literatura venezolana

de hoy y de siempre

Contigo en la distancia (fragmentos)

Eduardo Liendo

Hoy me tocó decidirme al fin, llevaba días pensando en el momento en que abordaría sin la compañía de mamá el autobús Circunvalación N° 13. Soñaba con este viaje desde hace algún tiempo. Me parece que desde el momento en que tomé asiento y comencé a mirar el mundo por la ventanilla me he convertido en un niño valiente y libre. No pienso así por presumido, sino en verdad lo siento. Tenía un gran temor de que el chofer buscara algún motivo para impedirme viajar por mi propia cuenta. Ya tenía preparada una disculpa, le diría que mi mamá me esperaba en una de las paradas del trayecto cerca de la estatua de una india, como una vez le oí decir a mi padrino Nicanor. Yo me he montado en muchos otros autobuses pero nunca en el Circunvalación N° 13, y tampoco sin compañía. Pero no tuve necesidad de explicar nada, ni mentirle al chofer del autobús, un grandulón con un bigote negro con puntas de tijera, lentes oscuros, franela amarilla y una gorra roja. Eso sí, me vio de reojo cuando pasé empujando el torniquete y me pareció que hizo una morisqueta no sé con qué intención, saludarme, burlarse o asustarme.

Supongo que el Circunvalación N° 13 debe dar muchas vueltas por muchos lugares y regresará de nuevo a esta parada cercana a mi casa, espero que no haya mucho tráfico durante el recorrido para estar a tiempo en la hora de cenar. Si tardo un poquito inventaré alguna disculpa por la demora. Ahora, cuando el autobús está a punto de arrancar entra un soplo de brisa fresca por la ventanilla. No he mirado con detalle a los otros pasajeros y todavía no se ha sentado nadie a mi lado. Siento una gran emoción. Como un famoso aventurero que viaja en un barco que se interna en el mar, aunque hasta ahora tampoco he viajado en barco.

En mi vida nunca había hecho nada tan atrevido. Ahora que caigo en cuenta la muchacha que está en ese asiento cercano de la otra fila me parece que es mi maestra, Omaira, la de primer grado cuando yo tenía solo cinco años, pero entonces siempre usaba falda o vestido y ahora lleva puesto un pantalón yin, nada más que de verla me brinca como loco el corazón, debo tranquilizarme. El señor del gran bigote blanco que va un puesto detrás de ella lo he visto en el libro de historia patria, es igualito al general Juan Vicente Gómez, pero es difícil que sea él, porque mi papá dijo que gracias a Dios Gómez murió en el año 36, porque si no medio país hubiera comido mazamorra con vidrio molido en las prisiones. Él sabrá por qué lo dijo. Más atrás, en el puesto de la ventanilla, hay un señor negro que parece boxeador, he visto su foto en el periódico, lleva puesta una corbata verde y amarilla que se agita en su cuello como un papagayo.

Ya no me duelen tanto los pies, aunque tengo una ampolla en el dedo chiquito de la pata derecha. Es porque anteayer fue el desfile escolar de la fulana Semana de la Patria, ya llevábamos meses practicando en el estadio los ejercicios rítmicos, así los llama Agapito, el maestro de gimnasia. Nos tocaba ir una vez a la semana junto con otros colegios. Algunos entrenaban los movimientos de la batuta, eso nos gustaba, pero era solamente para algunos grandulones del sexto grado; otros aprendieron a tocar el redoblante en la misma escuela, durante horas estaban en el patio con su pan-pararán-pan pan-pararán-pan pan-pararán-pararán dándole y dándole. Algunas niñas de quinto y sexto también tocaban redoblante. Otros hacían juegos con cintas de colores y los más pequeños como yo, de tercer grado para abajo, puras palmadas, sonar pitos, y salticos de rana, puras pendejadas. Claro, que como lo hacemos todos al mismo tiempo se ve muy bien. El maestro Agapito nos insistía todo el tiempo en que había que hacerlo sin fallas, porque el espectáculo en el estadio lo iba a presenciar nada menos que el propio General Presidente, un gordo al que he visto echando pinta con medallas en el pecho por la tele, y que si todo salía bien seguramente le haría un buen regalo al colegio. Pero lo más cargante para mí fue el desfile de anteayer antes de entrar al estadio, no tanto por lo largo sino por los desgraciados zapatos de goma, porque resulta que papá pensaba comprarme unos deportivos justo para el desfile, pero mamá le dijo que la tía Maruja le había dicho que tenía unos casi nuevos de mi primo Ramón que seguramente me quedaban muy bien, porque cuando él tenía mi edad su pie era seguramente del tamaño del mío, y de ahí vino toda mi desgracia, porque me apretaban que jode y mientras más duraba el desfile me apretaban más. Para mí que aquello no acababa nunca y todavía faltaba el fulano Festival de Gimnasia Rítmica. Por eso, apenas terminó el espectáculo me los quité y los tiré al suelo y sentí un alivio increíble en mis patas. Por cierto que el gordinflón General Presidente nos dejó esperándolo y mandó a otro soldado sin tantas medallas. Papá dijo después que a esa gente lo mejor es ni nombrarla, pero no me dio explicación. En fin, me parece que ahora sí el Circunvalación N° 13 va a arrancar, aumenta mi emoción. Tengo que empinarme un poco para poder mirar por la ventanilla, todavía no sé quién se sentará a mi lado. Estas primeras calles que recorre el autobús las conozco muy bien, las he caminado muchas veces, pero no es lo mismo verlas ahora por la ventanilla del Circunvalación N° 13. En esa casa amarilla que acabamos de pasar vive Carlucho, que estudia en mi salón. Mi casa es parecida pero azul, y tiene afuera en el jardín una mata de mango. En la calle no hay tráfico, allá adelante hacia un lado casi pegado de la acera puedo ver un carretón que hace mucho ruido, arrastrado por un negro sin camisa al que le brilla la espalda. El carretón, el negro y el ruido parecen una misma cosa inseparable. En la cuadra donde yo vivo hay un caserón donde guarda el coche Isidoro, que es muy popular, el coche tiene dos caballos, uno negro y otro marrón. Una vez vi cuando el señor Isidoro llevaba en su coche a una novia con su traje blanco rumbo a la iglesia y los vecinos de la cuadra se asomaban para saludarla agitando las manos, mamá también.

Este viaje me gusta muchísimo porque voy por mi cuenta y sin ningún permiso. Hasta hoy el viaje más interesante que había hecho fue cuando fuimos a Catia La Mar con mamá, donde tía Maruja. Muy chévere, pero no andaba libre como ahora. Fue en las vacaciones, después de terminar el primer grado en la escuela. Me impresionó mucho el mar, un gigante azul con crespos blancos. La casita de la tía Maruja es muy pobre y está muy cerca de la playa. No hay agua de chorro, sino dos grandes pipotes en el patio. Para sacarme la sal del agua de mar la tía Maruja me echa agua del pipote con una totuma. Hay un solo cuarto donde se ponen las colchonetas para dormir, y otro cuartico donde está la cocina, una mesa coja y los taburetes, pero también se puede dormir afuera en los chinchorros. La tía Maruja era muy bondadosa conmigo y mis dos primas, Amanda y Angélica, muy juguetonas y cariñosas y también su amiguita Lulú, una vecinita que se queda en casa de la tía Maruja porque sus padres estaban de viaje.

Una noche me ocurrió algo raro y misterioso con Lulú que tenía como diez años o un poquito más, resulta que nos acostamos los cuatro en dos colchonetas, a mí me tocó el lado que daba contra la pared de maderas y después que apagaron la luz y nos despedimos todos hasta mañana y yo pedí la bendición y me dijeron que Dios lo bendiga, cuando ya casi me dormía sentí que el cuerpo de Lulú se apretaba contra el mío y yo no podía recular por la pared, pero como ella tenía puesto un vestidito de dormir cortico y yo solamente un interior por el calor, podía sentir su piel muy suave y caliente como de fiebre. Yo sentía gusto por estar así y creo que también algo de susto. Pero la verdad es que yo creía que Lulú estaba dormida cuando pasó su pierna por encima de la mía, así estuvo un buen rato y ya yo no podía dedicarme a dormir cuando sentí que ella agarraba mi mano y la ponía entre sus piernas y después la puso en su cuquita que era como una esponjita y por eso digo que todo era un misterio. Porque yo no sabía qué era, pero en la oscuridad sentía que había algo secreto en lo que sucedía y mi mano se puso mojada y ella la apretó duro entre sus piernas y después de otro rato sentí que respiraba fuerte hasta que se durmió, hasta que nos dormimos. Creo que ni Amanda ni Angélica se dieron cuenta de nada. Fue la única vez que sucedió.

En el desayuno Lulú ni me miraba, casi como que ni me conocía, solo cuando fuimos por la tarde a la playa por un momento me miró de lado, puso una sonrisa pícara y me preguntó muy bajito: ¿Te gustó? Pero no sé por qué esa noche la tía Maruja me hizo un sitio del otro lado del cuarto, cerca de mamá. Dijo: Vente aquí, Elmer, que estarás más cómodo. Desde ese tiempo imagino la esponjita mojada de Lulú que estuvo en mi mano como una pequeña nube rosada, aunque estaba oscuro, y creo que a veces la cargo dentro del bolsillo del pantalón, la cargo y la estrujo, espero encontrarla otro día cuando yo sea grande.

El que no estaba en la casita de Catia La Mar era el tío Nicanor, mi padrino. Yo había escuchado una conversación una noche después que se apagó la luz, y en la oscuridad la voz de mi tía Maruja se sentía muy triste, y decía que Nicanor casi ni vivía con ellos, que se lo había tragado la bebida, así dijo, por culpa del maldito aguardiente, que por eso lo botaban de todos los trabajos que difícilmente conseguía, porque aunque era un buen electricista las borracheras siempre lo hacían quedar mal. Pero después aseguró que mi padrino quería mucho a las niñas y también visitaba a Ramoncito, mi primo más grande, el que me dejó los malditos zapatos de goma, que estaba interno en una escuela de curas. O sea, que de vez en cuando Nicanor se presentaba con una bolsa de mercado llena de comida, algún dinerito y después se volvía a ir, y que ya ella no tenía esperanza.

La siento llorar en la oscuridad y su llanto se mezcla con el resoplido de las olas del mar que llega desde la playa. Esa noche mamá trata de consolarla. Es el mismo ruido de las olas que ahora siento resonar en el Circunvalación N° 13 cuando un pequeño colibrí picaflor verde y de cuello rojo muy lindo me saluda por la ventanilla moviendo alegremente sus alas, siento también el olor de los almendrones y las uvas de playa y el sabor del agua de coco que tomamos por la tarde para suavizar el calor. No hay muchas casas alrededor y todas son humildes como la de la tía Maruja, aunque algunas resaltan porque las pintan de colores: verdes, naranjas y amarillas, no tan lejos se halla la bodega donde venden los refrescos de colita y los heladitos de gavera, de coco o de leche, y también venden golfeados, catalinas, gofios y conservas, todo muy rico. Fue aquel domingo, poco antes de terminarse las vacaciones y que yo debía volver a la escuela, cuando se presentó el tío Nicanor con una mochila llena de mangos y otra con nísperos y duraznos, y eso no era todo, todavía sacó como un mago de sus bolsillos chupetas, chicles y caramelos para repartirnos.

Mi tía Maruja al verlo puso una cara muy seria y le apartó el cachete cuando él quiso darle un beso; mamá sí permitió que la abrazara y le dijo: ¿Nicanor, cuándo por fin te vas a terminar de componer? ¿Cuándo vas a dejar para siempre la botella? El tío sonrió mostrando un colmillo con un agujerito negro y le contestó: ¡Pero no me estás viendo, comadre, que ando muy derecho! Esa ya es historia vieja. Pero en ese momento la tía Maruja que no había hablado le replicó: Historias viejas son tus mentiras, sinvergüenza. Entonces, el tío Nicanor sin molestarse le dijo: Maruja, yo no vine a pelear contigo otra vez sino a traerles estas frutas y dulces a las niñas y a ti.

Por mi parte, respondió ella, las que dices que son para mí te las puedes llevar otra vez. Pero en ese momento él se dio cuenta de que yo estaba ahí escuchando y se agachó para abrazarme y se le puso la cara alegre y me cargó, como si no hubiera habido ninguna discusión. ¿Cómo se porta mi ahijado? ¿Cómo se porta este palo de hombre? ¿Ya está en la escuela? Mamá respondió por mí: Pasó para segundo grado y ya sabe leer. Entonces mi padrino me felicitó y prometió que me daría un premio. Después nos hartamos de comer mangos y nos tomamos una olla de limonada para aplacar el mucho calor. Al rato el tío Nicanor dijo: Voy a dar una vuelta por ahí con Elmer para enseñarle el pueblo. Por eso casi se prende otra bronca, porque la tía Maruja no quería aceptar que me llevara con él a ninguna parte, porque tú eres un irresponsable Nicanor y que si patatín y que si patatán. Pero mamá sirvió de arregladora del pleito y permitió que mi padrino me llevara a pasear, aunque tía Maruja aseguraba que en ese lugar no había nada que contemplar fuera del mar.

Veo por la ventanilla cómo la última advertencia que ella le hizo fue: Y mucho cuidado como se te ocurre entrar con Elmer en algún botiquín. Mi padrino me tomó de la mano, les dijo a mis primas que pronto volveríamos y los dos nos alejamos caminando hacia la vía principal por donde pasan los carros y autobuses. Entonces, en vez de seguir para el centro del pueblo donde está la bodega más grande, no la pulpería, me dijo: Te voy a llevar a un lugar donde te vas a divertir, y cuando yo le pregunté cuál, él respondió: Ya lo verás, ya lo verás, es una sorpresa. Dijo eso y no adelantó más nada, por lo que desde ese momento quedé muy intrigado. Más adelante le hizo una seña a una camioneta de pasajeros que pasaba y nos montamos, solamente me comentó: Vamos para Maiquetía, pero no te preocupes por lo que dijo esa tarada de Maruja, con nadie estás más seguro que conmigo, por algo soy tu padrino.

Veo por la ventanilla que ahora recorremos esa misma carretera en el Circunvalación N° 13 pero eso fue hace tiempo y yo ando solo. Maiquetía era un pueblo más grande y movido que Catia La Mar. El chofer nos dejó en un lugar donde él se lo pidió, y me impresionó mucho que muy cerca podían verse los barcos descansando en el mar. Un día viajaremos juntos en un barco grande, me dijo, esos que ves ahí vienen desde muy lejos a traer mercancías. El mar seguía deslumbrándome, yo me imaginaba que lo había cargado así el agua de lluvias y lluvias y más lluvias, sin parar durante mucho tiempo. Aunque ya lo conocía y me había bañado con mis primas en la playa, la promesa de viajar en barco del tío Nicanor nunca la olvido y menos ahora que por primera vez ando por mi cuenta en el Circunvalación N° 13.

Veo por la ventanilla cuando me lleva a un mercado donde me compra una bolsa de dulces que hasta el día de hoy me aguan la boca: coquitos, aliados, conserva de batata, conserva de coco y, como salado, tostones. O sea, que cuando mi padrino no estaba borracho, como decía mi tía Maruja, era una maravilla. Dimos unas vueltas más mirando los puestos de mercancías, los vendedores y la gente comprando, hasta que él mirando su reloj dijo, ya vámonos, pero tampoco aclaró a dónde y yo seguí con la intriga que tenía desde que me prometió una sorpresa. Caminamos varias cuadras y hacía calor, nos detuvimos para comprar un raspado en un puesto, era hielo con melado rojo muy rico y me aplacó la sed, continuamos caminando hasta que paramos frente a una casa grande que tenía varios carteles de colores en el frente. Es la misma que estoy mirando ahora por la ventanilla.

Mi padrino me tomó otra vez de la mano y nos paramos también en una fila de gente que me pareció debían comprar algo, pero no sabía qué. En la fila había mayores pero también niños y niñas, algunos como de mi edad y otros más grandes. Cuando llegó nuestro turno, el tío Nicanor sacó unas monedas del bolsillo y se las entregó a una mujer negra que yo no podía mirar muy bien, solo sus brazos y unas manos con dedos de uñas muy rojas. Ella le entregó algo que yo no pude ver. Yo seguía muy pendiente de todo y todavía más curioso por saber de qué se trataba la sorpresa prometida. De allí seguimos tras una señora que llevaba de la mano a una niña vestida de blanco con una cinta azul en la cabeza.

Veo por la ventanilla que por donde pasamos hay dos grandes dibujos en las paredes, uno que me impresiona mucho, es un gorila enorme golpeándose el pecho, el otro es un hombre con sombrero y una máscara negra montado en un caballo blanco alzado en dos patas. Volvemos a detenernos al llegar frente a un muchacho flaco de camisa verde parado antes de una cortina roja, el muchacho toma con una mano los cartoncitos que mi padrino le da y ahí mismo los rompe en su propia cara y le devuelve la mitad. Eso me parece muy grosero. Mi tío guarda sin protestar los pedazos en su bolsillo y seguimos adelante. Detrás de la cortina hay un lugar muy extraño. No tiene mucha luz, solo unos pocos bombillos prendidos. Yo nunca había visto tantas sillas juntas, el tío Nicanor las llama butacas. Hay alguna gente sentada, la señora y la niña del lazo azul lo hicieron delante de nosotros. Me doy cuenta de que hay otros niños y que algunos hacen escándalo, pero otros permanecen callados al lado de sus papás o sus mamás o tal vez sus padrinos, como yo. Otra vez le hago la misma pregunta de lo que me intriga: ¿Dónde estamos, padrino? Entonces él al fin me responde: Te traje al cine, Elmer, dentro de poco empezará la película, nos vamos a divertir. Yo no sabía del cine sino por algunos comentarios de otros niños en la escuela, sentí una emoción secreta. Cuando se apagaron las luces se hizo de pronto la noche aunque llegamos a ese lugar en pleno sol, y yo apreté fuerte la mano de mi padrino cuando aquella pizarra blanca que está adelante se ilumina con letras y colores y un león abre su gran bocaza, pero no siento miedo sino mucho asombro.

En este momento, mientras me brinca el corazón rápidamente, van apareciendo en la pantalla, que así dijo el tío Nicanor que se llama, unas figuras maravillosas, moviéndose con una música que nunca antes había escuchado y me hace entusiasmar sentado en la butaca. Así fue como conocí a Bambi, un venadito muy gracioso cuando estaba aprendiendo a pararse y andar porque se le doblaban las paticas y eso era muy cómico y a los niños nos causa risa, y yo pienso que se parece mucho a mí porque es tímido aunque también alegre y es muy amigo del conejo Tambor, como yo de Carlucho y también es amigo de un zorrillo dormilón y flojo. Bambi no le tenía ningún temor al bosque, pero su mamá venada le advertía de los peligros, como también lo hace conmigo la abuela Gregoria cuando me escapo para el parque El Calvario, que es mi propio bosque.

Yo escuché los disparos, pero no me di cuenta de que un malvado cazador había matado a la mamá de Bambi hasta que me lo aclaró mi padrino Nicanor, y eso me apretó el corazón. Pero cuando Bambi crece y le salen grandes cachos como a su papá venado que es un rey en el bosque, es muy valiente y se pelea con unos perros feroces para defender a su novia venada. Así como voy a hacer yo contra bandidos y perros bravos si se atreven a molestar a la mía, aunque para eso primero tengo que encontrar una novia tan linda como mi maestra Omaira.

Me angustié mucho cuando los cazadores o bandidos, a los que nunca se les vio la cara, incendiaron el bosque, y todos los animalitos huían del fuego amarillo y rojo que los acosaba. Bambi se había retrasado por buscar a su novia extraviada pero al encontrarla los dos corren juntos para escapar del fuego terrible que los persigue, y al final encuentran un río y así es como logran salvarse del incendio y de los cazadores. Mientras escucho una música que casi me hace volar en la butaca como la que estoy sintiendo ahora en el Circunvalación N° 13, donde me monté hace un rato por mi propia cuenta y pura curiosidad.

Veo por la ventanilla cuando salgo de la sala de la mano de mi padrino. Casi no puedo hablar de lo maravillado que estoy por lo visto en el cine. Me ha ocurrido algo distinto a todo lo que conocía, como fue descubrir otro mundo en esa casa de las butacas. Borracho o lo que sea, siento un cariño mucho más grande que yo mismo por mi padrino Nicanor. Las calles de Maiquetía me parecen ahora más sucias y polvorientas, como faltas de color al compararlas con lo que he visto en el cine. La verdad, solo puede compararse con el mar que tanto me impresiona. Por cierto, ya ha caído la tarde en Catia La Mar, o sea el sol colorado ya se ha escondido dentro del mar cuando el tío Nicanor y yo regresamos. Creo que comenzó otra discusión con la tía Maruja y él se marchó. Entonces, fue cuando mis dos primas Amanda y Angélica, Lulú, dos chamos vecinos y yo comenzamos a jugar al escondido. ¿Me estás atendiendo, Micaela? Sí, Elmer, te escucho, soy toda oreja para ti.

Veo por la ventanilla que ahora puedo verme yo mismo jugando al escondido, el de guardia en la guarimba debe contar hasta cuarenta mientras todos los demás se esconden, a mí me permiten contar dos veces veinte para no enredarme porque son todos los números que conozco. Y cuando a mi primita Amanda le toca contar uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, hasta cuarenta, como yo sé que uno de los dos pipotes de agua del patio está vacío, pongo una lata volteada al lado para encaramarme, me guindo para subir de un impulso y dándole la vuelta al cuerpo me dejo caer en el fondo para esconderme ahí. Dentro del pipote. Así que lo calculé todo muy bien, pero como ya llega la oscuridad y todo es silencio menos el chillido de los grillos, me quedo dormido dentro del pipote. Al rato se termina el juego pero yo no aparezco, así que todos comienzan a buscarme. Mamá y tía Maruja han ido muy angustiadas hasta la playa rogando que no me haya tragado el mar con el llamado de las olas. Pero yo estoy muy tranquilo soñando en el fondo oscuro del pipote. Y el sueño es el mismo recuerdo en colores de la película, pero no está a mi lado mi padrino Nicanor sino mi maestra de primer grado, Omaira, en traje de baño amarillo, esa misma que acabo de ver en el otro lado del Circunvalación N° 13. Así que me distraigo mucho otra vez con la aventura de Bambi y el conejo Tambor y durante el sueño invento otras flores y mariposas y pájaros muy lindos, aunque algo diferentes a los de la película. Pero despierto de repente con las voces de mamá, la tía Maruja y Angélica llamándome: ¡Elmer! ¡Elmer! ¡Elmer! Y yo respondo como un fantasmita desde mi escondite: ¡Aquí estoy! ¡Aquí estoy! ¡Aquí estoy!

Veo por la ventanilla cuando llega tía Maruja y me alumbra con la linterna y descubre mis ojos de venadito encandilado. ¡Elmer, cómo se te ocurre! Casi nos matas del susto. ¿Tú estás loco, hijo? Me quedé dormido jugando al escondido, digo. Pero no cuento nada de mi sueño con la película para que no culpen de lo ocurrido a mi padrino Nicanor. Cuando a los pocos días regreso a la escuela para ir al segundo grado ya sé que existe otro mundo mágico, aunque no sé si a otros niños que también conocieron el cine durante las vacaciones les ha impresionado tanto como a mí. Pero varias veces la nueva maestra ha comentado un poco molesta: Este niño Elmer parece que no viviera aquí sino en la luna.

***

            Veo por la ventanilla, el cielo está muy azul esta tarde, todas las nubes están escondidas. Me gusta el ruido de la calle, la agitación de la gente, quiere decir que todo el mundo está vivo. ¿Para dónde irán? ¿A qué juegan ahora? Sigo con la mirada a esa muchacha de cabello largo y negro, su falda es crema con flores estampadas. Me gusta cómo anda y mueve sus caderas, se parece a la maestra de quinto grado, Acuarela, que cuando pasa por el patio en el recreo todos voltean a mirarla o se paralizan como robots, hasta al director de mi escuela que tiene una calva brillante como una lámpara se le van los ojos tras sus nalgas. Pero ahora el chofer del autobús pisa la chancleta y la deja atrás, miro al pasar su cara pálida de media luna. Miro al heladero empujando el carrito de helados y se me agua la boca. Miro a una vieja perseguida por un perro cojo, ella lo regaña pero el perro no le hace ningún caso. Miro un taller mecánico y afuera un muchacho con la cara sucia le da golpes a una rueda de hierro con un martillo. Suena la campana de los bomberos. El chofer del autobús cede el paso echándose a un lado y el carro bombero pasa como un rayo rojo. Me emociona la urgencia de la campana.

Siempre soñaba con ser un bombero, pero ahora, por fin lo consigo. Voy guindado de una de las agarraderas del camión y tengo puesto mi casco negro. Quizás en unos momentos ocurra lo que siempre he soñado, podré rescatar al perro bombero que se quedó atrapado por las llamas después de que salvó a una niña, pero yo lo salvo a él, Tostón, se llama. La madrina de los bomberos, una chica muy linda, al terminar la operación de rescate me da un beso, y veo la foto que aparece en el periódico con su titular: Elmer salvó al perro bombero.

Veo por la ventanilla cuando en la escuela me ponen la medalla del Niño Valiente. El colector del Circunvalación N° 13 me guiña un ojo y sonríe. Está muy cerca de mí, le tengo más confianza que al chofer atolondrado. Sigo mirando tranquilamente. Me parece que el puesto vacío que tengo a mi lado va a ser ocupado, acaba de entrar al autobús un hombre en calzoncillos que en una de sus manos, sobre sus hombros y hasta encima de su cabeza carga pájaros de diferentes tipos y colores. Me parece que lo he visto antes, claro, por supuesto, es Tarzán de los monos. Como imaginé se sienta a mi lado, el calzoncillo es más bien un taparrabo verde, creo que él también me ha reconocido porque voltea a mirarme y me saluda. Eso me da un poco de confianza y le digo ¡Hola, Tarzán! Y él me responde con la misma voz rara con la que les habla a los animales: Ho-la-El-mer-qué-tal-estar-tú. Me emociona mucho que me haya saludado por mi nombre de pila. Nos quedamos callados. Pero al ratico él comienza a conversar con los pájaros que lleva encima. No solo con el loro, que no sería gracia, sino con una guacamaya y una paraulata, en su idioma de pájaros. Después el loro ha empezado a chillar: Chofer, chofer, chofer, para dónde carajo va este autobús, para dónde carajo va este autobús, para dónde carajo va este autobús, para dónde carajo… El chofer alocado de la gorra roja se ríe duro jo jo jo je je je. Tarzán manda a callar al loro y le dice que no-ser-tan-gro-sero-paja-rraco. La pregunta del loro me intriga, pero me siento muy seguro al lado de Tarzán, no lo veía desde otra película, pero esa vez me llevó papá, no hace tanto. Por eso estoy enterado de que él fue criado por los monos que lo cuidaron y alimentaron, porque también fue una mona la que le dio teta, desde pequeño podía hablar sus cosas con los animales; algunos eran sus amigos como los elefantes y los gorilas, pero a otros les caía muy mal y a veces tenía que enfrentarse con ellos en furiosos combates donde su vida estaba en tremendo peligro, como la pelea con un cocodrilo feroz dentro del río. Yo me angustié mucho por el tiempo que llevaba Tarzán bajo el agua sin poder respirar abrazado a la bestia y se le podían reventar los pulmones, pero al final después de liquidarlo con su cuchillo de hueso volvió a subir nadando y sacó la cabeza del agua. En ese momento todos aplaudimos y golpeamos las butacas.

Veo por la ventanilla cuando viaja por los aires de árbol en árbol guindado de los bejucos y para entrar en acción lanza su grito de combate aaaaa aaaaaaaaaaaaa aaaaaaaaaaaaa, y se da con las manos golpes en el pecho como un gorila. A veces lleva encaramada en su hombro a la mona Chita, con la que le encanta conversar de sus asuntos, aunque él tenga una linda chica llamada Jane, que siendo muy educada como mi maestra Omaira la del primer grado, se enamoró tanto de Tarzán que se quedó viviendo en la selva profunda, donde no llega carro, ni moto, ni bicicleta.

Veo por la ventanilla una de las pruebas más emocionantes, cuando Tarzán se lanza al río en un clavado desde una roca altísima y se zambulle en el agua. Yo una vez lo intenté en el pozo del parque Los Chorros y de vainita no me ahogué. Pero ahora que viajo por mi cuenta en el Circunvalación N° 13 no tengo ningún miedo de volverlo a intentar, seguramente el señor Tarzán me socorrerá en cualquier emergencia como hice yo con el perro bombero. Por cierto que en este momento Tarzán acaba de pararse con su montón de pájaros encima. Y el loro sigue preguntando que para dónde coño va este autobús, para dónde coño, para dónde coño… Pero Tarzán no busca bajarse del autobús, me pone la mano en el hombro como despidiéndose de mí y después se fue hacia atrás, donde me parece que ocurren cosas algo misteriosas, porque cuando volteo y miro hacia el final del autobús, en lo que llaman la cocina, veo una cortina de humo blanco como si fumaran algodón de azúcar.

Veo por la ventanilla a un hombre un poco extraño, se cubre con un sombrero negro con pluma amarilla y lleva por las riendas a un caballo viejo que anda sin ningún apuro, fatigado. Rápidamente el autobús lo deja atrás, y recuerdo cuando todavía era un pequeño cagón, no como ahora que viajo solo en el Circunvalación N° 13, y comienzan a sonar los tiros pan pan pan y mamá se puso muy nerviosa porque el tiroteo no paraba afuera y una vecina vino a avisar que había escuchado en la radio que todo el mundo debía abandonar rápido su casa en nuestro barrio porque unos aviones seguramente van a bombardear el cuartel que queda muy cerca de donde vivimos. Y alguna gente grita que el Gobierno está caído ya, y lo mejor es alejarse de ahí cagando.

Veo por la ventanilla cuando mamá me agarra por la mano y me lleva corriendo calle abajo junto con otras gentes que también corren por esa alarma del bombardeo que ya ha cundido, y veo también cuando pasan los hombres a caballo tirándole tiros no sé a quién. Las palomas que están siempre sobre el muro de la casa de los seminaristas, o sea, los que estudian para curas, se espantan y vuelan asustadas. Hemos pasado todo el día sin comer. Solo cuando comienza a oscurecer y como no cayeron las fulanas bombas regresamos a nuestra casa que todavía está en el mismo lugar. Pero como mamá sigue con mucho miedo por lo que pudiera ocurrirnos me mete debajo de la cama y va a la cocina a buscar algo de comida porque estábamos hambrientos, me trae un pan con mantequilla y una taza de avena que me sabe muy rica, y después enciende una vela porque han cortado la electricidad, y también para pedirles protección a las ánimas benditas del purgatorio, que son sus preferidas cuando reza, y después, cuando vuelve la luz, pone la radio bajita y así nos enteramos de que todo el gran susto que pasamos es por causa de una fulana revolución. Yo soy un niño, pero me doy cuenta de que hay mucha gente contenta y otra gente muy molesta por lo que ha sucedido. Cuando llegan papá y la abuela Gregoria con mis hermanos y cuentan que nos estuvieron buscando un buen rato durante el alboroto y escucho cuando papá dice que tumbaron al presidente. Yo pensé que lo habían tirado al piso. Pero parece que no es eso, a papá no le gusta decir palabras feas, pero esta vez ha dicho una: Yo creo que el presidente se agüeboneó y los conspiradores se aprovecharon y dieron el golpe.

Veo por la ventanilla, quiero verlo todo, comerme al mundo como si fuera un gran mango maduro, dulce y amarillo. Afuera hace mucho sol, y el cielo sigue muy azul y limpio de nubes, por la acera camina un niño que juega a la perinola, hace repeticiones, camina pero no deja de ensartar. Se nota que es un fino, porque ensarta tipo martillo y doble vuelta y martillo. Está vestido con una franela crema y un pantalón marrón como si fuera una barquilla de mantecado. Camina y casi choca con una señora gorda que lleva una bolsa, el autobús lo deja atrás pero yo me pregunto para dónde irá. Como si con su juego de perinola se llevara mi niñez, hoy, precisamente, cuando ando por mi cuenta. Espero llegar a tiempo para la cena. Me parece que he pasado antes por estas calles, pero nunca tan solo y tan libre. Bueno, solo no, porque hace un momento estuvo sentado a mi lado el señor Tarzán. Y frente a mí tengo al colector, Sócrates Pérez, que ahora sé que ese es su nombre porque así lo llamó un pasajero que subió antes y le dijo: No te veía desde el accidente. Sí, Ruperto, comentó él, entonces era copiloto de un jet y aquí me tienes de colector del Circunvalación N° 13, pasa adelante y siéntate que vamos rumbo hacia el final del fin.

La verdad es que me extrañó mucho esa conversación, sobre todo porque el chofer alocado de los bigotes de bicicleta y la gorra roja volteó otra vez a mirarme, me guiñó el ojo y pisó la chancleta a fondo. Carajo, en cualquier momento nos matamos. Esa que acabamos de pasar es mi escuela más linda, la que tiene un patio grande donde jugamos pelota en el recreo. Ahí conocí a mi maestra Omaira, la misma que después de mucho tiempo sin verla vengo a descubrir hoy en la fila de puestos del otro lado del autobús. Le queda muy bien el bluyín, quiero hablar con ella antes de que tenga que bajarme en mi parada de turno, porque creo que eso de continuar hasta el fin del final sin parar es una broma. Recuerdo una adivinanza que jugábamos con Carlucho: Pá’ dónde va el barco, pá San Mateo, quién lo maneja, Cachucha ’e peo.

El Circunvalación N° 13 se cuela por unas calles angostas y grises. Aunque de vez en cuando aparece una casa con su fachada de color azul o naranja o amarilla. A veces el chofer para un momento para dejar subir a otro pasajero. Algunos entran como asombrados. Hay uno que se quiere devolver, pero el colector le dice que ya no es posible. El muchacho aclara que se montó por equivocación, que en realidad estaba esperando otro autobús. Pero Sócrates Pérez le responde con voz muy firme: Pasa y siéntate, que aquí el que entra ya no se baja nunca más hasta llegar al fin del final. Escuchar eso me sigue intrigando. ¿Será posible que no sea en broma?

El joven protesta, dice que tiene una cita con su novia y él es una persona de palabra, que lo último que él haría sería dejarla esperando en la puerta de un cine por una simple equivocación. Me parece que quiere armar un escándalo, agita los brazos, da saltos de la rabieta que casi lo hacen chocar contra el techo del autobús, pero después se pone las manos sobre la cara y cuando las aparta me doy cuenta de que está llorando como si fuera un niño igual que yo. Ahora el colector le pasa la mano por la espalda para tranquilizarlo, para consolarlo, le dice que su novia comprenderá su ausencia cuando pase el tiempo y entienda que él no llegará, que la vida es así pero que debe serenarse como los otros pasajeros y disfrutar todo lo posible del viaje del final del fin.

El muchacho se seca las lágrimas con el mismo revés de la mano y se sienta a mi lado, entiendo que está enamorado, voltea a mirarme y dice: Tú sí comprendes que me equivoqué de autobús, ¿verdad? No sé qué responderle, es la primera vez que ando por mi cuenta, y me gusta ver el mundo por la ventanilla. Sé que voy dejando muchas cosas atrás. Él me aprieta la mano para que yo le dé confianza. Piensa en la novia que debe estar ahora esperándolo en la entrada del cine y se lamenta en silencio por su impuntualidad. ¿El fin? ¿Cuál será el fin? Yo también estoy preocupado, porque si no llego a mi casa para la hora de la cena, seguro me meteré en problemas. Claro, que por un buen rato de estar por mi cuenta vale la pena soportar un regaño. Algo inventaré si llego un poco tarde. Además, después debo pensar en escabullirme para ir esta noche a la casa de nuestro vecino don Pedro García, el único lugar en el barrio donde hay televisión, está anunciado un gran programa de lucha libre que terminará con un combate de relevo sensacional.

Veo por la ventanilla que ya está comenzando. Se enfrentan dos rudos muérganos, Dark Búfalo y El Carnicero, contra dos técnicos finos, El Conde Maximiliano y El Apolo. Yo por nada quiero perdérmelo, pero seguro que si apuesto a los técnicos pierdo, porque los rudos son unos tramposos de mierda que no respetan reglas y eso les da ventaja. Son capaces de cualquier cochinada, hasta de echarles polvo en los ojos o romperles la cabeza estrellándolos contra el poste de la esquina del ring o darles furiosas patadas en las bolas, claro que así cualquiera gana. Yo sigo apostando a que ganen los técnicos, pero ya me estoy cansando de perder y espero que hayan practicado unas cuantas llaves tremendas y algunas vivezas para desquitarse. En el juego de beisbol sí soy fanático de un buen equipo: el Cervecería Caracas, de puros peloteros criollos. Carlucho es fanático del Magallanes. Una vez me dijo que el león que tiene el escudo de mi equipo es un león peorro, un león cagón, no se lo pude aguantar y nos dimos unas trompadas. Creo que hasta nos escupimos, pero después de un rato volvimos a dirigirnos la palabra. Eso sí, cuando el Cervecería Caracas pierde con el Magallanes yo me escondo y no quiero encontrarme con Carlucho durante varios días. Lo mismo hace él si pierde su equipo.

Veo por la ventanilla que estoy pegando gritos frente a su casa, pero él no sale a dar la cara ni de vaina, sobre todo porque su equipo perdió con nueve ceros. Para mí el mejor de todos los peloteros es el Chico Carrasquel, y papá varias veces me ha llevado al estadio para verlo jugar. Me gusta mucho su elegancia, todo lo que fildea lo hace con estilo. Es mi héroe.

Ya el Circunvalación N° 13 se aleja echando humo por el tubo de escape que suelta una nube gris perfecta, hay una canción pegada en la radio que recuerda a esa nube: Si me alejo de ti es porque he comprendido que soy la nube gris que nubla tu camino. Carlucho me contó muy triste que es la misma que cantó su papá el día que se fue de la casa. De pronto, me entra un sobresalto y le digo al chofer de la gorra roja: Por favor, señor, mejor me deja en la próxima parada, porque me parece que mi infancia se está quedando atrás. Y él me mira, y vuelve a lanzar su risotada y después dice: ¿Tu infancia? Ahora es cuando tenemos que rodar para llegar al fin del final. El Circunvalación N° 13 se enfila por los lados de El Silencio. Estas calles las conozco bien, algunos lugares tienen nombres conocidos para mí como el callejón Quevedo —al grosero de Carlucho le gusta recitar: Ni son naranjas ni son limones, son de Quevedo los dos cojones—, donde mi tía Maruja dijo una vez que hay una casa de vecindad llena de toda clase de gente rara, pero rara rara, asegura con voz misteriosa. Si seguimos bajando nos encontramos con el barrio Caño Amarillo, plagado, según ella, de putas y patos como arroz. Hay una mujer que al pasar se guinda de la puerta del autobús, pero el chofer no frena para que entre. Escucho cuando grita que está enferma, que ya quiere irse. El que le responde es Sócrates Pérez, le dice sin molestarse: En esta vuelta no te vas, aguanta todavía un rato más, vete al hospital, pídeles que te curen esa sífilis y busca algún buen recuerdo en que pensar para hacer menos angustiosa tu espera. Piensa cuando solamente tenías tres novios, el obrero, el mecánico y el electricista, y a los tres los querías. Es posible que cuando el Circunvalación N° 13 vuelva por estos lados estés ya lista. Ella me mira con ojos saltones y se sienta ahí mismo, en la acera de la calle. Mi compañero de puesto, el joven que debía encontrarse con su novia, desearía cambiarse por ella para llegar a su cita a tiempo, pero ya parece resignado. Por mi parte, sigo un poco entre nervioso y embelesado cada vez que volteo hacia el otro lado y veo algo pensativa a mi linda maestra de primer grado, la señorita Omaira. ¿En quién pensará? ¿Cuándo se montaría en el Circunvalación N° 13? Creo que cuando subí ya ella estaba.

Veo por la ventanilla a varios marineros con sus gorras y sus uniformes blancos caminando por la acera, el más alto lleva las manos entre los bolsillos del pantalón; cerca de casa hay un tipo que tiene la misma costumbre y una vez le oí decir a la prima de Carlucho que ese tipo se la pasaba jugando billar de bolsillo y todas las muchachas se rieron, pero a mí no me quiso explicar por qué. De repente estamos frente a las escalinatas que llevan al parque El Calvario y el túnel que conduce a la estación, en una vuelta rápida lo encontraremos. Eso me causa mucha emoción. Se nota que Sócrates Pérez está enterado de que es mi parque preferido, porque me mira y sonríe, tenía algún tiempo sin visitarlo, desde que se puso peligroso, desde que empezaron a asaltar a la gente por cualquier cosa.

Veo por la ventanilla que dentro del parque soy el gran explorador del bosque, creo que por eso me reconoció enseguida Tarzán de los monos. Hay grandes árboles, y según el maestro Agapito algunos de esos árboles tienen más de cien años. No tengo miedo, aunque la abuela Gregoria me advierte que tenga mucho cuidado porque puedo encontrarme con algún hombre malvado. Soy un niño temerario. Yo confío en mis piernas para correr y en mi buena suerte. Soy un niño al que le gusta pensar y no teme andar solo. Soy un niño extraño, si no voy a la escuela puedo pasar todo un día en el parque y me gusta ir por los lugares apartados como una selva, donde no andan los visitantes domingueros que solo van a pasear por sus veredas y no se alejan demasiado de la carretera que lo cruza. Claro que también me gusta recorrerlo en aventura con mis amigos del barrio y algunos de la escuela. Sobre todo con Carlucho, Pedrín, Juan Mari, Paraulata y Teo.

Veo por la ventanilla y todo es más impresionante. Acabo de verme montado sobre un gran lagarto acompañado de Maribel, aquella niña tan linda del segundo grado; abajo está jugando una pareja de tigres de Bengala que viven en el parque. Cuando se lo cuente a Carlucho va a decir que soy un hablador de paja. Un gran mentiroso. Es algo distinto a cuando descubría los hongos y las iguanas y tenía que cuidarme de las culebras, ahora en este recorrido todo es más espectacular, como la primera vez que el padrino Nicanor me llevó al cine.

Veo por la ventanilla algo que me deja boquiabierto, aunque el parque se llama El Calvario nunca pensé que me encontraría aquí al señor Jesús cargando la cruz. Ese que se llama Dios y la abuela Gregoria me dice que le pida siempre que me cuide. Lo veo muy jodido al pobre Jesús, casi no puede arrastrar ese peso, va solo, muy solo, descalzo, sudando mucho, mucho, gotas de sangre, quizás pensando en lo que le espera al final del camino. ¿Tendrá miedo Dios? Pienso que el colector, Sócrates Pérez, le dirá al chofer que pare un momento para darle una mano, pero el Circunvalación N° 13 sigue de largo y deja al hijo de Dios, que también es Dios, como dice el cura, cargando la cruz. Si cuento esto al llegar a casa me llamarán el gran embustero, y nadie me va a creer que he visto a Dios arrastrando su cruz por el parque El Calvario y no nos paramos a ayudarlo. Como diría mi padrino Nicanor, no le paramos bola a Dios, somos unos malagradecidos.

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