literatura venezolana

de hoy y de siempre

Cuentos de Carolina Lozada

La oscuridad de Nina

Los ojos de Nina se suben al autobús. Es miércoles y hace calor. No hay asiento disponible y Nina se queda parada lacónicamente observando a los pasajeros, que en su mayoría llevan la mirada pegada a las ventanillas en un mudo diálogo de miradas callejeras. El autobús cubre la ruta hacia las afueras de la ciudad. Vestido de azul circula diariamente por las calles de una ciudad en la que no existe el invierno, ni el otoño, sólo un eterno verano visitado por una primavera de flores exóticas y olores a especies cautivas. Bancos, escuelas, bazares y edificios son parte del escenario que circunda las vueltas del transporte público.

La penetrante mirada de Nina se esparce por toda la unidad. Los pasajeros no se fijan en ella más allá de verla subir. Sólo atrapa la infantil curiosidad de un pequeño con sombrero y arma de juguete que la observa desde su asiento. Los ojos del niño, acostumbrados a las historietas y los comics, la miran atentamente. ¿Cuál es el atractivo que Nina ejerce sobre el chico?, ¿qué llama tanto su atención?, ¿serán sus ojos nocturnos que le embelesan? ¿o, tal vez, esas cejas pobladas como un oscuro jardín? Los labios cerrados de la mujer simulan una mueca de desinterés. No obstante, no puede disimular la incomodidad que le causa la mirada del pequeño vaquero. La madre, al percatarse de la indiscreción infantil, le habla al oído y el niño, después de oír las palabras, gira la mirada hacia la ventanilla. En ese momento una fila de ciclistas pasa al lado del autobús. El pequeño sonríe y pega su rostro y manos al vidrio que lo separa del ordenado grupo de deportistas. Uno de los ciclistas le sonríe y el niño le dice adiós con las manos cuando el autobús, impulsado por un motor no humano, deja atrás las fibrosas piernas de los ciclistas. No muy lejos, los sigue un cartero en una vieja motocicleta, lleva el buzón repleto de correspondencia. Cartas de amor y desamor, cartas de madres, de soldados de guerra, de amantes que esperan en casa, cartas de suicidas, de remitentes sin destinatarios. El cartero se pierde en la reverberación del sol. Pronto el paisaje se convierte en un interminable tendido eléctrico, acompañado de cadáveres de animales que ocasionalmente aparecen a orillas de la carretera y algunas aves que vuelan cansadas quién sabe a qué lugar. Ante la monotonía del paisaje el chiquillo se aburre y se sienta nuevamente en su lugar mientras la madre sigue leyendo una revista de modas y cocina.

Un pasajero se queda en uno de los solitarios parajes de un pueblo nacido a orillas de áridas montañas. La camisa a cuadros y el rostro curtido del hombre se pierden en la explanada. Aún queda más de una hora de viaje para llegar a la otra orilla de la ciudad, Nina logra sentarse. Desde su asiento el pequeño puede observar el perfil de la mujer, una nariz discretamente pronunciada y una piel blanca levemente acariciada por el sol. Las manos, apenas descubiertas, se ven largas y suaves. Nina se desentiende del chico y se dedica a observar el resto de los pasajeros. Ve el brazo del chofer, un brazo curtido por los excesos de sol. Mira su cabeza invadida por las canas, esas canas que asoman una pronta jubilación. Un hombre pensativo lleva la cabeza pegada a la ventana. Está tan ensimismado que pareciera no sentir las envestidas cuando el automóvil cae en esporádicos huecos callejeros. Los pasajeros saltan, producto del impacto, el cuerpo del hombre salta junto al resto de los pasajeros, pero su mirada continúa suspendida en pensamientos que sólo a él le pertenecen. Una señora con cara y cuerpo de matrona lleva las manos sobre su pronunciado vientre, en el cuello le cuelga una pequeña crucecita y al lado de sus piernas descansa una bolsa con víveres y pan. Es blanca, robusta, con brazos fuertes y saludables. Su cabellera rubia y poco abundante está cubierta por una pañoleta, tiene los ojos pequeños y una nariz clásica, viste de negro como una viuda recién estrenada. La música suena en los oídos de un joven, a través de su equipo portátil. Sus pies y cabeza se mueven al ritmo de lo que escucha. Una mujer de rasgos delgados y tristes lee un libro grueso de olor milenario. Nina clava la mirada en la cabeza de la joven, observa los escuálidos cabellos esparcidos por su nuca, por el cráneo escondido. Percibe el olor de su cabellera limpia, de su piel refrescada por lociones de baño. Es una mujer joven, debe estar enamorada, o por lo menos, debe creer o soñar con el amor. Tal vez vaya a verse a escondidas con su amante, o quizás sólo quedaron en verse para salir a caminar, a contemplar estrellas y esas cosas sencillas y vitales que gustan hacer los enamorados. Las manos de la chica pasan las páginas del libro como empujadas por una fiebre inquietante. El libro habla de corazones y de noches vestidas con papel de celofán. Dentro del autobús hay más rostros, todos anónimos, algunos atractivos, otros menos llamativos, olvidables la mayor parte de ellos. Cada rostro sobre una cabeza que piensa, reflexiona, imagina, recuerda sentada en la ruta del tradicional autobús azul.

La solicitud de parada por parte de la madre del chiquillo vestido de vaquero, despierta a Nina de su concentración en la lectura. Al levantarse, dispuestos a abandonar el autobús, el chiquillo se voltea, mira a Nina y le hace una señal de disparo con su arma de juguete. El eterno bang bang de los westerns norteamericanos. Gary Cooper, Clint Eastwood en el imaginario de bandidos y vaqueros, de buenos y malos. El joven de la música en los oídos sonríe ante el travieso gesto del pequeño.

A Nina no le hizo gracia la travesura. Sus grandes y oscuros ojos miraron con recelo al niño y al joven que sonreía divertido desde su asiento. La madre tomó fuertemente al niño de la mano, apuró su paso mientras le recriminaba su comportamiento con la señorita. Con una sonrisa apenada trató de disculparse con Nina pero ella continuaba inmutable como un muro silencioso y ajeno. La madre y su hijo bajaron, rápidamente y a escondidas, el niño le hizo una mueca a Nina desde la calle antes de perderse ambas figuras, dejadas atrás por el transporte que continuó su recorrido por calles que parecían hechas de mediodías, por casas de sol y ventanas abiertas. Hacía calor, mucho calor. El pulso de las calles languidecía en una especie de sopor suspendido. Los rostros de los transeúntes se mostraban agotados. Las aves se posaban sobre árboles cansados. Los pasajeros del autobús transpiraban en silencio, la somnolencia los invadía. Desde las ventanillas del ala derecha se podía observar un mendigo con aspecto delirado afeitando su rostro con una vieja hojilla desechable. Se veía muy sucio y aun cuando afeitaba una y otra vez su rostro frente al vidrio de un auto estacionado, su oscuro bigote permanecía aferrado a la piel como el moho al pan viejo. La lectora no se fijó en el mendigo, estaba absorta en la lectura. Leía historias del oriente maravilloso, de especies y decorados sensuales, de bailarinas con vientres ardientes, de mujeres de ojos cautivadores. Camellos, caballos, alhajas, guerreros, arena mortal e infinita.

Poco antes de llegar al destino final de la ruta, Nina cerró los ojos y pensó en silencio. Nadie sabe en qué o en quién pensó. Quizá recordaba su infancia, tardes de juegos y chocolates, los amores furtivos en la adolescencia, algún deseo por satisfacer. Sus pechos bajaban y subían al ritmo de su acelerada respiración. Ninguno de los pasajeros se percató que el corazón de esta mujer crecía en aceleraciones. Su corazón bombeando sangre a una velocidad vertiginosa. De pronto, sus ojos de hechicera nocturna se abrieron como poseídos por una fiebre alucinatoria, sus manos que parecían muy suaves, se deslizaron hasta la cintura, sus labios pronunciaron unas palabras que nadie entendió o que pronto el viento se tragó. De repente y con determinación haló un cordón escondido entre sus ropas, un cordón que bien pudo haber sido una de esas vistosas alhajas que llevan las mujeres en los cuentos milenarios del oriente maravilloso, o tal vez fue un simple cordón blanco, gris, triste cordón de muerte. En instantes, el autobús explotó, justo en la redoma, en la entrada a la otra orilla de la ciudad. Los pasajeros no tuvieron tiempo ni para sorprenderse. El chofer apenas pudo mirar por el espejo retrovisor, la matrona se llevó las manos a la cruz que colgaba en su cuello, el joven flaco no oyó las palabras de Nina y seguía tarareando las canciones, la lectora vio la expresión de la mujer y supo inmediatamente de que se trataba, había leído tanto sobre ello, pero nunca pensó que pudiera pasarle a ella. El miedo hizo que el libro cayera a sus pies. Los pensamientos del hombre ensimismado volaron junto a su cuerpo. Después de la explosión vino el silencio de la muerte. Las llamaradas de fuego apagaron los gritos del chofer y los pasajeros. Los colores del infierno, el olor chamuscado de la muerte. El cuerpo de Nina, al igual que el del resto de los pasajeros, esparcido por todos lados.

Ese triste miércoles el viento gemía cansado en una ciudad golpeada por el sol. Los ojos de Nina desaparecieron, seguramente se perdieron en la oscuridad de sus pupilas. Sólo se hallaron restos esparcidos en ese lugar de muerte fanática, una pequeña cruz aferrada a un cuello destrozado, los solitarios audífonos de un equipo de música portátil y las páginas quemadas de un libro que con la brisa comenzaron a volar y a ser leídas por el viento, te cuento una historia pero no me arranques el corazón.

 

El cumpleaños de Elisa

Elisa fue sola al cine el día de su cumpleaños, lo sé porque yo estaba detrás de ella en la fila para comprar los boletos. También sé que se llama Elisa porque mostró su cédula de identidad para comprobar que en efecto era el día de su aniversario y así poder gozar del combo cumpleañero, cortesía de la casa: pagaría sólo la mitad de la entrada y la empresa le obsequiaría unas cotufas con refresco. ¡Feliz cumpleaños, Elisa!, le deseó con una gran sonrisa la muchacha de la boletería al mirar su cédula. La mujer  agradeció la felicitación con un gesto que no llegó a ser una sonrisa completa, sino apenas un asomo de reservada cortesía.

Muchos de los que se encontraban en la fila ni se enteraron de la noticia personal de esta mujer que ese martes estaba cumpliendo unos cuarenta y tantos años y que lucía un aspecto pasado de moda. Elisa parecía una maestra rural de los años cincuenta, con su cuerpo largo y flaco, sus labios estrechos pintados de rosa vieja y esa falda oscura y fea que llevaba puesta en conjunto con una blusa sin mangas, beige, que resaltaba la planicie de su pecho. Remataba su aspecto  soso y desaliñado con unos lentes de carey, de esos que ya no se usan, unos lentes demasiados grandes para su rostro.

Las entradas para las salas 1 y 3 se agotaron desde temprano. La mayoría de las personas que hacían fila para estas funciones eran jóvenes y niños, que esperaban ansiosos para ver el documental con las últimas imágenes en vida de una estrella musical que acababa de morir. Buena parte de ellos iban vestidos imitando el atuendo del cantante, algunos llevaban guantes brillantes, otros sombreros negros, y muchos repetían sus pasos de baile mientras esperaban por su boleto. En contraste con esa vistosidad y bullicio resaltaba la figura sola y seca de Elisa.

Un viejo que ya había comprado su boleto y que escuchó cuando la felicitaron, se  acercó y le deseó feliz cumpleaños, lo hizo con un acento extranjero aclimatado, que apenas pude percibir pero que en ese momento no logré saber de dónde provenía. Elisa  le dio las gracias, el gesto que usó al hacerlo fue nuevamente esa mueca que no terminaba de convertirse en sonrisa. Yo hice lo propio y me acerqué para felicitarla. Llegué hasta la venta de golosinas, donde la agasajada esperaba la otra parte de su obsequio. Con cierto recelo le dije: Felicidades, Elisa. Al hacerlo no usé signos exclamativos, mi entusiasmo ante su patético festejo no me daba para tanto. Mi saludo fue casi tan lánguido como su intención de sonrisa de agradecimiento.  Luego, el joven dependiente le entregó una bolsa de cotufas pequeñas y un refresco de cola, igualmente pequeño. A Elisa ese menoscabo en la cantidad del premio no le gustó, así que reclamó lo que consideraba su derecho, con voz bajita le dijo al joven que ella quería un paquete de cotufas como el que le daban al resto, gigante y con la silueta del cantante y bailarín sobre un fondo blanco. El dependiente le explicó con una sonrisa, aprendida en los entrenamientos de la empresa, que el combo cumpleañero consistía en un paquete pequeño de ambas cosas. Remató con un “Sorry. ¡Feliz cumpleaños!” el final de su rápida explicación. Elisa aceptó a regañadientes las excusas del muchacho, porque entendía que él era sólo un empleado que cumplía órdenes, pero dejó claro que no estaba de acuerdo con esa política  de la cadena de cines, tan  timadora e injusta. De lo molesta que estaba ni siquiera se acordó de agradecer el saludo de cumpleaños del joven, quien no pudo hacer más que sonreír con disimulada incomodidad ante el resto de clientes en espera. Mientras Elisa reclamaba, me fijé que sus labios eran tan finos como el leve trazo de un lápiz. Sus besos seguramente deben ser tan desabridos como el resto de su cuerpo, pensé con cierta pena por ella. De pronto Elisa se quedó callada, intimidada por las personas que a su alrededor la miraban con cierta burla y una no disimulada conmiseración, así que la solitaria cumpleañera cogió su bolsa de cotufas de plaza de pueblo junto a su bebida inundada de cubos de hielo y se metió con mala cara en la sala 2.

Éramos pocos en esa sala, entraron la cumpleañera, el viejo, una pareja tomada de la mano, algunos jóvenes con aire de estudiantes de cine y un grupo pequeño de muchachos que odiaban la música pop y que se dedicaron a hablar pestes de la estrella muerta; lo hicieron antes de entrar y durante la proyección. Eran insufribles. Yo me senté en la última fila, es una costumbre panóptica que tengo, desde esa posición puedo verlos a todos, la pantalla y los espectadores. Una vez acomodada en mi butaca supe que lo que iba a ver no sería nada optimista. El filme se llamaba Katyń y el director era el polaco Andrzej Wajda.

Una música densa acompañaba a unas nubes oscuras y tenebrosas que servían de fondo para poner los primeros créditos de la película, y sobre esas nubes, en letras y números corroídos, aparecieron un nombre y una fecha: 17 WRZEŚNIA 1939. Al leerlo no pude contener una risa maliciosa, se trataba de la invasión roja a Polonia. Bonito regalo de cumpleaños, pensé, e inmediatamente clavé los ojos en el asiento de Elisa, que estaba a unos pocos pasos del mío. Al hacerlo me fijé que se levantó cuando vio la tormenta de nubes oscuras sobre la pantalla, tal vez presintiendo el drama que se avecinaba. Sin embargo, una muy buena primera secuencia la hizo desistir de evacuar el área. En esa primera toma se ve, dentro de un plano general, a un grupo de personas huyendo en dirección a un puente; del otro lado del puente viene otro grupo más disperso y pequeño. Ambos bandos se notan asustados. Cuando los dos grupos se avizoran se dan entre sí gritos y advertencias para que se devuelvan. El miedo colectivo los atrapa en el centro del conflicto: de un lado huyen de los alemanes, del otro escapan de los soviéticos. Estaban jodidos.

Katyń fue el lugar donde el ejército ruso asesinó en serie a un gran número de prisioneros polacos. La película mostraba la guerra, a los verdugos soviéticos metiéndoles un tiro en la nuca a los condenados a muerte, a unas mujeres aferradas a la esperanza de que sus maridos regresaran a casa. Sólo unos pocos volvieron, el resto quedó enterrado en el frío y el silencio de un bosque invernal. A pesar de la dureza del filme bélico, la pareja de enamorados no dejó de darse besos y manosearse con descaro y sin pudor, aprovechando la clásica oscuridad y una sala casi vacía. Se encontraban en la última fila de asientos, diagonal a la mía. Yo escuchaba el roce de sus ropas, los jadeos contenidos. Mientras en la pantalla se oían las botas de los nazis y los bolcheviques sobre el suelo de Varsovia, los enamorados emitían gemidos propios de una gran excitación. En esa sala se estaba viviendo el sexo y la guerra en un mismo plano, ambos crudos e incontenibles.

El viejo de acento extranjero estaba sentado una fila antes de la mía, miraba concentrado la película, casi ni se movía, al punto que llegué a pensar que se había quedado dormido. Ni siquiera el juego de los amantes lo distraían de su concentración.  Los muchachos anti-pop se sentaron en una de las hileras del centro y no cesaban de hablar y despotricar. Con ese humor fascista característico de la adolescencia opinaban que a la estrella que homenajeaban en las otras salas también debieron pasarla por las armas. Los estruendos de sus risas ante tamaño comentario se confundían con el sonido de las balas en las cabezas polacas. Entretanto, Elisa se estremecía con cada una de las crueldades de la invasión rusa, al tiempo que racionaba su bolsa de cotufas para que le alcanzara para toda la función.

Cuando Katyń terminó algunos de los corazones de la sala salieron devastados. Otros se tomaron las cosas más a la ligera, como uno de los muchachos que al pasar por mi lado se quejó porque “en la película no se asomó ni una teta”. Como siempre, me quedé hasta el final, ésa es otra de mis costumbres en el cine: quedarme hasta que desaparezcan todos los créditos. Al encenderse las luces pude ver que la pareja de enamorados se acomodaba la ropa y el pelo, y al fijarse que los observaba se hicieron los desentendidos y salieron rápidamente. El viejo se quedó sentado un  largo rato, como si no pudiera levantarse, él y yo fuimos los últimos en salir.  A Elisa la perdí de vista, debió abandonar el lugar muy rápido. Cuando me dirigía a la parte de afuera pasé cerca de los muchachos que parecían estudiantes de cine y oí a uno de ellos emitir uno de los juicios más característicos de quienes se ufanan de conocer el mundo cinematográfico: “excelente fotografía”. Fuera de la sala oscura nuestros rostros contrastaban con las caras risueñas de los asistentes de la otra proyección. Ellos sonreían ante la inmortalidad glamorosa de Hollywood, en tanto que nosotros teníamos el rostro enjuto frente a la fragilidad humana.

El viejo y yo tomamos la misma dirección, aunque cada uno iba por su lado. Al llegar a la estación del trolebús me di cuenta de que Elisa también estaba ahí. Los tres coincidimos en la misma ruta, ya era un poco tarde y había pocos pasajeros y suficientes puestos desocupados. Algunas caras del vagón estaban adormecidas, otras se notaban cansadas, como las de dos obreros que cabeceaban sobre sus mochilas de trabajo. A pesar de la buena cantidad de puestos vacíos, el viejo se acercó y se sentó a mi lado y con una sonrisa amable exclamó: “¡fuerte la película, eh!”. Buscaba conversación, todo lo contrario de Elisa, que aprovechó uno de los asientos individuales, probablemente con la intención de no ser molestada. “Tal vez demasiado dura—le comenté—, creo que hubo un morbo innecesario, mucho afán en mostrar las ejecuciones”. El anciano me miró y se quedó callado por unos instantes, luego cruzó los brazos, miró hacia adelante y antes de soltar un suspiro exclamó con voz profunda: “No, muchacha, dura es la guerra. Yo vengo de ella, y aunque el tiempo pase uno le sigue perteneciendo, no importa que ella haya terminado”. Ahora entendía su acento extranjero. Era polaco.

Como única respuesta sólo pude mirarlo, apretar los labios y alzar las cejas. “Sí, dura es la guerra”, volvió a exclamar antes de bajarse en su estación. Al hacerlo, se cruzó con unos músicos que entraban y que estaban algo borrachos. Eran tres de esos músicos callejeros que se ganan la vida tocando en el transporte público. Uno cantaba, el otro tocaba la guitarra y el tercero recogía el dinero ganado en un sombrero. Aproveché su presencia para pedirles, en voz bajita, que le dedicaran una canción a la señora de lentes que iba sola en uno de los puestos de adelante. También les informé que ella estaba de cumpleaños. Por unas monedas, y con una voz un poco distorsionada por el alcohol, le cantaron las mañanitas y le dijeron unas palabras de felicitaciones. Los obreros somnolientos despertaron con las notas musicales y aplaudieron al finalizar, algunos otros pasajeros celebraron la ocurrencia con sonrisas y aplausos. Elisa volteó sorprendida, me miró y nos dio las gracias a todos. Los músicos se quedaron en la estación en que yo también debía bajarme. Sin embargo, no lo hice, un afán detectivesco o el síndrome Amélie hizo que pasara mi ruta y siguiera los pasos de la cumpleañera solitaria. En el fondo temía que a ella se le ocurriese algo fatal en su desolado aniversario. Se notaba tan desamparada y frágil que temí que su última parada fuera el viaducto más cercano o que se tirara sobre las vías del trolebús.

Elisa se quedó en la antepenúltima estación del recorrido, casi en las afueras de la ciudad. Yo me escabullí entre el resto de los pasajeros al bajar, para evitar que ella se diera cuenta de que le seguía los pasos. Una vez en la calle, decidí detenerme en un kiosco con la intención de comprar cigarrillos, para darle tiempo a la mujer de que siguiera adelante, yo la alcanzaría después. A lo lejos se divisaba el anuncio en luces de neón de un popular establecimiento de comida rápida; Elisa tomó esa dirección.

Pocos minutos después reanudé mi persecución hasta el restaurante, pero no entré, preferí quedarme afuera, en un lugar desde donde pudiera observarla. Vi que hizo la cola y pidió un pedazo de torta y una cajita infantil, de ésas que vienen con una minihamburguesa y un juguete. Elisa se sentó en una mesa pequeña, alrededor suyo había unas pocas personas. Cerca de donde yo estaba se encontraban unos empleados del lugar sacando la basura, y junto a ellos estaba el payaso que ameniza las fiestas infantiles del local. El payaso fumaba, charlaba y eventualmente se subía los testículos. Cuando lo escuché noté que tenía la voz ronca como la de un fumador crónico. Con la excusa de buscar fuego para mi cigarrillo me acerqué, mientras Elisa sacaba el juguete de su cajita y lo ponía frente al trozo de torta. El payaso me dio fuego y al tenerlo cerca pude percibir que sobre su rostro maquillado de blanco surgían unos pelitos propios de quien lleva varios días sin afeitarse. Con el cigarrillo encendido fingí postura de fumadora, aunque no fumo. Le busqué conversación al payaso mientras los empleados volvían adentro a buscar más bolsas de basura. Le dije: “¿tú ves esa mujer que está sentada cerca del rincón del baño?” “Sí, ¿qué pasa con ella?”, me preguntó sin mucho interés, con su boca muy grande y muy roja y con un aliento de fumador empedernido. Hoy es su cumpleaños y está más sola que la una, le respondí. “Todos estamos solos”, dijo el payaso de súbito—una reflexión filosófica que me pareció casi una altanería—. No le hice caso a su comentario y retomé mi plan: “¿Será que tú puedes…?”—comencé a formular la pregunta que el payaso no permitió terminar—. “¿Tú puedes qué?”, preguntó a la defensiva. “Hacerle una fiesta, hacer tus gracias”, respondí mientras veía cómo Elisa miraba su trozo de torta y, estoy segura, se cantaba en silencio su cumpleaños feliz. “No, a esta hora no me gusta ser payaso de nadie, ya mi horario de trabajo finalizó, además sólo animo fiestas infantiles, suficiente con eso, así que olvídalo”.

No sé de dónde saqué valor, supongo que fue el ver a esa solitaria cumpleañera frente a un pedazo de torta y un juguete por acompañante lo que me empujó a agarrar al payaso por la braga amarilla, a la altura del cuello, y pedirle con determinación: “anda y le cantas el cumpleaños, ¿qué te cuesta, cajita feliz?” El payaso no esperaba tal reacción y quedó desconcertado por unos segundos, después miró hacia la mesa de la mujer, tiró lo que quedaba de su cigarrillo al piso, lo estrujó con su zapato cabezón y, antes de entrar, dijo: “está bien, lo voy a hacer, a ver si esta noche alguien se queda conmigo”.

No puedo asegurar cómo terminó la película de Elisa sin inventar un poco, sin creerme con el derecho de ser la guionista de su celebración de cumpleaños. El resto de lo que vi esa noche fue a un payaso vestido con una braga ancha y amarilla acercándose a su mesa, mientras otros empleados comenzaban a levantar las sillas y a barrer el lugar, y algunas luces se apagaban. Si desde la vidriera se me ocurriera hacer un primer plano diría que al principio Elisa no sonrió ante la irrupción del ridículo payaso, pero que después su mirada se fue suavizando hasta que por fin se asomó una sonrisa en su rostro. Tal vez esto ocurrió cuando el payaso, ya sin maquillaje, se la llevó al cuartito que seguramente tiene por vivienda. El resto, me gustaría inventar, es un foco circular, como en el cine mudo, cerrando la escena de dos solitarios que se besan, y un empleado que se acerca a la puerta del restaurante para poner el aviso de Closed, pero que en  su lugar se lea: The End.

Sobre la autora

*Fuente de la imagen: https://www.gov.pl

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