La musa de Udón
Para Fedosy Santaella
Me gustaría decir que todo empezó por un número equivocado, que el teléfono sonó tres veces en mitad de la noche y la voz del otro lado preguntó por alguien que no era yo, ojalá este equívoco tan austeriano y policiaco hubiese sido el chispazo de esta historia, pero confieso, fue un empiece prosaico e insustancial, lejos de esos arranques glamorosos, en blanco y negro, de las canónicas narrativas detectivescas: La noche del 25 de agosto del año 2009, siete hombres subieron al segundo piso del Liceo Udón Pérez, patearon la puerta de la biblioteca y lanzaron a una mujer de bronce de más de 120 kilos. La caída, véase en cámara lenta, estalló los vidrios de uno de los ventanales y desportilló los azulejos del patio al incrustarse como un meteorito tras el cinematográfico desplome.
El director del liceo declaró a los periodistas que la policía intervino la red de chatarreros y fundiciones del estado sin ningún resultado. De modo que la pieza de bronce debe estar en manos de sus plagiarios, aún, a la espera del momento adecuado para su lucrativo desmembramiento.
Estamos ofreciendo mil bolívares de recompensa, notificó el señor director del liceo, a quien suministre información del paradero de la musa. Hay que recuperarla pronto, su valor histórico es incalculable, íbamos a renovar el monumento completo del poeta Udón Pérez para conmemorar los 100 años de la composición del Himno del Zulia, pero sin ella será imposible…
El monumento consistía en cuatro piezas de bronce de gran formato: el poeta, un cóndor, una lira y la musa.
En un reportaje de Moisés Arévalo, para Panorama, explicaba citando al Presidente de la Junta Pro Restauración del Monumento del Insigne Vate de Todos los Tiempos, el contenido simbólico de la obra: «el poeta estaba sentado sobre el pedestal de mármol que representa al monte Olimpo, se lo ve pensativo, con la mano en el mentón. A sus pies, la musa que viene a inspirarlo y a llevarse los poemas ya escritos para deleitar a los dioses, pero no consigue al bardo, y en su angustia rompe las cuerdas de la lira y pide al cóndor que vaya al cielo en su busca, pero el poeta está tan alto, tan embutido en la gloria parnasiana, que el ave no puede alcanzarle…».
El robo de la musa avivó mi fascinación por los enigmas, y no me pienso monsieur Dupin tras los misterios de la calle Morgue, pero la literatura es la búsqueda del sentido, lo que supone el deseo de una explicación sensata ante lo incomprensible, que es la esencia del relato policial desde Poe hasta Ellroy.
Recuerdo que Bolaño dijo que le habría encantado ser detective de homicidios, pero un escritor es en cierta manera un detective. Esta idea la llevé al extremo, no hace tanto, al matricularme en el Instituto de Policía Científica de la avenida Vargas; no se dejen deslumbrar por el rimbombante nombre, se trataba del claustrofóbico gabinete de un estrafalario abogado que mal dictaba un cursillo de pretendida capacitación detectivesca para fungir, diploma en mano, de mandaderos de leguleyos. Fue divertido a pesar de la rabietas de mi mujer que no aceptaba que me gastara un buen dinero en una escolaridad tan disparatada e inservible. Y como quien compra una pistola y anda ansioso de su primer tiro, yo vi en el escándalo de la musa la posibilidad soñada de mi primigenio caso como sabueso privado.
El problema —y lo frustrante— del caso de la musa es que no se capturó a los pillos que perpetraron el bellaco acto, y con esto desarmo o quito de un porrazo lo que podría suponer el interés por esta historia; véome forzando al lector a disfrutar el relato en sí por la sola razón del estilo y ya no por el acertijo inaugural tan fraudulentamente presentado, por lo general, en los relatos negros.
Llegué al despacho del señor director del Liceo Udón Pérez y me presenté como profesor de la universidad, no como investigador privado, una súbita erupción de vergüenza me lo impidió, pero manifesté mi deseo de ayudar en la búsqueda de la preciada obra.
Don Jacobo Vílchez, así se llamaba el señor director —obviemos locación y aspecto físico del referido—, por comenzar su intervención ante mi abordaje tan inusual, se dio a decir, no muy seguro, que la estatua de Udón Pérez llegó al liceo a mediado de los sesenta, pero hubo montones de inconvenientes para armar el monumento completo, apenas se logró montar al poeta sobre su zócalo. La desdichada musa, el cóndor y la lira han deambulado como fantasmas, desde entonces, por todos los despachos y depósitos del edificio.
¿Y a qué debemos su interés en el asunto?, preguntó con verdadera curiosidad.
Adriano González León propuso una vez que devolvieran el monumento a la avenida Bella Vista, pero entendimos luego que el liceo había digerido la imagen de esa estatua; insistir habría sido una necedad. La ciudad había cambiado y desde aquellos lejanos días me siento ligado a la suerte de esa figura, expliqué.
La estatua la quitaron de Bella Vista porque los bardos achispados que salían del American bar y del Pampero se llegaban a mear y gritar insolencias a Udón y a su musa. Era un espectáculo bochornoso, relató don Jacobo divertido a sus anchas.
De eso quería hablarle, dije resquemoroso, ¿no ha pensado que el móvil del robo de la musa sea estrictamente literario?
¿Cómo así?, ripostó don Jacobo atragantado con un despreciable café de termo.
El móvil de la fundición no prospera, pese a su factibilidad indiscutible, dije con miedo a verme como un loco. Tengo la sospecha de que es una venganza literaria.
¿Una venganza literaria?, silabeó pensativo don Jacobo, eso sí que es un móvil posmoderno, añadió con el ceño fruncido, tamborileando sobre la tabla del escritorio.
Cuando lo dije no tenía nada claro, era una yerma sospecha, un vulgar pálpito, pero don Jacobo pedía urgido que ahondara en la escabrosa hipótesis.
Acordamos una semana para buscar pistas o referencias que pudieran alentar mi presunción, eso sí, advertí, no lo participe a la policía. Vendré a exponer los avances y veremos a dónde llega esta teoría conspirativa, concluí la conversa más confiado. Si al principio no me vendí como investigador privado, de facto quedaba contratado, ad honorem, y don Jacobo Vílchez se constituía en mi primer cliente.
Nótese que voy contando los eventos como van sucediéndose; sin ocultar ni omitir. La búsqueda es la esencia de lo policíaco, al margen del desorden narrativo y de la oscuridad que pueda dominar el camino.
Pienso en Born diciendo a Walker que «se sorprendería del instrumento tan eficaz que puede ser el teléfono» porque bastó una llamada al doctor Cósimo Mandrillo, solvente udonpereista, para dar sentido a la excéntrica sospecha.
El doctor Mandrillo llegó peripuesto y puntual a la fuente de soda Irama, me saludó de buena gana y en una nano fracción de segundo estábamos entrando en materia: Es una idea extravagante, pero no disparatada, dijo trasegando café a sus entrañas con visible regusto, sin embargo, puede que nos dé por forzar la realidad para que su presunción pueda ser demostrada, lo que no significa que sea cierta, ¿cuántos condenados hay, abrumados por pruebas acusatorias y son inocentes? Por suerte, para ambos, estos crímenes literarios no son tan dramáticos. Sepa que he pensado mucho en lo que dijo y sólo se me ocurren dos sospechosos: los poetas Ildefonso Vázquez y Hesnor Rivera.
¡Pero ambos están muertos!, dije sin ocultar mi desconcierto.
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Le expongo la versión corta, continuó el doctor Mandrillo impertérrito, alisando su barba de candado: Ildefonso Vázquez había considerado un compromiso con su maestro, José Ramón Yepes, la composición de un poema épico de largo aliento sobre la fundación de Maracaibo. Yepes dejó un plan de trabajo, pero su muerte truncó la ejecución. Vázquez sintió que no iba a concretarlo tampoco, así que en 1908 pidió a Udón Pérez que se encargara del proyecto, pero Udón lo rechazó de malas maneras y Vázquez se enfureció y empezaron a insultarse por la prensa sin ningún pudor. Se cuenta que Vázquez, muy anciano ya, fue hasta la casa de Udón Pérez con la intención de hacer las paces y olvidar el asunto, pero Udón ni siquiera salió a recibirlo y esto se supo In tutto il mondo. Por esos mismos días se rumoraba la existencia de una supuesta hermandad que llamaban, Sociedad Secreta Vázquez, sus miembros vestían de negro, se definían anticlericales, ateos, llevaban pelo largo, idolatraban a Comte, a Darwin y a Kardec, no medían con la morfina y el alcohol y practicaban la ciencia del espiritismo, eso era lo que los unía a Vázquez que, se sabe, era un acreditado médium y el pretendido tutor de la cofradía.
¿Y juraron vengarse de la afrenta hecha a su maestro?, interrumpí.
¡Exacto!, dijo el doctor Mandrillo satisfecho de mi perogrullada.
¡Toda esa gente está más que muerta, doctor!
Claro, dijo sin dejar de sonreír, lo que usted no sabe es que hace cuestión de un año la profesora Alicia Montero me aseguró que esa sociedad seguía existiendo. La mayor parte de sus integrantes, entiendo, son profesores universitarios, incluso, algunos ex rectores. La noticia me pareció curiosa, pero la había olvidado por completo hasta que usted me pidió un discurso probatorio para su hipótesis. Por supuesto, no pienso seguir a estos espectros en la Escuela de Letras, eso se lo dejo a usted, pero le aseguro que no va a conseguir absolutamente nada.
Supongo que no hay manera de dar con ellos, y si la hubiera podría costar cualquier cantidad de tiempo, aún así, la dificultad de probar su culpabilidad, y no creo que mi cliente tenga tanta paciencia, inquirí frente al doctor, imitando a Humphrey Bogart haciendo de Philip Marlowe, en una de las escenas de The big sleep.
Esta ciudad tiene sus secretos, añadió el doctor Mandrillo con un dejo de ironía. ¿Seguimos con Hesnor Rivera?, preguntó luego, con cierta burla, al verme tan alelado.
Adelante, dije aterrizando de no sé de dónde.
Lo de Hesnor es pura sinvergüencería, dijo sin evitar una sonrisa cómplice. Tenía la mala costumbre, al final de sus tirolesas ingestas con el poeta César David Rincón, de ir a descargar su vejiga sobre la musa de Udón allí en la redomita de Bella Vista con 5 de Julio. Y es de dominio histórico la aversión de Hesnor por este vate, ¿quién no recuerda la quema pública que hizo de los libros de Udón Pérez en plena Plaza Bolívar? Hesnor siempre dijo que había que matar a Udón, sabemos que a un muerto sólo se le mata en sentido figurado, ¿pero no cree que el robo de la musa es una forma de acometerlo? Mire, lo de Hesnor contra Udón era enfermizo. En 1961 sucedió una cosa muy extraña que sigue sin aclararse. Y hablando de sociedades secretas, se dice que Hesnor pertenecía a la Liga Cervantes, una especie de adoradores fanáticos del Quijote que se reunían (o reúnen porque aún existe, aseveran) cada cuatro o cinco años en algún rincón del mundo a leer a El ingenioso hidalgo y, esto es lo más inaudito, a exterminar monumentos de escritores mediocres o a profanar sus tumbas y hacer desaparecer sus restos definitivamente. Le repito, en marzo de 1961, llegó a Maracaibo, de incógnito, William Faulkner, así como lo oye. Para la época era el presidente de esa Liga y venía a petición de Hesnor, a evaluar la posibilidad de realizar el encuentro secreto en las afueras de la ciudad. Y la estatua elegida fue la de Udón Pérez. La reunión se pautó en la hacienda de un alto dirigente de Acción Democrática, amigo de Hesnor, y los escritores llegarían en dos tandas acordadas con la Pan Am, camuflados, en los registros, como ingenieros petroleros de la Royal Dutch Shell de Venezuela. Pero el último día de la clandestina evaluación de Faulkner fue un auténtico desastre. A Hesnor se le antojó llevarlo a comer al Hotel del Lago y acabó reconocido por un admirador de origen ruso, un tal Projarov, según relatan. No pudieron almorzar, Hesnor decidió ir a su casa y cocinar él mismo, pero el rumor se desató y llegó hasta los reporteros del Diario de Occidente que de inmediato emprendieron la persecución. Empezaron por los hoteles y no encontraron nada, pensándolo bien, supusieron, debe estar alojado en una residencia particular, lo más natural sería en la del cónsul Lewis o sus relacionados, pero cómo saber, y en el aeropuerto no se había apuntado ningún pasaporte con el nombre de William Faulkner. La cosa se ponía difícil a menos que consiguieran un informante, pero quién iba a prestar atención a un escritor en una ciudad en la que nadie lee más que titulares de periódicos. En esos días la gente sólo hablaba del regreso de Yuri Gagarin del espacio sideral, y de la verificación que hizo el cosmonauta de la redondez del planeta; o de los cadáveres que flotaron del naufragio del remolcador Capitán Chico en el lago; o del juicio a Adolfo Eichmann… No obstante, en horas de la tarde se aseguró que estaba en el Teatro Baralt escuchando La rosa de Azafrán, de la compañía Caballero. Allá fueron a dar los reporteros, revisaron asiento por asiento entre la platea y los balcones sin dar con el escurridizo autor. Hesnor, por supuesto, no supo lo que había provocado la presencia de Faulkner en el hotel hasta el día siguiente, y olvidado por completo de sus deberes editoriales en Panorama, encargados a su amigo Adalberto Toledo, se dedicó a comer y a beber con el norteamericano y con César David Rincón que se incorporó animoso al improvisado festín.
A media noche, esto lo contaba muerto de risa César David Rincón, fueron hasta la redoma de Bella Vista, al monumento de Udón Pérez, y los tres, uno junto al otro, en peña de beodos, mearon durante largo rato, con chorros generosos y alcoholizados, la indefensa musa del poeta, y si no intentaron bañar a Udón fue porque estaba muy alto en su pedestal, haciendo gravitacionalmente imposible cualquier intento. Hasta allí todo habría sido perfecto, de no ser por una inoportuna patrulla que los sorprendió, in fraganti, en mitad de la descarga o haciendo aguas menores, dicho con decoro y corrección.
El jefe de la policía reconoció a Hesnor —prosiguió el doctor Mandrillo— cómo olvidar ese porte de zambo galante y al gigantón blanquiñoso de César David Rincón. Los había visto repetidas veces en el Panorama, en la página cultural, pero al gringo, ni idea. El curioso trío no le daba buena espina, así que más por ahorrar molestias que en acato al protocolo, les dio el teléfono para que hicieran una llamada y precisar de qué iba aquella mala junta. Hesnor tuvo que pasar por la penuria de llamar a míster Donald Lewis, cónsul norteamericano acreditado en la ciudad, explicar lo que no quería, y el importunado diplomático hubo de llamar, sobreponiéndose a la vergüenza, al señor gobernador y éste, de inmediato, a su Secretario de Gobierno para que finalmente se ordenara, sin aclaratorias de por medio, ni dejando constancia en los procedimientos de ley, la liberación de este triunvirato maligno cogido en tan afrentosa práctica a la identidad local. Sin embargo, el gobernador exigió al cónsul, pensando que una visita de ese lustre beneficiaba su gestión, se oficializara la presencia de Faulkner. De modo que el flamante Premio Nobel fue sacado discretamente a Colombia, en jet privado, y puesto de vuelta al día siguiente en un vuelo comercial. Recibido, ahora sí, con la parafernalia debida, en el aeropuerto Grano de Oro y a vista de la prensa regional.
Los reporteros describieron a Faulkner como un hombre delgado, de baja estatura, cabello blanco, bigote finamente recortado. Llegó de traje gris y corbata azul. Dijo que no era un escritor como otros que tratan de las personas sociales o económicas, sino que únicamente se interesa por describir al hombre en su condición humana e intemporal, que la pasión de estar vivo y la belleza es lo único que debe importar al artista.
¿Lee usted novelas policíacas?, interpeló el corresponsal de la revista Momento.
Leo a Simenon porque me recuerda a Chejov.
¿Y Raymond Chandler?, embistió uno del Diario de Occidente.
Sólo para escribir el guión del film de Howard Hawks. Fue un encargo, no soy amante del género. El grueso de las novelas negras se centra más en el engaño que en otra cosa, es entretenido, pero no trascendente.
¿Qué le pareció la actuación de Bogart?, añadió el enviado de El Nacional.
No imagino a nadie más como Marlowe.
Los críticos también sugieren que sus personajes nunca eligen conscientemente entre el bien y el mal, interrogó, perspicaz, el de Panorama.
A la vida no le interesa el bien y el mal. Don Quijote elegía constantemente entre el bien y el mal, pero lo hacía en estado de sueño. Estaba loco. Entraba en la realidad sólo cuando bregaba con la gente que no tenía tiempo para distinguir entre el bien y el mal. Puesto que los seres humanos sólo existen en la vida, tienen que dedicar su tiempo simplemente a estar vivos. La vida es movimiento y el movimiento tiene que ver con lo que estimula al hombre, que es la ambición, el poder, el placer. El tiempo que un hombre puede dedicar a la moralidad, tiene que quitárselo forzosamente al movimiento del que él mismo es parte. Está obligado a elegir entre el bien y el mal, tarde o temprano, porque la conciencia moral se lo exige a fin de que pueda vivir consigo mismo el día de mañana. Su conciencia moral es la maldición que tiene que aceptar de los dioses para obtener de ellos el derecho a soñar.
Le preguntaron también qué opinión tenía de la obra de Gallegos, y dijo, sonriente, que era un buen hombre.
Los periódicos publicaron en primera plana que, en la noche, el notable literato fue agasajado en el Club Náutico por la Asociación Norteamericana del Zulia y por el gobernador Eloy Párraga Villamarín. Al día siguiente, aquí viene lo que le interesa —vea que la maldad puede tener paciencia bíblica—, Faulkner visitó el Liceo Udón Pérez. Fue recibido por la plantilla de profesores en pleno y flanqueado por la Novia del Liceo, la señorita Nivia Guerrero, que lo acompañó en un breve paseo por las instalaciones. Y en amena conversación con el director, no recuerdo su nombre, le recomendó solicitar a las autoridades de la ciudad el traslado del monumento del epónimo de la institución al edificio, es su lugar natural y evitarían los contantes agravios de los vagos y resentidos, dijo con severidad oracular el distinguido novelista que, por lo visto, estaba al tanto de todo. En adelante es historia conocida, pero la intención de Faulkner, según explicó a Hesnor, era que una vez trasladado el monumento a los espacios del liceo todo sería más fácil. Sabemos, por los hechos mismos, que Hesnor no pudo completar su vengativo proyecto, pero el asunto quedó como moción pendiente en las entrañas de la Liga Cervantes.
Eso está muy ensortijado, doctor, dije con verdadero desánimo; no me veía contando esa truculenta historia a don Jacobo Vílchez en su destartalado despacho de director.
Una cosa más, dijo el doctor Mandrillo con cierto desdén, parece que esta Sociedad Secreta Vázquez es, en realidad, la sucursal de la Liga Cervantes, y de acuerdo a los datos que obtuve, un importante escritor neoyorkino y actual presidente, un tal Paul Benjamín, estuvo en Maracaibo días antes del robo de la musa. Como ve, mi querido amigo, si uno empieza a remover piedras siempre salen alimañas por todas partes.
En un acopio, no lo niego, de cortesía y buenos modales, el señor director del Liceo Udón Pérez, escuchó con atención y sin reír ni una vez, mi alocada historia de conjuraciones literarias. Se limitaba a engullir su horripilante café de termo en el más adusto silencio y a asentir con la cabeza, más resignado que crédulo.
¿Eso es lo que ha averiguado en estos días?, preguntó don Jacobo Vílchez con una expresión facial indeterminada, sobándose la lustrosa calva, contenido.
Ya sé que es demasiado fantástico, pero la verdad puede ser muy extraña a veces…, dije casi sin creérmelo yo mismo.
¡Su explicación es una mamarrachada!, explotó iracundo el señor director, con la cara moteada como un Apamate. ¡Ahora cualquier loco es profesor de la universidad!, dijo con la aorta inflamada y me invitó a desaparecer en el acto, como el escapista húngaro, que por lo visto, aseguró con una mueca mefistofélica, se quedaba corto ante mí.
La historia de Romero
Gómez se incorporó de un brinco y prendió la sirena de la patrulla. La Central ordenó perseguir a un trío que acababa de asaltar la Agencia de Bella Vista del Banco Occidental. Se dirigen a la calle Venecia… ¿Escuchó la radio compañero?, ¡al fin dios nos sacó de este aburrimiento! Ve, Aveledo, eso de que la delincuencia anda deprava’ como que es puro cuento, hace quince días que ando en la calle y apenas es ahorita que nos sale un poco de acción. Y apurate, coño, que se adelantan los de la PEZ. Y el otro atolondrado con el volante, en dirección a la Venecia, que no se preocupara, que tarde o temprano sabría lo que era entrarse a tiros con malandros, y mejor que fuera bien tarde porque este trabajo de mierda lo buscó porque andaba pelando bola. Cinco años de universidad, una licenciatura en Administración y miren donde fue a parar por mala leche. Eso de andar de Batman y Robin no era con él, ¡ni de vaina!, son locuras tuyas, Gómez, que tenéis la cabeza de adorno por lo visto. Pero no vais a negar, Aveledo, que ser polimaracaibo es una nota, uniforme arrecho, un pistolón virguito que hay que usar pronto pa’ que no se joda, ¿qué más queréis?, hasta este Toyota que es una nave con aire y todo, las carajitas se chorrean apenas llego al barrio, que si no fuera por la Andreína que me fregó con la barriga, te digo, las ensarto a todas. Lo que pasa, Gómez, es que todavía sois un carajito, tenéis mente e’ pollo, dejá que te nazca el chamo y te encariñéis, se te van a pasar esos grillos de Rambo que tenéis… ¡Dale por la derecha, Aveledo! ¿Estáis oyendo los tiros? ¡Se nos adelantaron, coño! Tranquilo Gómez, esos no son ningunos tiros. Dale rápido, Aveledo, más rápido, a ver si agarramos algo. Los sospechosos andan fuertemente armados y se dirigen hacia la avenida El Milagro en un Malibú blanco, ochenta, con vidrios ahumados. Si no te apuráis se escapan, Aveledo, no seáis tan cagao’ que nadie se muere antes de la hora, ¿no escuchaste que andan “fuertemente armados”?, no te portéis como un idiota, Gómez, si llegamos le echamos bola, pero no vamos a ponernos de carne e’ cañón como unos pendejos, en eso andan todos, te lo aseguro, esperando a ver quién empieza a soltarle tiros a los coños, ¡llamalos güevones!, ¿entendéis cómo es la vaina, Gómez? Estáis jodío e’ la cabeza, Aveledo, entonces los policías son una cuerda de maricas, si eso es así como vos contáis. No lo veáis de esa manera, Gómez, la cuestión es que la mayoría estamos casados, tenemos hijos, que bien bolsa seríamos si arriesgamos el pellejo por nada, habláis así por lo novato, después te vais a dar cuenta cómo es la cosa. Ojalá nunca me dé cuenta, Aveledo, lo que yo veo es a una partía de cagaos, más nada.
—Colegas, por favor, si me prestan atención podríamos organizarnos, estamos perdiendo tiempo —increpaba el director Exean Romero a la asamblea—. Yo sé que están hastiados de tantas mentiras y embarques, pero no podemos dejarnos llevar por la rabia. Hay que pensar bien qué vamos a decir en esa reunión con los gremios y el Secretario de Educación. Si nos lanzamos a la huelga sin cumplir los requisitos mínimos que exige la ley no vamos a lograr nada. Al contrario, la opinión pública se nos puede echar encima…
—¿Qué propone usted, director? —gritó una voz en el auditorio—. Desde el año pasado están diciendo que van a pagar la deuda y nada, que esta quincena sí, que ahora no, que la próxima y así nos han tenido más de un año, ¡pura mamadera e’ gallo! ¿Hasta cuándo vamos a esperar?
—Oigan colegas, me interesa tanto como a ustedes que paguen, ¡estoy hasta aquí de deudas!, pero vamos a proceder como profesionales. No podemos permitir que se embochinche la protesta, si no estamos fregaos. La gente está pendiente de lo que hacemos, ustedes saben que este gobierno está jugando a ahorcar a los docentes y no es fácil hacer entrar en razón al ministro Cárdenas, ¡no se acuerda que antes que ministro fue maestro!
La asamblea aplaudió con desgano, mascullaban sospechas. Los pocos esperaban con atención una conclusión satisfactoria de parte del director Romero que empezaba a impacientarse y a sudar por la coronilla. Puso los lentes en la mesa, miró de soslayo a García, el subdirector, que tenía gesto de estreñido. Acercó la boca al micrófono:
—Les propongo que ustedes nombren tres representantes que me acompañen a esa reunión, luego serán ellos sean quienes informen de la situación y gestionen el conflicto junto a los delegados sindicales. Así estaremos bien informados de lo que suceda. ¿De acuerdo?
—¡Briceño! —propuso alguien y hubo un murmullo aprobatorio.
—¿Quién más? —dijo Romero y tosió.
—¡Azuaje! —se alzó la misma voz y se repitió el murmullo.
—¡Yo! —gritó un profesor alto y blanco en el centro del auditorio. La asamblea reventó en carcajadas pero tuvo el visto bueno.
—Está bien profesor Morales, viene con nosotros —respondió Exean Romero divertido, calzándose los lentes—. Buscamos primero los cheques y luego nos vamos a Las Thermas, ¿les parece? —la asamblea se puso de pie, aplaudieron la iniciativa aliviados del fastidio y se dispersaron como sonámbulos.
No te preocupéis tanto, Andreína, ser poli no es tan peligroso como la gente cree. Eso es en la televisión que los policías andan saltando cercas y esmollejao en los carros persiguiendo ladrones. Ve, ni El Precio del Deber se parece a la policía de verdad. Aquí todo es puro papeleo. Que si el serial de la pistola, que cuántas balas te dan, que los tiques pa’ la gasolina, que si la entrada, la salida, la novedad, el memo, la nómina, firma aquí, firma allá, papeles por todas partes y nada de acción. Si no, fijate, mañana cumplo quince días que salí a la calle y todavía no sé lo que es echar un tirito. Sí, ya sé que vos estáis asustada no te vaya a nacer el muchacho sin papá, pero tampoco es pa’ tanto, mija. Nadie se muere antes de la hora, ¿no creéis? Además, si trabajo en esto es porque la necesidad tiene cara de hereje, vos sabéis que lo mío son las computadoras, ¿no?; pa’ esa vaina me jodí cinco años en la universidad, pero ya veis, aquí no se consigue trabajo de lo que uno estudia y si no le echo pierna a lo que sale, vamos a estar mascando cable, ¡y eso sí que no!, el bebé del ingeniero Luis Gómez no se va a morir de hambre. Quedate tranquila, chica, quién quita que me llamen pronto de alguna petrolera y se nos arregle la vida. Acordate que yo metí papeles en todas esas empresas que entraron con la vaina de la apertura petrolera, así que algo tiene que caer, tarde o temprano, pero hay que tener fe, no hay que desesperar. Un compañero mío consiguió trabajo en la Halliburton y ya tiene carro nuevo y casa, eso sí, tuvo que mudarse a la Costa Oriental. Ahora, cuando eso nos pase, supongo que no te vais a llevar a tu madre, ¿verdad? Está bien, mi amor, llevátela si queréis, así nos ayuda a cuidar el bebé y la ponemos a que haga los oficios, nos ahorramos la cachifa. De pronto tenéis razón de cargar con ella, porque si me mandan a Chicago pa’ que haga un curso de inglés o pa’ un posgrado en Alemania, te sirve de compañía, al menos. ¿No te gusta? ¿Mejor que siga de policía? La barriga te tiene loca, no te entiendo, no, no, dejame hablar, lo que te quiero decir es que no te conformáis con nada, primero que no te gusta que sea tombo, ahora no queréis que trabaje en una petrolera, ¿qué te pasa?, bueno, no sé, decime vos, yo no hallo qué pensar, vamos a ver si cuando nazca el bebé te pasan esas complicaciones, sino me vais a volver loco, mija. ¿Ahora te vais a poner a llorar? Andreína, por favor, no veis que eso te cae mal, el carajito se va a enfermar y ahí sí que la ponéis, coño. Está bien, chica, vamos a ir haciendo las cosas poco a poco. Yo te juro, por mi madre, que antes de tomar una decisión te la consulto, ¿te parece?, ¿okey? ¡Pero Andreína dejá la lloradera! ¿No te provoca comer algo, no sé, cualquier cosa? ¡Un níspero!, ¿de dónde coño saco uno a esta hora?
—Mañana tengo que hacer una asamblea, hay un grupito de profesores que quieren huelga sin meter el pliego conflictivo en la Inspectoría del Trabajo y están convenciendo a los demás, así que mejor corto eso por lo sano. Vos sabéis, Annuska, como son las vainas cuando se mete la política, imaginate que la prensa saque que el Marcial Hernández se puso en huelga solo, van a decir que el director es un loco o un estúpido al que nadie le hace caso. Y esa molleja no me la calo. Por cierto, Annuska, ¿dónde están los muchachos que no los he visto? ¡En el cine! ¿Y qué fueron a ver? Daylight, ¿qué es eso? ¡Ah, la película nueva de Stallone! ¿En el Metro, no?, ¿por qué más?, uno tiene que saber qué carrizo van a ver los muchachos. Hablando de todo, Annuska, ¿compraste el Kino?, ¡son doscientos millones!, imagináis que nos saquemos esa vaina. Botamos el pote y nos compramos dos naves último modelo, un apartamento bien grande y nos vamos de vacaciones pa’ Miami… ¿no?, ¿y pa’ dónde? ¡España! Bueno, también sirve, pero nos vamos de este monte por dos meses. Después nos metemos en Fin de Siglo y nos compramos todo nuevecito… ¿ por qué dejaste que fueran a función de nueve?, ¿con quién se van a venir? ¿Con Oscar? No, está bien, sino que me parece raro que Oscar se haya animado a ir al cine con ellos… Prendé el televisor y ponéis el trece pa’ ver el noticiero:
Frank Sinatra sufrió un infarto. El cantante y actor de setentiún años está en una habitación del Centro Médico Cedars-Sinai y no en la unidad de cuidados intensivos como se había informado.
»Pasame el control, Annuska, que este noticiero está terminando, sí, voy a poner El Observador:
Sancionarán a médicos que no acaten llamado a atender emergencias, afirmó el presidente encargado de la Federación Médica Venezolana… Un sujeto solitario provocó gran alarma en las oficinas de la Secretaría General de la Organización de Estados Americanos en Caracas, luego que secuestrara a dos secretarias de nacionalidad peruana… La Tripartita delineó parámetros de nuevo marco de salarios y prestaciones…
»¡Coño, este Teodoro va a terminar quitándonos los churupos! Que por qué lo digo, ¿es que no estáis oyendo? Van a eliminar las prestaciones y pa’ colmo no quieren aumentar los sueldos. ¿Quién iba a imaginar que Petkoff nos iba a echar esa verga? ¡Me acordáis de volver a votar por el MAS! ¿No ha llamado el compadre, todavía?, ¡qué molleja, Annuska, no pensabas decirme?, ¿qué dijo?, ¿Black Sugar en la quinta?, ¡pero si es un burro!, esa la gana Kalinin, va a perder la plata el compadre… ¿Pero qué tanto jurungáis, mujer? Vení, acostate… ¿ah?, bueno, si tanto queréis, véngase, rapidito antes de que lleguen los muchachos.
—¿Cómo creéis que quedo cuando te vais de policía? No puedo dejar de pensar que en cualquier momento llaman pa’ decirme que te moriste. No es solamente por el bebé, también por nosotros, ¿no nos queremos, pues? Claro que lo he pensado, Luis: señora Gómez, su esposo murió cumpliendo con el deber ¿Orgullosa?, cómo no, seguí creyendo, arrechísima es que me pongo, que así muerto te caigo a coñazo. Es que no puedo concebir que después de quemarte las pestañas por un título te guste ese trabajo. Mejor no hablemos más, ojalá llamen pronto de alguna petrolera, sino yo misma voy a pedirle el favorcito a Caldera…
—Hoy fui al Ipasme por el dolor en las piernas y ¿sabes pa’ cuando me dieron cita?, ¡marzo!, primero te mueres y después te atienden. ¡Que vaya al Universitario! No, mijo, voy a tener que buscar una clínica. Sí, ya sé que tenemos que ahorrar pa’ la computadora, pero es peor que me dé una cosa por no verme a tiempo. Seguí creyendo que con caballos y Kinos vamos a salir de abajo. El que juega por necesidad pierde por obligación. No, esos no son refranes de mami, es la ley de la vida, pero te cuesta entender. Ve pensando un negocio pa’ librarnos de quince y último, no podemos esperar a que el gobierno arregle este país. Ya los políticos cogieron lo suyo ahora tenemos que ver cómo nos las arreglamos… ¿A qué hora llegan los muchachos?, no me cambies el tema, vivito, ¡ah no!, ¿qué estás haciendo? Bueno, vamos a dejarlo hasta ahí… Los muchachos llegan como a las once y media, si quieres te acuestas, yo los espero. No, ya no, se me quitaron las ganas de todo. Tengo rabia…
—Vamos hasta el Udón Pérez —dijo Romero cuando abordaron su viejo Granada marrón—. Es posible que Contreras esté allí y me interesa hablar con él.
—¿Usted da clases allí, profe? —interrogó Morales.
—Sí. Tengo unas horitas pa’ redondear, usted sabe, pero ni así alcanza.
—Habrá que meterse a narco —ripostó García, muerto de risa.
—No se ría, García, que con tanta pelazón no se extrañe que un día se caiga en tentación —respondió Briceño quejumbroso.
—Ayer, mi hijo mayor preguntó cuál carrera me parecía mejor. Yo le dije que cualquiera era buena si le gustaba, menos educación.
—Está bien que le haya aconsejado eso, Azuaje. Si no les parece, ahí tienen la miseria que nos pagaron de aguinaldo —dijo Briceño, rabioso.
—Y con las vacaciones te vais pa’ Disneylandia, ¿oíste Romero?, je, je, je —exclamó Azuaje burlón.
—El gobierno pide que nos sacrifiquemos, pero no se baja de la mula. Ahí tienen a los diputados de la Asamblea y los Concejales, vayan a ver cuánto sacaron de fin de año los ladrones esos —dijo Romero resentido y paró el carro en el estacionamiento del Udón Pérez—. Ya vuelvo, colegas, unos segundos nomás.
—¿Por qué tanto empeño en hablar con Contreras, profe? ―dijo Morales.
—Pa’ que pongan en agenda el problema de los interinos, si no me colapsa el liceo.
El director Romero entró al Udón Pérez y en pocos minutos estuvo de vuelta:
—Están en Las Thermas, aquí no hay nadie. Vámonos pa´llá, dejemos los cheques pa’ la tarde, ¿les parece?
—Usted manda, profe ―dijo morales por todos.
Exean encendió el Granada y cogió camino a la sede del sindicato en Las Thermas.
—Métase por Santa Lucía, profe, así cortamos trecho —sugirió Azuaje al advertir que Exean confundió el camino.
—Está seguro que sabe la ruta por aquí, yo estoy perdido.
—Tranquilo, profe, en esa esquina dobla a la izquierda y tomamos la Venecia que sale al Milagro. De todas formas nos pasamos, así que tenemos que regresar y subir por el colegio de las monjas.
—¿Cuál es ese, Briceño?
—Nuestra Señora de Lourdes —dijo Azuaje distraído.
—Creo que sí —dijo Exean doblando a la izquierda para abandonar la avenida Bella Vista.
Nos vamos a dar de frente con los desgraciados, Aveledo, ¿por qué?, no sé compañero, un pálpito…
Andreína salió a la calle a esperar el taxi, con suerte llegaría a tiempo de no perder la consulta en el Materno. Cada vez se le hacía más pesado tener que ir de un sitio a otro, Luis debería aprovechar la patrulla y darle el aventón, ¡diosito, parezco una tonina!, pensaba regodeándose frente al espejo.
—Esta es la calle Venecia, profe —le dijo Azuaje a Exean—. Vaya despacio que por aquí los carajitos se atraviesan de pronto. Además, no me acuerdo muy bien en dónde es el cruce.
Hay que estar mosca, Aveledo, esos coños pueden cambiar de carro y nos joden. El otro, riéndose: ¡pero si Gómez salió un James Bond, carajo!, ¿vos como que creéis que los malandros de por aquí son muy sofisticaos? Ve, son tan cachazuos, que nos pasan por un lado y nos dicen adiós.
¡Como sea, Aveledo, hay que estar pila, nos pueden joder por pendejos!
Annuska pidió al chofer del porpuesto de Ziruma que la dejara frente al Colegio de Abogados. Pensaba que al terminar la facultad ya no sería más la secretaria de Honorarios Mínimos, sino un reluciente miembro activo del gremio, entonces llegaría en un carro grande y negro. Pero hoy, como en los últimos diez años, se encerraría en su oficina y atendería por taquilla con su cara rebosando de amabilidad.
—¡Está oyendo, profe Exean! —dijo Briceño, asustado—. Se están cayendo a plomo aquí cerca. Mejor vaya despacio, no vayamos a quedar en medio de la balacera.
—¿Oye el corazón del bebé, señora Gómez? Es perfecto.
—¿Cómo estás, Annuska? —saludó un abogado veterano en pleitos mercantiles—. ¿Cuándo te gradúas, por fin? ¿Sí?, el año que viene. Bien, pronto seremos colegas. Me alegra… Mira, ¿salieron los últimos honorarios? ¿Todavía?
Tranquilo Gómez, dejá los nervios. Esos andan por aquí cerca, ¿por dónde van a salir si la zona está rodeada? ¡Cambiando de carro, Aveledo!, lo estoy diciendo, pero no hacéis caso. Vamos a bajar por la calle Venecia, Gómez, por ahí se pueden esconder, hay que mirar bien las casas, ¿entendido? Dale, Aveledo, que el tiempo es oro.
—Ya está en la última semana, señora Gómez, como es primeriza tiene que estar atenta con los dolores. Mantenga la dieta, eso la va a ayudar mucho.
—Annuska, te llama tu bebé —dijo una compañera de contabilidad.
—¿Qué fue, papi, estás en la escuela? —dijo Annuska contestando el teléfono—.Sí, hijo, yo le dije a tu papá que tienes juego esta tarde, no te preocupes. Chao, papi —colgó y saludó a los empleados de contabilidad que escuchaban divertidos— ¿Y ustedes cómo están?
—¿Te tiene a monte el chamo? —dijo alguien riéndose.
—Sí, desde que tienen esas tarjetas de Cantv estamos fritos.
Okey, Gómez, estamos en la Venecia, abrí bien los ojos y la pistola lista. Te estáis poniendo mamón, Aveledo. ¡Pero bueno, compañero, usted no quería acción! Dejá de hablar gúevonadas y ponete mosca… Mirá ese Granada marrón, está sospechoso, ¿no?
Ahora si tenéis razón, Gómez, hay cuatro tipos dentro si no me equivoco, ¿los véis?, con esos vidrios ahumados no se ve nada. Vamos a ordenarle que paren, dale a la sirena pa’ que entiendan.
—¡Epa, profe, nos está mandando a parar esa patrulla de atrás! Mejor saque sus papeles, ¿están en orden?
—Por supuesto —respondió Exean mirando por el retrovisor.
—Tranquilo, Gómez, dejá los nervios.
—Andá vos por la izquierda, quitale el seguro a la pistola y llevala apuntando al piso.
—No crean que sean los malos, se habrían dado a la fuga o nos estarían echando tiros, ¿me estáis oyendo, Gómez?
Aveledo y Gómez caminaron despacio hacia el Granada. Gómez a la izquierda. Aveledo a la derecha. Briceño y Azuaje, que iban en la parte de atrás, observaron la cautela con que se aproximaban los municipales.
—Deben estar buscando a alguien, dijo Morales, sentado adelante sin dejar de ponerse nervioso.
—Será mejor que me asome, si no van a creer que nos estamos escondiendo, murmuró Exean con los ojos pegados al retrovisor.
Entonces se ladeó, ligeramente, y sacó su cartera para tener los documentos a mano. Como pudo, se inclinó buscando la forma de asomarse por la ventanilla del carro. Aveledo sentía un susto rutinario, pero le causaba risa ver el miedo que se había apoderado de Gómez. Recordó sus primeros días de servicio, hasta un tiro que se le fue y le rozó la pantorrilla. Gómez sudaba, los chorros empapaban el quepis, la franelilla y el uniforme. Sentía el gatillo resbaloso, pensaba que si debía disparar se le podía a caer el arma, lo matarían como le había profetizado Andreína. Por precaución palpó mejor el gatillo y sostuvo con más fuerza la pistola. Pensó en cómo debía abordar al sospechoso, qué cosa debía decir, después de todo a él le tocaría hacerlo. Recordó a los policías de camino en las películas gringas y ensayó mentalmente el parlamento: «Buenos días, ciudadano, me permite su identificación, por favor» o no, quizás con decir «papeles, ciudadano», o «papeles, por favor» sería suficiente.
Exean se afincó en el descansillo del brazo de la puerta y luego en el borde de la ventanilla para salir al paso del policía que se acercaba.
Gómez vio el movimiento del oscuro contorno de Exean a través de los vidrios ahumados y se aferró aún más a su pistola. Finalmente, Exean sacó la cabeza y el pecho para que pudieran verlo mejor. Apenas tuvo tiempo de advertir el rostro de Gómez. Su gesto de sorpresa se desdibujó en un instante y vio la mueca de inconformidad de Annuska de la noche anterior: que si los reales pa’ la clínica, que debes buscar al bebé para el beisbol mañana por la tarde… ¿ahora cómo la van a pasar esos muchachos? Recordó cosas, eso le asustó: Annuska vestida de novia, los paseos por 5 de Julio, los besos robados, los juegos de bowling, la primera barriga, la segunda, las funciones de matiné en el Roxi los fines de semana, los actos culturales del colegio, ¡el San Nicolás de los regalos! Sí, los finales nos ponen cursi, lo sé, pensó, pero a uno lo atraganta el pasado… Lo invadió un cansancio cósmico.
La calle se llenó de gente conocida. Una repentina ráfaga de lucidez lo estremeció, quedaba poco tiempo, buscó la imagen de Annuska y los muchachos. Inexplicablemente se hizo de noche. La oscurana envolvió todo. Advirtió que Morales, Azuaje y Briceño decían algo, pero no escuchaba nada, estaba dentro de una enorme piscina y todo era negro en derredor. No fue capaz de controlar el sueño. Se abandonó finalmente.
Nadie pudo explicar qué ocurrió en la calle Venecia esa mañana.
