literatura venezolana

de hoy y de siempre

Dos cuentos de Ricardo Azuaje

Dic 8, 2022

El paso de las montañas

Celia sirve más ron y trae la botella consigo, afuera la lluvia continúa y deseo que no acabe nunca, que se mantenga mientras dure mi vida, eso que yo insisto en llamar vida y que no es más que horario, un disco girando y la máquina de afeitar crucificada y desechable -con doble hojilla- en el borde del lavamanos. Palabras, asociaciones de y Celia mirándome, indagando con los ojos si he cambiado de estado de ánimo o si acaso insisto en permanecer igual, esperando mis palabras para confirmar el veredicto y darme la extremaunción o el abrazo místico. Quietos, actitud que contrasta con lo que nos rodea, verdadero movimiento de masas, caída de fauna y flores, derrumbes continuos, todo el interior convulsionado (¿cuál interior?) y la pregunta nace así, entre paréntesis. Mueve un pie y con ese acto todo lo descontrola, ha roto el pedazo de inmovilidad en el que estamos sumidos desde hace un buen rato. No comprendo cómo puede aguantar tanto, qué la retiene aquí, en ese hueco de alma, en esta mierda, desde hace más de dos horas. La lluvia no es, porque vino en el carro de su viejo.

-¿Quieres escuchar de nuevo la historia?

-La has contado ya dos veces.

-Esta será una versión diferente.

-¿Por qué no hablar mejor de lo que te tiene así?

-Porque es poco serio y además te aburrirías pronto, prefiero contarte la historia.

-Cuenta entonces, si te hace bien.

Bien me haría pegarte por ese tonito de lástima con que soltaste la última frase, bien me haría estallar en estos momentos y desaparecer de tu faz, y de la mía, bien me haría tener a Mercedes en estos momentos en mis brazos, para así estrangularla con comodidad y buenas costumbres, bien mearía ahorita sobre la cultura occidental, los buenos amores y la compasión de Celia. Pero soy un muchacho reprimido y educado, y Celia es una buena amiga que se vino al primer telefonazo-SOS del amigo en problemas, el amigo desdichado que sólo la llama cuando está así, desdichado, deshilado, desharrapado. La verdad es que hay que ser bien rata para utilizar a una persona de este modo, como paño de depre, como servilleta desechable, reencontrable cada vez que se necesita. Debería mandarla al coño después de explicarle el porqué y seguir solo con mis movimientos sísmicos y anímicos.

-La cosa empezó en un pequeño pueblo del Perú.

-¿No era en Ecuador?

-Te dije que iba a ser diferente. La noticia no trascendió mucho porque se dio en una zona controlada por «Sendero Luminoso», conocido grupo guerrillero. El hecho es que un pueblo desapareció de golpe, los familiares inquietos avisaron a las autoridades, pero nadie se atrevió a ir al sitio a confirmar los rumores. La segunda noticia también pasó inadvertida, pues no fue más que una profecía proferida por un viejo y poco confiable ciego de Quito, mendigo de profesión; éste ante las puertas de la Catedral dijo que un gran cataclismo se acercaba y que Quito sería la primera ciudad en ser barrida de la faz de América.

-¿Qué ganas inventando historias como ésa?

-Me distraigo.

-Y así no piensas en lo otro.

-Podría ser. ¿Me dejas continuar?

-Sigue, desaparece Quito, ¿no?

-No, La Paz, te dije que había que confiar poco en ese ciego. Un gran terremoto, aparentemente, pero los sobrevivientes hablan de montañas lanzándose encima de la ciudad, como si estuvieran vivas. Nadie quiere creerles hasta que los satélites y los andinos se encuentran con que toda la cordillera está en movimiento. Pueblos y ciudades enteras   desaparecen aplastados por montañas que devoran calles y hombres con una furia y poder fuera de cualquier proporción humana, y cientos de geógrafos y geólogos mueren de derrame cerebral y ataques cardíacos tratando de encontrar respuesta lógica a lo que está sucediendo. ¿Dónde estábamos tú y yo cuando todo esto sucedía?

-En la Gran Sabana.

-No, eso fue antes, en Caracas, en este apartamento. Veíamos las noticias por televisión mientras hacíamos el amor sobre la alfombra que tanto gusta a mis viejos.

-A propósito, ¿cuándo regresan?

-Mañana o pasado. ¿Qué importancia tiene? Después del último y soberbio coito-orgasmo-eyaculación, prestamos atención a lo que decían. ¿Qué decían?

-La última vez dijeron que las montañas avanzaban sobre la selva amazónica, un grupo, mientras las otras continuaban haciendo desastres en la costa del Pacífico, y que la súbita vida adquirida por las montañas andinas parecía estar contagiándose a otras cordilleras.

-Siguen diciéndolo. Después de hacer comentarios sorprendidos y un poco asustados, llegamos a la conclusión de que es lo mejor que pudo suceder, ya que no es posible la revolución, ya que no es posible un verdadero cambio, que las montañas arrasen con todo, antes que nosotros hagamos lo mismo con toda esa sofisticada tecnología radiactiva al alcance de un bobo como Reagan o cualquier ruso chocho.

-¿No somos demasiado pesimistas en tu cuento?

-Sí, en mi cuento somos dos pesimistas.

-En tu cuento, ¿quieres más ron?

-Bueno. El Consejo de Seguridad de la ONU se reúne en busca de una solución al problema, no consiguen ninguna, pero tampoco se inquietan mucho; total, el fenómeno nada más se está dando en Latinoamérica, mientras no salga de allí.

-Pero sale de allí.

-Eres una muchacha informada. Las Montañas Rocosas comienzan a moverse, también las Apalaches, Centroamérica es un caos.

-Siempre.

Volcanes viejos y nuevos avanzan haciendo erupción, estallando en un mar de lava y reconstruyéndose nuevamente. Señores de la Tierra, rompiendo una breve inmovilidad de millones de años, lentos y torpes al principio, niños inmensos dando sus primeros pasos, luego, seguros, avanzando en línea recta o en zigzag, cada vez más rápidos, como si alguien los esperara, como si tuvieran destino, comportamiento de dunas, aunque no sea el viento quien los mueve, aunque no sean de arena.

Y Celia levanta una rodilla que con los juegos de sombra se convierte en una montaña conocida, una del Ávila, laderas depiladas, despiadadas. Nos encontramos medio iluminados por tres velas colocadas en los rincones de la sala, a veces alumbrados completamente por un relámpago que se pega a la ventana del balcón y dispara su luz en todo el apartamento. Ambiente esotérico, dijo Celia al entrar, luego dijo, vine, y sonrió.

-Nosotros escuchando las noticias de lo más tranquilos por televisión, sabiendo que montañas gochas se abren paso por el Amazonas, que ya en nuestros Andes algunas ciudades han desaparecido: Mérida, San Cristóbal, Valera. Viendo cómo la ciudad va quedando desierta, los que pueden darse el lujo escapando por avión a Europa, otros agolpándose en los puertos con la esperanza de embarcarse antes de la llegada mortal de las serranías. Caminamos abrazados por avenidas solitarias, entramos en supermercados abandonados y tomamos las pocas cosas que necesitamos, sobre todo velas y pilas para linterna y radio (desde hace varios días no hay luz eléctrica). Una tarde nos detenemos frente a las torres de Parque Central, los órganos genitales de Caracas (así los llama Celia), tienen apenas unos cuantos días solos y ya parecen edificios antiguos, en ruinas, toda Caracas se asemeja a una antiquísima ciudad durante miles de años deshabitada, ahora descubierta por un par de arqueólogos nihilistas y lujuriosos que hacen el amor en Los Caobos, sobre una mesa en Sábana Grande, en el Parque del Este, en la Catedral de Caracas, en la Plaza Bolívar y, finalmente, en Miraflores (el Presidente se ha trasladado pronto con todo el gabinete y parte del Congreso a París -afrancesados hasta el fin-, ahora gobierna desde el exilio). De vez en cuando levantamos la vista al Ávila, pasamos un buen rato estudiando su comportamiento, hasta ahora nada extraño hemos visto, ningún movimiento sospechoso, es decir, ningún movimiento, aunque Celia le ve una actitud nueva, de expectativa, de acumulación de fuerzas antes de lanzarse sobre la ciudad. Nada raro sería, pues ya en Aragua, en la zona del Parque Henri Pittier han comenzado a moverse, la carretera que lleva a Ocumare de la Costa desapareció y del pueblo no se sabe nada, de por sí, ya poco sabemos, la televisión dejó de funcionar y las pocas noticias que nos llegan son a través de estaciones de radio de las Antillas, por una de República Dominicana nos enteramos de que los norteamericanos en un intento desesperado lanzaron un misil atómico sobre un pico de Alaska que se acercaba a Nueva York; como resultado, Nueva York dejó de existir mucho antes de que llegara el pico. El continente está quedando despoblado, las islas del Caribe también, qué solos estamos.

-Qué solos estamos.

-Celia Eco, deja de repetir mis palabras.

-¿Nos salvaremos esta vez?

-Por qué no, nos salvamos en la primera y en la segunda versión. Volvemos al apartamento y nos quedamos en él, decidimos que aquí esperaremos el final, el holocausto, igual que Hitler y Eva Braun. Apagamos el radio y pasamos el tiempo bebiendo, haciendo el amor y jugando cartas, también hablando.

-Sobre todo de ti.

-Me estás cambiando el cuento, Celia.

-Ya que participo en él, tengo derecho. Déjame jugar también, porque es un juego, ¿no?

-Sí, podría decirse que es un juego.

-Y no es un solitario, ¿verdad? Entonces hablamos, amenazados por montañas que aún no atacan, hablamos de ti y de Mercedes.

-Pobrecita, se encontraba en La Paz cuando comenzó la movilización.

-Así que la mataste.

-Yo no, la muy respetada y harto alabada Cordillera de los Andes.

-Mercedes te dejó y por eso me llamaste, el despecho, la depre, llamar a la pajúa de Celia para buscar consuelo o por lo menos descargar.

-Te estás saliendo del juego, Celia.

-No, porque de eso hablamos mientras las cordilleras se acercan, mientras esperamos el fin. Mercedes te cortó las patas y por eso la depresión, este raro despecho donde has tenido la amabilidad de incluirme.

-No te pedí que vinieras.

-Llamaste por teléfono y empezaste a hablar de montañas y muerte, con un tono. Tenía que venir.

-Santa Celia del Llanito, serás canonizada por este acto de piedad y misericordia. Si quieres te vas.

-No puedo.

-Sí puedes, pero te da pena, anda, vete, miraré para otro lado mientras lo haces y así no te dará tanta vergüenza.

-Marico. No quiero irme, quiero saber cómo termina esta historia.

-Sigamos con la historia entonces, pero antes te aclararé que no estoy como estoy porque Mercedes haya hecho mutis, aunque en parte ayudó, como catalizador, factor desencadenante. Es otra cosa, chama, no logro comprenderlo qué pasa, no veo sentido a nada, la Tierra sigue girando de pura estúpida que es, porque todo está perdido y lo que no está perdido debería estarlo. Dime que no estoy en lo cierto, mentirosa, dime que hay esperanzas y te escupiré a la cara.

-Hay esperanzas; si me escupes te entraré a patadas.

-¿Esperanzas de qué?

-De que todo cambie, de que tengamos tiempo de cambiarlo, cambiarnos.

-Ya pasó la hora en que podíamos hacer los cambios, ahora viene la caída, el vértigo final. Estamos cayendo desde hace tiempo, ¿no te das cuenta?

-Cuenta me doy, pero de lo triste que es tu actitud, esa posición de muerte para esperar a la colega, antes preferías pelear.

-In illo tempore, ahora estoy un poco más lúcido.

-Yo diría que un poco más vencido.

-Allí dejamos de hablar de mí y nos da por hablar de las condiciones del tiempo, la topografía y tú.

-De mí no hay mucho que decir, una profesora de bachillerato sin mayor futuro, una retardada que se empeña en estar con tipos que no la quieren. No -sacude la cabeza-, estás contagiándome tu desánimo, yo creo en la vida, en un futuro mejor, en un mundo diferente.

-En otro sistema solar, supongo.

-No, aquí, cínico de mierda, escéptico chimbo, despechado pretencioso. Te deja una mujer y las montañas empiezan a moverse y todo se desmorona, nada sirve, no hay esperanzas. Eras diferente cuando te conocí.

-Era un dechado de virtudes revolucionarias.

-No tanto, pero estabas más del lado de la vida, no como ahora.

-Y pensar que hablamos de cosas tan intrascendentes mientras la Sierra Nevada posa su piedemonte andino sobre San Carlos de Cojedes.

-¡Vete al carajo con tus cerros locos!

-No son míos, recuerda que el suelo y el subsuelo son exclusivo patrimonio de la nación. ¿Te vas?

Levantada, con un aire resuelto, con la chaqueta y la cartera en las manos, de pie frente a mí, mirándome con rabia. Pasa un ángel por nuestro silencio y sus ojos se suavizan, el aire de resolución es respirado por los dos, sus piernas se desmoronan y vuelve a quedar sentada en la alfombra.

-¿Adónde puedo ir? ¿Qué voy a hacer en una ciudad donde sólo quedamos tú y yo?

Un traidor suspira aliviado dentro de mí, la compañera de juego se queda.

-Las montañas acercándose cada vez más, nosotros sintiendo en el aire, viendo salir de todos los rincones del Ávila grandes bandadas de aves en busca de un lugar seguro, que el día se aproxima.

-¿Nos iremos antes que llegue?

-¿Para qué? Ya no hay barcos en los puertos, y los que no han muerto parecen haber logrado escapar. Una madrugada escuchamos un trueno gigantesco, nos levantamos y vamos a la ventana, la oscuridad es total; sin embargo, percibimos una mole negra en movimiento, una masa de enormes proporciones. Dos horas después podemos contemplar con el amanecer la destrucción de la ciudad a manos de sus montañas.

-Y por primera vez las vemos en movimiento.

-Se arrastran, arrancándose de cuajo de sus sitios de origen, mueven sus lomas con ritmos de respiración animal, el aire se llena de ruidos de todas clases, silbidos, chillidos, voces de tenor y sopranos que no son humanas, que vienen de ellas.

-Avalanchas de piedras y de árboles, trozos de verde rasgándose de un solo golpe, piedra desnuda y roja sangrando agua y arena.

-Chorros de agua disparados con increíble fuerza contra el cielo, cubriendo con una llovizna espesa todo el valle. El estruendo aumentando hasta hacer doler los oídos.

-Los edificios caen, grandes grietas surgen por todas partes, el asfalto salta y en algunos sitios estallan tanques de gasolina, el amanecer claro ha dado paso a una atmósfera densa cargada de agua y tierra y grandes capas de neblina que salen de las montañas y ocupan el valle.

-Contemplamos inmóviles el espectáculo, fascinados por la destrucción a gran escala, son pocos los edificios que quedan en pie.

-Vamos a morir si no nos movemos.

-Una pequeña colina con dos paredes de una quinta encima de ella barre con la avenida, roza el edificio, tiembla bárbaramente, pero no se derrumba.

-Eduardo, vamos a morir si no nos movemos.

-Un rancherío se viene abajo y desaparece bajo una tierra negra y fangosa, el Guaire es ahogado por el barro y un cerro estalla con furia hacia el oeste. Por un momento todo se calma, las montañas se detienen, respiran agitadas, la mayoría conserva la cubierta de árboles, navegantes involuntarios en este mar de tierra.

-Entonces aprovechamos la oportunidad y abandonamos el edificio, corremos a través de los escombros buscando una salida.

-Pero no hay salida, toda América es una tormenta, olas de hasta cinco mil metros barriendo con todas las civilizaciones e historias que existieron o que estaban por existir.

-Pero en Caracas el oleaje se ha detenido por un buen rato, rato que aprovechamos para salir de la ciudad en un carro que medio funciona y buscar el mar.

-Alargas la agonía, Celia. Las montañas observan burlonas nuestra inútil fuga, ronronean y juegan entre ellas.

-Son brutas, no piensan, no actúan como seres vivos. Observar, burlarse, jugar, son atributos que les damos nosotros en la huida.

-Que se corta al encontrar la autopista desbaratada.

-Bajamos y continuamos a pie.

-Reanudan el movimiento sin prestarnos mucha atención; aun así, en más de una ocasión tenemos que apartarnos ante una colina que avanza sobre nosotros. Corremos siempre hacia el norte, buscando el mar, atravesando valles recién nacidos que morirán pronto para crear otros nuevos. En uno de esos valles encontramos un cerro rojo dando traspiés hacia nosotros, cuando vamos a retroceder vemos que las montañas se han cerrado atrás, estamos en un callejón sin salida, atrapados.

-Entonces descubres que el cerro rojo tiene un sendero que lo cruza por el medio, y en un gesto de audacia que no nos perjudica subimos por él y es rara la sensación de estar caminando sobre una tierra que se mueve, que si a ver vamos nada tiene de extraño, pues es lo que hacemos desde que nacemos. Al llegar al tope vemos una tuna, dices que ella debe ser la capitana de ese barco, ya que es el único vegetal en todo el cerro. Le hacemos una reverencia y bajamos al otro lado, estamos salvados.

-Muy bonito. Finalmente llegamos al mar después de casi un día de camino, una playa solitaria con apenas una palmera y pequeñas olas que temerosas llegan a nuestros pies. El paisaje ha cambiado de tal modo que no sabemos dónde nos encontramos, en algún sitio del Litoral, supongo. Acostados en la arena y viendo las estrellas nos damos cuenta de lo absurda que ha sido nuestra huida, ya nadie queda, no hay barcos que nos puedan sacar, no hay ninguna oportunidad de sobrevivir. Mañana o pasado moriremos.

-Tú siempre tienes una aventura y la terminas mal.

-Si querías un final feliz debiste ir al cine, no venir aquí.

-Nunca nos pasa nada, y cuando pasa…

-Mientes, infame Celia, viven pasándonos cosas.

-La mayoría falsas, inventadas por nosotros, tus depresiones, mis crisis. Hablo de cosas de verdad.

-Como las montañas.

-Quisiera explicarme mejor, pero soy muy bruta. Algo real nos está sucediendo ahora y vamos a perder.

-Nada real está sucediendo, chama.

-Sí, sí, nos está pasando aquí y en una playa del Litoral, estamos juntos en un mundo cambiante y hostil, buscando una salida aunque quizá no haya, rompiendo con la desesperanza  y el tedio, inventando, haciendo el amor o escapando de montones de tierra en movimiento. Lo demás es tan soso, tu vida, la mía, nuestra rutina. Eduardo, ¿nos salvaremos?

-Recibimos el amanecer despiertos, escuchando un escándalo tremendo a nuestras espaldas; tú dices que a lo mejor las montañas que venían del Amazonas ya llegaron y están dándose abrazos con las de la Cordillera de la Costa, y cercanos a un final que nos parece inevitable, reímos librándonos así del terror que empezábamos a sentir de nuevo, la muerte puede llegar hasta nosotros ahora, nos encontrará despejados, tranquilos, con un sentimiento de plenitud hace años no sentido. A unos cien metros de la playa conseguimos un pequeño manantial y una mata de mango, saciamos nuestra hambre y sed y volvemos a la playa, allí hacemos el amor con una lentitud de montañas, como ellas deben hacerlo, apoyando los bordes, buscándose las cimas, uniendo las quebradas y barrancas, los árboles de diferentes sexos, familias y especies, resbalando por las laderas con la humedad del rocío, estallando de placer con nuevos manantiales, o quizá lava del centro de su corazón.

A medida que hablo, Celia ha ido acercándose, apoya sus codos en mis rodillas y acaricia suavemente mi cara, mirándome con una dulzura que no me gusta. Mentira.

-Tomamos un largo baño de mar y sol y nos dormimos como sólo pueden dormir las montañas después de una sesión de amor, y por primera vez en nuestros sueños no penetra el trueno permanente de las montañas y es como si nada hubiera sucedido y estuviéramos pasando un fin de semana en la playa, como hacíamos antes de que te diera por Mercedes, los amores estables y con horario de visitas.

-Deja las indirectas.

-No es una indirecta. Pero al despertar la realidad es mucho más hermosa porque una de las montañas se ha retirado y la pequeña playa se ha convertido en una larga franja de arena y el atardecer enrojece el cielo. Volvemos a bañamos y después damos una larga caminata por la playa.

-Es cuando vemos el barco, un pesquero que va a unos doscientos metros de la costa y desde el cual varios hombres nos hacen señales. Tardamos unos minutos en reaccionar y, cuando nos movemos, ya dos marineros están delante de nosotros indicándonos que abordemos el barco y preguntando si hay agua dulce cerca.

-Subimos al barco con cierta resistencia, todavía aturdidos por un rescate que no esperábamos, nos habíamos acostumbrado a la idea de vivir y morir ante un paisaje cada día nuevo. Me abrazas y dices no te preocupes, ahora el paisaje cambiará dentro de nosotros, seremos cada día distintos.

-¿Te dije eso?

-Sí, y me besas también.

Deja ir su cara hasta la mía y el verbo se hace carne, sobre todo labios y un pedacito de lengua viva. Aparta su cara con suavidad y sigue hablando.

-Conversamos con los otros supervivientes que se encuentran en la cubierta, nos dicen mientras nos pasan una cobija y un trago de ron que somos los últimos y que nuestro destino es Europa.

-Un negro puertorriqueño que está sentado a nuestro lado dice que escuchó hace unos días noticias de allá y que son poco alentadoras. La primera, que los campos de refugiados están superpoblados y faltan recursos para mantenerlos, que ha habido varios motines por los malos tratos con numerosos muertos y heridos como resultado, que algunos los llaman campos de concentración y a los americanos neojudíos, que ni los europeos ni los africanos quieren recibir más gente. La otra noticia es que algo extraño está pasando en los Montes Urales, pero los rusos hasta ahora no han querido decir nada. Cuando el negro termina de hablar, tú dejas caer un verso de Gerbasi que aprendiste en bachillerato: Venimos de la noche y hacia la noche vamos. Los marineros regresan con pimpinas llenas de agua y el barco comienza a moverse, nuestra aventura está concluyendo, aquí.

De nuevo los labios, entonces Celia y el deseo renaciendo de las cenizas de los cigarrillos muertos. Por esta noche lluviosa no más montañas, no más Mercedes muertas en La Paz ni mundo resquebrajándose con pequeñas miradas críticas y deprimidas. Por esta noche. Nos levantamos y vamos apagando las velas camino al cuarto en busca de la cobija y el trago de ron ofrecido por los otros sobrevivientes. Desnudos, haciendo los preparativos para el acto que tantas veces hemos nombrado esta noche. Algo en mí se rebela contra esta felicidad fácil, este barco de cuerpos que aparece justo a tiempo, asegurando el escape.

-Celia, mañana será igual.

-Yo sé.

-Mañana volveré a ser el mismo imbécil.

-¿Y quién dice que esta noche has dejado de serlo?

Ya los brazos y también las piernas, esa temperatura ambigua del primer contacto, entre frío y calor. La rebelión es sofocada por pequeños senos -como colinas- temblando y lenguas que se cruzan y palabras.

-Malditas las ganas de ir a parar a un campo de concentración en París o Nigeria.

-De dejar nuestras montañas, nuestros sueños.

-Pero peligros nuevos cada día, ninguna seguridad de conseguir alimentos siempre.

-Y estar siempre en movimiento, como ellas.

-Entonces, sin pensarlo mucho saltamos por la borda y nadamos hacia la playa, al llegar caemos agotados en la arena y jadeando vemos cómo el barco se aleja; luego, nos miramos, reímos y tú dices deben pensar que estamos completamente locos.

-Y es verdad, estamos locos.

La última palabra cae con un relámpago largo que permite ver por unos segundos los contornos del Oriental, seguido de un poderoso trueno, como pocas veces hemos escuchado.

A imagen y semejanza o Ese cuento lo leí yo en otra parte

Que uno vaya de lo más tranquilo por la calle y se detenga ante una vidriera donde se exhibe un reloj de péndulo, se quede mirando el ya y viene del cronométrico bicho, el vaivén de la esfera, el rítmico movimiento, se canse, se fastidie y siga su camino y de repente se encuentre caminando con un lento vaivén, pausado y rítmico, igual al del reloj. No es mi caso, pero casi. Soy un imitador compulsivo, perseguidor fatigado de la más mínima originalidad sin resultado alguno, atrapado por las incesantes sombras que el resto el mundo proyecta sobre mí.

Voy por la calle pensando en cualquier cosa, fijándome a ratos en el cuerpo de una mujer hermosa que camina delante de mí, cuando los gestos de dos muchachos que vienen en sentido contrario me revelan que voy caminando al mismo paso y con los mismos movimientos de la mujer. Marico. Como ven: péndulo conmigo. Estoy hablando con un amigo o con un conocido cualquiera, la conversación se transforma en discusión; la otra persona gesticula para reforzar sus afirmaciones y yo le respondo gesticulando de la misma manera. Ella no se da cuenta, pero yo sí, porque no son mis gestos habituales, no son mis maneras. Estoy en una parada, esperando junto con otros la llegada del carrito por puesto, la persona que está a mi lado tiene una mano apoyada en la cintura, yo también, no es mi posición normal de espera y enseguida la elimino, pero no encuentro con cuál sustituirla; cuando voy a cruzar los brazos el sujeto se me adelanta y más allá alguien se pone las manos sobre la cabeza y otro las pone detrás de la espalda y rápidamente ocupan todas las opciones posibles. Desesperado me alejo corriendo de la parada.

¿Locura? No, soy de lo más normal: trabajo, estudio, rumbeo, me enamoro y, por consiguiente, me jodo, cobro quince y último y odio las trancas del tráfico. Mi defecto: no tengo personalidad, carácter, soy el papel carbón de todo lo que se atraviesa en mi camino, soy el plagio de cualquier ente más o menos inteligente que se digne detener su figura delante de mí. Nunca tuve problemas de adaptación, me asimilaba fácilmente a los grupos y a los lugares donde vivía, no tenía conflictos porque no me oponía al curso de los acontecimientos, me dejaba llevar. Es más, mi primer conflicto fue descubrir que no los tenía. No tenía ideas propias, mis ideas eran las de mis amigos, los tipos de mujeres que me gustaban eran los que a ellos atraían, mis gustos eran los de ellos; mi vida, la de ellos. Entré a militar en un partido porque mis amigos así lo hicieron y me retiré al ver que ellos lo rechazaban. Rompí con una noviecita al escuchar decir a uno de los muchachos que era una estúpida, cuando lo correcto hubiera sido romperle la cara, a él.

Lo admito, hay una edad en que todos somos sumamente influenciables por el grupo en donde nos desenvolvemos, pero yo exageraba la nota. Además, nunca superé esa etapa, aún la sigo viviendo y ahora no puedo ocultarme tras la justificación de la inconsciencia: estoy perfectamente claro en que soy la blandura hecha persona. Uno de los momentos más amargos de mi vida fue cuando me di cuenta de mi triste —deplorable condición y la acepté, porque no me sentía capaz de luchar contra ese maremágnum de imágenes y palabras que tomaban por asalto mi franqueable persona cada día. Luego vino la rebelión, la negación de lo que habían hecho de mí los demás; mi intento fue ambicioso, traté de reinventar cada uno de mis gestos o frases, llegué a alejarme tanto de mi antigua personalidad que casi no me reconocía. Finalmente cayó el velo y me encontré con que cada uno de mis gestos o palabras tenían un antecedente en la memoria de algún amigo o de algún libro leído hace mucho tiempo. El fracaso podría ser original, si no fuera porque hemos conocido tantos.

Me las arreglé para sobrevivir con ese lastre y me autoconvencí de estarme exigiendo mucho para mi corta edad, de estarme tomando demasiado en serio; debía dejar a la vida la oportunidad de modelarme con esa mano temblorosa tan bien conocida por nosotros. Pero la vida no se tomó el trabajo de hacerme ese pequeño favor, quizá no le gustó la calidad del barro que me forma; más bien se empeñó en crear las condiciones para que mi semejanza con los demás fuera casi exacta: me convirtió en funcionario público de uno de los tantos ministerios existentes en este país, me introdujo, por poca: tiempo, en una universidad y me cedió un pequeño apartamento en el centro de la ciudad. El tiempo y los pequeños problemas de una vida mediocre me hicieron olvidar todo por un largo período, y cuando a mi memoria volvían las antiguas reflexiones, me las quitaba de encima tachándolas de desvaríos, de locura de juventud. Pero la locura no se atuvo a la edad y volvió de nuevo.

El saber que hacía y pensaba lo mismo que otros, y no porque fuéramos iguales, sino porque yo era incapaz de ser diferente y que por sobre todas las cosas era incapaz de ser yo mismo. He dicho lo mismo con distintas palabras; lo que me faltaba, ahora resulta que me imito a mí mismo. Volví a verme en cada persona, a sentirme reflejo, un producto hecho a imagen y semejanza de todos y cada uno. Esta vez la rebelión se manifestó en un aislamiento casi total en mi apartamento, apenas salía para comprar lo necesario para subsistir y en el transcurso del viaje trataba de no fijarme en nada ni nadie. Desconecté el televisor y para evitar tentaciones le quité las antenas; lo mismo hice con el radio, pero dejé el aparato de sonido para al menos tener alguna distracción, pues no pensaba leer tampoco.. No tenía ni la más ligera idea de lo que intentaba lograr o demostrarme; además, tarde o temprano tendría que volver al trajín cotidiano, se me acabaría el dinero y de nuevo a enchufar la radio, el televisor y el resto del cerebro al mecanismo global. De todas maneras, insistí.

El primer día fue la desesperación: sentía que me faltaba el aire, que necesitaba ver gente y abandonar ese absurdo proyecto. El eco del ruido callejero me llamaba con una terrible insistencia y en más de una ocasión estuve a punto de responder, pero una voz interior me acusó de inconstante y de cobarde, con toda razón siempre temí enormemente a la soledad física, más que a la otra. El remordimiento me detuvo y me dio fuerza.

Los días siguientes ya no fueron tan difíciles. La música me ayudó a superar el sentimiento de vacío y depresión que me embargaba, fue por un corto tiempo mi gran amiga. Por corto tiempo. Su ayuda se revirtió en el momento que comencé a llevar el ritmo con las palmas de las manos, a imitar la voz de los cantantes y a hacer como si tocara una guitarra eléctrica, algo que había hecho siempre y que ahora me parecía maligno, sospechoso. Me alejé preventivamente del rock y puse nada más los pocos discos de música clásica, una y otra vez, hasta rayarlos y capturar mis brazos llevando el compás, dirigiendo una orquesta imaginaria, von Karajan de pacotilla y solitario desconectando el aparato, quitándoles los cables a las cornetas y viendo con fastidio unas extremidades extremadamente traidoras a los deseos de su dueño.

Esa noche lloré de rabia sólo para oírme y saber que seguía allí y no había desaparecido con el último acorde del último disco. Me fui recuperando y después de un par de recaídas en angustia vertical me encontré agradablemente instalado en la soledad, en la búsqueda de la originalidad perdida. El apartamento se fue llenando de recuerdos, la máquina de la memoria se empeñaba en mostrarme lo que eta o había sido —terminemos de conjugar—, lo que fui y ya nunca seré. Se iban sucediendo como en una película sin argumento y sólo medianamente traducida, impresionándome a ratos con escenas de desconsuelo y hastío que hacía algunos años me habían sacudido, con rostros inolvidables de amigos ya olvidados; con pedazos de sueños contados por otros y que me parecieron geniales, verdaderos; los míos no, se parecían demasiado a los sucesos de la vigilia. Pasó lo que tenía que pasar, se le acabó el repertorio y comenzó a repetirse hasta dejar de funcionar, de nuevo los pasillos del apartamento quedaron abandonados a mi suerte.

El chillido de una puerta al abrirse y cerrarse, el desplazamiento de la luz por las habitaciones desde la mañana hasta el anochecer, el movimiento de las cortinas, el de una silla que es alejada de la mesa y regresada a su lugar, la brisa penetrando por el ventanal de la cocina e inundando la sala. Todo es posible, con movimientos elementales, primarios, con la ayuda de los brazos y piernas, contracciones del abdomen y ligero alzamiento de cejas. Que los brazos abiertos y el resbalar de los pies alcancen la luz para llenar la sala y vaciarla de nuevo; que el parpadeo continuo y descontrolado sea el aletear de una mariposa intentando posarse en el alféizar de una ventana; que correr y detenerse y volver a hacerlo para hacer del cabello el ejecutante de una breve danza sea la brisa entrando por la mañana, y que un juego con los dedos de los pies sea el rito sexual de dos moscas que se ven por primera vez. Es fácil, cuando el abandono del tiempo a la soledad es completo, cuando la reflexión se apaga y todo es un vacío perfecto que no implica sabiduría sino eso, vacío. Difícil lo que está en uno, hacer como si realmente se viera o se oliera, como si de verdad se respirara; para ello se debe simular una naturalidad tal que exige un esfuerzo sobrehumano; lo llevé a cabo con tan buena suerte que acabé creyendo cierto lo que sólo era comedia. Entonces, en esos extraños días, me acerqué cuidadosamente a la inmovilidad y con una técnica ya ampliamente dominada la reproduje ante un espejo para mirarla de frente, y supe que tenía unos ojos hoscos, una barba descuidada y una nariz algo torcida, y tenía un hambre atroz. El repliegue comenzó en ese momento y, con él, mi reincorporación a la vida diaria.

Un amigo me consiguió un justificativo médico y otro que me aceptaran de nuevo en el trabajo. Hace poco de eso y no puedo decir en verdad que me hayan recuperado, más bien la sensación se ha agudizado ostensiblemente y hasta considero mi fácil adaptación a un mundo exterior del que estuve tanto tiempo alejado como la muestra más clara de que sigo enfermo de eso que ahora no logro definir. Sólo una cosa me impide adoptar una decisión definitiva contra este mal que es mi vida entera: tiene forma de mujer, de ex compañera de estudios encontrada por azar y que por azar ha llenado mis sueños y me hace murmurar su nombre a cada momento. No sé que ve ella en mí, no entiendo por qué me busca y acepta todas mis invitaciones, incluso las menos convencionales, como ir a ver los pájaros a un parque o seguir por varias cuadras a una muchacha bonita de caminar exótico o seguir a un loco callejero que me asusta y me atrae. El hecho es que me acepta y encuentra graciosa mi forma de besar, triste mi mirada y cómicas mis manías de imitar los movimientos de las cosas, resabios de mi última postración. El hecho es que ha correspondido a mi amor y eso ha sido demasiado para mí, y sin darse cuenta me ha hecho ver que soy diferente ahora y que la responsable de ese maravilloso descubrimiento ha sido ella.

No es que sea la primera mujer en mi vida, pero las circunstancias en medio de las cuales apareció y la manera tan feliz de acabar con mi problema disolviéndolo con una sonrisa y una mueca graciosa, la convierten en la primera y en la única verdaderamente real. Disculpen, el lirismo me inunda al hablar de ella y medio oculta el deseo con que la sigo, aun estando alejado de ella. Mi condición ha variado considerablemente hasta casi alcanzar el lado opuesto; ahora desearía mi suerte y mi forma de ser a todo el mundo, mi manera de percibir la ciudad: como un torbellino que de forma espasmódica te va acercando a una mujer ansiosa, esperando y deseándote tanto como tú a ella; a la ciudad como un pequeño lugar donde dos seres se revelan mutuamente secretas semejanzas y se entregan llenándose, confundiendo los recuerdos y las fechas en giros y revoluciones sucediéndose hasta acabar en un cigarrillo encendido con dificultad, frases breves y un sueño incipiente que nos va envolviendo. Entonces le cuento todo sin dejar fuera ningún detalle ni gesto imitado, me desbordo, me freno, vuelvo a soltarme y regreso a momentos ya contados pero que insisten en seguir haciéndose palabras, hasta llegar a ella y a la mirada quieta y atenta que ha mantenido durante toda mi narración. Me pasa la mano por la cara, me abraza, respondo, nos buscamos de nuevo y un cigarrillo encendido cae en un vaso de ron no consumido.

No debió decir eso, ni siquiera en broma debió haberlo dicho, aunque no creo que fuera por la expresión avergonzada que puso ante semejante desliz. Un acto tan limpio, tan libre de las formas que nos rodean afuera, contaminado por ella al mismo tiempo que me condenaba definitivamente. Decir eso, comparar mi forma de amar con la de otro hombre conocido hace mucho, hablar de semejanzas en ese momento, justo después de lo que consideraba una redención. Hizo todo lo posible por disolver lo que ya hecho, pero ya no podía ni importaba, estaba demasiado alejado de ella como para aceptar sus explicaciones.

Me abroché la camisa en la calle y sólo al llegar aquí, al apartamento, me he fijado en la falta de una media; la dejé en su casa. No tengo ganas de llorar, no siento nada, sólo un hueco que me contiene sin esperanzas. La ciudad sigue siendo un torbellino, pero de ausencias repetidas, se me hace horrible desde la ventana y nada más una cosa deseo. Tengo los medios a mi alcance y no tengo ninguna razón o efecto que me obligue a esperar. Voy al baño, abro el gabinete, abro el chorro y lleno el vaso usualmente utilizado para cepillarme los dientes, abro el frasquito y me siento en la poceta. El tiempo pasa a través del grifo que gotea sin parar y el acto que sigue sin llevarse a cabo; ha sucedido algo terrible: me he puesto a pensar.

¿Cuántas veces se habrá vivido este momento? En un tiempo distinto, con instrumento diferente y en otro lugar. Mil, un millón de veces. No es precisamente el acto más original llevado a cabo por un hombre. Ni siquiera la muerte es sagrada para mi enfermedad, contaminó mi existencia y no conforme con eso hizo lo mismo con su negación.

He pasado toda la noche sentado en el baño mirando fijamente un frasco de sedantes y buscando una respuesta que intuyo cerca y que va más allá de todas las soluciones hasta ahora buscadas.

No sé cómo no me topé con ella desde un principio; tuve que sufrir todos estos años para así poder quitarme el velo de los ojos y ver de frente la única verdad; debí rebasar los bordes de la desesperación y vivir en una caída constante para al fin llegar a Él y comprenderlo todo. Creía estar equivocado y casi siempre estuvo en lo cierto; me he creído enfermo y quizá soy el hombre más sano de toda la ciudad, porque tengo en mis manos la Verdad; desde mi primera vacilación de adolescente me encontré con ella, sólo que la utilicé de una forma errada.

No era yo el que imitaba a los demás: todos nos imitamos y a su vez imitamos a un ser superior, única fuente de originalidad. Mi estúpido individualismo no me permitía ver algo tan sencillo y hermoso. He sido iluminado. Ahora camino por las calles admirando la maravillosa sincronización de movimientos instrumentados por el Señor para su disfrute, trato de participar en esa música de gestos y posiciones y comprendo que en el interior de cada uno de los seres que pasan ante mi vista los rollos existenciales deben ser los mismos, claro, unos más adelantados que otros, y que tarde o temprano llegarán a la misma conclusión alcanzada por mí tras largo y sufrido camino.

Este descubrimiento me ha liberado de la terrible pesadilla que enturbió cada uno de mis pensamientos y ahora puedo reflexionar sobre otras cosas, fundamentalmente sobre Dios; y he llegado a una idea que amenaza acabar con mi recién adquirida paz interior. La idea, o mejor, el problema, es éste: considerando la estrecha gama de emociones y sentimientos. que somos capaces de albergar, considerando la limitada cantidad de gestos e ideas con que contamos, considerando el pequeño número de nuestros sentidos (cinco, en vez de diez o mil); considerando todo eso y algunas cosas más, uno termina por plantearse la siguiente pregunta: ¿Acaso Dios tuvo poca imaginación al crearnos, o su poder no es tan ilimitado como parece?

Está también otra cuestión, la posibilidad de que él sea un intermediario y esté imitando a un ser superior que a su vez estaría copiando a otro ser superior, y así ad infinitum. Es una idea original, ¿no les parece?

Sobre el autor

*Crédito de la fotografía: Geczain Tovar

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