otra para que al final no se hable ninguna. Necesitamos volver a Europa, Alfredo lo siente así y yo le acompaño, como he venido haciendo desde hace ya diez años.

—Doce —le corrigió su hermana—. O te has vuelto loca o todavía disfrutas tratando a los demás como si fuéramos más idiotas que tú, solo que creo que esta vez no puedes sostenerte un segundo más con una explicación tan absurda como esa.

—Vamos a aprovechar la convención de mix mixers, donde a Alfredo lo reciben cada año como si fuera Dios. Y entonces, en vez de regresar, nos quedaremos. Alfredo tiene cita con los inversores, está casi cerrado; nada más llegar tendremos llave en mano un maravilloso local entre Knightsbridge y Chelsea. Es una calle preciosa y, si sale bien, generará también un centro culinario.

—Un centro culinario en Londres es perder el tiempo. Todo el mundo dice que no hay dinero, Patricia, que se acabó el sueño.

—Tú siempre tan pesimista. Ellos apuestan por nosotros, tenemos cerrados ya mil detalles del proyecto. Será llegar, inaugurarlo, ponerlo en marcha y listo. No es tan complicado… Los ingleses se vuelven locos con Alfredo. Además, no tenemos hijos, podemos movernos de aquí para allá.

Alfredo empezó su carrera como mix mixer cuando todavía se le llamaba barman. Su físico, sus brazos y dientes le ayudaron mucho. Programas de televisión y una pasantía muy breve pero explotada al máximo en el restaurante del Innombrable, hicieron de Alfredo Raventós, el nuevo prodigio de la cocina española. O, para otros, el niño mimado, el eterno aspirante al puesto de segundo mejor chef innovador de toda España. Fuera de España sería el rey de las cacerolas en Manhattan, el cocinero más guapo o el «gorrito sexy», como le describieron una vez en una revista de modas y, al leerlo, Patricia supo que ese nombre le perseguiría para siempre. Tan pocos años, en realidad, y tantos nombres ya, tantos viajes, tanta información.

Patricia se dejaba llevar por un nuevo tren de pensamiento, como llamaba, tomando prestado del inglés, a sus ofuscaciones. Si pudiera ir también hacia atrás, se encontraría igual de rubia y delgada trabajando para un experto relaciones públicas de Barcelona y divirtiéndose con las locuras de David, el hermano de Alfredo, insuperablemente gay, indiscutiblemente menos guapo que su hermano heterosexual, castigado por esta cruel indelicadeza de la naturaleza. David y ella fueron inseparables, como les gustaba decir. Barcelona

les adoraba por los vestuarios de ella, por el rubio de su pelo, por su aspecto de inmejorable pedigrí y la fealdad y quejica ternura de David. «Tienes que conocer a mi hermano, tienes que conocer a mi hermano, tienes que conocer a mi hermano», repetía cada noche David. Y Patricia poco a poco empezó a ver más y más fotografías de Alfredo y de los hermanos Casas en la prensa. Eran guapos los tres, dedicados a eso tan extrañamente sexy como la cocina. «Tienes que conocerlo, de verdad, Pat, de verdad», imploraba el perrito faldero gay, y ella sacudía la melena ajustándose un body lila debajo de una chaqueta azul eléctrico cuando ambos colores eran considerados lo peor de lo peor. «Divina, rebelde, única, Patty, Patricia van der Garde», exclamaba David con sus palmaditas y saltitos saliendo a la calle Verdi y de allí al corazón de la alta sociedad. «Tienes que conocer a mi hermano.»

Se arremolina bajo la manta de la aerolínea, del mismo color que el alfombrado, quizás un poco más naranja y con la corona de España entretejida en un ángulo. Nunca lo había notado, la corona tan explícita. Pero no debe pararse en esos detalles, tiene que concentrarse. Debería repasar quiénes son los cocineros que les acompañan: Miguel y Fernando, sí, los hermanos Casas de aquellas fotos del principio. Todo el mundo dice que compiten en belleza con Alfredo, aunque en realidad es el talento de su novio lo que les obliga a marcar músculo desde hace décadas. «Todo lo que toca Alfredo, turns blonde», decían, haciendo alusión al rubio del pelo de Patricia. Sí, sí, muchas risitas pero en verdad Alfredo y ella no solo convenían en realidad sus sueños, también generaban dinero. Dinero. «Lo hacéis parecer todo tan fácil, vuestro éxito, vuestra belleza, vuestra unión», también le había dicho Manuela.

—¿De qué te ríes? —quiso saber Alfredo, entrecerrando sus maravillosos ojos, pardos, un fondo verde, como un lago que se alimenta de un sol menor.

—Del Innombrable, que me desprecia —dijo Patricia.

—Sabes que eso no es verdad. Siempre pregunta por ti y por cuándo nos vamos a casar. —Alfredo se entretiene intentando entender el mando del asiento.

—Buena cuestión, y ¿qué le respondes?

—Que no creemos en el matrimonio —dice él abriendo mucho los ojos y llevándola muy dentro de ellos. Patricia no tiene respuesta. Porque es su respuesta, la que siempre ofrece, aun sin cepillarse los dientes, cuando Alfredo insiste en el tema. No van a casarse jamás.

—Creo que sabe que le llamamos el Innombrable —soltó, aguantando una risita—. ¿Se lo has dicho tú?

—No, pero los hermanos Casas leen nuestra mente desde que sales conmigo —respondió Alfredo.

Los hermanos Casas viajan, siempre juntos, unos asientos más adelante. Afortunadamente, tienen fama de dormirse atufados de pastillas por el miedo a volar y, también, fama de cocinar con resaca de otro tipo de pastillas. Explotan al máximo los restos de su juventud díscola. Todo el mundo sabe que Patricia fue medio novia de uno de los Casas, Miguel, y novia bastante oficial de Fernando, el otro hermano. Barcelona es una ciudad pequeña. Manhattan también, Londres, a lo mejor, igual. Todas las ciudades se hacen pequeñas cuando eres Patricia.

Han esquivado la cena. Nunca cenan en la aerolínea donde cocina el Innombrable para evitar opiniones. El mundo de los chefs está lleno de rumores y maledicencias. Alfredo y Patricia cuidan mucho lo que se diga que hayan dicho. Son los bellos Alfredo y Patricia, educados y encantadores hasta el final, cada día, todos los días.

—Todos miran la película de Sandra Bullock —dice él.

—No somos todo el mundo —responde ella, y Alfredo le dirige su espléndida sonrisa; el olor de su colonia subiendo por sus hombros, hacia el cuello. Le abraza. Se abrazan.

—¿Tienes miedo? —le pregunta.

—¿Miedo de qué? —responde ella colgada de su cuello, la cabeza apoyada cerca de su nuez, sintiéndola latir.

—De Londres —dice, la voz relajada, profunda.

—Es nuestro sueño, ¿no? ¿Cómo vamos a tener miedo de un sueño? —pregunta Patricia escrutando sus ojos.

Patricia se sobresalta, al fin las turbulencias, pero en realidad es el primer dedo de Alfredo acercándose a su vagina por debajo de la manta de la aerolínea. Poco a poco la mueca de niña revoltosa va formándose en sus labios y sus delgadas y suaves piernas aprisionan el largo y bien formado dedo de su amor. Abre los ojos y allí están los suyos, cómplices, muertos de risa y ganas. «Es que Alfredo es demasiado perfecto», siempre le había reprochado su hermana Manuela. Patricia tiene que reconocerlo, por eso lo escogió, por bello pero también por cómo le sentaba todo, la ropa, el pelo, incluso los zapatos equivocados que no lo parecían tanto gracias a su forma de caminar. Y su voz, ronca, no muy grave, escondiendo una coqueta vulnerabilidad. Y la también coqueta timidez cubriendo a su vez el secreto que imaginaba en Alfredo. Por eso le quería, porque adivinaba que si ella escondía un secreto, él igualmente ocultaría otro y mantener vivo ese manto de medias verdades sostenía el equilibrio de su pareja. Y ahora la manera en que introducía sus dedos dentro de ella en primera clase; la película de Sandra Bullock empezando. Va a gritar, Alfredo prácticamente tiene su mano dentro de ella y la mueve como si los dos estuvieran entonando entre susurros una canción con mucha percusión. Se ríe encantada, sus carcajadas amortiguadas como un galope, y Alfredo la secunda. Debe de tener una erección y ella no sabe cómo mover sus manos debajo de su manta para estrecharla. Pasa una azafata mirando al frente y los dos se aquietan, Patricia observa una gota de sudor deslizarse por el cuello de Alfredo. Disfruta de la nuez, que es pronunciada y que ella siempre ha imaginado oscura, oculta semilla del mal bajo su piel blanca. Y arranca de inmediato el tren de pensamiento de alta velocidad: los dedos de Alfredo en su vagina, recorriéndola como si fuera un ascensor lleno de botones. Un tazón de gominolas de todos los colores, una selección de dim sum humeantes. La pasta de uno de sus raviolis rellenos, ese dedo haciendo círculos sobre el montoncito de harina que parecía una teta, una isla-teta. Un beso venía ahora, Alfredo se le acercaba, cubriéndola con su brazo libre y besándola con la misma fuerza con que apretaba sus yemas contra las paredes de su sexo. Ahora al fin, gracias al cambio de postura, podía alcanzar su erección. Se separaba del beso y arrancaba a reír y Alfredo le indicaba que bajara el tono de esa risa, se notaba demasiado que no era ni por la película ni mucho menos por viajar en primera clase. La azafata vuelve a pasar y de nuevo les ofrece más vino. «Sancerre, por favor, no podemos más con el Verdejo», solicita Alfredo impasible, y la azafata le dedica una sonrisa inédita en las costumbres y el carácter de las profesionales de su línea aérea. Para Alfredo nunca hay puertas cerradas. La mano se ha quedado quieta, Patricia tiene lágrimas en los ojos, saca una mano de debajo de la manta y levanta la ventanilla. Solo hay mar oscuro. Sandra Bullock está hablando con un hombre guapo y ojijunto, como todos los actores de las películas de Sandra Bullock y nunca tan guapo como Alfredo. La azafata llega con las bebidas solicitadas, se las sirve y se marcha sonriéndole una vez más a Alfredo como si ella fuera la única mujer capaz de percibir su belleza. Puta, piensa Patricia, que siempre opina lo mismo de ese tipo de mujeres y sus miradas. Pero entonces los dedos de Alfredo vuelven a la carga y toman, como quien quita una uva de su cepa, como quien sostiene un pendiente en el lóbulo, como quien atrapa una nuez entre sus dedos, su clítoris. Tiene que gritar y ahoga su voz y consigue apretar ella también los testículos gordos de su amor y los coloca sobre la parte interior de sus cuatro dedos, el pulgar libre para acariciarlos suavemente. Con un gesto hábil empuja firme el escroto y mira fijamente a Alfredo. Sus dedos están mojados, su entrepierna también, cae agua, crema, helado de vainilla derritiéndose a cucharadas. El líquido continúa cayendo sobre su mano, alrededor de sus muslos, y ella empieza a reír mucho mientras Sandra Bullock hace lo mismo en la pantalla del dvd de su asiento. Alfredo la besa en el oído, le acaricia el pelo por la nuca, deja correr sus dedos por sus muslos mojados y los

aprieta en un gesto lleno de cariño y deseo. Comienza a moverlos otra vez con el empuje de un tren que va avanzando y retrocediendo y llegando muy adentro, deteniéndose a la mitad del camino, regresando a la estación y recogiendo algo más de ese líquido que resbala para volver luego a avanzar tras calentar sus máquinas. Hace que se corra y Patricia saborea cada minuto, todo es verde y azul en la cabina, como si los ojos de Alfredo y ella se convirtieran en techo, ventana, alfombra, admirándola y sonriendo, parpadeando y sonriendo, y ella estuviera en mitad del salón bailando con pasitos cortos, acariciándose la melena, mirándole, girando y girando. Alfredo saca su mano de debajo de la manta y se lleva los dedos hacia su cara, lentamente, dejándolos resbalar por debajo de su nariz para aspirar ese olor de ella, un código para su amor.

Patricia consigue entrar, conteniendo una risa floja, en el baño de primera clase. Pasa el pestillo, se mira en el espejo. Está despeinada, siempre está más o menos despeinada, le sienta bien, la boca muy roja, como si en vez de estar riendo se hubiera mordido los labios conteniendo el orgasmo. Los ojos alborotados. La barriga plana pero moviéndose a su aire, todavía agitada por el juego dactilar de Alfredo. Puede verse los muslos, esas piernas delgadas, contorneadas gracias a la hora de maratón diaria y a los paseos en bicicleta hasta Connecticut. Son totalmente visibles las manchas que ha dejado su orgasmo a mil pies de altura. Qué horror limpiarse con ese agua contaminada de los aviones. Descubre toallitas desmaquillantes que sirven también para lo suyo de ahora. Menos mal que en la línea aérea española se han puesto las pilas y hay colonias y perfumes de fabricación española, como Paco Rabanne Clásico, que era el perfume que Alfredo usaba antes de conocerla. Las piernas ya están limpias y se ajusta la falda. Siempre que viajan juntos Patricia opta por llevar falda para facilitar momentos como este, en que Alfredo prefiere los juegos de manos a una película de Sandra Bullock. Saca del bolsillo de la falda una braga nueva pulcramente doblada. Tras las piernas, ahora se limpia el sexo con las mismas toallas desmaquillantes. Escuece un poquito, pero no puede ponerse una braga sin usar en zona usada, se recuerda Patricia. A continuación hace otro agradable descubrimiento: hay crema hidratante de una marca que anuncia una modelo española desde hace décadas inamovible entre las tops nacionales. Cuántas cosas han cambiado en España, reconoce, y escucha otra frase que siempre acompaña a las descripciones que los medios suelen utilizar para presentar a Alfredo: «Uno de los ejemplos de lo mucho que se ha transformado la sociedad española en estos quince años.» Se aplica un poquito de la hidratante en el pubis, zona sensible, Alfredo pareciera haberla remodelado con los nudillos. Se mira en el espejo, empieza a recuperar su aspecto de señorita seria otra vez, de estudiante de primerísimas notas. Le duele el coño pero puede

colocar bien la braga nueva, bajar la falda, alisar la frente, atusar el cabello rubio, pasarse los dedos por la cara y darle la forma correcta mientras mete su camiseta bajo la cinturilla de la falda.

Avanza inmaculada tras el orgasmo no tan silente, observando a medida que recorre el pasillo al resto de pasajeros. Lo saben, la escucharon, la acompañaron. Se ven tan ridículos juntos, los Casas sobre todo, el mismo bucle, los mismos labios medio abiertos mientras roncan, la hilerita de dientecitos inferiores. David le confesó que una vez, muy borrachos y con varias rayas, uno de los Casas se había dejado «oralizar» por él, como David llamaba al sexo oral, y que era realmente «súper divino aunque no recordara nada el día siguiente». El repostero Paquito, que también ronca y cuya barriga sube y baja, se ha dejado el libro de su amigo novelista abierto en la página dieciséis, mala publicidad para la intriga. Patricia decide rescatarlo, cerrarlo y colocarlo sobre las piernas del durmiente.

Se vuelve a sentar al lado de Alfredo. Él también ha ido al baño. Sonríe, mucho, la coge con los mismos dedos que han estado dentro de ella, los mismos que ha aspirado al pasárselos por la cara. Saca un trozo de la pastilla de su boca y se lo ofrece. Patricia lo rechaza. No quiere dormir.

—Después de un orgasmo así —afirma—, seguro que el sueño será una continuación de los efectos especiales.

Pero resulta lo contrario.

Recurre a los auriculares. Música clásica. No, barroca, con esos laúdes y el piano, ese cuyo nombre nunca recordaba. Sí, clavicordio. Buscó en la pantalla el título del disco: «Monteverdi, La coronación de Popea.» La recordaba, Música era una de sus materias favoritas en la selecta academia donde estudiaba en Viena, la ciudad en la que nació y en la que vivió hasta los quince años y el motivo por el cual dominaba el español y el alemán como lenguas maternas. El porqué nació y creció en Viena también formaba parte de esas explicaciones que, como lo peor de las pesadillas, aparecen y sobresaltan. No era este el momento de traerlo a su memoria, pero en su casa se veneraban las grandes damas del Imperio Romano. Las Popeas, Octavias y, desde luego, la importada Cleopatra. La abuela Graziella le decía: «Fueron las últimas mujeres a las que no les hicieron falta hombres para ser ellas mismas. ¡Cuánto hemos retrocedido, Patricia!» Se sobresaltó, era como si estuviera sentada detrás de ella en el avión, Grandma Graziella. La música de la ópera de Monteverdi continuaba. Popea fue la emperatriz de Nerón, pero conseguirlo fue todo un esfuerzo: antes de convertirse en la señora de Nerón estuvo casada con Otón, un hombre muy

celoso, soldado insigne pero completamente inferior ante Nerón. Y este, a su vez, estaba casado con Octavia. La ópera de Monteverdi, su última obra, por cierto, narraba las intrigas de Popea por ascender hasta lograr el rango de Emperatriz.

«A Patricia siempre le han atraído las artes, todas, es incontrolable. Ve un ballet y lo sabe todo sobre él. Ve un cuadro y averigua cada detalle, ve una colección de ropa y se aprende de memoria todo sobre el diseñador», decía también su abuela, que siempre le regaló prendas, tanto de ropa como de halagos. Sí, era cierto, siempre sabía de más. Tanto como para nunca poder destacar en ninguna de las disciplinas que le apasionaban.

Se fustigaba, siempre pasaba cuando permanecía mucho tiempo en silencio sin hacer nada. No es que hubiera tenido oportunidades, es que era muy buena en todo lo que le llamaba la atención. Diseñó ropa, no concluyó estudios de arquitectura, ambientó locales, inventó bailes y movimientos nocturnos, llegó a ser reconocida como mujer marcatendencias, incluso frecuentó el plató de un conocido programa de humor de medianoche. Fue tantas cosas en Barcelona. Y al final sabía que no era nada si no estaba al lado de ese alguien que de verdad tuviera un talento. Alfredo fue ese alguien. «Pero yo me he enamorado de la mujer de la que todos hablan en Barcelona», le decía, es verdad, al principio. Sin embargo, ella tuvo de nuevo un impulso, como si una mano le ciñera el estómago y le hiciera dar vueltas a su mundo. Organizar esta pareja, los bellos Patricia y Alfredo, iba a ser su mejor negocio, perdón, su mejor logro.

Era como Popea, una mujer inteligente obligada a convertirse en arribista para adquirir más que dinero, independencia, pero siempre a través de un hombre, un amor y su traición. «Sí, Patricia, todo amor viene acompañado de una traición», también le decía Grandma Graziella. Pero no, debería responderle en ese avión de gente dormida. Ella y Alfredo habían conseguido un sueño. Jóvenes, ricos, sin herencia y sin hijos. Ricos y reconocidos por su trabajo. «No te fíes —seguía diciendo la vieja moviendo su dedo índice en círculos—. No te fíes, Patricia querida. Todo amor está perseguido por una traición. Y todo éxito por un abismo.»

Come ti amo, la declaración de Popea a Nerón al final de la ópera, cuando todo ha sido destruido y recolocado, llegaba minutos antes de que empezaran a servir el desayuno y despertar a los durmientes. «Por ti amo y por ti vivo, por ti aventuro y por ti viajo, por ti pongo mi vida y la convierto en tesoro.»

Abrió la ventanilla. Alfredo entornó un ojo y ella le plantó un beso.

—¿Qué estás escuchando? —preguntó con la voz pastosa.

—Una historia de amor como la nuestra.

—¿Lassie y Flipper? —dijo. Ella se rió y volvió a colocarse los auriculares. El cielo se despejaba y el verde inglés aparecía como un manto. La campiña se pobló de castillos y autopistas y trenes que se movían a toda velocidad. La música le parecía augurar algo brillante, maravilloso, plácido. Un mundo nuevo dentro de lo anciano y reconocido. Sintió el olor de la ciudad mezclándose con los violines que trepaban por entre las palabras cantadas de Popea. No había dormido, tendría un jet lag terrible, pero se sentía feliz. Alfredo la besó y tomó el auricular derecho y, muy cerca, muy próximo a ella, terminaron de escuchar la declaración de Popea al enamorado Nerón. Patricia pensó que eran ellos los que llegaban a Roma, la Roma moderna, la de la esperanza, la libra esterlina y el Puente de Londres.

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