literatura venezolana

de hoy y de siempre

Dos cuentos de Marianne Díaz Hernández

Cómo andar en bicicleta

Al final de la calle, en una casa con grandes ventanas y una mata de mandarinas al frente, vivía una muchacha, en la planta alta de una quinta que quedaba a ocho casas de la mía. Tenía veinticuatro años. Veinticuatro años, y los ojos negros y el pelo negro y la sonrisa esquiva de Mónica Belluci.

Yo tendría a la sazón once o doce años y estaba enamorado. Mis padres me acababan de regalar una bicicleta montañera, y yo corría todas las tardes, al volver de la escuela, para subirme a ella y lanzarme una y otra y otra vez calle abajo, hasta verla llegar, la mirada baja, a veces con alguna bols con pan o con libros en los brazos, a veces sólo con las manos en los bolsillos, ensimismada en nunca supe qué pensamientos.

Ella no me miraba. Caminaba etérea como si nada pudiera tocarla, ajena al mundo, mientras yo pedaleaba con todas mis fuerzas para alcanzarla, para seguirla por el borde de la acera hasta que llegaba a casa, subía las escaleras y yo, entonces, daba la vuelta, al final de la calle ciega, y esperaba a que entrara y abriera la ventana que daba a la calle, y desde abajo la veía, y seguía pedaleando calle arriba y calle abajo hasta que comenzaba a anochecer y mamá, con un grito, me llamaba a casa.

A veces buscaba a mis amigos, dos o tres de ellos, y todos sacaban sus bicicletas y, sin conocer el motivo, se lanzaban conmigo por la calle ciega, mientras yo —con la excusa del juego— hacía todo el ruido que me era posible con la esperanza de que un día la bella se asomara por alguna ventana y me mirara. Tarde, tras tarde, tras tarde, y fueron muchos otros los vecinos que se asomaron a sus ventanas, vociferando, en un intento desesperado por hacernos callar. (Nunca entendí cómo la gente intenta eliminar ruido con más ruido). Ella no. Ella nunca se asomaba, nunca parecía darse cuenta de que estábamos ahí, corriendo alrededor suyo mientras ella caminaba lentamente hasta su casa y cerraba la puerta tras de sí.

Desde la ventana de mi cuarto, a veces, intentaba cazar en la distancia la luz encendida de su piso, con la única intención de saberla, de imaginarla allí. Era tan poco lo que sobre ella sabía, que me inventé un mundo de hábitos, rutinas y preferencias para ella. Le inventé una voz y un nombre, una vida y una forma de vivirla.

Una tarde, mientras yo recorría, junto a dos amigos, la calle ciega por enésima vez, ella llegó —la misma expresión de siempre, la mirada baja, las manos en los bolsillos—. Llegaba temprano. Yo no la esperaba aún, y por ello, perdí el control de la bicicleta y me caí con estruendo, a dos metros de sus pasos.

Ella se detuvo en seco, los ojos muy abiertos, consternada. Yo me levanté de un salto, como siempre que uno intenta hacerse el duro frente a una chica, tratar de que una vergüenza pase más rápido. Me levanté de un salto y le sonreí, azorado.

Entonces ella rió. Primero con una sonrisa casi invisible, y luego con una carcajada abierta, musical. Me miró a los ojos —la risa inmensa, dulcísima, ocupándolo todo— y siguió caminando. Yo me quedé ahí, de pie, la bicicleta caída en medio de la calle, hasta que uno de mis compañeros vino a sacudirme y a preguntarme si no pensaba seguir jugando.
Esa noche me dio fiebre de cuarenta grados.

A los pocos meses de aquel incidente mi papá consiguió un nuevo trabajo y nos mudamos a otra ciudad. Hubo que cambiarme de escuela y tuve que hacer nuevos amigos. A tal circunstancia le fue atribuido el hecho de que, después de la mudanza, nunca más volví a tocar la bicicleta montañera, a pesar de que la calle donde se hallaba ubicada mi nueva casa era perfecta para pasear por ella.

Pasó el tiempo, y una madrugada recién lavada, en el aeropuerto de París-Orly, la vi de nuevo. Yo venía de regreso de un viaje de negocios y estaba esperando mi conexión a Londres. El aeropuerto parecía una cápsula suspendida en el tiempo, y el cielo gris, indeciso entre la noche y el día, permanentemente nublado, me producía una incierta sensación de estar soñando, o de estar dentro de alguna película de ciencia ficción dudosa, de ésas que transcurren en el año 2300 y en que, por alguna razón que nunca he alcanzado a comprender, todo —desde las ropas hasta el firmamento— se ha vuelto gris claro. En todo caso, haciendo a un lado mis divagaciones, parecía aproximarse una tormenta, y ésa era la causa de que tantos pasajeros esperaran sus vuelos sentados en cualquier parte, rodeados de maletas y con cara de resignación, produciendo una atmósfera general de desamparo que rayaba en el humor negro.

Hay noches en que, en algún hotel de cualquier ciudad del mundo, he puesto el televisor en mute y he jugado, mientras cambio los canales, al juego solitario de adivinar cuál de ellos se emite desde Latinoamérica. No es difícil. Puede saberse por el estampado de una corbata o el color de una bufanda, por la forma mexicana de mover los labios una mujer, o por cierta falta de seriedad que no podría ser sino venezolana. Matices que se aprenden con el paso de la nostalgia. De esa misma forma supe, mientras ella era sólo una mujer cualquiera que, envuelta en un abrigo europeo, me daba la espalda desde el mostrador de la aerolínea, que tenía que ser, irrefutablemente, venezolana.

Ella discutía en un francés hermético con la encargada de la aerolínea. Su manera de discutir la definía; nunca alzó la voz, ni enfatizó sus palabras con gestos excesivos; se podía saber a la perfección cuán serio era el asunto que trataba sólo por el tono firme y pausado de su voz. Después de un rato de argumentar, pareció vencer o darse por vencida, abandonar la batalla. Se dio vuelta entonces y vi su rostro. Por un instante eterno creí que la madrugada, las doce horas de vuelo y el encontrarme en un país extranjero habían hecho efecto en mi psiquis y que estaba teniendo una alucinación. No podía encontrármela después de dos décadas, tan lejos del sitio donde su presencia me había hecho caer de la bicicleta, donde su risa me había dejado inmóvil, paralizado y mudo.
Caminaba poco a poco, como si no tuviera prisa —como siempre—. Tenía aún aquel aire de no existir en el mismo plano que el resto del mundo, de que no pertenecía a ningún lugar, de que nada podía tocarla. Por mi parte mediaban una carrera universitaria y un divorcio. Ella se veía igual, años aparte, con esa extraña soledad suya que la situaba en otro orden de cosas, tan distante. Se acercó suave, como si flotara, llevando una maleta cuyas ruedas detuvo a mi lado, y mirándome entonces, sin que pareciera perturbarle el hecho de que yo la había seguido con la mirada desde el mostrador hasta mi asiento, me habló.
—Vous-êtes vénézuélien— me dijo, con gramática y tono de afirmación, los ojos muy abiertos en espera de una respuesta. Era evidente que el color de mi corbata, o la manera de sentarme, me habían delatado.

—Sí —arriesgué, en una respuesta que me servía, mal o bien, para ambos idiomas.

—Eso pensé —repuso, y con un gesto de empatía casi imperceptible, que hubiera pasado por una sonrisa, pero no lo era, preguntó:— ¿Puedo sentarme aquí?
Por toda respuesta, aparté mi maleta, aún consternado, para dejar libre el acceso al asiento contiguo. Ella se sentó. Exhaló un suspiro de cansancio y, pasando una mano por el borde de su falda hasta llegar a la rodilla, prosiguió.

—Yo soy de Valencia —me dijo—. Hace mucho que no voy por allá. ¿Y usted?

—Yo soy de Cumaná —mentí sin planearlo, sin saber por qué.

—Qué extraño —contestó con voz casi inaudible—. Por un momento se me pareció mucho a alguien que conocí hace muchos años.

El corazón me dio un vuelco. Permanecí callado. Ella hizo una pausa y luego agregó, suspirando:

—Tonterías de uno cuando se va al exterior.

Habló por un rato. Yo intenté contestarle con coherencia, disimulando el extraño nerviosismo que sentía. Fue una conversación de aeropuerto: no podía ser de otro modo. Ella venía de Praga e iba hacia alguna parte de Suramérica. Su vuelo se había retrasado, unas horas o unos días, no lo sabía aún. Me quedé mirando sus manos, largas, finas y blanquísimas, que buscaban en su bolso, pausada, quedamente, como dando un tiempo a cada movimiento, como si tocara una melodía que sólo ella podía escuchar. Sacó sus papeles —pasaporte, boleto, visas y permisos diversos a los que uno se termina acostumbrando de tanto viajar —y comenzó a organizarlos sobre su regazo, como si los apilara en el orden en que iban a pedírselos. Yo miré hacia otro lado. Tuve miedo de saber su verdadero nombre, su apellido, de ver la foto en su pasaporte, de ver una partida de nacimiento o algo que certificara su existencia en el mundo real. A veces, uno va caminando por la calle y se da cuenta de que al doblar la próxima esquina se encuentra la muerte. Entonces uno se da media vuelta y se regresa. A veces se regresa. A veces no. A veces uno se hace el desentendido y sigue caminando. Porque la muerte puede ser cualquier cosa. Un girasol recién cortado o un revólver humeante. O el rostro de la primera mujer que amamos cuando aún éramos niños y no sabíamos el tamaño de la desdicha que albergaba la vida.

A veces uno sigue caminando. A veces se da media vuelta y elige regresar. Le seguí la conversación por un rato más, quizás unos veinte o treinta minutos. Yo también, quizás por contagio, comencé a hablar en voz baja, casi un susurro, como si temiéramos despertar a alguien. Hablamos de aeropuertos, de partidas, de nostalgias. Evité hacer preguntas personales o indagar en su vida. No quería conocer detalles que me descubrieran a una mujer distinta a la que yo había imaginado, a la que había buscado sin cesar en todas las demás, a la que no había podido encontrar en mi esposa —ahora ex esposa— ni en nadie después de ella. Pero miraba sus labios hablando lenta, casi inaudiblemente, y no podía evitar pensar que toda mi vida había sido hecha para esperar ese instante.

Había una posibilidad, al doblar la esquina. Lo supe entonces. Pude ver en sus ojos de eterna extranjera, que la soledad era la misma cosa para todos, que ella podía estar dispuesta a exiliarse un rato, conmigo, en la habitación de algún hotel. La miré. Me miró. Y en medio de una frase cualquiera, como un punto y coma, su sonrisa surgió de nuevo, por segunda vez, y yo supe que si hubiera tenido una bicicleta me habría caído de ella una vez más. Y pensé en caerme. En dejarme caer. En arrojarme al vacío de su sonrisa.
Pensé en eso mientras ella seguía hablando, como la voz en off de una película distante. Pensé en las posibilidades y en las decisiones.

Es fácil culpar al destino cuando uno no desea asumir responsabilidad por las decisiones que toma. Pero ¿cuánto de lo que nos pasa no se encuentra determinado por nuestras elecciones? ¿Cómo iría a influir en mi destino, sin que yo lo supiera, el que, apenas un par de meses atrás, yo decidiera elegir el vuelo que hacía enlace en el aeropuerto de París-Orly, en vez del que lo hacía en el Charles de Gaulle? No lo sabía. Así como jamás conocería la infinitud de universos posibles, distintos, a los que había ido renunciando sucesivamente, a lo largo de la vida, al elegir ésta o aquella mujer, ésta o aquella ciudad, una u otra universidad, vuelo o restaurante.

Me quedé mirando la maleta que reposaba a mi derecha. Mi maleta. Observé minuciosamente las costuras color café, las asas desgastadas por el uso, la etiqueta que indicaba en letras negras de imprenta que su destino era London-UK. De pronto, sentí la maleta como algo infinitamente ajeno, como si no me perteneciera, como si, de todas las cosas que había dentro de ella, no hubiera una sola que tuviera significado alguno para mí. Nada que definiera mi personalidad como la mujer desconocida que se hallaba sentada a mi lado, y de quien no conocía, ni deseaba conocer, siquiera el nombre.

La miré de nuevo, ya sin escucharla. Observé sus labios moviéndose casi sin moverse, como dando un beso —un primer beso, tímido, dudoso —al aire. Una parte de mí, era verdad, quería besarla. Pero —lo sabía— existía la posibilidad aciaga de que sus labios no fueran tibios y dulces como yo los había imaginado.

Quizás, tan sólo quizás, cuanto yo había creído, habría sido posible. Pero era un riesgo, y no quise estropear el recuerdo de su sonrisa perfecta con un brochazo de realidad, de modo que, tras decirle que mi vuelo estaba por partir, me despedí de ella agitando la mano, por no tocarla, para que no se fuera a desvanecer.

 

Hotel

Ámsterdam, 2008

Eliana miraba sin ver las imágenes que reproducía el televisor encendido. Le costaba un esfuerzo ligeramente superior al que era capaz de realizar, el comprender en qué idioma narraba las noticias la rubia de la pantalla.

Estaba sentada sobre el grueso edredón que cubría la cama matrimonial, en el cual un monograma dorado sobre fondo vinotinto rezaba RH en letras cursivas. Ladeándose ligeramente hacia un lado y hacia el otro, introdujo sus manos bajo los muslos como si buscara darles calor. Lo cierto era que intentaba, mediante un esfuerzo de inmovilización, hallar un poco de tranquilidad en la tormenta que era su cabeza.

El idioma de la rubia resultó ser un portugués chapurreado, un excelente distractor de sus ideas si se esforzaba por entender lo que narraba. Lo hizo. Había una guerra incierta entre dos países del Medio Oriente. Había crisis alimentaria mundial. Había un golpe de estado en cierto país latinoamericano.

Él debía haber llegado hacía ya dos horas. Su avión se habrá retrasado, se dijo, aunque no se creyó a sí misma al decírselo. Algo le decía que después de casi una década, él quizás se habría agotado de esa mecánica sin fin y sin sentido —encontrarse, una vez al año, en algún hotel, en alguna ciudad del mundo, previo acuerdo, para evadir la realidad de que hacía más de diez años que ya no estaban juntos, para olvidar que el futuro planeado por ambos no había podido ser— y que, quizás, el agotamiento se tradujera en dejarle saber, mediante su ausencia, que el juego había terminado.

Suspiró, cansada, y se frotó el rostro con ambas manos, intentando despejar su mente. En el fondo, la voz de la reportera continuaba dando noticias en un portugués que ya no alcanzaba a comprender.

Río de Janeiro, 1998

Quizás todo había sido una mera casualidad. Era verdad que alguna vez habían hablado de conocer juntos el Cristo de Corcovado; era verdad que su pasión por viajar había sido siempre un punto a favor en el ranking de los intereses compartidos. El caso era que, después de casi dos años sin verse, se habían hallado uno frente al otro en la barra de un bar de restaurante, en Río de Janeiro, un martes cualquiera, en medio de un calor insoportable que se colaba por las rendijas como vapor de agua. Ella no supo si el sudor que adhería las delgadas ropas a su cuerpo se debía a la temperatura tropical o a la impresión, al nerviosismo que le causaba verlo allí, en el lugar menos pensado y en el momento más inesperado, después de que pensara que nunca más volvería a encontrárselo.

Y habían cumplido esa promesa, en las calles de la ciudad donde ambos vivían, en los lugares que solían frecuentar, en las reuniones con los amigos que aún conservaban en común, para venir a toparse el uno con el otro en un país desconocido y a miles de kilómetros de sus respectivos hogares. Se miraron, se sonrieron con timidez, como reconociéndose el uno al otro el hecho de que habían huido durante dos años para evitar ese momento, y el momento en cuestión venía a chocar con ellos de manera ineludible. Y apenas una hora después, ambos reían a carcajadas de las incoherencias del destino, desnudos, aún más empapados de sudor, sobre la cama de hotel de la habitación que ella alquilaba.

Se miraron de nuevo. Ella, el rostro enrojecido y sudoroso, el cabello desordenado, dejó caer primero las esquinas de su sonrisa. Se le quedó mirando, con un fondo de nostalgia, de tristeza, quizás de decepción. Ambos sabían que no era posible una reedición de lo que habían vivido. Uno de los dos —ya no recuerdan quién— lanzó al aire la propuesta: encontrarse, una vez al año, en algún hotel, en alguna ciudad del mundo, previo acuerdo, para evadir la realidad de que ya no estaban juntos, para olvidar que el futuro planeado por ambos no había podido ser. El otro la aceptó. Con toda probabilidad, no pensaron que funcionaría. Era seguro que cada cual creía que el otro fallaría, que se arrepentiría a mitad de camino, que un mes antes llamaría para cancelar —me he casado, tengo un compromiso ineludible de trabajo, quizás el próximo año—. Quién sabía. Si algo les había enseñado la vida, es que era impredecible y caprichosa. Cualquier cosa podía pasar a la vuelta del siguiente sábado, se dijeron ambos para sus adentros. Por qué no dejar que la vida nos sorprenda.

Mykonos, 2001

Eliana apartó suavemente los visillos de encaje de la cortina doble que vestía la ventana. Frente a ella, después de una breve franja de arena, el mar azul zafiro se extendía hasta donde alcanzaba la vista. Sonrió a medias. Se estaba cansando de llegar siempre primero, se dijo a manera de broma. Aquello de viajar desde puntos opuestos del globo para encontrarse en otro punto perdido, parecía a veces la trama de alguna telenovela. Pero la realidad supera con creces a la ficción.

En aquella ocasión ella acudía desde casa, desde Caracas. Dos meses atrás había estado por casarse. Había alcanzado a preguntarse si aquel año, después de apenas dos viajes, se rompería la tradición que no había alcanzado a convertirse en una. No llegó a averiguarlo, porque lo que se rompió primero fue el compromiso. Sonrió de nuevo, con leve amargura. El dinero de la luna de miel lo había invertido bien en aquel costoso viaje que estaba haciendo. El mar, de un azul imposible, y la belleza de la isla lo compensaban, sin duda. Sin embargo, el dinero no era su mayor preocupación a la fecha. Los estudios y el exceso de trabajo comenzaban a rendir frutos, los suficientes para pagar aquella habitación tres estrellas al otro lado del mundo, los suficientes para afectar su vida personal y romper un proyecto de matrimonio antes de que alcanzara a concretarse. La vida adulta era un frágil ecosistema, pensó, en el que cualquier mínimo desequilibrio puede desencadenar una catástrofe. La suya, en particular, era un ecosistema en constante desequilibrio, de ésos en los que el vuelo de una mosca es capaz de causar una tormenta tropical de proporciones apocalípticas.

A sus espaldas, el ruido de una llave la sacó de su abstracción. Se dio vuelta, deslizando una media sonrisa, para ver cómo Salvador entraba —sobre un hombro, el bolso de viaje con apariencia agotada, casi humana; en su rostro, una sonrisa emergía abriéndose paso entre el cansancio evidente—. Ella se quedó allí, junto a la ventana, contemplándolo con su típica sonrisa a medias. Se regodeaba, se dijo a sí misma, en la expresión de su rostro. La expresión de quien llega a casa, extenuado, después de un largo recorrido.

Salvador dejó caer el equipaje y, acercándose a ella, la rodeó con sus brazos, sujetando fuertemente su cintura. Sobre su hombro, mientras la abrazaba, alcanzó a ver a través de la ventana el mar azul tras la costa de Grecia. Sintió su cuerpo cálido, sus suaves brazos descansando en su cuello, la hermosa cabellera castaña justo junto a su rostro. Sintió su olor, el mismo de siempre, en su nuca y entre su pelo. Se preguntó una vez más qué habían hecho mal. Pero ya no había lugar para esa clase de consideraciones.

Cruzó su mente la pregunta de si el fallido compromiso matrimonial de Eliana contenía una buena o mala señal respecto a las cosas que ya no podían ser. Podía significar que ella se había dado cuenta de que su lugar no estaba junto a otro hombre que no fuera él. Pero también podía ser un signo inequívoco del hecho de que ella ya estaba lista para emprender una vida lejos de su lado, aunque no funcionara en aquella ocasión en específico. En todo caso, ambos escenarios afectaban únicamente al mundo ficticio e inexistente donde todo esto aún podía tener repercusiones.

Todas estas cosas no las pensaba en ese momento; las había pensado en el avión que lo llevara de Nueva York a Grecia. En aquel instante sólo cabía en su mente el espacio que ocupaba el cuerpo cálido y liviano de Eliana entre sus brazos y contra su pecho, su respiración suave acariciándole el cuello.

Eliana se separó de Salvador y sonriéndole, le dijo:

—Debes estar cansado. ¿Cómo estuvo tu viaje?

París, 2002

Salvador agitaba el azúcar en su café —el café más caro que me he tomado en la vida, pensó— mientras observaba atentamente a la gente que pasaba por la calle. Era, dos en una, la primera vez que él llegaba antes que ella, y la primera vez que ella no le daba la dirección de un hotel para encontrarse, sino la de un café. Miró por tercera vez su reloj de pulsera. Ella tenía media hora de retraso. Nada anormal, considerando los vuelos trasatlánticos y las colas que también existían en Europa.

Estaba cansado por el viaje. Se preguntó por qué no le había pedido directamente los datos de la reservación. Le hubiera gustado darse un baño y esperarla en mejores condiciones. Miró de nuevo hacia la calle mientras tomaba un sorbo de café. No podía sino reconocer que el paisaje —con la Torre Eiffel recortándose contra el cielo, en la distancia— era magnífico. Pero él no le veía mayor interés a París. Era ella quien había determinado que ya era hora de hacer ese viaje tantas veces postergado mientras estuvieron juntos. Por un instante tuvo que darle la razón. Que no lo supiera. Pero estaba tan cansado que desechó el pensamiento como quien arroja a la papelera un vaso plástico después de usarlo.

No notó que Eliana venía caminando por la calzada, hacia él, hasta que se hubo sentado ante la mesa. Vestía un suéter verde, holgado, y una boina negra, y Salvador pensó que parecía una postal turística, de ésas que venden en las agencias de viaje y en los lobbies de algunos hoteles. Se dejó caer frente a él, sin decir palabra, sonriendo, con una leve exhalación que Salvador no pudo determinar si había sido emitida por ella o si era sólo el sonido del aire al ser cortado por su cuerpo, ligerísimo.

Comenzó a contarle de su viaje, del motivo del retraso, del desastre que era el aeropuerto, con la voz con que una niña narraría una visita al zoológico. Pero Salvador estaba cansado, y la interrumpió para decirle Quiero llegar a alguna parte, por favor. Ella rió. Le preguntó si acaso estaban en una especie de limbo o algo similar, mientras se levantaba y lo hacía cruzar la calle con ella y seguirla durante escasos veinte metros, hasta que se hallaron frente a la entrada de un hotel tres estrellas en cuya puerta resaltaba una flor de lis en metal bruñido. Ella empujó la hoja de madera y entró, seguida por Salvador con las maletas. Se detuvieron frente al mostrador. El recepcionista, con amabilidad forzada, los saludó, y Eliana en francés perfecto le dijo:

—Nous avons une réservation pour Monsieur et Madame Ferreira —y mirando de reojo a Salvador, en espera de su reacción, le sonrió con picardía, como un niño que aguarda el resultado de la broma que ha preparado. Salvador, aunque entendió a la perfección, trató de no darse por enterado, tan sólo por no darle gusto, pero la risa reprimida lo delató. Mientras subían el equipaje por las escaleras, ambos estallaron en carcajadas cuyo inconfundible acento latinoamericano se escuchó en los cuatro pisos del pequeño hotel.

Kiev, 2000

Eliana repasaba, con su dedo índice, el diseño del mantel. Los pétalos lanceolados de la flor de lis se repetían con insistencia, en distintos tonos de verde, en la gastada tela de lino. Ella sorbía distraídamente un té ya no tan frío que tenía un vago sabor a durazno.

Él no llegaría esa noche. No habían encontrado cupo en ninguna combinación de vuelos que le permitiera llegar a Kiev ese día, así que le había tocado, una vez más, a ella, llegar antes, encontrar el hotel y registrarse. Tendría que pasar sola esa noche. Según sus cálculos él debía llegar a la ciudad en las primeras horas del día siguiente, quizás antes de que amaneciera.

Tomó un último sorbo de té, y dejando el vaso aún medio lleno, se levantó y subió hacia la habitación. Era esa hora imprecisa en que la luz comienza a desvanecerse por las rendijas de las puertas, y la noche en Kiev le transmitía un extraño estado de ánimo. Se sentía levemente desorientada, y le parecía que no tenía que ver con el hecho de estar en una ciudad que le era por completo desconocida. Era una sensación distinta; a aquélla ya había acabado por acostumbrarse. Ésta le deslizaba, como un susurro, la pregunta inoportuna de qué hacía en aquella ciudad lejana y ajena, esperando a un hombre que sólo estaría junto a ella un par de días y luego se marcharía de nuevo.

Agitó la cabeza como para sacudirse de encima esa interrogante, mientras hacía girar la llave en su cerradura. Empujó con un golpe de cadera la hoja de la puerta y la cerró tras de sí. La habitación la esperaba, intacta, carente de vida. Se desvistió pieza por pieza, doblando cada prenda minuciosamente y poniéndola de nuevo en la maleta, y luego se metió a la ducha, mientras sus pensamientos se estrellaban entre sí, produciendo en su cabeza una extraña sensación de vacío.

Permaneció largo rato bajo el agua, intentando lavar de su piel todo lo que fuera ajeno a la paz que pretendía obtener de esos días de evasión, y cubrió su cuerpo de espuma una, dos, tres veces, hasta quitar cada rastro de impureza y quedar, así, blanquísima y con olor a jazmín, y sólo entonces salió de la ducha, se secó con cuidado y luego de ponerse un salto de cama de satén, ajustó el aire acondicionado, apagó las luces y encendió el televisor, y se metió a dormir bajo el grueso edredón.

Sintonizó una película cualquiera en inglés, una comedia romántica hollywoodense que le pareció haber visto tres o cuatro veces ya, y con la sensación de frío en su piel se quedó dormida a los pocos minutos.

Eran alrededor de las tres y media del día siguiente cuando Salvador llegó al hotel. Abrió la puerta de la habitación en silencio, haciendo el menor ruido posible, y se encontró el cuarto iluminado débilmente por el resplandor intermitente del televisor encendido, con el volumen bajo. Se desvistió con cautela y en silencio, para no perturbar el sueño de Eliana, y deslizándose al baño se dio una ducha rápida y callada para quitarse de encima ese olor indescriptible que dejan los vuelos de avión. Cuando estuvo listo apagó la luz del baño y abrió la puerta, quedándose un instante de pie, allí, contemplando. Eliana, en la cama, de espaldas a él, dormía, la respiración ondulando levemente su espalda cubierta a medias por el satén de su ropa. Tratando aún de no hacer ruido, se acostó junto a ella, sin dejar de mirarla, y posó con suavidad su mano derecha sobre el hombro desnudo, cuyo olor a jazmín flotaba en la habitación.

Ella, aunque dormida, murmuró una sonrisa en la oscuridad de la noche y, acercándose, se apretó al cuerpo cálido de Salvador y se dejó abrazar, sumiéndose en un sueño aún más profundo.

París, 2002

De pie en el segundo nivel más alto de la torre, miraban la ciudad. No había postal, por magnífica que fuera, capaz de describir aquello, pensaba Eliana mientras se aferraba a la mano de Salvador. La brisa hacía temblar levemente la estructura metálica y cada vez que ella sentía aquel leve estremecimiento, oprimía con fuerza; había algo entre temor y euforia dando vueltas en el centro de su pecho.

Él, por su parte, sonreía con esa sonrisa suya casi imposible de ver, cada vez que ella le apretaba la mano. Pensó con cierta tristeza en los años transcurridos, y en la primera vez que habían planeado juntos hacer ese viaje. En ese preciso instante que ahora vivían, él debía haber sacado de su chaqueta un anillo —un anillo hermoso, tan hermoso como ella, aunque de seguro no tan costoso como el que ese día habría podido costear— y haberle pedido que se casara con él, allí, con la ciudad de fondo, para luego llevarla a pasear por el Sena mientras caía la tarde.

Se detuvo a mirarla por un instante. Ella contemplaba la ciudad, embelesada, como si ésta la hubiera hechizado y la mantuviera bajo su influjo. Él seguía mirándola a ella, que sonreía y le apretaba la mano a un tiempo. Ahí, se dijo, en el borde de sus labios que sonreían, estaba la felicidad. Pero él ya no podía atraparla, tan lejos estaba.

Quiso tener un anillo que darle en ese momento. ¿Qué habría contestado ella?, se preguntó. Y esa era otra de tantas preguntas para las que nunca tendría una respuesta.

Ámsterdam, 2008

Se acercaba la medianoche y ella aún no dormía. Acostada sobre el edredón —con las iniciales RH bordadas en dorado sobre fondo vinotinto—, lloraba sin taparse el rostro ni secarse las lágrimas, en silencio. Algo indefinido, algo que no podía describir, dolía demasiado, adentro, más de lo que se sentía capaz de soportar.

Él no había llegado y ella, sin remedio, no podía obtener otra conclusión sino que aquel juego de diez años había terminado, que los momentos, los días robados al tiempo, los escapes ficticios de la realidad que se habían inventado año tras año se habían acabado, que él lo había decidido así. Era sólo un juego, se dijo. No era más que un juego.

A seis horas de distancia, un avión se estrellaba al aterrizar en Lisboa. A bordo de éste, un hombre, cuyo vuelo original se había atrasado, había logrado subir luego de discutir con quien fue necesario para lograr que le asignaran un puesto en ese avión. Porque una mujer lo esperaba, y él se había jurado, diez años atrás, que nunca más volvería a decepcionarla.

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